Historia: El Cid, un mito controvertido: la verdadera vida de Rodrigo Díaz de Vivar. Noticias de Alma, Corazón, Vida

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Historia: El Cid, un mito controvertido: la verdadera vida de Rodrigo Díaz de Vivar. Noticias de Alma, Corazón, Vida. Existen elementos probados por la acción detectivesca de esforzados estudiosos que hacen humano a este icono patrio cuya memoria dejó una huella imborrable durante generaciones

 

Muchos claroscuros hay en la vida y hazañas del Cid Campeador, y muchas de esas zonas de umbría se deben a la enorme tensión de una descarada manipulación por partes interesadas en agrandar una figura que no necesitaba de tanto manoseo.

Este icono de radical racialidad, diestro repartidor de leña certificada, paladín en la lucha contra los infieles descarriados, súbdito trabucaire, terror de turbantes, carnet de identidad de una concepción nacionalista metida con calzador; hizo otras muchas cosas que le dieron fama imperecedera sin necesidad de que se le presentara como un infalible remedio de botica contra las veleidades de los que pensaban a España de una manera diferente.

Hay muchos elementos indiciarios, y otros, probados por la acción detectivesca de esforzados estudiosos que no basan los resultados en prejuicios ideológicos, si no que desmontan el mito y lo hacen humano para que el lector crítico, que huye de las verdades absolutas y de las tediosas, cansinas y rancias “chapas” con final obligado de bicarbonato, puedan descubrir gracias a historiadores de verdad -entre los cuales no se encuentra el que suscribe-, una alternativa asequible sobre la vida y milagros de este icono patrio.

Muchos claroscuros hay en la vida del Cid, y se debe a la tensión de una manipulación por agrandar una figura que no necesitaba de tanto manoseo

Desde los estratos más bajos de la nobleza castellana, al principio de manera imperceptible y más tarde pisando fuerte, poco a poco, fue emergiendo la figura de un infanzón anónimo, de carácter indomable y levantisco. El ascenso social del Cid encierra contradicciones en el sentido probable de que el autor del famoso Cantar pone el acento en su dudosa procedencia plebeya, cuando en realidad pertenecía a una familia de condestables leonesa. Su parentesco con su abuelo, Conde de León, y la probada nobleza de su padre, Diego Flaínez, desdicen sus orígenes humildes al tiempo que le catapultan a la corte de Sancho II de Castilla.

La muerte de Sancho

Es en los enfrentamientos a tumba abierta entre los dos hermanos –Alfonso VI rey de León lo era de Sancho II de Castilla-, cuando se producen las primeras líneas de la leyenda que lo catapultaría a la fama. Cuando muere Sancho a las puertas de Zamora durante el asedio de la misma, el Cid queda huérfano de su mentor y mejor amigo.

Detalle de un ejemplar de El Cid Campeador. (Efe)
Detalle de un ejemplar de El Cid Campeador. (Efe)

Al alcanzar Alfonso VI su objetivo de anexionarse Castilla en esa extraña carambola del azar, cuenta la leyenda, que el Campeador, en Santa Gadea, allá por el año del Señor de 1072, le obliga a jurar tres veces sobre su posible implicación en la muerte de Sancho; nada más incierto. Esta fabulación creada posteriormente en el siglo XIII, a pesar de su enorme fuerza dramática y de que se ha mantenido viva en el imaginario popular, no deja de ser una licencia épica que da una fuerza incontestable al Cantar, pero que en su esencia no deja de carecer de fundamento alguno. Atendiendo a las fuentes más próximas, Rodrigo Díaz de Vivar se integró en la corte de manera correcta y sin estrambotes.

Pero las cosas se tuercen a veces por imprevistos.

Cuando muere Sancho a las puertas de Zamora durante el asedio de la misma, el Cid queda huérfano de su mentor y mejor amigo

Los reyes cristianos en aquel tiempo, y en el caso que nos atañe, los de León, tenían como vasallos a las taifas de Granada y Sevilla. Diose el caso de que El Cid, siguiendo el mandato de su rey, fue a cobrar el tributo estipulado a Sevilla, mientras esta estaba enredada en una agarrada importante con la taifa de Granada. Por aquel entonces, el Conde de Nájera, García Ordoñez, era el “cobrador” enviado a su vez por Alfonso VI para aligerar las arcas granadinas, y ocurrió lo que tenía que ocurrir, que ambos se liaron a mamporros y el conde vino a dar con su osamenta contra una piedra que estaba por allí, quedando sumido en profundas reflexiones. Nuestro héroe le echó el guante ‘ipso facto’ y el noble leonés, muy agraviado por el desenlace del lance, juró vengar tan magna ofensa. Y así fue…

Conspirando, conspirando y a la chita callando, el Conde de Nájera, se chivó a su rey de que el de Burgos, se había extralimitado en una persecución de una bandería en la taifa de Toledo, reino con el que Alfonso VI tenía unas relaciones de relumbrón.

Rumbo a un destino incierto

El caso es que el Cid, a raíz de esta “movida”, sale del Reino de León inmerecidamente por la puerta de atrás y con una cohorte de caballeros y soldados fieles pone rumbo a un destino incierto. Ante el desarraigo impuesto, o quizás por la reacción contra la flagrante injusticia que se comete sobre su persona, ofrece tal vez de manera equivocada sus servicios de mercenario a la taifa de Zaragoza a la sazón bajo el control del formidable guerrero árabe Al Muqtadir. Las victorias contra otras taifas musulmanas se suceden encadenando el agrandamiento del mito.

El Conde de Nájera se chivó a su rey de que el de Burgos se había extralimitado en una persecución de una bandería en la taifa de Toledo

Mucho se le ha reprochado al Cid su conspicua conducta al aliarse con los hijos del islam, pero hay que recordar, que la coyuntura geopolítica de la península ibérica en aquel tiempo -como hoy-, era lo más parecido a una corrala de barrio. Las diferencias religiosas y en ocasiones el comadreo, estaban a la orden del día. A la hora de determinar el ‘leit motiv’ de las actuaciones, muchas veces se imponía lo prosaico en perjuicio de criterios más elevados, lo que hacía muy difícil identificar al enemigo del amigo.

De esta guisa, llegamos al vituperio y al elogio (Ibn Bassan dixit) del gran guerrero de esta época tan convulsa de nuestra sanguínea España , en la que condenas y elogios corren a la par por el mismo caudal de la historia.

La traición de los los Almorávides

Pero la apoteosis de este elemento central de nuestro pasado llega cuando dirigiendo una enorme tropa de desarraigados cristianos y musulmanes, mercenarios y compañeros de armas más allá de sus diferencias religiosas, se convierten en un huracán incontenible y arrasan el levante mediterráneo.

Pero algo estaba sucediendo que cambiaría las tornas de aquella increíble galopada.

Para 1091, los Almorávides, que eran unos vecinitos que vivían en el norte de África y que eran muy ambiciosos, fueron invitados a defender las banderas del islam en retirada, pero aviesos y avispados estos, traicionaron a sus anfitriones y se quedaron con todo el pastel. Al Andalus tenía ahora nuevos propietarios.

El Cantar de Mío Cid trata de la honra perdida de un héroe, y contiene una crítica a la alta nobleza en beneficio de la nobleza adquirida por meritocracia

Puestos al día sobre cómo hacer caja y donde, se enteraron de que el Reino de Valencia pagaba 100.000 dinares al Cid por la protección que este les prestaba, y ni cortos ni perezosos, allá que se dirigieron. Pero no contaban con la “Baraka” del Cid. En una contundente derrota sin paliativos, las huestes Almorávides conseguirán retozar con las huríes del paraíso por la vía rápida.

Pero poco le duraría el éxito a este guerrero, encumbrado a la categoría de héroe por la historia, la literatura y derecho propio. Cinco años después de gestionar eficazmente el Reino de Valencia, pasaría a mejor vida este prohombre castellano que causó el mayor ‘totum revolutum’ en la historia militar de la península y cuya memoria dejó una huella imborrable durante generaciones.

El Cantar de Mío Cid trata de la honra perdida de un héroe, y contiene una dura crítica a la alta nobleza en beneficio de la nobleza adquirida por meritocracia, que era a la única a la que podían acceder los que no estaban dentro del circuito de la aristocracia de la época.

El Cid, una ligera pincelada en un cuadro de proporciones gigantescas; en cualquier caso, una referencia indiscutible.

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