¿Cuándo se creó España? El mito del rey visigodo que forjó la nación española

«Morbus gothorum», el mal que acechó a los reyes godos - ABC
«Morbus gothorum», el mal que acechó a los reyes godos – ABC

En su nueva obra, León Arsenal recorre una de las épocas olvidadas de la Península Ibérica: la era de los godos

Leovigildo dejó hace años de ser uno de los muchos nombres que engrosaban la interminable lista de reyes godos para convertirse en un mito asociado a la fundación de una nonata España. Y nadie le niega que, desde luego, se convirtió en uno de los monarcas más revolucionarios de su época. No en vano consolidó su reino, definió el poder político, asentó las bases de la monarquía y logró poner en jaque tanto a los pueblos independientes que poblaban la Península, como al vecino Imperio Bizantino.

Pero… ¿podemos considerar a Leovigildo como el arquitecto que puso los pilares políticos de la futura España? León Arsenal, en declaraciones a este diario, no está del todo de acuerdo:

«Leovigildo dio un paso trascendental en el reino de Toledo: procurar la fusión entre las poblaciones hispanorromanas y góticas (además de buscar la unificación territorial armada); algo que conseguiría su hijo Recaredo con la unidad legislativa y religiosa. Pero de ahí a considerarle uno de los personajes que tejieron los mimbres de una España política que estaba todavía en el futuro va un trecho, la verdad. Cumplió su papel (destacado) en la larga historia política de la Península Ibérica. Dejémoslo ahí».

Arsenal, autor de una veintena de obras históricas entre ensayos y novelas, no habla en vano. Por el contrario, lo hace después de haber investigado para elaborar la obra que estos días presenta: «Godos de Hispania» (Edaf, 2020). Un libro en el que recorre, de forma pormenorizada, el devenir de esta dinastía desde que Alarico I pactó con Roma su estancia en la Galia, hasta los años posteriores a la batalla del Río Guadalete y la derrota de Don Rodrigo. Y desde la sabiduría del estudio, llama a la cautela a la hora de tildar a Leovigildo de fundador de la nación española.

Mil enemigos

El origen de la subida al poder de Leovigildo hay que buscarlo en el 568, año en el que su hermano, el rey visigodo Liuva I, decidió dividir virtualmente su reino en dos partes: la Septimania (en la Galia Narbonense) e Hispania.

El monarca estableció que la primera, acosada por los francos, quedaría regida bajo su cetro, pero entregó la segunda a Leovigildo. Según Arsenal, existen una infinidad de teorías que explican el por qué apostó por esta corregencia. Desde la que afirma que asoció a su hermano al trono durante un tiempo concreto mientras él combatía a sus enemigos, hasta la que desvela que lo hizo porque una parte de la nobleza de la región no le apoyaba.

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Poco importa, pues apenas tres años después Leovigildo quedó como único soberano del trono visigodo tras la muerte de Liuva. Y lo hizo rodeado de enemigos. «La situación del reino en los primeros años de Leovigildo estaba muy lejos de ser halagüeña», explica. El primer y más potente enemigo era el Imperio Bizantino (el viejo Imperio Romano de Oriente, ahora en decadencia), obsesionado con extender sus dominios peninsulares y recuperar la gloria pasada.

Leovigildo
Leovigildo

«Los romanos de Oriente ocupaban una larga franja costera que iba de Denia a Cádiz. Por el interior, controlaban de forma directa o mediante alianzas hasta Córdoba», añade el experto español. A su vez, por el norte los suevos se hallaban asentados en Gallaecia y, con Braga como capital, suponían también una amenaza para el nuevo monarca. Y todo ello, sin olvidar a la infinidad de pequeños pueblos esparcidos por la geografía peninsular.

A golpe de espada

Intentar hacer un bosquejo de las campañas militares de Leovigildo supone una tarea casi tan ardua como recitar la famosa lista de reyes godos. Aunque es necesario para entender cómo este monarca consiguió aunar bajo su poder a una buena parte de la Península. El primer objetivo en la mira fue el Imperio Bizantino, dirigido entonces por un petimetre Justino II que ansiaba acabar con los persas y expandirse por Occidente. En el 570, cuando Liuva todavía vivía, el monarca llevó a cabo sus primeras incursiones en Málaga Medina Sidonia. Esta última, buque insignia romana, fue tomada «por la astucia» y su guarnición, pasada por las armas.

«Los romanos de Oriente ocupaban una larga franja costera que iba de Denia a Cádiz. Por el interior, controlaban de forma directa o mediante alianzas hasta Córdoba»

En el 572 le tocó el turno a Córdoba, enemigo de los visigodos desde su entrada en la Península. En esta contienda, Leovigildo volvió a demostrar su astucia y se apoderó de la urbe en mitad de la noche.

Sin embargo, cuando el monarca tenía a su enemigo romano contra las cuerdas, un nuevo contendiente resurgió desde el norte: los suevos del rey Miro, quienes, sin prisa pero sin detenerse, habían avanzado hasta el Duero poniendo en jaque al rey. En los meses posteriores, por tanto, Leovigildo no tuvo más remedio que cambiar la dirección de la guerra y hostigar sus aldeas.

De paso, desvió en el 574 sus fuerzas para derrotar a los pueblos menores afincados en Cantabria Saldaña. Y ese mismo año, por si fuera poco, acabó con los araucones, que residían entre Galicia y León.

Más allá de la mera enumeración de la inmensa lista de victorias, la realidad es que Leovigildo consiguió unificar una buena parte de la Península bajo la misma corona. La tarea se completó entre el 576 y el 577, cuando los suevos solicitaron la paz y el rey se lanzó de bruces contra la Oróspeda, al sudoeste.

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«Los visigodos ocuparon con rapidez todas las poblaciones de importancia del norte de la Oróspeda. Acto seguido, sometieron con gran derramamiento de sangre a los campesinos que intentaron resistirse. Así desapareció un territorio misterioso que ha vivido en aislamiento voluntario y del que es muy posible que nunca sepamos nada con certeza», explica Arsenal en su nueva obra.

Más revoluciones

Pero la expansión del territorio visigodo (y por tanto, la unificación, voluntaria o involuntaria de la Península) no fue la única revolución que trajo consigo. Como otros monarcas, Leovigildo acuñó moneda con el objetivo de sufragar sus campañas militares. Sin embargo, él rompió la tradición de que fueran grabadas con el nombre del emperador romano de turno (o que no apareciera ninguno) y ordenó que fuera el suyo el que figurara en el anverso.

Otro tanto hizo con los motivos de las monedas, que fueron renovados con grabados propios y que se alejaban de los tradicionales, relacionados de forma íntima con el Imperio Romano. «En ellas se hizo denominar “dominus noster” (señor nuestro). Se presentaba así ante la población como el continuador del poder romano y no como usurpador o subordinado», añade el experto. Fue, en definitiva, un acto con el que dio un portazo al poder, cada vez más escaso, que arribaba desde Italia.

«Se hizo denominar “dominus noster” (señor nuestro). Se presentaba así ante la población como el continuador del poder romano y no como usurpador o subordinado»

Otra de las grandes novedades que aplicó, en palabras de Arsenal, fue la de asociar al trono a sus hijosRecaredo Hermenegildo. Una ruptura drástica con la tradición visigoda de que fuera la nobleza la que eligiera a los monarcas. A los retoños les dio además el título de «Dux» y les otorgó cargos con responsabilidad. En teoría, aquella decisión garantizaba cierta estabilidad política y reducía la malsana costumbre de acabar con el monarca para instalar a otro candidato en la poltrona (más conocida como «morbus gothorum»).

La medida, asociada por algunos historiadores a la idea de una posible nación visigoda (una teoría discutida) le equiparaba a los césares bizantinos, como también lo hacía el vestir los atributos del poder imperial como una corona con ínfulas o unas vestiduras de color púrpura. Este sencillo cambio le situaba por encima del resto de nobles godos y también de la aristocracia romana afincada en Hispania. Al menos, en imagen.

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Conversión de Recaredo, hijo de Leovigildo, al cristianismo
Conversión de Recaredo, hijo de Leovigildo, al cristianismo

La enésima revolución de Leovigildo consistió en instalar la capital en Toledo, en lugar de apostar por otras como Mérida, antigua ciudad destacada de la prefectura hispánica. En la urbe, considerada «sede regia», creó además una Corte Real al estilo romano. El por qué acometió estos cambios todavía es discutido, aunque, para el hispanista W. Reinhart, con ello buscaba cautivar a los más de siete millones de súbditos romanos con los que contaba (la mayoría, pues los godos apenas superaban las 100.000 almas).

En su obra, Arsenal explica la importancia que tuvo la elección de Toledo como capital: «Hoy en día, ser capital supone ver cómo se instalan en la ciudad servicios, edificios administrativos y funcionarios. Eso enriquece las capitales, lo sean de Estados o de unidades administrativas menores como las regiones o los estados federados. En aquellos días, pese al aumento de la actividad económica, ser capital era un gran peso. Ciudades y ciudadanos se veían cargados de obligaciones sin contrapartida». Lo que sí ofrecía apostar por Toledo, en palabras del experto, era «la oportunidad de empezar de cero, sin servidumbres heredadas».

Problema religioso

Sin embargo, si en algo falló Leovigildo fue en su obsesión por mantener el arrianismo (la religión que profesaban los visigodos) a pesar de que conocía la gran expansión del catolicismo. Las fuentes de la época confirman que el monarca quiso no solo con mantener sus creencias, sino conseguir que los siete millones de súbditos tardorromanos se unieran a ella. Así, en el 580 organizó un sínodo con el que pretendía hallar caminos comunes entre ambos cultos.

Pero no lo logró. Las diferencias provocaron, incluso, que su hijo Hermenegildo se alzara en armas contra él en una revolución que, aunque fue decapitada, dañó la figura del monarca. Con todo, nuestro protagonista sí acabó con la tradicional prohibición de los matrimonios mixtos entre godos e hispanorromanos)en un intento de fomentar la integración de la población y la unidad de la sociedad. Lo hizo mediante el «Codex Revisus», una serie de leyes cuyo contenido, como suele pasar con esta época, provoca todo tipo de diferencias entre los expertos.

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