Desvelan el desquiciado plan de Churchill para destruir la URSS: terror nuclear y muerte de civiles

Un memorándum corrobora que, cuando el político era jefe de la oposición en 1951, barajó la posibilidad de utilizar el poder atómico sobre ciudades indefensas

La Guerra Fría fue una mala resaca para Winston Churchill, uno de los mayores amantes del alcohol en general y del whisky en particular que ha dado la historia. A pesar de su gran popularidad durante la Segunda Guerra Mundial, el Premier fue derrotado en las elecciones de julio de 1945 y tuvo que resignarse a ser el jefe de la oposición hasta un lustro después, cuando recuperó el cargo. El desgaste físico provocado por su avanzada edad, así como el odio visceral que sentía hacia el comunismo -el enemigo a derrotar a partir de 1945-, fueron dos de los muchos factores que agriaron la última parte de su vida.

Pere Cardona
Pere Cardona

Sobre la base de estos pilares no resulta

 extraño que Churchill, el mismo hombre que ya había barajado al final de la Segunda Guerra Mundial acabar con el poder de la Unión Soviética mediante una invasión tan irrealizable como estrambótica, afirmara en abril de 1951, meses antes de que accediera de nuevo a la cabeza visible del gobierno, que ansiaba aplastar a la URSS. Lo que resulta más llamativo es que afirmara que estaba dispuesto a convertir en cenizas «veinte o treinta ciudades» rusas para lograr que el Kremlin se doblegara ante el poder del Imperio británico.

Sin embargo, así lo ha desvelado Richar Toye, jefe del departamento de historia de la Universidad de Exeter, en declaraciones al diario anglosajón «The Times». Y, para corroborarlo, se basa en un memorándum que escribió de su puño y letra el periodista del «New York Times» y antiguo oficial del ejército Julius Ochs Adler después de pasar una curiosa comida con Churchill. Fechado el 29 de abril de 1951, la breve nota especifica que el entonces jefe de la oposición afirmó, con una gigantesca copa de alcohol en la mano, que estaba dispuesto a sembrar el terror en la URSS hasta lograr que claudicara.

Turbias relaciones

La realidad es que, por mucho que sorprendan estas nuevas afirmaciones, Winston Churchill fue uno de los líderes que más diferencias mantuvo durante la Segunda Guerra Mundial con Iósif Stalin. Así lo confirma en declaraciones a ABC Pere Cardona, divulgador histórico, autor de obras como «Lo que nunca te han contado del Día D», fundador de «Historias Segunda Guerra Mundial» y embarcado estos días en el estudio de la Guerra Fría. «Era un antibolchevique de los pies a la cabeza antes incluso de conocer a Stalin. Ejemplo de ello es que en una ocasión dijo que el bolchevismo “no es una política, es una enfermedad”».

En palabras de Cardona, su odio al comunismo llevó a Churchill a rechazar todo aquello que venía de Stalin. De hecho, el divulgador conoce al dedillo las infinitas diferencias que ambos mantuvieron durante y después de la Segunda Guerra Mundial. «Estaba convencido de que el “bolchevismo” era como una pandemia. En una ocasión aseveró que “los alemanes enviaron a Lenin a Rusia de la misma manera que enviarían un frasco con cultivos de fiebre tifoidea: para verterlo en el suministro de agua de una gran ciudad”. Completó la frase afirmando que “funcionó con una precisión asombrosa”».

La animadversión era recíproca. «En realidad se odiaban mutuamente, aunque durante la Segunda Guerra Mundial rebajaron su tono bronco porque, de cara a la opinión pública, eran dos de los tres líderes que dirigían el bando Aliado», añade. Según Cardona, a pesar de que intentaron hacer descender la tensión con alguna que otra cena regada por cantidades ingentes de alcohol (lo que generó momentos de camaradería muy puntuales), «jamás abandonaron la desconfianza que sentían hacia el otro». Y, como era de esperar, esta se acrecentó cuando, derrotados los miembros del Eje, empezó la Guerra Fría.

«Si hay algo que demuestra la antipatía de Churchill hacia Stalin es que, al final de la Segunda Guerra Mundial, el Premier ideó un plan para acabar a nivel militar con la Unión Soviética: la “Operación Impensable”. Siempre tuvo claro que, una vez que cayeran Alemania y Japón, el nuevo enemigo de Occidente sería la URSS, por eso quiso organizar una invasión que acabara de una vez por todas con el comunismo y con su creciente hegemonía en Europa. El objetivo primordial, como se explicaba en los documentos oficiales, era “imponer sobre Rusia la voluntad de EE.UU. y del Imperio británico”, aunque, al final, no se llevó a cabo», sentencia.

Terror nuclear sobre Rusia

Esta pésima relación fue la que provocó que, seis años después, Churchill declarara ante Adler, editor del «New York Times», sus planes para doblegar al Kremlin. Según escribió el periodista, la conversación se sucedió el domingo 29 de abril de 1951 en la casa que el político tenía en Kent. Fue durante la comida cuando el ya anciano líder británico (que llegaba a las 76 primaveras) cogió una copa de champán «de tamaño y forma inusuales» y que «podía contener al menos el doble de alcohol que las demás» y, antes de servirse, rompió el hielo de forma escabrosa.

Serio, Churchill desveló su pesar porque la política de Estados Unidos y Reino Unido ante Rusia fuera «débil, más que agresiva». Así lo dejó escrito Adler en el ya mencionado memorándum posterior: «De manera algo abrupta, me preguntó la cifra oficial de bombas atómicas que había en nuestro arsenal nuclear y una estimación de las que podía tener Rusia». El periodista respondió entre risas que, por suerte, no se encontraba tan «metido en los círculos internos del gobierno» como para saberlo y que, por tanto, no tenía que «cargar con ese pesado secreto».

Aquella fue la primera de una serie de exclusivas que Churchill les entregó con un lazo aquella jornada. La segunda fue una amenaza poco velada contra las ciudades soviéticas y contra Stalin, todavía vivo y al frente del país. «Luego nos sorprendió al afirmar que, si él fuera Primer Ministro y pudiera conseguir el acuerdo del gobierno y las cámaras, impondría duras condiciones a Rusia… y enviaría un ultimátum. Si se negaban a cumplirlas, informaría a los responsables del Kremlin de que, a menos que reconsideraran su postura, bombardearía unas veinte o treinta de sus ciudades», dejó escrito Adler en la nota.

Parece que Churchill tenía el plan pensado al milímetro. «Al mismo tiempo, dijo que deberíamos advertirles de que era imperativo que la población civil de cada ciudad fuera evacuada de inmediato. Si volvían a negarse a considerar nuestras condiciones, entonces bombardearíamos los objetivos y, después, añadiríamos más exigencias». El jefe de la oposición estaba convencido de que el pánico nuclear obligaría al Kremlin a ceder. Sin embargo, Adler le explicó que los estadounidenses no consentirían aquella «guerra preventiva» y que solo aceptarían usar el arsenal nuclear «como represalia».

También le recordó que «Gran Bretaña y Estados Unidos tenían muchos socios que podrían ser reacios ante tal política». Churchill puso fin a la conversación sirviéndose un buen lingotazo de champán.

¿Fanfarronada?

En declaraciones a «The Times», Toy ha señalado que Churchill había recurrido a este tipo de intimidaciones desde 1949, cuando la Unión Soviética todavía no disponía de su propia bomba atómica. Con todo, considera que la conversación pudo estar más cerca de una mera bravata que de una amenaza real ya que, cuando volvió a se Primer Ministro, «no se comportó de forma amenazante con Rusia».

En su opinión, por tanto, no fue más que una forma de provocar a su interlocutor y demostrar que el paso de los años no había reducido su ardor juvenil.

Cardona es de la misma opinión: lo más probable es que todo fuera una fanfarronada. «En aquel momento la Guerra Fría pasaba por su mayor apogeo. Había mucha inquietud en el bando Occidental porque Rusia había conseguido la bomba atómica, el poderío aliado se había visto mermado y no se sabía qué iban a hacer los soviéticos… En esos momentos de incertidumbre no era aconsejable seguir esa política», desvela a ABC.

«Hay que entender la situación. En aquel momento no estaba todavía en el gobierno, así que no tenía posibilidades reales de llevar a cabo el plan. Además, su personalidad era un tanto estrafalaria y bravucona… En las reuniones solía sobrepasarse en este sentido. Con unas copas de más no parece raro que dijera algo así. Pero no podemos olvidar que, cuando recuperó el poder, ni lanzó bombas sobre la URSS, ni se mostró especialmente hostil hacia ella», sentencia Cardona.

Origen: Desvelan el desquiciado plan de Churchill para destruir la URSS: terror nuclear y muerte de civiles

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