Historia: Las vísperas sicilianas y el asalto de Aragón al Mediterráneo: aquello fue el acabose. Noticias de Alma, Corazón, Vida

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Historia: Las vísperas sicilianas y el asalto de Aragón al Mediterráneo: aquello fue el acabose. Noticias de Alma, Corazón, Vida. Las campanas de las iglesias de Palermo llamaban al oficio de vísperas cuando un levantamiento del pueblo de esta milenaria ciudad, masacró a la guarnición

Despuntaba la primavera en la antiquísima Sicilia y los franceses dormían tranquilos. Era el 30 de marzo de 1282 y las campanas de las iglesias de Palermo llamaban al oficio de vísperas cuando un levantamiento del pueblo de esta milenaria ciudad, masacró a la guarnición francesa acantonada intramuros. En perfecta coordinación, una multitud de ávidos ciudadanos sedientos de sangre rápida y sin muchas preguntas se apostaron en las inmediaciones de los dos fuertes en los que los relajados francos zascandileaban relajadamente mientras retozaban en las reconfortantes aguas mediterráneas.

Desde Corleone a Messina, las fuerzas francesas fueron pasadas a cuchillo con un frenesí desconocido

La mano de Dios entraba en acción para desagraviar la ofensa recibida por una dama local a manos de un oficial francés poco precavido y algo irresponsable, que había extendido sus poco educadas intenciones hacia el “derriere” de una elegante y etérea criatura de un aspecto sureño arrebatador. Aquello fue el acabose.

Desde Corleone a Messina, las fuerzas francesas fueron pasadas a cuchillo con un frenesí desconocido. Nada como un agravio al honor para motivar a los siempre ninguneados isleños. Cerca de dos mil uniformados galos desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos a manos de la enfurecida turbamulta.

Pero la cosa no quedó ahí. El tema venía de lejos.

Los sicilianos habían convocado al rey Pedro III de Aragón para que les prestara una ayudita. Pedro III alegaría en favor de su causa los derechos de su mujer Constanza, cuyo padre había sido a su vez pasado alegremente por las armas de Carlos I de Anjou, que cuando penetró imprudentemente con su espada a Manfredo de Hohenstaufen, que así se llamaba el progenitor de la afligida hija delanterior gobernador de Sicilia y Nápoles, hasta su derrota y muerte en la batalla de Benevento, no podía imaginarse la que le iba a caer.

Con anterioridad a los altercados

En los primeros años del siglo XI, aventureros normandos en calidad de mercenarios habían llegado a Sicilia para echar a los cómodamente instalados seguidores del profeta Mahoma que habitaban aquellos pagos desde hacía una miríada de años; más concretamente nos podríamos remontar a una ocupación árabe de Sicilia documentada hacia el 827 de nuestra era. Ya puestos, y con la euforia subida de tanto rebanar los pescuezos de los aterrorizados autóctonos, estos descendientes de los vikingos que se habían instalado años ha en el noroeste de Francia, decidieron también expulsar a los tranquilos bizantinos de la parte sur de la bota itálica, la avanzadilla más al oeste de aquel Imperio que abría y cerraba el transito del Bósforo al Mediterráneo a capricho. Como resultado de su política de amedrentamiento y fechorías varias, el reino consolidado tras la conquista normanda ocupaba en consecuencia la parte meridional de la península italiana. Parecía que todo iba sobre ruedas.

Federico II, que era un rey de armas tomar, tenía bastante cabreada a la curia vaticana por su insolente comportamiento con los purpurados

Tras cerca de un siglo de dominación normanda, los derechos sobre el reino de Sicilia recayeron sobre el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II,  cuyo reinado estuvo protagonizado por serias desavenencias con la Santa Sede, con el telón de fondo del conflicto entre gibelinos y güelfos, dos facciones encabezadas, respectivamente, por el Emperador y el Papa. Federico II, que era un rey de armas tomar, tenía bastante cabreada a la curia vaticana por su insolente comportamiento con los purpurados a los que acusaba de desmanes de todo tipo y de algunas aficiones muy alejadas de la práctica devota del mensaje de aquel gran filósofo llamado Cristo, por lo que a los melifluos pontífices que tan habituados estaban a repartir bendiciones profusamente a diestro y siniestro a cambio de jugosas contrapartidas, solo les quedó el recurso de la excomunión para con este bravucón rey germano .

Aragón calienta motores

Pero sucedía que los modos de Carlos de Anjou y sus secuaces eran del todo inaceptables. A pesar de que  los sicilianos estaban acostumbrados a ser gobernados por todo tipo de invasores, la llegada de los franceses les irritó enormemente. El rey francés  desplegó un gobierno tiránico sin muchas contemplaciones y promovió  elevadas tasas  fiscales. Exigió a los terratenientes los títulos de propiedad, que en el derecho local estaban más asociados a la palabra dada, que al documento escrito, y puso a la nobleza siciliana en su contra. Como numerosas familias carecían de escrituras, sus tierras y las de los dirigentes que estaban en rebeldía fueron confiscadas y entregadas a los franceses. Para más agravio se trasladó la gestión administrativa a Nápoles, lo que relegó a la antigua capital, Palermo, a un papel secundario.

Carlos de Anjou. (Raffaele Esposito)
Carlos de Anjou. (Raffaele Esposito)

Pero el mayor resentimiento causado por los franceses, venia de su actitud arrogante y despótica, tratando a los sufridos locales con desprecio y ofendiendo su honor continuamente.

Mientras los hombres de Carlos de Anjou se apoltronaban en sus nuevos dominios, los  notables sicilianos partidarios de los Hohenstaufen,entre ellos Roger de Lauria, buscaron refugio en la corte del rey Jaime I de Aragón, convirtiendo Barcelona en un centro político de primera magnitud que alimentaria la acción política y militar que estaba a punto de caer sobre los desprevenidos e insolentes franceses.

La mecha en marcha

En 1282 Carlos de Anjou, al filo de la primavera, se preparaba para encabezar una cruzada contra el Imperio bizantino y tomar Constantinopla. Quería un imperio a su medida y los territorios francos se le quedaban algo comprimidos para sus delirios de grandeza. En las aguas del puerto de Mesina, las escuadras napolitana y provenzal estaban listas para zarpar a comienzos de abril. Pero el 30 de marzo estalló en Palermo una gran insurrección contra los franceses, según las malas lenguas con extrañas financiaciones de origen desconocido pero que con un cuidado análisis, podrían acercar conclusiones a las riberas del oeste del mediterráneo.

El pavimento adoquinado, quedó perlado de un color bermellón, muy fluido para más señas, justo en el momento en que las campanas de la iglesia y las de toda la ciudad empezaban a tocar a rebato

Existen distintas versiones sobre cómo se desencadenaron los hechos. La versión más tradicional, dice que el lunes de Pascua en Palermo, en la iglesia del Espíritu Santo, los lugareños se habían reunido para asistir a los oficios vespertinos. Mientras los fieles esperaban la hora de iniciar las vísperas, un grupo de franceses borrachos, bajaba sin mantener el respeto debido a los congregados y oficiantes. Al parecer, un sargento ofendió gravemente a una joven casada y abusó de forma inadecuada en un contexto de respeto y recogimiento que no propiciaba la grosería. El marido, fuera de sí, sacó un cuchillo de dimensiones descomunales y le apuñaló con saña bien engrasada hasta que el interfecto se relajó definitivamente. El resto de franceses que acudieron a socorrer y a vengar a su mando, corrieron la misma suerte. El pavimento adoquinado, quedó perlado de un color bermellón, muy fluido para más señas, justo en el momento en que las campanas de la iglesia y las de toda la ciudad empezaban a tocar a rebato.

Otra versión, quizás más sostenida y fundamentada, dice que el levantamiento estaba perfectamente planeado por el emperador bizantino Miguel Paleólogo, gran diplomático y hombre muy capacitado para la política de largo alcance que preocupado ante la cruzada francesa, habría instigado la revuelta siciliana para mantener ocupado a Carlos de Anjou e impedirle llevar a cabo sus planes.

Lo cierto, en un plano más corto y focalizado, es  que quienes lo habían organizado habían usado el tañido de las campanas en vísperas, como clave para la sublevación. Iniciada la rebelión, la ira popular desatada no reparó en mientes y se llevó por delante al grito de ¡Muerte a los franceses!”, cerca de 2.000 almas en una orgia de sangre muy al uso de las costumbres isleñas cuando se presentaba la oportunidad.

Es muy probable que las tres hipótesis convergieran en la génesis y desarrollo de la revuelta. Los procesos históricos en general suelen ser multicausales. Las Vísperas Sicilianas fueron probablemente una respuesta popular, quizás espontanea pero con una levadura solapada por el rey de Aragón y el exilio siciliano. El incidente del sargento pudo ser el impelente inicial de la rebelión larvada, instigada y sufragada por el emperador bizantino. Carlos de Anjou quizás llegó con cierto retraso a la conclusión de que su apuesta se estaba desarrollando en una zona altamente sísmica, pero le faltaron reflejos para reconocerlo.

Vídeo: La ópera de Giusseppe Verdide “Las vísperas sicilianas”

¿Cuál era el papel de la Corona de Aragón en este embrollo?

No hay que olvidar, que el Reino de Aragón extendía sus tentáculos comerciales desde Famagusta hasta Constantinopla y desde Alejandría hasta los puertos del norte de África, por citar algunos de los enclaves con los que mantenía excelentes relaciones mercantiles. Muchas de las “cocas” o pequeños barcos de cabotaje muy marineros, navegaban en ocasiones con dos banderas al alimón; una la propia del reino, y la otra, de concierto o común acuerdo con el proveedor o destinatario con el que se mercadeaba. Aragón era un reino temido y temible. Ninguna decisión geoestratégica de calado de ningún reino con costa o vistas al Mare Nostrum, tomaba una decisión sin considerar las repercusiones que podría acarrearle este aspecto.

Pedro III el Grande. (Manuel Aguirre y Monsalbe)
Pedro III el Grande. (Manuel Aguirre y Monsalbe)

A la sazón el rey de Aragón, Jaime I, que acababa de conquistar las tierras mallorquinas y valencianas y cuyo hijo y sucesor, el futuro Pedro III el Grande que había contraído matrimonio en Montpellier con la princesa Constanza de Hohenstaufen, hija del fallecido Manfredo y nieta, por tanto, del emperador Federico II, acreditaban la legitimidad necesaria para que los cabreados sicilianos hicieran piña en torno a los derechos sucesorios de doña Constanza, representados y defendidos por su esposo el infante don Pedro y por su suegro el rey don Jaime. En 1270, Aragón era un nombre que se escribía con palabras mayores en la política europea…

Carlos de Anjou tuvo que huir de Sicilia a una velocidad inusitada ocultando bajo la polvareda levantada por los cascos de las caballerías, la vergüenza de una chulería demasiado autocomplaciente durante la ocupación. Los rebeldes obtuvieron la independencia de la isla que inicialmente fue administrada  en comunas nucleadas al modo de las repúblicas italianas del norte, como Florencia y Venecia; pero pronto se vio la fragilidad de la Utopía  y se hizo una oferta formal al más fiable de los pretendientes, y los sicilianos decidieron ofrecérsela al que desde 1276 era rey de la Corona de Aragón, don Pedro III y su esposa doña Constanza Hohenstaufen. Esta solución contó con el apoyo mayoritario de todos los isleños y de todas las  clases sociales.

Cuando los monarcas de Aragón entraron en Palermo ante el entusiasmo popular, la Corona  más potente del mediterráneo había dado un paso gigantesco en el control del monopolio comercial del tráfico marítimo del mar interior por excelencia. Sicilia representaba un paso espectacular para el dominio comercial aragonés del Mediterráneo.

Aragón, un gigante a la altura de su tiempo.

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