Aguilucho: ¿Qué fue del hijo de Napoleón?

La emperatriz María Luisa y el futuro Napoleón II
La emperatriz María Luisa y el futuro Napoleón II

Apenas cumplidos los cuatro años, Napoleón II, hijo del Gran Corso, se convirtió en amenaza para la Europa del Antiguo Régimen

El 15 de diciembre de 1940, una silenciosa comitiva partió de la parisina Gare de Austerlitz en dirección al complejo de los Inválidos. En el centro del cortejo, un armón militar transportaba el féretro del que un día fue efímero emperador de los franceses: Napoleón II.

Con el afán de reparar un agravio histórico, y deseando congraciarse con la Francia ocupada, Hitler había ordenado abrir la Cripta de los Capuchinos de Viena, tomar los restos del hijo del Gran Corso y llevarlos hasta París para que descansaran, junto a los de su padre, bajo la cúpula del antiguo hospital militar de los Inválidos.

Nada recordaba a la ceremonia que, exactamente cien años antes, había depositado los restos de Napoleón Bonaparte en su sepultura definitiva. Entonces los franceses vitoreaban a quienes transportaban su fúnebre cargamento. Ahora miraban con desconfianza a los soldados alemanes que, por orden directa del Führer, llevaban los restos de su hijo.

Era el triste sino de Napoleón II. Ser solo una sombra de su poderoso padre. Un destino que, frente al Águila Imperial, como se conoció al primer Bonaparte, solo le permitió ser “el Aguilucho”, el sobrenombre que se le dio de manera póstuma.

Tumba de Napoleón II en los Inválidos.

Tumba de Napoleón II en los Inválidos. Didier Grau / CC BY-SA 3.0

En busca de un heredero

El gran amor en la vida de Napoleón Bonaparte fue Josefina Beauharnais. Su segundo matrimonio con María Luisa de Austria fue, simplemente, una argucia para conseguir el heredero que Josefina no podía darle.

En 1810, el emperador había tenido un hijo varón, Alejandro, de sus amores con la condesa polaca María Walewska, pero había sido inscrito como hijo del esposo de la condesa. Por otra parte, convenía que el heredero imperial estuviera vinculado a una casa real de solera. De ahí que, tras divorciarse de Josefina, eligiera como esposa a la archiduquesa María Luisa, hija del emperador de Austria.

Lo cierto es que Francia coincidía en su rechazo ante el nuevo matrimonio de Napoleón, aunque por diferentes motivos. El clero francés no aprobaba el divorcio del emperador. Para los republicanos, María Luisa no era más que la sobrina de “la austríaca”, María Antonieta, la odiada reina guillotinada. Los monárquicos reprobaban una boda que daba una cierta legitimidad dinástica a la familia Bonaparte. Y las personas más próximas al emperador se declaraban decididos partidarios de Josefina.

La mayoría de las reticencias desaparecieron el 20 de marzo de 1811, cuando nació en las Tullerías el primer hijo de la pareja. Napoleón, por fin, tenía un heredero. El Senado francés otorgó al recién nacido el título de Rey de Roma (de haberse tratado de una niña, la titulación habría sido la de Princesa de Venecia). Este título se añadió al de Príncipe Imperial previsto por la Constitución napoleónica.

De nombre Napoleón Francisco José Carlos, una legión de nodrizas y ayas, primero, y de preceptores e instructores militares, después, se encargaría de supervisar su formación. Pese a su innegable rigidez protocolaria, no eran esos los usos de la corte austríaca. Allí se permitía un mayor contacto entre padres e hijos. María Luisa escribió a su madre: “Estoy segura de que en Viena habría podido disfrutar mucho más de mi hijo”.

A lo largo de su vida el pequeño Napoleón no gozó demasiado de la compañía de sus padres. En mayo de 1812, cuando el emperador inició la campaña de Rusia, María Luisa le acompañó hasta Dresde, pero el niño permaneció en París. Fue el principio del fin del Imperio. París sería ocupado en marzo de 1814, pocos meses después de la derrota francesa en Leipzig.

El joven Napoleón II.

El joven Napoleón II.

En abril, Napoleón fue depuesto por el Senado y, siguiendo el consejo de sus mariscales, abdicó en su hijo. El rey de Roma pasó a ser Napoleón II, un título fugaz, ya que ocho días después se firmaba el Tratado de Fontainebleau entre Napoleón y los representantes de las tres monarquías de la Santa Alianza: Austria, Rusia y Prusia.

Por él, Bonaparte renunciaba a la soberanía sobre sus dominios, tanto para sí como para su familia, mientras que a María Luisa se le concedían los ducados italianos de Parma, Piacenza y Guastalla, que en el futuro debía heredar el rey de Roma. Una semana después, el Gran Corso partió hacia la isla de Elba. No volvió a ver a su hijo.

De Napoleón a Franz

Meses antes, Napoleón había escrito a su hermano José que preferiría ver a su hijo muerto antes que convertido en un príncipe austríaco. Sin embargo, padre al fin, al tiempo que partía hacia el exilio, obligó a su esposa a escribir una carta a Francisco I de Austria solicitándole amparo para ella y su pequeño.

Francisco I no le negó su ayuda. María Luisa y el niño partieron hacia Viena. De inmediato, bajo la batuta del canciller Metternich, se puso en marcha una concienzuda operación que, como temía su padre, estaba destinada a transformar a Napoleón II en un archiduque vienés.

Se comenzó por hacerle olvidar su primer nombre para pasar a denominarse Francisco (Franz), como su abuelo, y apenas cumplidos los siete años se le concedió el título de duque de Reichstadt, con el fin de obviar cualquier referencia a su anterior estatus de príncipe imperial.

Retrato de María Luisa de Austria, madre de Napoleón II.

Retrato de María Luisa de Austria, madre de Napoleón II.

Para entonces, en 1818, su madre tampoco estaba a su lado. El Congreso de Viena había reconocido a María Luisa la titularidad de los ducados italianos concedida en Fontainebleau. No obstante, solo lo hizo a título vitalicio. Por tanto, el joven Napoleón no podría heredarlos.

La antaño emperatriz se trasladó a tierras italianas para desempeñar el gobierno de sus posesiones. Ni siquiera durante el breve sueño imperial de los Cien Días, con el regreso de Bonaparte a Francia desde Elba, había valorado María Luisa la posibilidad de regresar a París. Tampoco la de permanecer junto a su hijo en Viena. Su situación tampoco varió cuando la batalla de Waterloo sentenció definitivamente el Imperio napoleónico, enviando al Gran Corso a Santa Elena.

Nace la leyenda

Así, el duque de Reichstadt creció como huérfano de padre y con una madre cuya presencia era únicamente epistolar. Le compensó de su soledad la especial predilección que sentía por él su abuelo, Francisco I.

Nada recordaba a Napoleón en el físico de aquel muchacho, pero nadie olvidaba que, tras su abdicación en 1815, Bonaparte había proclamado: “Mi vida política se acaba, y nombro a mi hijo, bajo el título de Napoleón II, emperador de los franceses”. Había sido, una vez más, un efímero nombramiento. Pero, como resultado, las potencias aliadas contemplaron al joven Napoleón como un enemigo potencial para la Europa de la Restauración. Era necesario controlarlo, y el canciller Metternich se encargó de ello.

La contrapartida era, evidentemente, el significado que su figura tenía para los bonapartistas franceses, para quienes Napoleón II pasaba a ser el símbolo de las libertades secuestradas por el absolutismo. Muchos autores afirman que el reverdecer del fervor napoleónico que llevó a la creación del Segundo Imperio tiene su origen en la leyenda que circundó en Francia la figura del duque de Reichstadt.

Napoleón II retratado como duque de Reichstadt.

Napoleón II retratado como duque de Reichstadt.

Una muerte ¿natural?

La revolución liberal de 1830 habría podido ser una ocasión de oro para que Napoleón II hiciera realidad en su persona las ambiciones de muchos bonapartistas. Pero por entonces la tuberculosis ya había hecho estragos en el joven archiduque, quien, por otro lado, nunca se declaró sobre un posible retorno a Francia. En cualquier caso, Luis Felipe de Orleans sería quien se hiciese con el trono.

La terrible decadencia física de un muchacho que solo contaba 19 años puso rápidamente en acción la rumorología, y en las filas liberales francesas se le consideró una víctima más de las maquiavélicas intenciones de Metternich. La sospecha de que fuese envenenado fue sostenida años después por varios autores, pero la medicina actual lo desmiente.

Napoleón debería haber intuido que Metternich estaba dispuesto a todo con tal de salvar su ideal de monarquía absoluta

En la primavera de 1832, lo que parecía un persistente catarro afectó de nuevo al duque de Reichstadt. La rápida evolución de la enfermedad, una tuberculosis galopante, hizo que a comienzos de mayo el joven no fuera más que piel y huesos y apenas se tuviera en pie.

Aun descartada la posibilidad del envenenamiento, Metternich sí fue culpable de la precipitación con que se desarrollaron los acontecimientos. Desde hacía varios años, María Luisa había insistido en que se permitiera a su hijo viajar a Italia, convencida de que la benignidad del clima mediterráneo fortalecería sus delicados pulmones. Pero el canciller siempre se negó. Temía lo que pudiera suceder si Napoleón II cruzaba la frontera austríaca.

En su descargo habría que alegar que, posiblemente, Metternich no olvidaba las palabras escritas por su eterno enemigo, Napoleón, antes de morir: “Mi hijo debe pensar en vengar mi muerte en el destierro, pero debe también sacar partido de ella. […] Que dirija sus esfuerzos a reinar. Que haga crecer todo lo que yo he sembrado”. Napoleón debería haber intuido que Metternich estaba dispuesto a todo con tal de salvar su ideal de monarquía absoluta.

Retrato mortuorio del joven Napoleón II.

Retrato mortuorio del joven Napoleón II.

El 22 de julio de 1832, el duque de Reichstadt murió en Schönbrunn. Sin embargo, Napoleón II, el hijo del Águila Imperial, siguió aleteando muchos años después. Y no solo en las aspiraciones bonapartistas, también en los escenarios y en la literatura.

Diversos autores se sintieron fascinados por el halo romántico y el misterio que lo rodeaban, entre ellos, Edmond de Rostand. En 1900 escribió un drama titulado L’Aiglon (el aguilucho) que se mantuvo largo tiempo sobre los escenarios. La obra reavivó el recuerdo de una figura tan frágil como imponente, en su simbolismo, para aquellos que quisieron regenerar en él el mito de Bonaparte.

El testigo lo recogería su primo, Carlos Luis Napoleón, hijo de Luis Bonaparte (hermano del Gran Corso) y Hortensia Beauharnais (hija del primer matrimonio de Josefina). Él conseguiría instaurar el Segundo Imperio y gobernarlo como Napoleón III.

Origen: Aguilucho: ¿Qué fue del hijo de Napoleón?

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: