El absurdo error de novato que mató al Barón Rojo: un misterio sin resolver de la IGM

El Barón Rojo se convirtió en un auténtico héroe durante la Primera Guerra Mundial, admirado no solo por sus compatriotas, sino también por sus propios enemigos. Sus hazañas marcaron un antes y un después en la historia de la aviación

Un héroe para sus compatriotas y un temido, pero admirado piloto, para sus enemigos. Sus numerosas victorias durante la Primera Guerra Mundial lo destinaron a engrosar la lista de mitos de la aviación con el seudónimo de «Barón Rojo». El carácter intrépido y la habilidad que le caracterizaron hicieron posible que derribara 80 aviones enemigos, un logro jamás conseguido hasta entonces. Sin embargo, el misterio todavía sobrevuela su extraña muerte.

Nacido en el seno de una familia aristocrática prusiana con una larga tradición militar, Manfred von Richthofen se alistó desde temprana edad en la caballería alemana. Al estallar la Gran Guerra fue enviado a un regimiento de infantería, aunque poco tiempo tardó en darse cuenta de que allí no estaba su destino. Con el atrincheramiento de la contienda empezó a buscar una alternativa que saciara sus ansias de combate: decidió cambiar la tierra firme por el aire.

Una vez ingresó en la Fuerza Aérea alemana tuvo la suerte de coincidir con Oswald Boelcke, decisivo en su futura trayectoria. Este era un destacado aviador y líder escuadrón que se fijó en el joven prusiano y lo eligió para formar parte del grupo de cazadores «Jasta 2».

La instantánea más famosa del Barón Rojo, uno de los mejores aviadores de la IGM
La instantánea más famosa del Barón Rojo, uno de los mejores aviadores de la IGM – ABC

En su primera batalla aérea sobre el cielo de Cambrai (Francia), el 17 de septiembre de 1916, mostró sus cualidades como piloto. Logró destacar por su agudeza visual y por el don especial que tenía para enfrentarse al peligro.

Los meses siguientes de guerra le coronaron como el mejor As de la aviación. Von Richthofen llegó a superar las 40 victorias de su maestro, además de lograr derribar el biplano del piloto británico más destacado hasta el momento, Lanoe Hawker.

Tras la muerte en 1916 de Boelcke, Alemania necesitaba un nuevo héroe del aire y von Richthofen era uno de los candidatos. Contaba con 23 años cuando recibió el mando de la escuadrilla «Jasta 11» con la que logró ganarse el sobrenombre de Barón Rojo.

Nace una leyenda

Empujado por la necesidad de aumentar su número de victorias y destacar entre los demás, von Richthofen pintó su avión de rojo. Varios historiadores afirman que lo hizo para atemorizar a sus adversarios, aunque en las memorias privadas del piloto, él mismo confesó que le cambió el color sin ninguna razón especial.

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Su caza rojo pronto se haría famoso. Pese a ser una decisión muy arriesgada (era un blanco perfecto en el aire), inspiró temor y respeto entre sus enemigos. El Barón Rojo es el nombre con el que este piloto prusiano ha pasado a la historia.

Von Richthofen pintó su avión de rojo a pesar de que el color le hacía un blanco perfecto en el aire

El «Jasta 11» que comandaba también se hizo famoso por su extravagancia; la unidad fue apodada «Flying Cirucus» (El Circo Volante) porque cada uno de sus aviones estaba pintado de un color diferente. Y es que, la Fuerza Aérea alemana no ofreció indicaciones específicas sobre el color y el camuflaje que debían llevar sus aparatos.

El aviador tuvo el honor de liderar la primera ala de caza de la historia aérea, conocida como JG I (Jagdgeschwader I) y comprendida por cuatro Jastas (4, 6, 10 y 11). En total, dirigió 58 misiones en las que derribó 80 aviones enemigos. un hito nunca alcanzado por nadie.

Al finalizar la campaña, su unidad había derribado 644 aviones y sufrido tan solo 56 bajas; por ello, el germano fue condecorado con la Cruz del Mérito. Sus logros no solo fueron reconocidos por sus compatriotas, sino también por sus rivales aliados.

El Barón más sanguinario

«Todo lo arriesgado me cautivaba», admitió von Richthofen en sus memorias, «El avión rojo de combate». Gran parte de los historiadores coinciden en que era un militar soberbio, ambicioso, arrogante y mucho más cruel de lo que su fama dio a entender.

Era, en definitiva, un individuo con prestigio pero falto de humanidad. «Soy un cazador por naturaleza. Los cazadores necesitan trofeos», confesó. Tenía la obsesión de recoger y arrancar los elementos de los aviones que abatía como terribles souvenirs de sus victorias.

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El Barón junto a su Fokker Dr.1 triplano. Esta imagen ha sido extraída del National Museum de los EE.UU.
El Barón junto a su Fokker Dr.1 triplano. Esta imagen ha sido extraída del National Museum de los EE.UU.

Desde su primer derribo, el Barón Rojo encargó a un joyero de Berlín que le confeccionara trofeos de plata, una por cada enemigo abatido. Con ello decoró una habitación de su casa, según confiesa el escritor J. Eduardo Caamaño en su libro «Manfred von Richthofen. El Barón Rojo» (Almuzara, 2014).

El aviador alemán se lamentaba por no tener a ningún ruso en su colección: «Sus insignias quedarían muy decorativas en la pared de mi cuarto». Esta colérica actitud que le acompañó durante su breve vida provocó que, tras su derribo en 1918, sus enemigos siguiesen su costumbre y arrancaran de su aparato y de su cuerpo varias de sus pertenencias.

El principio del fin

El 6 de julio de 1917, un hecho conmocionó a los alemanes: su mejor piloto había sido derribado. En una de las salidas de su escuadrilla, el Barón Rojo resultó herido cuando una bala perdida impactó en su cabeza dejándole ciego de forma temporal. Antes de perder el conocimiento logró aterrizar, a duras penas, detrás de sus líneas.

Según el divulgador histórico Juan Eslava Galán, el famoso piloto prusiano sufrió el ataque de «un lento y torpe FE-2 de reconocimiento». «El atacante debió ser un hombre de mucha sangre fría para batirse sobre él, como un ave de presa», relata el escritor en su libro «La Primera Guerra Mundial contada para escépticos» (Planeta, 2014).

Barón Von Richthofen. Esta instantánea fue publicada en la prensa poco después de que se conociera su derribo y su muerte
Barón Von Richthofen. Esta instantánea fue publicada en la prensa poco después de que se conociera su derribo y su muerte – ABC ARCHIVO

Atendido por los mejores médicos y cirujanos, el joven piloto consiguió esquivar la muerte. Durante unas semanas se recuperó en el hospital, donde recibió grandes cantidades de cartas y regalos. Este percance fue decisivo para que comenzara a escribir su autobiografía, antes citada. Fue una forma de engrandecerse a sí mismo. El libro fue todo un éxito en Alemania e incluso se tradujo al inglés.

Sin importar las recomendaciones médicas, el aviador siguió volando al salir del hospital; durante varios meses trabajó con la cabeza vendada. Él era consciente de que la lesión lo incapacitaba para soportar grandes alturas, pero se volvió más temerario que nunca. Su única obsesión era alcanzar los cien derribos antes de que terminase la guerra (en ese momento contaba con 57). Muchos historiadores afirman que este fue el principio del final.

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Dudas finales

El último vuelo del as de la aviación fue el 21 de abril de 1918 cuando surcaba los cielos franceses en plena batalla contra la Real Fuerza Británica, dirigida por el capitán canadiense Arthur Roy Brown. Volando casi a ras del suelo, el temible caza rojo se lanzó a lo largo del río Somme en busca de más trofeos que añadir a su colección. En cuestión de minutos, el Barón recibió una bala mortal que le atravesó el corazón.

Las fuentes oficiales afirman que fue Brown quien derribó su Fokker Triplano, aunque muchos otros dicen que fue el soldado de infantería australiano William John. Pese a ello, sigue sin haber pruebas definitivas que lo confirmen. Pero, más allá de intentar responder a la cuestión de quién fue el autor del disparo, cabe preguntarse cómo pudo una leyenda de la aviación cometer el error tan básico de adentrarse solo y a baja altura en las líneas enemigas.

Según relata Caamaño, von Richthofen era un piloto que cumplió a rajatabla con las directrices de la llamada «Dicta Boelcje», elaborada por su maestro Boelcke. Entre ellas destacaba la de jamás volar a una altitud baja sobre territorio enemigo. Sin embargo, nadie consiguió explicarse porqué tomó esa decisión tan arriesgada.

Muchos de sus biógrafos apuntan a que fue el daño cerebral causado por la bala que recibió en la cabeza un año antes, la cual «podría haber afectado su capacidad» para tomar decisiones de tal peso. Caamaño, sin embargo, cree que también pudo ser por una posible desorientación por parte del piloto o el fuerte viento que soplaba ese día. Todas ellas unas hipótesis que, a día de hoy, aún no se han resuelto y constituyen una de las mayores incógnitas de la Gran Guerra.

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