Conozca al único médico que escapó de un campo de muerte del Jemer Rojo

Nal Oum, sobreviviente del Jemer Rojo, en Nueva York el 23 de enero de 2015. Oum era el subdirector de uno de los principales hospitales de Camboya antes de que el Khmer Rouge lo tomara. (Benjamin Chasteen / La Gran Época)

El día en que el Khmer Rouge (Jemer Rojo) tomó la capital

Nal Oum dijo que nunca olvidará el día en que el Khmer Rouge (Jemer Rojo) tomó la capital. Él era uno de los poco más de 400 médicos en Camboya, y se quedó a pesar de la conflagración que envolvía a su país, con la creencia de que los médicos siempre serían neutrales y trabajarían para salvar cualquier vida, independiente de política, raza o credo.

Ahora entiende que estaba equivocado. Él, como muchos otros, no creía que los humanos fueran capaces de hacer semejante mal.

Fue una tarde muy ocupada en el hospital de fabricación francesa en Phnom Penh cuando los hombres en uniformes negros dieron órdenes de desalojar la capital de Camboya. El Jemer Rojo envió a jóvenes con rifles de asalto para llevar a cabo sus órdenes.

Soldados guerrilleros del Jemer Rojo, algunos de ellos vestidos con uniformes negros, montados encima de jeeps.

El trabajo había mantenido a Oum ocupado. Había enviado a su entonces esposa y dos hijos a Francia a esperar el fin de la guerra, lo que le dio más tiempo para atender a los heridos, como uno de los responsables del hospital.

El hospital había sido construido originalmente para albergar a cerca de 450 pacientes, pero con la guerra civil ellos tenían más de 1.000. Las camas estaban llenas. Muchos de los enfermos y heridos yacían en el suelo.

Uno de los edificios alojaba a más de 100 niños, de todas las edades, incluyendo bebés. El 17 de abril de 1975, el día en que el Jemer Rojo tomó la capital, Oum estaba allí, con los niños. “Recuerdo de memoria las pequeñas camas”, dijo.

Cuando los hombres comenzaron a desalojar al personal del hospital, Oum les preguntó quién se haría cargo de los pacientes sin médicos ni enfermeras. Ellos simplemente le dijeron que saliera, y le dijeron que se encargarían de los pacientes. “Pero todo era mentira”, dijo Oum. “No dejaba de pensar en ese momento, en ese momento, que todos aquellos niños morirían”.

“Hasta ahora, la imagen de esos niños está todavía en mi mente. No pude cumplir mi trabajo de salvarlos”, dijo y agregó: “Es algo que me persigue todos los días”.

Una madre camboyana llora por su hijo, víctima de un ataque insurgente de mortero en un aldea, en el área de Kompong Speu.

“Mi hospital desapareció en cuestión de horas”, dijo. “Se convirtió en un hospital fantasma”.

Los campos de exterminio

Oum es mi suegro, y fue uno de los primeros hombres educados en exponer el genocidio que tuvo lugar en Camboya entre 1975 y 1978. Recientemente contó su historia en el libro, en la actualidad sólo en francés, “Un Médecin Chez Les Jemeres Rouges” (“Un médico entre los Jemeres Rojos”).

Formó parte de las delegaciones que expusieron los crímenes contra la humanidad cometidos por el Jemer Rojo. Los medios de comunicación franceses lo han llamado el “Doctor Zhivago de Camboya”, refiriéndose a una novela sobre un médico durante la Revolución de octubre en Rusia.

El Jemer rojo apuntó a una larga lista de víctimas, desde valientes y de buen corazón a inteligentes y cultos. Sus formas de asesinato fueron también diversas. Las personas fueron fusiladas, asfixiadas, cocinadas vivas en hornos de cerámica, asesinadas a golpes, enterradas vivas y muertas de hambre.

La Universidad de Yale recopiló una serie de historias de los que sobrevivieron. Una historia de Teeda Butt Mam citó a un anciano que conoció, quien dijo: “Se necesita un río de tinta para escribir nuestras historias”.

El ex secretario de Estado Henry Kissinger escribió en su libro de 1982 “Años de Agitación” que “Ningún país sufrió una serie de miserias como Camboya en la última década”.

Kissinger relató cómo, después de que Camboya fuera invadida por los vietnamitas del Norte en 1965 y bombardeada por Estados Unidos después de 1969, estalló una guerra civil. La guerra civil dejó al Jemer Rojo en el poder, y después de haber sufrido un genocidio a manos de los Jemeres Rojos, Camboya fue invadida de nuevo en 1978 por Vietnam del Norte.

Oum fue testigo de una única parte de esta historia. Según la organización de derechos humanos Cultural Survival, sólo 45 médicos sobrevivieron al genocidio de los Jemeres Rojos, que se dirigió especialmente a los educados. Oum es el único médico conocido que escapó de uno de los campos de exterminio.

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“De lo que más fui testigo”, dijo Oum, “fue de este infierno inesperado en la Tierra”.

“Sampeah”, un saludo Camboyano o una manera de mostrar respeto, en Nueva York el 23 de enero de 2015. (Benjamin Chasteen/La Gran Época)

El 28: día de la marcha

Los asesinatos comenzaron casi de inmediato. Después de que Oum fue desalojado de su hospital, fue enviado en una larga marcha fuera de la ciudad, que se adentró en el campo. La gente fluía en todas las direcciones y hacia destinos desconocidos, guiados por soldados armados.

Sucedió tan rápido que Oum no tuvo tiempo de cambiarse su delantal blanco de médico. La gente no tuvo oportunidad de agarrar sus pertenencias, las familias no tenían tiempo para buscarse el uno al otro.

“Ni siquiera sabíamos a dónde ir”, dijo Oum. “Sólo nos dijeron que siguiéramos hacia adelante todo el tiempo, y no volviéramos a la ciudad. De lo contrario, los jóvenes soldados tenían sus armas, y de vez en cuando disparaban un tiro al aire como advertencia para que siguiéramos caminando”.

Finalmente, se detuvieron por comida. A las personas se les dijo que se alinearan por un pequeño puñado de arroz, que distribuyeron los soldados del Jemer Rojo. Un hombre en pantalones cortos mostrando su pecho vino y pidió arroz, “luego vi a uno de los soldados con un traje negro salir de un camión”, dijo Oum.

El soldado armado ató las manos del hombre atrás de su espalda, lo empujó afuera de la gente que estaba alineada, “Entonces oí los disparos”, dijo Oum. El joven rodó, y la tierra roja seca resopló en el aire a su alrededor.

Los asesinatos pronto serían comunes y corrientes en la marcha que duró un mes. “Vimos cadáveres por todas partes”, dijo. “Dos o tres cadáveres aquí, dos allá”.

El pueblo camboyano fue encarcelado en granjas y obligado a trabajar en los campos de arroz. Muchas personas fueron trasladadas varias veces, una estrategia utilizada para desorientarlos y para evitar que los presos se familiarizaran demasiado unos con otros. Para la comida, todo lo que se les daba cada día era una pequeña porción de arroz.

La presión mental era constante. El Jemer Rojo a menudo asesinaba a las personas y dejaba los cuerpos en los campos de arroz para que los prisioneros los vieran. “Los ponían en tumbas poco profundas, por lo que más adelante siempre hedían los cadáveres en descomposición”, dijo Oum.

“Fue muy impactante para todos. No sólo para mí”, dijo. “Vivimos una época de terror, las personas no se atrevían a hablar”.

“Nos decíamos que si queríamos sobrevivir necesitábamos volvernos ciegos, mudos y sordos”, dijo. “No teníamos nada que decir, incluso si presenciabas algo con tus ojos, necesitabas actuar como si no hubieras visto nada”.

El escape

Oum fue trasladado a cuatro campamentos diferentes, y cuando estaba en un tren siendo enviado a su último campamento cerca de seis meses después de que el Jemer Rojo tomara el poder, se dio cuenta de algo terrible.

“Cuando viajaba en tren de un distrito a otro, no veía a muchos niños”, dijo.

Sólo hace poco se supo qué había pasado.

Cuando el ex comandante de la prisión Kaing Guek Eav, más conocido como “Duch”, fue juzgado en 2009 por los 16.000 camboyanos torturados y asesinados en su prisión S-21 en Phnom Penh, se le preguntó acerca de las denuncias de que los guardias ejecutaron a los niños golpeando sus cabezas contra troncos de árboles.

Duch reveló la política de los Jemeres Rojos con los niños detenidos: “No hay ninguna ganancia para mantenerlos, y podrían vengarse de ustedes”. Así que, para evitar el riesgo de que los niños crecieran y buscaran venganza por sus padres, mataron a los niños y a los bebés.

Oum dijo durante su primer mes como prisionero, que sabía que tenía que escapar, pero la oportunidad no se presentó hasta que fue trasladado a ese último campamento. Fue en un pueblo llamado Poy Samrong, cerca de la frontera con Tailandia, y albergaba a alrededor de 1.000 familias.

“Cuando decidí escapar me dije que sería un viaje sin retorno. Si era arrestado con vida, me iban a hacer sufrir todas las miserias del mundo frente a otras personas”, dijo. “Ellos me acusarían de cualquier cosa, me matarían lentamente”.

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Empezó separando arroz cada día, que escondió en una manga que había arrancado de una camisa. Encontró una pequeña cantidad de medicamento suficiente, dijo, para matarse si fuera descubierto.

El viaje no iba a ser fácil. Había miles de campos abiertos que tendría que cruzar. Los guardias lo arrestarían o matarían si lo veían. Si un prisionero trabajando en un campo lo veía, iba a tener que denunciarlo o morir.

Después de los campos sería la selva, con sus propios peligros. “También había que evitar a los perros”, dijo. “Si un perro ladraba, sabrían dónde encontrarte y estarías terminado. Por suerte no hubo perros, habían matado a todos los perros en ese momento”.

Entonces, finalmente, llegó la oportunidad. Los guardias anunciaron que el primer día de fiesta se celebraría el 16 de abril de 1976, para celebrar el día que el Jemer Rojo tomó el poder. A los prisioneros se les daría tres días en los que no tendrían que trabajar.

Fue alrededor de las 7 de la tarde que la música comenzó. La luna estaba llena y brillante. Los guardias estaban distraídos.

“Yo no sentí ningún temor ni nada en absoluto frente a esta selva desconocida”, dijo Oum. “Fue un viaje hacia lo desconocido. No tenía ninguna herramienta para guiarme. Contaba con mi fe para hacer esto, porque no tenía nada”.

“Al caer la tarde, cuando no se puede ver en la distancia, me escabullí con mi paquete de arroz”, dijo.

Un refugiado

Los campos de arroz se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Oum determinó que durante el día tendría que esconderse y dormir en los espesos arbustos. Durante las noches iba a caminar a lo largo de las colinas por encima del agua en los campos.

Cada noche, iba a tratar de cubrir cinco o seis kilómetros. Durante las horas diurnas, mientras trataba de dormir, solía ver a la gente cerca de las casas que salpicaban los campos.

Después de al menos 10 días de caminar por los campos, Oum llegó a la selva. Allí se enfrentó a nuevas reglas para viajar. Caminaría durante el día, y por la noche iba a dormir en las ramas gruesas de los árboles para evitar a las bestias que cazan en la oscuridad. Él contó: “Utilicé una cuerda para atar mis brazos a las ramas. Era suficiente para al menos despertarme a tiempo de no caer al suelo”.

La selva rápidamente hizo sus efectos. Contrajo malaria, se puso débil y desorientado. Perdió la noción del tiempo.

Finalmente llegó a un pueblo. En Tailandia, cerca de la frontera, muchas personas tienen un aspecto similar a los camboyanos y hablan camboyano. El pueblo ponía música en la noche, y Oum esperó hasta que apagaran sus luces. Caminó a lo largo de la calle principal hacia las cabañas”, y cuando llegué fui perseguido por dos o tres perros, y ladraron con fuerza”.

Al oír los perros, un hombre salió de su puerta con un rifle y comenzó a disparar contra él. Oum corrió tan rápido como pudo. “Yo zigzagueaba y escapé hacia la oscuridad”.

“La noche siguiente llegué a un río, y me di cuenta que no tenía la fuerza para cruzarlo”. Dijo, “encontré un pequeño refugio. Era un albergue bajo la hierba alta. Cavé un hoyo y me puse a dormir”.

A la mañana siguiente, escuchó el crujido de las ramas. Oum miró rápidamente desde la hierba alta y vio a un anciano que parecía ser camboyano. Oum estaba cansado y su mente no estaba alerta, y decidió preguntarle al hombre cuál era el camino más corto a Tailandia.

“Preparé mi conversación en camboyano para decirle que quería escapar para llegar a Tailandia y reunirme con mi familia en Francia”, dijo.

El anciano estaba sorprendido. “Él dijo: no, aquí mismo estás en suelo tailandés, en terreno de Tailandia”.

Oum cayó de rodillas y abrazó la pierna del anciano. “Le agradecí mucho”, dijo, y le expresé: ‘Estoy a salvo, estoy a salvo’”.

Entonces el hombre le dijo a Oum algo que nunca olvidará. Señaló el río que casi cruzó la noche anterior, y dijo: “No hable demasiado alto. A 100 metros de aquí, si cruzas ese arroyo, volverás a Camboya. En la otra orilla del río está el Jemer Rojo, y serías atrapado”.

Nal Oum (izquierda) con Pére Venet (centro) y refugiado compañero Camboyano Kul en el campamento de Cham de Tailandia.

Al borde de la muerte

Desafortunadamente para Oum, el viaje a Tailandia no fue el final de su calvario. Fue encarcelado por cruzar la frontera ilegalmente. Fue enviado a una prisión en Chanthaburi. La celda era de unos 2,43 metros por 2,43 metros, y había cerca de 20 personas en ella. Allí, la enfermedad de Oum empeoró.

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Durante el primer recuento de la noche en la prisión, Oum cuenta: “Vi una chispa en frente de mis ojos y me caí”. Cuando volvió en sí, estaba de vuelta en la celda de la prisión.

“Empecé a pensar claramente que me iba a morir”, dijo. “Lamentaba cómo, después de superar tantos obstáculos próximos a la frontera, vendría y moriría en una celda tailandesa”.

“Me decepcionó mucho pensar que no iba a tener la oportunidad de sobrevivir y salir al extranjero para decirle a la gente lo que quería contarles de mi país”, dijo. “Este fue mi pensamiento cuando estaba tan cerca de la muerte”.

Sus dedos se pusieron rígidos. Su cuerpo comenzó a temblar. Ya no era capaz de sentarse sin marearse y se doblaba hacia atrás. Como médico, sabía que pronto moriría.

Le solicitó al guardia una petición, para enviar una carta a la Embajada de Francia. Se le permitió dictar la carta y otro hombre la escribió. Dijo simplemente que él era un médico de Camboya, que estaba en la cárcel, y “que si la ayuda no venía en tres o cuatro días, ya no estaría en este mundo”.

El embajador de Francia envió a un representante para rescatarlo. Oum fue llevado primero a un hospital tailandés, y el 1 de julio de 1976, fue llevado a un hospital de Francia.

Allí volvió a ver a sus dos hijos. Uno tenía 9 y el otro 4. “Disfrutaron al verme, pero no creo que se hayan dado cuenta de lo que realmente estaba sucediendo, o de lo que me pasó”, dijo. No quiso hablar más sobre esta parte.

Las personas que encontraron refugio en la embajada francesa en Phnom Penh, Camboya, descansan en una de las salas del edificio.

Una vida de exilio

El mundo en ese momento todavía no se había dado cuenta plenamente de lo que estaba ocurriendo en Camboya, y Oum desempeñó un papel crucial en la denuncia de los crímenes del Jemer Rojo.

Los periódicos escribieron la historia de Oum. En abril de 1978, habló en una audiencia sobre Camboya, organizada por el Parlamento Noruego en Oslo. El presidente estadounidense Jimmy Carter envió una carta felicitándolo a él y a los otros sobrevivientes.

“Después de eso, toda Europa Occidental y Estados Unidos empezaron a conocer un poco mejor lo que había en ese lugar”, dijo.

Sin embargo, aún hoy, la difícil situación del pueblo camboyano no ha terminado. Al país ahora se le llama una monarquía constitucional, pero su primer ministro, Hun Sen del Partido Comunista, ha estado en el poder durante más de 25 años.

Sen es ampliamente acusado en Camboya de ser un títere del régimen comunista vietnamita, y para el pueblo camboyano esto tiene implicaciones profundas.

Sen era un comandante de batallón bajo el Jemer rojo, en el Este, cerca de la frontera con Vietnam, y huyó a Vietnam en 1977, cuando el Jemer Rojo estaba llevando a cabo purgas internas. Más tarde se convirtió en un líder de los rebeldes patrocinados por los comunistas vietnamitas antes de su invasión definitiva de Camboya, y comenzó su carrera política bajo el gobierno comunista vietnamita de Camboya en 1979.

En agosto de 2014, en ocasión del juicio del jefe de la prisión S-21, Human Rights Watch acusó a Sen de bloquear todo juicio significativo de asesinatos, trabajos forzados y otros abusos cometidos por los Jemeres Rojos.

“El objetivo de la justicia para las víctimas del Jemer Rojo ha sido irrevocablemente empañada por la interferencia política del primer ministro Hun Sen, el fracaso de no llevar más casos, largas demoras y corrupción generalizada”, dijo Brad Adams, director de Human Rights Watch Asia, en un comunicado de prensa.

“Lo que debería ser un día de celebración de la justicia es más bien un recordatorio de las oportunidades perdidas”, escribió Adams.

Oum está en el exilio de su tierra natal. No se atreve a volver bajo el régimen actual. Sin embargo, todavía mantiene la esperanza de que los crímenes cometidos contra su pueblo finalmente vean la justicia y un día sean libres de la tiranía traída sobre ellos primero por el comunismo bajo el Jemer Rojo y después bajo los vietnamitas.

“Para mí, hablar hoy sobre el comunismo, es hablar de la historia de la miseria y la desgracia de la humanidad que todavía está pasando hoy en día”, dijo.

La exposición de estos crímenes, dijo Oum, “es nuestra obligación moral, para todos nosotros, con el fin de honrar la memoria de los inocentes y de personas anónimas que murieron”.

“Es nuestro deber por la memoria y la historia de la humanidad”, dijo. “Es nuestro deber moral”.

Origen: Conozca al único médico que escapó de un campo de muerte del Jemer Rojo

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