“Guerra Civil” Gerardo González «Es malo sufrir; es bueno haber sufrido»

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Gerardo González combatió en la División Azul y pasó 11 años como prisionero ruso. | Foto: Alberto Cuéllar

por Virginia Hernández

De Rusia se trajo muchos recuerdos y 11 años de su juventud pasados entre los muros de los campos soviéticos. Gerardo González, de 89 años, se alistó en la División Azul con sólo 19 años y hoy aún habla y lee ruso. También tiene como lema una frase que Dostoievski le tomó prestada a San Agustín: «Es malo sufrir; es bueno haber sufrido». Una máxima que se toma al pie de la letra. Cuenta su niñez con la Segunda República, su adolescencia con la Guerra Civil y su experiencia como soldado alemán en la dura estepa. Y, en su relato, se nota el dolor por lo vivido pero también la ausencia de rencor: «Si es que en todos los sitios hay buenas personas».

Gerardo González, madrileño, de la misma Glorieta de Cuatro Caminos, llevaba aún pantalones cortos y se pasaba las horas muertas en la calle. Un día, recién iniciada la Guerra Civil, vinieron unos desconocidos a su casa y su madre les abrió: querían llevarse a su padre, simpatizante de la Falange y sobre todo del padre de José Antonio, Miguel Primo de Rivera. «Le habían denunciado los socialistas y venían a arrestarlo los comunistas. La suerte fue que mi padre no estaba, y yo subí y me enfrenté a ellos. Cuando se marcharon, mi madre fue a buscar a mis primos, que eran milicianos republicanos. Fueron a por él al Metro, que era donde mi padre trabajaba, para ponerlo a salvo. Sus compañeros pensaron que le iban a matar, pero mis primos lo escondieron durante seis meses hasta que las cosas se calmaron. Aunque teníamos ideas distintas, éramos como una piña. Y ya no le molestaron para nada».

Pero la semilla quedó ahí y la situación en Madrid le parecía insoportable: «Quemaron el colegio de mi hermano, uno de frailes, el Maravillas. Estaba donde ahora se ubica el mercado. Además, ardían muchos conventos. En los primeros momentos de la Guerra hubo una fiebre terrible: había muchos fusilamientos, en El Pardo, en la Dehesa de la Villa…». Incluso un tío de sus familiares republicanos, que era alcalde de Guadalix de la Sierra (Madrid), fue capturado por las milicias, llevado a la cárcel Modelo (en Moncloa) y en un levantamiento en la prisión acabó sus días en Paracuellos. Mientras tanto, el joven Gerardo prefería los toros al colegio: «Intenté tirarme a la plaza y me llevaron a la cárcel unos días». Cumplió poco tiempo, pero allí vio demasiadas cosas cuando compartió celda con los presos políticos.

La Guerra Civil termina con la victoria de Franco, su madre fallece a los 39 años en el hospital y su padre se queda con cuatro hijos a su cargo. Gerardo todavía es testigo del fusilamiento de un primo suyo, de izquierdas, Ángel: «Era de Villalba pero vino a Madrid con su mujer, Cari, y con su hija. Mi padre le dijo ‘vete,’ pero él le contestó ‘no, tío, no creo que me vayan a hacer daño’. Le condenaron a muerte. Fíjate mi padre, qué disgusto. Otro primo, Antonio, se pasó a Francia. Con los años nos vimos en España. He tenido una familia entrañable aunque pensara de forma diferente».

Gerardo pasa por los calabozos y ve cómo se llevan a la gente para ejecutarla. En el 41, Serrano Suñer, cuñado de Franco, diseña una pequeña incursión de España en la Guerra Mundial que terminó en fiasco: la División Azul. Gerardo quiere alistarse con los primeros, pero es demasiado joven. Lo consigue en febrero de 1942: «Yo creía que toda la culpa era de Rusia. Pero Rusia no fue culpable». Precisamente, Serrano Suñer el 24 de junio de 1941, en un discurso en el balcón de la Secretaría del Movimiento, justifica la acción con la frase «Rusia es culpable». Para Gerardo, los verdaderos responsables son los «países imperialistas»: «Fueron EEUU, Inglaterra y Alemania; a ver si ahora resulta que Hitler estaba ahí por su cara bonita y nadie le votó».

Salto en el tiempo como su memoria. Se alista en febrero de 1942 y tras un pequeño adiestramiento en Alemania llega a Novgorod a últimos de marzo. Allí tocó el cuerpo a cuerpo. Gerardo asegura que no tenía ni idea de las barbaridades que estaban haciendo los alemanes, aunque sí vio a judíos marcados con la terrible estrella amarilla. Un año después, combate en Krasnibold, una batalla enmarcada dentro del Cerco de Leningrado, que dejó unos 4.000 muertos entre los españoles: «Ese cuadro no se me olvida; los españoles morían incluso sin ser atendidos. Fue una matanza, había gente agonizando por todas partes. Yo no estaba herido pero me apresaron». Los cálculos indican que fueron tomados prisioneros más de 300 y sobrevivieron unos 200.

Ya en el traslado, Gerardo no permitió que le maltrataran y se enfrentó a un armenio que le golpeó para que se levantara. Un carácter rebelde —«he sido un buen habitante de los calabozos porque protestaba mucho»— que le llevó incluso a tratar de escapar. Le juzgaron en Leningrado y le llevaron a Moscú. A los españoles, se cree que por una especial simpatía de Stalin, les trataron mejor que a los alemanes. Notaban cómo iban las relaciones con Occidente según se comportaban con ellos: «Nos pusieron a todos los españoles juntos. No nos trataban tan mal, como en todos los lugares había carceleros buenos y carceleros malos».

«La orden de la liberación vino de sopetón», recuerda Gerardo. El 2 de abril de 1954 salieron de las celdas. Los españoles son llevados de Odesa (actualmente en Ucrania) a Barcelona en un barco griego, el Semiramis, fletado por la Cruz Roja. En España le esperaban dos de sus hermanos, porque su padre había muerto durante su presidio («No he disfrutado ni de mi padre ni de mi madre»). El abrazo fue de los que no se olvidan. En España conoció a su novia, se casó y tuvo dos hijas, que le han dado cinco nietos.

Volvió a Rusia muchos años después y vio los escenarios que le tocó vivir de una forma muy distinta. Recuerda a Galina, la enfermera que le cuidó cuando le cayó encima un madero que le provocó fiebre muy alta. O cuando pasó el paludismo o la hepatitis B y trataban de curarle con vodka. Recuerdos y recuerdos que se entrecruzan con fotos, con sus compañeros, con himnos de los que no olvida la letra: «En Rusia hay buena gente. Te digo una cosa, me hubiera cagado en la madre de Stalin, pero si hubiera querido, nos habría fusilado». Y en la memoria, una enseñanza: «La guerra es lo peor que puede haber en el mundo».

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De arriba a abajo, Gerardo González muestra una de las fotografías del frente que guarda en su cartera; soldados de la División Azul leen la prensa deportiva; despedida multitudinaria con el brazo en alto de los combatientes en Madrid; un soldado se afeita en el frente y comedor de los militares. | Alberto Cuéllar y Archivo de la Comunidad de Madrid

Origen de la noticia : elmundo.es/

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