Álvaro de Bazán: ¿Traicionó el Rey Felipe II al mejor marino de la historia de España?

Retrato del aristócrata y marino español Álvaro de Bazán
Retrato del aristócrata y marino español Álvaro de Bazán

En esos preparativos de la mal llamada Armada Invencible murió Álvaro de Bazán, sin que el Rey le agradeciera sus servicios, sino al contrario, le relevara de malas formas y pusiera a su familia un tiempo en cuarentena

Don Álvaro de Bazán tras vencer a los turcos en Lepanto, a los franceses en las Azores y a un sinfín de corsarios por el Mediterráneo se le acabó apodando el «Invicto» porque, en efecto, no se le conoce ninguna derrota en sus treinta años de servicio a la Corona. Un hito solo empañado, si se quiere, porque la planificación de la mal llamada Armada Invencible, en verdad Grande y Felicísima Armada, corrió de su cuenta y se le atribuye a él algunos de los errores de base que provocaron el desastre naval de 1588, fruto de la mala cartografía que portaban los españoles sobre las costas irlandesas, las tempestades, unos objetivos mal dibujados y, en menor medida, por el hostigamiento de la flota británica.

En los preparativos de esa Armada murió, además, el que fue uno de los mejores marinos de la historia, sin que Felipe II le agradeciera sus servicios, sino al contrario, le relevara de malas formas y pusiera a su familia un tiempo en cuarentena.

El german del plan contra Inglaterra

El germen de la Gran Armada y de esa tragedia empezó en 1582. Tras su victoria en la isla Terceira, considerada por muchos expertos la primera gran batalla entre galeones en mar abierto, el Rey Felipe II recompensó a Bazán, ya en su madurez militar, nombrándole grande de España y dándole el rango inédito de capitán general de la Mar Océano. Las Cortes castellanas le recibieron con una ovación y se entonó un tedeum en su honor en El Escorial. En poco tiempo, Bazán se elevó como el miembro del Consejo de Su Majestad más partidario de atacar a Inglaterra en su propio territorio. Entendía que la guerra de Flandes, que desangraba la Hacienda Real, solo se podía concluir cuando los ingleses dejaran de dar apoyo económico y militar a los rebeldes.

Bazán se elevó como el miembro del Consejo de Su Majestad más partidario de atacar a Inglaterra en su propio territorio

El plan del marino pasaba por desembarcar primero en Irlanda y crear así una distracción, mientras otra flota española se dirigía al sur de Inglaterra y conquistaba algún puerto. Felipe II, al que la posibilidad de atacar Inglaterra hacía que le brillaran los ojos desde hacía un par de décadas, terminó contagiado del entusiasmo de Bazán como si se tratara de un hinchado predicador evangelista. En cualquier caso, no hizo falta que el Rey de España tirara la primera piedra. Tras años de guerra fría, la guerra comenzó de forma oficial en octubre de 1585, cuando el pirata Francis Drake navegó por la costa oeste ibérica, saqueando Vigo y Santiago de Cabo Verde, además de intentar hacer lo mismo en La Palma. En el Caribe se cobró sus mayores éxitos, saqueó Santo Domingo, Cartagena de Indias y San Agustín (en la Florida).

Como respuesta a la agresión, el soberano dio luz verde a la Empresa de Inglaterra, al sueño del marqués de Santa Cruz. El plan de Bazán sufrió, sin embargo, importantes modificaciones: nada de distracciones, se atacaría Inglaterra directamente cuando fueran trasladados desde Flandes el grueso de los ejércitos de Alejandro Farnesio. Una vez se hubiera tomado Londres y derrocada o encarcelada la reina Isabel, Felipe II entronaría a algún monarca católico favorable a sus intereses.

Los astilleros se pusieron a trabajar a destajo en Sevilla, Cádiz y Lisboa, donde comenzó la concentración de tropas, pólvora y suministros. Galeones, urcas, carracas, galeras, galeazas, naos, zabras, pinazas y pataches inundaron poco a poco el estuario del Tajo, en una estampa repleta de advocaciones religiosas, pues al fin y al cabo se trataba de una cruzada religiosa bendecida por Roma para erradicar la herejía de Inglaterra. Sobre la flota reunida para la cruzada existe la tentación de vincular las pesadas carracas portuguesas, heredadas de la campaña lusa, al plan original de Bazán.

Nada más lejos de la realidad; el experto marino sabía que el futuro de la Armada española pasaba por ágiles galeones de batalla, buques fuertes de formas afinadas y capaces de llevar una potencia artillera de al menos cuarenta cañones. Llevaba años impulsando su fabricación y algunas unidades participarían en la empresa. Sin embargo, la falta de fondos y la necesidad de usar lo que había a mano justificaron que el marino integrara en la empresa las lentas carracas portuguesas y las grandes urcas procedentes de Venecia y Ragusa, cuya vocación comercial obligaba a adaptarlos a la guerra de forma poco eficiente.

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Un desastre logístico en Lisboa

Al acumular barcos y suministros en Lisboa sin una fecha de partida, los gastos se dispararon. El bizcocho (el alimento típico para estas travesías marítimas) se echó a perder con el paso de los días y las epidemias diezmaron a los 20.000 soldados que ya se encontraban en el puerto portugués. Las tareas de gestión sepultaron a Don Álvaro de Bazán, sin que vislumbrara un horizonte hacia el que partir. Conscientes de la delicada situación de los preparativos españoles, los ingleses enviaron al inicio de 1587 una flotilla a cargo de Francis Drake con la misión de «chamuscar las barcas al rey de España», atacar Cádiz y hacerse con la Flota del Tesoro de Indias. El conocido como «el ladrón del mundo desconocido» arrasó Cádiz, destruyó algunos barcos preparados para la empresa, entre ellos un hermoso galeón de 1.000 toneladas que iba a hacer de nave capitana para Bazán, y bloqueó durante semanas las rutas que desde Nápoles, Sicilia y el Levante español se dirigían con suministros hacia Lisboa.

El conocido como «el ladrón del mundo desconocido» arrasó Cádiz, destruyó algunos barcos preparados para la empresa, entre ellos un hermoso galeón de 1.000 toneladas que iba a hacer de nave capitana para Bazán

Drake se atrevió incluso a merodear Lisboa, a modo de reto para que Bazán saliera a mar abierto. En cuanto percibió que el veterano almirante no iba a caer en su trampa, el pirata inglés puso rumbo a las Azores, donde el espionaje inglés le había informado de que arribaría en pocos días una carraca portuguesa de 1.400 toneladas, el San Felipe, cargada de mercancías exóticas, desde canela a marfil y oro… El buque luso se rindió sin apenas lucha y Drake regresó a casa con más de 114.000 libras, o lo que es lo mismo, el dinero necesario para sufragar la defensa de toda Inglaterra en la inminente campaña. Bazán salió con retraso en persecución de Drake, aunque en última instancia se contentó con escoltar la Flota de Indias, cargada con 16 millones de ducados, hasta llevarla a salvo a Sevilla.

No era poca cosa para la delicada Hacienda Real. Al final del verano de ese año, el caos cundía más que nunca en los astilleros españoles. Felipe II había calculado que antes de finalizar 1587 estaría todo listo y, ahora que los retrasos se acumulaban uno encima de otro, culpó a don Álvaro de Bazán del desastre en la intendencia. Primero con un tono persuasivo y, al final, de manera intimidatoria: «No hay que gastar tiempo en consultas y respuestas, sino apresurar la ejecución y avisarme si podrían ganarse algunos días». Las lluvias y el frío del invierno empantanaron la flota y arruinaron las cosechas, con un comienzo de año apocalíptico en toda Europa. Lo poco que se avanzaba lo deshacían el viento y la lluvia.

Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia
Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia

En la senda de su impaciencia, el Rey envió al Conde de Fuentes, sobrino del fallecido y célebre III Duque de Alba, a conocer el estado de la flota y a arrebatar el mando a Bazán si era necesario. A su llegada a Lisboa, se encontró una situación precaria y al marqués mentalmente afectado, sin capacidad de dirigir los preparativos desde su lecho. El granadino había demostrado a lo largo de su vida que era, sobre todo, un hombre de acción, que usaba una energía arrolladora y su experiencia para suplir sus carencias administrativas. Pero hasta aquí llegó la energía arrolladora del anciano, contagiado del tifus en esas fechas. La misma epidemia que provocó la muerte de casi la mitad de los marineros y, a su vez, que muy pocos de los barcos estuvieran listos para salir a la mar.

El mito de la mala gestión

Con todo, el historiador Agustín R. Rodríguez González en su obra «Drake y la invencible» (Biblioteca De Historia, 2012) recuerda que los informes finales de Fuentes fueron favorables y que buena parte de los problemas en la gestión de suministros venían por la decisión de crear un segundo centro logístico situado en Cádiz. Ya entonces se intuía que Felipe II quería involucrar más en la empresa al acaudalado Medina-Sidonia, gerifalte de esta región andaluza. A principios de febrero de 1588, Bazán aprovechó una leve mejoría para enviar una carta al rey en la que proponía que su hermano, Alonso, se hiciera cargo de la operación si se agravaba su enfermedad:

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«Pero si no fuera servido que mi enfermedad pasara adelante, suplico… que encargue la Armada a don Alonso, pues por su calidad y no haber ninguno de tanta práctica y experiencia, dará muy buena cuenta…»

El 9 de febrero, en uno de los tan habituales días de lluvia en Lisboa, falleció Don Álvaro de Bazán, cuando parecía que estaba mejorando de su enfermedad. Un destacado oficial de la Armada, Martín de Bertendona, tuvo ocasión de visitarlo en su lecho de muerte y lamentar juntos que en «esta jornada, donde es menester pelear con la mar, vientos, tierra y enemigos» faltara una dirección clara sobre muchos asuntos y los detalles quedaran a merced de la voluntad divina. Felipe II así lo deseaba, sin apreciar que en los detalles no está Dios, sino el diablo, como presume un refrán anglosajón.

El hombre elegido por Felipe II para sustituir a Bazán se mostró diligente solo hasta que se echaron a la mar

Aún moribundo el anterior comandante, el monarca escribió sin perder tiempo a un Alonso, sí, a Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, VII Duque de Medina-Sidonia, para comunicarle que él se haría cargo de la Armada. No pasaba por su cabeza nombrar al hermano de Bazán, que cayó en desgracia varios años sin saber por qué. Ni siquiera Medina-Sidonia se consideraba el hombre idóneo para conducir la escuadra a las Islas Británicas, porque sus conocimiento militares, sobre todo a nivel marítimo, se reducían a una escaramuza al sur de Portugal durante la conquista de este reino y a la defensa de Cádiz, además de reconocer que se mareaba en la mar a causa de sus «muchos reumas». Sin embargo, Felipe II se enrocó en su decisión y el duque no tuvo más remedio que desplazarse a Lisboa.

Allí el trabajo organizativo del noble castellano —las tareas administrativas eran su mayor talento— dieron pronto sus frutos y en cuestión de meses la flota empezó a tornar de otro color. De los 104 barcos y 10.000 efectivos disponibles en febrero, se pasó a 130 barcos y 19.000 soldados en mayo. El milagro administrativo, eso sí, fue posible con el dinero que el duque puso de su propio bolsillo. Santa Cruz ya no sabía de dónde más sacar. «Tengo enormes deudas. Mi familia debe 900.000 ducados, y yo no tengo ni un solo real para gastarlo en la expedición», acabaría escribiendo al rey un desesperado Medina-Sidonia.

El hombre elegido por Felipe II para sustituir a Bazán se mostró diligente solo hasta que se echaron a la mar. Al atardecer del 31 de mayo de 1588, el último de los barcos de la «Armada Felicísima» abandonó Lisboa en dirección a los Países Bajos, donde Medina-Sidonia debía «darse la mano» con los Tercios de Flandes y transportar a los soldados a Inglaterra. Tras un duro viaje donde los barcos tuvieron que reagruparse varias veces, el 29 de julio la escuadra que dirigía Medina Sidonia se internó en aguas inglesas. A esas alturas, tras dos años de preparativos, los planes de Felipe II se suponían conocidos por toda Europa. Era el secreto peor guardado del continente.

Derrota de la Armada Invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)
Derrota de la Armada Invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)

Como medidas defensivas, Isabel I había organizado un sistema de vigías para avistar la llegada de los barcos españoles al instante y había autorizado a su almirante Lord Howard y al corsario Francis Drake a aprovechar la confusión para contraatacar en las costas españolas. Querían repetir el éxito del ataque a Cádiz del año anterior y los ingleses contaban con una flota superior a la española en número, aunque no en experiencia. No fue así, la meteorología también castigó a la flota inglesa y la obligó a retornar a Inglaterra poco después de su salida, en concreto al puerto de Plymouth, justo unos días antes de la llegada de Medina-Sidonia a ese mismo lugar.

La tradición inglesa asegura que Drake jugaba a los bolos relajado cuando llegaron los buques españoles y que, flemático, se limitó a comentar: «Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles». Una de las muchas mentiras propagandísticas que rodean al relato de esta guerra anglo-española.

La tumba de una generación brillante

El corsario y sus hombres reparaban y aprovisionaban sus barcos tras el malogrado intento por llegar a España, cuando el marino Thomas Fleming trajo la terrible noticia: la flota enemiga estaba a la salida del puerto y solo la indecisión española podía salvarles del desastre. A primera hora del 29 julio, el duque convocó un consejo de guerra en el buque insignia de la Armada, el San Martín, donde algunos oficiales como Miguel de Oquendo, Pedro de Valdés y Juan Martínez de Recalde —la vieja guardia de Álvaro de Bazán— propusieron atacar a Drake en el puerto, como había hecho el propio pirata en Cádiz un año antes. Esto posiblemente habría supuesto una victoria abultada para los españoles, puesto que el viento en contra impedía que escapara ningún buque. Sin embargo, Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga decidió, bajo la influencia de su pésimo consejero Diego Flores de Valdés, ceñirse a los planes de Felipe II y dirigirse a Flandes sin mediar combate con los británicos.

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De alguna manera Bazán murió por segunda vez en este llamado minuto eterno de Plymouth. Aquella oportunidad perdida de destruir la flota inglesa sentenció la suerte de la Felicísima, que recuperó el rol de pesado convoy de transporte de tropas que Felipe II le había otorgado erróneamente. Una misión que ni las comunicaciones de la época, ni los ágiles barcos enemigos iban a permitir llevar a cabo. «Darse la mano» con las tropas de Alejandro Farnesio, apostadas en un puerto flamenco aún por determinar, iba a resultar una tarea imposible.

Una misión que ni las comunicaciones de la época, ni los ágiles barcos enemigos iban a permitir llevar a cabo

Los ingleses no pudieron hundir casi ninguno de los buques atlánticos en la campaña, pero Medina-Sidonia no alcanzó de ninguna manera a «darse la mano», ni las yemas de los dedos, con los ejércitos hispánicos en los Países Bajos y se vio forzado a bordear las Islas Británicas. Su absoluta falta de conocimiento sobre la realidad de la guerra naval, algo difícil de imaginar de ser Bazán el comandante, y la incapacidad de comunicarse con tierra de una forma fluida mataron toda posibilidad de contactar con el ejército de Alejandro Farnesio.

Las pérdidas humanas del viaje de la Armada por Escocia e Irlanda envilecieron a las materiales. Entre 10.000 y 15.000 hombres murieron en la empresa inglesa, entre ellos algunos de los miembros más destacados de la primera gran generación de marinos españoles que habían acompañado a Álvaro de Bazán en los albores de la nueva guerra atlántica. El Imperio español terminaría ganando aquella guerra con Inglaterra, como demuestra el beneficioso Tratado de Londres de 1604, pero a costa de perder de un plumazo a estos ilustres mandos.

¿Derrota póstuma?

Don Álvaro de Bazán murió en los preparativos. Miguel de Oquendo capitaneó la escuadra de Guipúzcoa en la Empresa Inglesa. Antes había participado en la conquista de Orán, en la batalla de Terceiras y en otra decena de combates junto a Bazán. Su barco fue incendiado en el ataque a Inglaterra y, enfermo, apenas logró llegar al puerto de Pasajes (San Sebastián) entre otros supervivientes que habían perdido sus embarcaciones. Murió en su casa a los pocos días de su vuelta. El también vasco Juan Martínez de Recalde fue un destacado almirante y constructor de barcos al servicio de la Corona Española, cuya carrera también estuvo ligada a la de Bazán.

Retrato de Juan Martínez de Recalde.
Retrato de Juan Martínez de Recalde.

Él comandó la escuadra de Vizcaya con el rango de almirante de la flota de invasión de Inglaterra, siendo la escuadra dirigida por el vasco la que tuvo ocasión de batirse más tiempo con los barcos británicos en retaguardia. A pesar de ser el segundo al mando, su voz apenas fue escuchada por Medina-Sidonia, obcecado en cumplir con las órdenes reales de forma estricta. De regreso a España recaló en Irlanda para hacerse con víveres y desde allí alcanzar La Coruña. Falleció en el puerto gallego poco después de llegar.

¿Fue el desastre de la llamada Armada Invencible una derrota póstuma del soldado invicto? La verdad es que de falta de iniciativa, que es de lo que pecó Medina-Sidonia en la campaña, nunca se le pudo acusar a Bazán, que hasta le sobraba. El plan originalmente propuesto por el marqués era partir desde España con una flota de transporte y las tropas ya embarcadas hasta las Islas Británicas, como había hecho en Malta y en las Terceiras. Incluso Medina-Sidonia fue capaz de desplazar la flota, de unas 60.000 toneladas de carga, de un extremo del Canal a otro, a pesar de los reiterados ataques ingleses. Aquello demostró que era factible la idea del marqués de una invasión a lo Guillermo el Conquistador, no así el contacto con el Ejército de Flandes que concibió el Rey.

Origen: Álvaro de Bazán: ¿Traicionó el Rey Felipe II al mejor marino de la historia de España?

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