El desquiciado plan de Napoleón para invadir Gran Bretaña que desangró a la Armada española

En 1805, el «pequeño corso» ordenó a una flota franco-española que dirigiese sus velas hasta el Caribe para engañar a Horatio Nelson. La idea, para su desgracia, terminó en un colosal desastre palpable en la batalla de Finisterre

La historia naval de nuestro país da para mucho. Es lo que tiene haber nacido en una península, que existe mucha agua en la que navegar; aunque también que defender del enemigo, todo sea dicho. A pesar de ello, el mar gallego ha sido siempre uno de los tableros de ajedrez predilectos por ingleses y españoles para repartirse cañonazos. Por desgracia, estas contiendas no han terminado siempre con una victoria castiza. Ni mucho menos.

Y precisamente una de ellas (quizá la más conocida) es la que se produjo el 22 de julio de 1805 cuando una expedición formada por buques hispanos y franceses se enfrentó a una flota inglesa de menor número. Aquella triste jornada, y de forma incomprensible, el mando conjunto francés provocó una derrota que ni el arrojo español pudo salvar. No siempre se gana, que diría aquel, pero hay que ver lo que escuece saber que fue el aliado galo el que clavó la tapa de nuestro ataúd.

Lo más triste es que aquella batalla fue el primer gran revés que recibió el plan de Napoleón Bonaparte (entonces nuestro aliado) para conquistar Gran Bretaña. Una estrategia delirante ideada por un general de tierra que, como han señalado los exportes de forma posterior, poco sabía del mar más allá de que a través de él navegaban buques. La puntilla sería la contienda de Trafalgar, una derrota definitiva de la armada combinada que le obligó a olvidarse de la invasión británica y destruyó, virtualmente, el potencial naval de ambos países.

Descaballeado plan

Vientos de guerra se cernían sobre los mares y océanos en 1805. Y es que, como venía siendo tradición, Francia -ahora comandada por Napoleón Bonaparte– se encontraba por aquellos años en guerra contra Gran Bretaña. Sin embargo, parece que las incontables jornadas de contienda ya habían cansado al « pequeño corso» que, al fin, decidió que era hora de acabar con aquellas molestas islas haciendo uso de la fuerza.

Para ello, Napoleón planeó una ambiciosa operación que consistía en atravesar con sus tropas el Canal de la Mancha y plantar batalla al inglés en su propia tierra. Con todo, y si quería llevar a cabo su plan, el galo necesitaba que la flota británica que defendía la zona dejara aquellas aguas libres para sus buques de transporte.

Pierre Charles Silvestre de Villeneuve
Pierre Charles Silvestre de Villeneuve

Dicho y hecho. Conocidas sus necesidades, la maquiavélica mente de Napoleón empezó a cavilar un plan en el que incluyó a la que, por entonces, era su aliada: España. Según sus órdenes, una flota franco-hispana partiría hacia el sur de América para, a base de cañón y mosquete, dar toda la batalla posible a los buques de Albión que había en la zona.

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Así lo confirma el profesor de Historia Contemporánea José Gregorio Cayuela Fernández en su obra «La Guerra de la Independencia. Historia bélica, pueblo y nación en España (1808-1814)». El plan consistía en «hacer cruzar el Atlántico a la Escuadra combinada franco española, arribando en el Caribe, con intención de que la navy de Horatio Nelson [la más potente de Gran Bretaña] les persiguiese, sacando así de Europa a un peligroso enemigo». Antes, eso sí, la flota principal debería ser reforzada por las unidades de Brest Rochefort.

Federico Gravina
Federico Gravina

Después, y una vez que parte de la Royal Navy hubiera izado velas para interceptar a los barcos del «pequeño corso», estos volverían rápidamente a Francia para transportar a la «Grande Armée» hasta el otro lado del Canal de la Mancha (un total de siete cuerpos de ejército). «Dejando allí empantanado a Nelson, debían volver a cruzar el Océano rumbo al Canal de la Mancha», añade el experto español.

En la práctica

Complicado sí, pero no imposible. Bajo esta premisa partió de las aguas europeas a mediados de abril una flota al mando del almirante galo Villeneuve, el cual tenía bajo sus órdenes una veintena de navíos de línea (seis de ellos españoles dirigidos por el general Federico Gravina).y siete fragatas.

Según desvela Ricardo Álvarez-Maldonado Muela en su dossier «Maniobra estratégica que precede a la batalla de Trafalgar», Villeneuve salió primero de Tolon, logró burlar a la flota de Nelson, se dirigió a Cádiz (donde se unió a la armada de Gravina) y, desde allí, emprendió viaje a la Martinica a principios de abril. «El 10 de abril, sin haber perdido día, hacían camino hacia las Antillas juntos los 17 navíos y sus respectivas fragatas», explica el historiador y militar Cesáreo Fernández Duro (1830-1908) en su obra «Historia de la Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón».

En principio hubo éxito. «Nelson, desorientado, perdió el tiempo, buscando a Villeneuve por el Mediterráneo central hasta que se enteró de que este había salido del Atlántico con destino al Caribe», añade Álvarez-Maldonado. El británico salió en su busca el 9 de mayo, cuando puso rumbo a las Antillas para intenrceptarle. Por su parte, y tras un viaje tranquilo, el 13 de mayo la Armada combinada llegó a su destino (lo que le supuso un viaje de 32 jornadas).

Inglaterra contraataca

Unas semanas después, tras capturar y llevarse al fondo a más de un buque inglés, la armada recibió al fin la orden que esperaban: debían volver a Europa y transportar a las tropas de Napoleón que esperaban en Boulogne (ubicada en el norte de Francia). Sin más dilación, los buques levaron anclas hacia el Canal de la Mancha mientras parte de la flota británica llegaba a las Antillas para plantarles cara.

A su vez, a Villeneuve se le disiparon todas las dudas sobre la importancia de la misión cuando recibió de su país una carta en la que, según recoge en su obra Duro, se podía leer lo siguiente: «Del éxito de la llegada ante Boulogne dependen los destinos del mundo. Dichoso el Almirante que asocie su nombre a la gloria de tal acontecimiento».

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Horatio Nelson
Horatio Nelson

Lo cierto es que, en palabras del autor español, la primera parte del plan salió a pedir de boca. En sus palabras, la armada de Nelson les persiguió y, como esperaba Bonaparte, «quedó perdida en la isla Barbada a finales de mayo». ¿Qué falló? Que el mar no es la tierra, como desvela el autor, y que Napoleón no había contado con las inclemencias meteorológicas a la hora de calcular los timepos. «Un tifón a la altura de las Azores dañó gravemente muchos buques y desgastó a las tripulaciones», sentencia.

A su vez, Inglaterra no se mantuvo cruzada de brazos, sino que, en cuanto tuvo constancia de la vuelta a Europa de los buques españoles y franceses, envió para interceptarlos una flota comandada por el vicealmirante Robert Calder. «El 15 de julio cruzaba el lugar recomendado el almirante Robert Calder con 15 navíos, cuatro de ellos de tres puentes, dos fragatas y dos avisos. Por noticias expedidas (…) se suponía que la armada franco-española no pasaba de 16 navíos medianamente armados y que podrían batirlos con superioridad los 15 ingleses», determina el experto español.

«Del éxito de la llegada ante Boulogne dependen los destinos del mundo. Dichoso el Almirante que asocie su nombre a la gloria de tal acontecimiento»

Tras sufrir varios días de mal tiempo, las dos armadas se encontraron en la mañana el día 22 en aguas del Cabo de Finisterre (ubicado en Galicia). Así, sin más posibilidad que la de derramar sangre para honrar y tratar de poner en práctica el plan de Bonaparte, las inmensas embarcaciones españolas y francesas prepararon pólvora y estoques para mandar al fondo del océano a los casacas rojas.

Aquella jornada las pésimas condiciones meteorológicas parecían aventurar la matanza que se iba a producir. Y es que, entre los navíos se levantó una espesa niebla que redujo notablemente la visibilidad de los marineros. Fuera como fuese, sin casi discernir al enemigo o incluso a ciegas, los buques comenzaron a formar para caer sobre el enemigo sin piedad.

El principio del fin

Al momento de avistar a los ingleses, la armada franco-española se desplegó formando una extensa línea a la cabeza de la cual se destacaron los navíos españoles. «Mandó el jefe inmediatamente formar línea de combate (…) tomando la vanguardia los seis navíos españoles, con el general Gravina en cabeza, siguiendo todos los otros hasta el completo de 20», añade Duro.

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Los británicos hicieron uso de una táctica que, en un futuro, les daría la victoria en multitud de contiendas: formando en hilera, se dirigieron perpendicularmente hacia la fila de buques hispanos con intención de cortar y atravesar su formación. Por suerte, Gravina predijo este movimiento y, haciendo uso de una iniciativa de la carecía Villeneuve, ordenó a sus barcos virar en redondo. De esta forma, el español consiguió que la flota combinada se pusiera de cara a la de Albión y, así, evitar que los ingleses acabaran con ellos.

«Del movimiento resultó que Gravina se encontrara a la cabeza de la línea y rompiera el fuego iniciando el combate a las cinco de la tarde», señala el español en su obra. Una vez lanzada la primera andanada de cañón, las naves de guerra españolas entablaron combate con el inglés sabiendo que su vida dependía de la victoria. Villeneuve sin embargo, aunque sabía que el destino de Francia estaba en sus manos, prefirió mantener a casi la mitad de sus barcos en segunda línea sin ningún enemigo al que atacar.

Batalla de Finisterre
Batalla de Finisterre

Con todo, y a pesar de la ineficacia del francés, los españoles siguieron plantando cara a base de cañón a la armada inglesa. Fueron duros momentos para nuestros buques que, en aquel aciago día cubierto de niebla y humo, sufrieron la mayor parte del fuego de Calder por encontrarse en vanguardia. Cuando llegó la noche la estampa era dantesca, pues los casacas rojas, ante la inoperancia de Villeneuve, habían destrozado y capturado dos de los navíos hispanos, el «Firme» y el «San Rafael».

Aproximadamente a las nueve de la noche, y ante la incipiente oscuridad, los contrincantes detuvieron la batalla hasta el día siguiente. Sin embargo, parece que Calder tuvo suficiente pues, al observar que había capturado dos buques y que había impedido que la armada combinada transportara a la «Grade Armée» hasta Inglaterra, decidió abandonar la lucha y huir como vencedor. La batalla había acabado y, para desgracia francesa y española, lo había hecho en derrota.

Una vez terminada la lucha solo quedaba contar las bajas. «Relativamente a las bajas personales, se informó al público haber tenido la escuadra inglesa 39 muertos 159 heridos, mientras que las de los aliados sumaban 149 de los primeros y 329 de los otros, correspondiendo a los dos navíos españoles rendidos las considerables cifras», finaliza Duro. Fue una primera derrota, pero dejó claro que el plan de Napoléón, si me permiten la metáfora, hacía aguas.

Origen: El desquiciado plan de Napoleón para invadir Gran Bretaña que desangró a la Armada española

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