Así intentaron ocultar los Borbones el naufragio de la Medusa, la tragedia que conmocionó a Europa

El naufragio de la Medusa, pintado por Gericault
El naufragio de la Medusa, pintado por Gericault

Se produjo dos años después de la destitución de Napoleón, con la familia Borbón restaurada en el poder de Francia. Luis XVIII quiso esconder las escenas de hambre y canibalismo que se dieron en la fragata y que Gericault plasmó en el famoso cuadro que cada año es visitado en el Museo del Louvre por millones de personas

La noticia no llegó a España hasta tres meses después. La publicó el ‘Diario Balear’ el 26 de octubre de 1816: «La fragata Medusa naufragó el 2 de julio en el banco de Arguin, a 20 leguas del Cabo Blanco, entre las islas Canarias y Cabo Verde. Seis de sus lanchas y botes salvaron a una gran parte de la tripulación y los pasajeros, pero de los 150 hombres que lo intentaron en una balsa, perecieron 135». Cuatro años después, la revista ‘Crónica científica y literaria’ incluía una «narración verídica de uno de los acontecimientos más horrorosos de nuestro siglo».

Poco más, para el que es considerado –gracias al cuadro pintado en 1819 por el pintor romántico Théodore Gericault , que dio fama mundial a este pintor romántico y que cada año visitan millones de personas en el Museo del Louvre – uno de los naufragios más espantosos de la historia. Lo ocurrido fue tan vergonzoso que, cuando llegó la noticia a París, la recién restaurada monarquía francesa de los Borbones quiso ocultarla a toda costa. Napoleón había sido depuesto dos años antes y había que dar buena imagen en la nueva etapa.

En el lienzo de Gericault quedaron perfectamente reflejados el hambre, la deshidratación, el abandono y la locura que se dieron en los trozos de aquella fragata perdida en alta mar tras el naufragio y que superaron con creces a cualquier relato de ficción escrito posteriormente. Baste el revelado por el segundo cirujano de la Medusa, Jean Babtiste Henri Savigny, en una entrevista que concedió al diario ‘The Instructor’ veinte años después: «Algunos comenzaron a cortar tajadas de carne de los cuerpos que cubrían la balsa y los devoraron crudos con indescriptible ansia. Los oficiales y pasajeros a los que yo me unía en sentimientos, no podíamos superar la repugnancia que nos inspiraba la vista de un alimento tan horrible, por lo que nuestro recurso fue comernos los cinturones de nuestras espadas, las cartucheras y unas cuantas piezas de cuero que teníamos».

El inicio del viaje

Se trataba de un simple viaje diplomático sin aparente peligro, desde el puerto francés de Rochefort al senegalés de San Luis. Partieron el 17 de junio de 1816 con la misión de aceptar la devolución de la colonia de Senegal por parte de Gran Bretaña bajo los términos del Tratado de París que había puesto fin a la guerra contra la Sexta Coalición. La famosa fragata de lujo, con una gran historia a sus espaldas de la que era fácil encontrar noticias en la prensa española del siglo XVIII, dirigía un convoy compuesto por otras tres embarcaciones: el buque-bodega Loire, el bergantín Argus y la corbeta Écho.

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Entre los pasajeros estaban el coronel Julien-Désiré Schmaltz, encargado de administrar Senegal una vez devuelta, que viajaba junto a su esposa y el personal administrativo necesario para la nueva misión, así como un batallón de infantería de la Marina. Y al mando de todo, el capitán Hugues Duroy de Chaumereys, que no había navegado casi nada en las dos décadas anteriores. Este fue el primer error, pues la experiencia era un grado a la hora de llegar a Cabo Blanco, donde sabían que la navegación era peligrosa y que había que ir con mucha cautela. Sin embargo, al partir de Tenerife, se dio la orden de navegar a todo trapo en un acto de arrogancia. Segundo error.

La corbeta Écho intentó advertir a la Medusa con señales luminosas cuando empezó a sacarles demasiada ventaja, pero Duroy no hizo el más mínimo caso. Tercer error. El alférez Maudet se percató entonces de que, según las cartas de navegación, estaban entrando en un banco de arena con solo 11 metros de profundidad y se asustó. Cuando fue a avisar al capitán a toda velocidad, escuchó a este gritar: «¡Todo a estribor!». Último error. La fragata encalló en el banco de Arguin, a pesar de que el mar estaba en calma.

La Medusa se hunde

Aligeraron la nave para intentar que el casco del barco emergiera, pero fue imposible. Las olas crecieron de repente y empujaron al barco hacia el interior del banco de arena y este empezó a inundarse. La esperanza de salvar a la fragata se desvaneció rápidamente. Duroy tomó entonces la decisión de abandonar la Medusa, pero como no había balsas auxiliares para toda la tripulación, se calló la orden y eligió en secreto a los afortunados, mientras el barco se hundía. Entre, por supuesto, estaba él mismo.

Sus oficiales de confianza ocuparon la falúa, la chalupa y el otro bote, mientras que el gobernador de Senegal y su esposa, el batel. A continuación, las mujeres, los niños, algunos soldados y parte de los marineros se repartieron como pudieron entre las cinco embarcaciones. Quedaron excluidos 150 pasajeros, para quienes la única posibilidad de abandonar la nave fue una balsa construida, de manera apresurada e improvisada, con tablones y cuerdas desprendidos de la nave por el segundo oficial de la fragata: Jean-Baptiste Espiaux.

Allí se subieron todos, incluída una mujer a la que habían echado del primer grupo. El capitán Duroy les prometió que no les abandonaría y que las cinco pequeñas barcas serían remolcadas hasta tierra mediante sogas. Pronto descubrirían que era mentira. Cuando apenas llevaban una hora a la deriva, Duroy comprobó que era imposible avanzar con aquella carga y cortó los cabos para huir . «Desde el momento en que me convencí de que habíamos sido abandonados, sucumbió mi ánimo bajo las horribles imágenes de hambre y sed, trabajo y miseria, desesperación y muerte, hasta el punto de que no pude articular palabra por un tiempo», relataba Savigny, el segundo cirujano.

Suicidios y canibalismo

El mar se enfureció poco después. Los maderos apenas podían aguantar el peso y todos entraron en pánico. Antes del anochecer, dos jóvenes y un panadero se suicidaron lanzándose al mar. Los 147 náufragos restantes disponían de una sola caja de galletas que se acabó antes de que se acabara el primer día, y lo mismo ocurrió con la reserva de agua dulce. Únicamente quedaban dos o tres barricas de vino. «Los pobres náufragos, arrojados de un lado a otro y suspendidos de un hilo entre la vida y la muerte, lloraron su desgracia, pero continuaron luchando contra el irresistible elemento que parecía que se los iba a tragar. A menudo se oía el grito desesperado de algún marino que, exhausto de fuerzas y sin esperanza de vivir, se arrojaba al abismo de la muerte. En esa primera noche fallecieron doce personas de esa forma», añadía Savigny.

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Cuando ya llevaban una semana a la deriva y un tercio de los náufragos había muerto, avistaron el Argus en el horizonte, pero el buque no se percató de su presencia. Los supervivientes, enfermos y presos de la locura, caían como moscas por la falta de comida y bebida. Otras crónicas cuentan que, en las siguientes jornadas, estaban tan perturbados que comenzaron los enfrentamientos entre ellos, empujándose al mar o apuñalándose. Era la lucha por la supervivencia y solo sobrevivieron los 28 más fuertes. Estos empezaron a beber agua salada y orina y a comerse los cuerpos de los que iban muriendo.

Tras salvarse, el capitán Duroy envió al bergantín Argus hasta el lugar del naufragio para que recuperaran tres barriles con monedas de oro y plata, así como los cañones que estaban en la cubierta, convencido de que sus compañeros ya habrían muerto. Sin embargo, quedaban 15. La escena que descubrieron cuando encontraron a los supervivientes de la Medusa fue dantesca. Estaban en tan mal estado que cinco murieron durante el trayecto a San Luis.

La ocultación

En cuanto tuvo noticia de aquel desastre, la Monarquía francesa de Luis XVIII trató de ocultar la tragedia por todos los medios, pero tuvo grandes inconvenientes para ello. En primer lugar, porque Savigny presentó un informe del escándalo al ministro de la Marina, François Joseph de Gratet, pocos días después del rescate, y este fue destituido cuando alguien lo filtró a la prensa. En segundo, porque se publicó la noticia de que el cartógrafo de la Medusa, Alexandre Corréard, había sido hospitalizado durante cuarenta días en Dakar tras ser rescatado y repatriado por un barco inglés y no uno francés. Una nueva negligencia de las autoridades galas.

Corréard y su amigo Savigny estaban tan dolidos que escribieron rápidamente un libro sobre el naufragio y, tras mandarlo a la imprenta, enviaron uno de los ejemplares al diario ‘Mercure de France’, que el 22 de noviembre de 1817 publicó una reseña. Aquello desató la furia de la opinión pública, sobre todo al leer el testimonio dado por Duroy, que se atrevió a culpabilizar de todos a «los que se quedaron en la nave, ya que lo hicieron para dedicarse al pillaje de la misma».

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Luis XVIII, primer monarca de la restauración borbónica en Francia, confiscó la edición de la obra, lo que regaló una publicidad imprevista a los dos autores. El drama de la Medusa ya estaba en boca de todos, y fue tan grande su éxito que se publicó una versión inglesa al año siguiente, que dio a conocer la tragedia al resto de Europa. Fue en ese momento cuando Théodore Gericault, de 27 años, descubrió el naufragio y decidió que sería el tema de su próximo cuadro. Lo presentó en el Salón de París de 1819 y provocó un aluvión de críticas por parte del sector conservador, como consecuencia de su realismo, a pesar de que eliminó las escenas de canibalismo que había presentes en uno de los bocetos.

«Interpela y atrae todas las miradas», escribió un periodista enviado a la exposición. Los liberales, por su parte, vieron en el lienzo la condena del nuevo régimen y de su desidia, la metáfora de un gran naufragio nacional. La presencia de un marinero negro en el centro de la composición también deja patente el compromiso del pintor en un momento en que se intensificaba la lucha contra la esclavitud y la trata de negros. El conde O’Mahony exclamó: «¡Qué espectáculo más repugnante, pero qué obra tan bella!».

Tuvo que pasar más de un siglo y medio para que el Gobierno francés volviera a interesarse por los restos de la Medusa. En 1980, un equipo de prestigiosos arqueólogos ubicó su base de operaciones en la ciudad portuaria de Nouadhibou y se puso manos a la obra para localizarlos. Los trabajos fueron sorprendentemente rápidos. El área de búsqueda fue delimitada mediante el relato de los supervivientes y los registros marítimos de 1817. La precisión de los datos y las coordenadas eran tan precisas que la expedición dio con el lugar del naufragio el primer día. A continuación se recuperaron los suficientes artefactos como para confirmar que pertenecían a la fragata.

Origen: Así intentaron ocultar los Borbones el naufragio de la Medusa, la tragedia que conmocionó a Europa

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