El desconocido tratado que puso fin al maltrato de México a los españoles de ultramar

Recreación del Abrazo de Acatempan

«La república Méxicana […] y S. M. C.Doña Isabel II […]; deseando vivamente poner término al estado de incomunicación y desavenencia que ha existido entre los dos gobiernos […] han resuelto […] restablecer y asegurar […] sus relaciones por medio de un tratado definitivo de paz y amistad sincera». Con estas palabras comenzaba el pacto que puso fin, hace ahora más de siglo y medio, a la hostilidad que reinaba entre España México. Dos pueblos que, como señalaba el mismo documento, siempre habían gozado de «relaciones de amistad y buena armonía» y que solo se habían separado tras el comienzo de las revueltas independentistas que derivaron en la creación del país latinoamericano. Con la firma de aquel escrito, ambos países se propusieron «olvidar» todos los agravios pasados. Algunos, tales como la expulsión y opresión a partir de los años veinte de los peninsulares que residían al otro lado del Atlántico.

López Obrador
López Obrador

El nombre del pacto, firmado el 28 de diciembre de 1836, no dejaba lugar a equívoco: «Tratado definitivo de paz y amistad entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España». Aunque, por si no quedaba lo suficientemente claro, en el artículo dos se especificaba que «habrá total olvido de lo pasado» y una «amnistía general para todos los mexicanos y españoles». Sin embargo, parece que este documento no fue suficiente para el actual presidente de México Andrés Manuel López Obrador. El mismo político que, el pasado lunes, solicitó al rey Felipe VI que pidiera disculpas por una conquista española en la que, según señaló, «hubo matanzas e imposiciones» perpetradas por personajes como Hernán Cortés. «La llamada conquista se hizo con la espada y con la cruz. Se edificaron iglesias encima de los templos», añadió. A pesar de quehistoriadores de ambos países ya han desarticulado sus argumentos, no hay mejor día que hoy para recordar los pormenores del tratado de hermanamiento que el político ha olvidado.

Guerras y expulsiones

Los mimbres que conformaron este tratado comenzaron a entrelazarse a comienzos del siglo XIX. La mayor parte de los autores coinciden en que fue en 1810 cuando, tras la llegada de Napoleón a España, el nacionalismo mexicano floreció de la mano del sacerdote Miguel Hidalgo. A partir de ese momento, y durante una década de altibajos políticos y militares, realistas e insurgentes se enfrentaron en una contienda sin cuartel que finalizó en 1821. Según explica el embajador de México en el Vaticano Jaime del Arenal Fenochio en su obra «Cronología de la Independencia», el 27 de septiembre de ese mismo año el Ejército Trigarante entró «triunfalmente en la Ciudad de México» al mando del general Agustín de Iturbide y «consumó felizmente la independencia mexicana». Poco después los últimos reductos del Imperio capitularon y se consumó lo que ya era un secreto a voces: el nacimiento efectivo de un nuevo país.

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Por desgracia, con el final de la independencia floreció también un sentimiento contrario al hispanismo al que tuvieron que enfrentarse los más de 15.000 españoles que residían en México. El año 1824 fue especialmente cruento, como bien recuerda el doctor en historia Jesús Ruiz de Gordejuela en su obra «La expulsión de los españoles de México y su destino incierto, 1821-1836». Como ejemplo de la represión que existió contra los peninsulares, el autor hace referencia a las partidas armadas que organizó el cabecilla local Loreto Castaño y que, siempre en sus palabras, «provocaron el pánico entre los españoles asentados en Oaxaca». En febrero de ese mismo año se relegó a nuestros compatriotas de cualquier cargo público que pudiesen ocupar. Poco después se organizó una comisión encargada de «controlar la situación» que, aunque reconoció los derechos de los maltratados, también apostó por prohibirles cualquier «extracción de capitales».

«En Tabasco se colocaron libelos anónimos en lugares públicos en donde se mostraba a algunos españoles allí residentes decapitados»

El odio hacia lo español se generalizó. Los líderes más radicales llamaron a «desterrar a los coyotes» al grito de «Si vienen los godos, nos colgarán a todos». «En Tabasco se colocaron libelos anónimos en lugares públicos en donde se mostraba a algunos españoles allí residentes decapitados, con la clara intención de amedrentarlos y obligarles a abandonar México», añade el experto. A pesar de todo, los más afortunados pudieron marcharse del país con todos sus caudales gracias a unos tratados previos. Esos fueron los más afortunados ya que, como bien explica Ruiz de Gordejuela, a partir de 1827 se dictaron multitud de leyes locales que acabaron con los derechos de nuestros compatriotas. El estado de Jalisco fue el primero en cargar contra ellos con un decreto que comenzaba de la siguiente guisa: «Los españoles deberán abandonar el país en un plazo de 20 días». Otros profieren poner límite a su derecho de reunión. Todo era poco para acabar con ellos.

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Tal y como señala el investigador Harold Sims en su dossier«Exiliados españoles de México en 1829» los sucesivos gobiernos procuraron, leyes mediante, que los españoles abandonaran el país. En dos años más de siete mil personas fueron obligadas a marcharse a regiones como Nueva Orleans. La mayoría eran ciudadanos de a pie que llegaron a su destino en la más extrema pobreza. Y eso, los que no fallecieron durante el viaje debido a las enfermedades. Muchos fueron presas del vómito negro cuando fueron trasladados hasta Veracruz Tampico (destinos donde se les juntaba para deportarles). El escritor Francisco de Paula recordaba «la miseria espantosa de infinidad de pobres expulsos y de sus familias, reducidas muchas por el vómito negro» e insistía en que «al menos novecientas personas expulsadas» fallecieron al arribar a su destino por culpa de la fiebre amarilla.

Perdon mutuo

La situación se tensó en los siguientes meses. Un tiempo en el que España se negó a reconocer la independencia de la región. El doctor en historia Isidro Sepúlveda Muñoz recuerda en «El sueño de la madre patria: hispanoamericanismo y nacionalismo» que, por entonces, parecía imposible «llegar a un entendimiento entre ambas orillas atlánticas». En sus palabras, el «resentimiento y el odio» imperaban y parecían imposibles de superar. No obstante, a partir de 1834 nuestro viejo imperio empezó a asumir la pérdida de las colonias continentales y la situación, poco a poco, se relajó. México, por su parte, se acercó también a la monarquía que encabezaba Isabel II después de que su guerra contra Texas vaciara sus arcas. Por entonces cualquier relación comercial que pudiesen mantener era bien recibida. Así pues, ambas partes acordaron perdonar los agravios perpetrados por su contrario y acabar, de una vez por todas, con aquel malestar diplomático.

El resultado fue la firma, el 28 de diciembre de 1836, del «Tratado definitivo de paz y amistad entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España». Pacto en el que la monarquía reconocía la independencia de México como nación libre y renunciaba a sus posibles pretensiones sobre la región. Tal y como se puede leer en el documento, los firmantes fueron «el presidente de la república mexicana, el excelentísimo señor don Miguel Santa María, ministro plenipotenciario de la misma en la corte de Londres» y «el excelentísimo señor don José María Calatrava», secretario «de despacho» de la reina y «presidente del consejo de ministros».

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Recreación de la llegada de las tropas de Iturbide a México
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Basta leer la introducción del texto para darse cuenta de que el objetivo era pasar página de una vez por todas:

«La república Méxicana de una parte, y de la otra S. M. C. Doña Isabel II, por la gracia de Dios y por la constitución de la monarquía española reina de las Españas, y durante su menor edad la reina viuda Doña Maria Cristina de Borbon, su augusta madre, gobernadora del reino; deseando vivamente poner término al estado de incomunicación y desavenencia que ha existido entre los dos gobiernos, y entre los ciudadanos y súbditos de uno y otro país, y olvidar para siempre las pasadas diferencias y disensiones, por las cuales desgraciadamente han estado tanto tiempo interrumpidas las relaciones de amistad y buena armonía entre ambos pueblos, aunque llamados naturalmente á mirarse como hermanos por sus antiguos vínculos de unión de identidad de origen, y de recíprocos intereses, han resuelto en beneficio mutuo, restablecer y asegurar permanentemente dichas relaciones, por medio de un tratado definitivo de paz y amistad sincera».

Los artículos incidían también en la necesidad de acabar con la tensión. En el primero se especificaba que España aceptaba la independencia de México: «S. M. la reina gobernadora de las Españas, á nombre de su augusta hija Doña Isabel II, reconoce como nación libre, soberana é independiente la república mexicana, compuesta de los estados y países especificados en su ley constitucional». El segundo explicaba que «habrá total olvido de lo pasado, y una amnistía general y completa para todos los mexicanos y españoles, sin excepción alguna, que puedan hallarse expulsados, ausentes, desterrados, ocultos, ó que por acaso estuvieren presos ó confinados sin conocimiento de los gobiernos respectivos». El resto se dedicaban a temas fiscales. Por ejemplo, reseñaban que ambos países se comprometían a respetar los derechos financieros de los ciudadanos de la nación contraria o que el estado mexicano asumía como suya la deuda del renqueante imperio en la zona.

Origen: El desconocido tratado que puso fin al maltrato de México a los españoles de ultramar

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