La momia de la viruela

El hallazgo de una cepa del virus en los restos de un niño fallecido en el siglo XVII apunta a que la enfermedad es más reciente de lo que se creía.

Bajo una cripta lituana el tiempo ha querido conservar la momia de un niño de cuatro años, presumiblemente fallecido a causa de la viruela entre 1643 y 1665, un periodo en que la enfermedad se cobró un alto número de víctimas en Europa. El estudio de los restos por parte de un equipo internacional –formado por expertos de universidades de Canadá, Finlandia, Lituania y Australia– requirió la autorización previa de la Organización Mundial de la Salud, ya que, desde que el virus fue erradicado hace tan sólo 40 años, no pueden hallarse muestras del mismo más que en dos centros, en Rusia y en Estados Unidos, y existía la posibilidad de que se mantuviera vivo en el ADN extraido, aunque finalmente no ha sido el caso.

El estudio de la momia ha revelado que la viruela podría haber sido injustamente acusada de muertes de algunas personas embalsamadas encontradas en India y China e incluso de la momia del propio Ramsés V, pues se creyó encontrar su huella en los restos del faraón. En cambio, el análisis del ADN del niño lituano ha llevado a la comunidad científica a ponerlo en duda, haciendo que se pregunten si las marcas no son más bien fruto de una varicela o un sarampión, enfermedades que siembran la piel de cicatrices similares. Y es que la cepa de viruela que albergaban los restos del pequeño parece ser mucho más próxima a la cepa original de lo que debería serlo si este virus realmente hubiera puesto fin al reinado del egipcio más de 3.000 años atrás.

El descubrimiento, publicado en la revista «Current Biology», ha sido posible gracias a la comparación de cepas que datan del siglo XVII con muestras más modernas, de entre 1940 y 1977, año de su erradicación, aunque la OMS lo declaró en 1980. Gracias a este contraste, los científicos han podido calcular el ritmo de evolución del virus, llegando incluso a reconstruir completamente el genoma antiguo. Así, se ha estimado que las distintas mutaciones de la viruela proceden de un antepasado que no es anterior a 1580 y cuyo origen se situaría, afinando la estimación, entre 1588 y 1645. «Este estudio fija el reloj de la evolución de la viruela en una escala de tiempo mucho más reciente», afirma el biólogo evolutivo Eddie Holmes, profesor de la Universidad de Sidney, aunque reconoce que aún se mantiene la incógnita de «qué animal es el verdadero reservorio del virus de la viruela y cuándo saltó por primera vez a los humanos».

De todos modos, el desarrollo de una vacuna por parte del médico inglés Edward Jenner, en 1796, permitió trazar el camino evolutivo del virus, desvelando que se había dividido en dos, dando lugar a una dualidad de cepas: «Variola mayor», con mayor tasa de mortalidad, y «Variola menor», no tan agresiva. En cuanto a esta última, ha sido posible señalar el periodo del comercio transatlántico de esclavos como la fecha de su antecesor, etapa en que el intercambio entre el continente europeo y el americano no se limitó a cuestiones mercantiles, sino que sirvió también para que el virus viajara, convirtiéndose en una amenaza a nivel mundial.

Margaret Humphreys, historiadora de Medicina de la Universidad de Duke, señala que «este trabajo desdibuja la línea entre las enfermedades antiguas y las infecciones emergentes». Por otro lado, la investigadora postdoctoral del McMaster Ancient DNA Center, Ana Duggan, recuerda la importancia de no dejarse vencer por la pereza o caer en la apatía de no continuar indagando en los orígenes de la viruela por tratarse de una enfermedad erradicada, ya que, mientras no se conozca su procedencia, la reemergencia se mantiene como un riesgo real.

 

Origen: La momia de la viruela

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