El cruel experimento de dejar morir de sífilis a los negros en nombre de la ciencia | Cultura Colectiva – Cultura Colectiva

Los médicos sólo se quedaron con un grupo de 600 hombres, de los cuales 399 estaban infectados de sífilis, mientras el resto sirvió de grupo de control.

 

Una tarde de otoño de 1932, un grupo de hombres de bata blanca aparecieron sorpresivamente en Tuskegee, Alabama, una de las localidades que más resintió los estragos de la Gran Depresión que dio al traste con la economía nacional tres años atrás y cuyos efectos apenas comenzaban a calar hondo en la población de a pie.

Se trataba de un grupo de médicos e investigadores enviados desde el United States Public Health Service, el departamento gubernamental encargado de la salud de los estadounidenses. Poco a poco, el rumor de un tratamiento contra la “sangre mala” corrió de puerta en puerta, especialmente entre la población afroamericana, el objetivo de esta campaña. El volante era breve pero atractivo, especialmente para un grupo vulnerable, cuya mayoría, analfabeta, transmitía el mensaje original:

“Prueba sanguínea gratis. Tratamiento gratuito, pagado por el departamento de salud del condado con doctores del gobierno”.

El verdadero motivo de su visita a la localidad marginada del condado de Macon era llevar a cabo el denominado “Tuskegee Study of Untreated Syphilis in the Negro Male” (Estudio Tuskegee sobre la sífilis no tratada en los hombres negros), un proyecto secreto cuya primera intención era analizar médicamente la evolución de los pacientes contagiados de sífilis, enfermedad crónica de transmisión sexual que entonces cobraba vidas al por mayor.

El tratamiento que se utilizaba a principios de los 30 consistía de mercurio y un compuesto procedente del arsénico. No era ninguna garantía y en caso de ser efectivo, los efectos secundarios podían resultar igual de nocivos que la infección misma.

Rápidamente, decenas de individuos afroamericanos jóvenes se inscribieron al grupo. Las ventajas de formar parte de la campaña eran demasiado atractivas como para pensarlo demasiado, especialmente cuando eran dirigidas con toda la intención a un grupo carente de recursos. Entre la oferta de beneficios por participar, el estudio ofrecía transporte y alimentos gratuitos, además de un seguro de vida.

Al final, los médicos sólo se quedaron con un grupo de 600 hombres, de los cuales 399 estaban infectados de sífilis, mientras el resto sirvió de grupo de control. A pesar de que en un inicio se planteó que el estudio llegaría a su fin después de ocho meses e iniciaría una fase terapéutica con el fin de curar a los enfermos, uno de los principales financiamientos privados quebró durante la crisis y la intención real de la investigación poco a poco fue transformándose en un asunto privado, una decisión que escapó de la observación con fines médicos y se tornó en negligencia, crueldad y abuso de los pacientes.

A través de los años, los síntomas de los enfermos de sífilis evolucionaron sin terapia alguna. La afección siguió su curso natural mientras los médicos tomaban nota, incluso algunos hallazagos eran publicados como investigaciones científicas y recibidos con gran agrado del lobby médico y público especializado.

El descubrimiento de la penicilina como el primer antibiótico marcó el punto más álgido del experimento de Tuskegee. Mientras la invención de Fleming era laureada alrededor del mundo y probaba su eficacia administrada en humanos, el plan se recrudecía: a pesar de que la penicilina se difundió como obligatoria para tratar la sífilis a través de la proclamación de la Ley Henderson en 1943, los médicos encargados ignoraron olímpicamente la norma y se mantuvieron medicando placebos durante las décadas siguientes. No sólo eso, los 399 enfermos recibieron misivas que mentían sobre su salud e incluso fueron advertidos de no tomar penicilina, pues tal acción resultaría contraproducente. Los médicos ansiaban mirar con sus propios ojos la evolución de la enfermedad hasta la muerte.

No fue hasta 1972, cuarenta años más tarde, que un empleado del United States Public Health Service se enteró de la crudeza de esta investigación y decidió hacerla pública a través de medios de circulación nacional. El escándalo no tardó en convertirse en un tema de actualidad en el gran público norteamericano y sólo entonces se puso fin a tales pruebas.

A más de cuatro décadas de distancia, el saldo mínimo conocido por la negligencia, desinformación, falta de ética y cierto grado de racismo arroja cifras contundentes: el caso dejó 128 pacientes muertos, 19 niños que heredaron la enfermedad y al menos 90 mujeres que contrajeron sífilis directamente del grupo que sirvió para la investigación. 399 hombres afroamericanos de Tuskegee fueron utilizados como ratas de laboratorio, con supuestos fines científicos pero lleno de perversidad.


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Referencias

The Washington Post
The New York Times
Center for Disease Control and Prevention

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