El día que el ingenio español evitó que los musulmanes arrasasen la perla de Castilla

Cuenta la leyenda que, en 1109, Ximena Blázquez disfrazó a las mujeres de Ávila de soldados para que los musulmanes creyeran que no podrían superar sus murallas

Cuenta la leyenda, forjada a partir del siglo XII y replicada por los historiadores españoles del XIX (época en la que los mitos fundacionales de nuestro país fueron exagerados hasta el extremo), que Ávila no albergaba ningún soldado en el año 1109 porque todos habían salido a combatir a los musulmanes en campo abierto. Aquello no habría sido más que una mera anécdota de no ser porque la noticia llegó hasta los oídos de caudillo almorávide Abdalla Alahazen. El militar no lo dudó y, a la velocidad del rayo, organizó un gran contingente con el que se dispuso a sitiar la ciudad. La derrota y la muerte se cernían sobre el lugar.

Pero la solución llegó de la mano de una joven llamada Ximena Blázquez. Hoy existen muchas versiones sobre las medidas que tomó para resistir en envite de Abdalla Alahazen. La más extendida es la que afirma que ordenó a todas las mujeres de Ávila que se disfrazaran de guerreros y se ubicaran en las almenas con el objetivo de hacer creer al enemigo que aún quedaban miles de defensores dispuestos a dejarse la sangre por evitar aquella puñalada trapera. Así lo recogió, entre otros, el jurista decimonónico Juan Martín Carramolino en su obra «Historia de Ávila, su provincia y obispado».

El resultado, siempre según las crónicas medievales, fue que los musulmanes de Alahzen se volvieron a sus tierras asustados y con el rabo entre las piernas. Y es que, si Ávila ya era casi inexpugnable por haber sido edificada en una ubicación privilegiada, que aquellos guerreros se arremolinaran en las murallas garantizaba a los almorávides ser rechazados y perder a cientos de sus hombres durante el largo asedio.

Comienza la gesta

La historia de la heroína Ximena Blázquez nos obliga a retrasar el calendario hasta 1109. Así lo afirman el propio Carramolino o el clérigo del siglo XVI Prudencio de Sandoval en su crónica «Historia de los Reyes de Castilla y de León». Con todo, es difícil determinar, como sucede en una buena parte de los mitos medievales, el mes exacto en el que ocurrieron los hechos. En todo caso, lo que se sabe es que no eran aquellos años boyantes para los gobernantes de Ávila ya que, atendiendo siempre a estos autores, la ciudad carecía de tropas.

El por qué no había hombres jóvenes armados en el emplazamiento es, a día de hoy, otro de los misterios que rodean este mito. La versión más extendida afirma que los soldados habían abandonado los muros para combatir en el Puerto de Menga, ubicado a unos 40 kilómetros de la ciudad. Así lo afirman, por ejemplo, las autoras Alicia María de los Reyes García y María Victoria Santos de Martín Pinillos en su obra «Mujeres en el campo de batalla».

Mary Nash y Susanna Tavera son partidarias de esta teoría, tal y como explican en su libro «Las mujeres y las guerras: el papel de las mujeres en las guerras de la Edad Antigua a la Contemporánea» (escrito con la Asociación Española de Investigación Histórica de las Mujeres). «Los hombres de la ciudad estaban ausentes en campaña con el ejército real que combatía a los almorávides en las tierras del Tajo», determinan.

Sin embargo, otros cronistas como el propio Carromolino admiten desconocer la causa de esta escasez de tropas y se limitan a afirmar que había una gran «falta de gentes» ya por «estar estos ocupados en las plazas fronterizas al Moro, ya por los estragos que causaron en aquellas el hambre y la epidemia juntamente». El mismo Prudencio de Sandoval tampoco ofrece una explicación concreta y solo señala en su obra que la ciudad «se vio con falta de hombres» y que «el hambre y la ausencia de sus caballeros y muerte y enfermedad de otros tenían a Ávila en el punto extremo».

En todo caso, en lo que sí coinciden la mayoría de fuentes es en que por entonces gobernaba Ávila nuestra Ximena Blázquez. Carramolino, por su parte, señala que este nombramiento se hizo públicamente, algo más que curioso para la época y que resulta extraño debido a la consideración que la mujer tenía en la época. «Los pocos moradores que había se reunieron en público concejo y aclamaron por gobernadora de la ciudad a Jimena Blazquez, mujer de Fernán López, hasta la llegada de su marido o la de Blasco Jimeno».

Enemigo a las puertas

La pesadilla de Ávila comenzó poco después, cuando los batidores de Alahazen informaron a su jefe, el mismo que había perdido Cuenca pocos años atrás, de que no había ningún soldado capaz de defender la ciudad. El caudillo se embraveció. ¿Qué otra oportunidad tendría de hacerse con aquel preciado tesoro sin perder hombres?

Decidido, armó nada menos que a 9.000 de sus hombres e inició su sangrienta marcha ávido de derramar sangre cristiana. En este punto el mito vuelve a estar rodeado de cierta incertidumbre, pues algunas fuentes afirman que el musulmán empezó el ataque en verano, mientras que otros lo ubican en noviembre. De Sandoval, por ejemplo, sentencia que se sucedió el «dos de julio de 1109».

Parece ser que, cuando recibió la triste noticia de que un ejército se disponía a acabar con los abulenses, Ximena no solo no se turbó, sino que se convirtió en una verdadera cabecilla que, discurso a discurso, impidió que cayera la moral de las mujeres y los niños que todavía residían en Ávila.

«Espérole sin pavor: teniendo aviso de cómo estaban cerca, no mudó el color, ni mostró turbación; salió a la plaza, tomó las llaves de las puertas […] hízoles una plática de un César, que no desmayasen, que, antes que los Moros se avezindasen a los muros, tendrían socorro de Segovia Arévalo», añade el mismo fraile. Por si fuera poco, la heroína «no durmió ni paró» en toda la noche «visitando las puertas porque nadie huyese» fuera de las murallas. «Trócole Dios el corazón, y dióle por el de una flaca muger, el de un Roldán».

Por desgracia, ni todos los ánimos de Castilla valieron para detener el raudo paso de las hordas musulmanas. De hecho, Alahazen llegó a las inmediaciones de la ciudad al día siguiente, en un tiempo récord, y ordenó a sus hombres cortar los diferentes caminos a través de los cuales podían entrar refuerzos a Ávila. Pintaban bastos para los nuestros, y no parecía que la partida pudiese cambiar.

Tretas iniciales

Pero con lo que no contaba el musulmán era con el ingenio de Ximena. Como si del mismísimo Aníbal se tratase, esta joven decidió que, aunque era imposible que los habitantes de Ávila se enfrentasen mediante el acero a los enemigos, sí podían engañarles para que creyeran que la ciudad contaba con cientos de defensores dispuestos a dejarse la sangre para evitar que un solo árabe pisase el interior de la urbe.

Lo primero que estableció para ello fue hacer multitud de hogueras en las calles. ¿Su objetivo? Que diese la impresión de que un inmenso ejército estaba afincado en el interior y que hacían falta decenas de fuegos para calentar a tanta cantidad de soldados. También ordenó a los únicos jinetes que había en la ciudad que atacasen con bravura uno de los campamentos musulmanes para que creyeran que Ávila estaba defendida por caballería pesada.

Para terminar, dispuso que un tal Alfonso Montanero, jefe de los trompeteros, colocase a sus hombres en las cercanías del puente de la ciudad, camino de Cardeñosa, y que en horas altas de la noche tocasen de cuando en cuando los clarines. Lo que pretendía con ello era que los enemigos supusieran que habían arribado hasta las murallas tropas de refuerzo que habían logrado superar de alguna forma el cerco.

Sorpresa final

Pero estas tretas no fueron más que minucias si se comparan con el gran engaño que, casi por casualidad, orquestó la misma Ximena. Todo comenzó cuando decidió cambiar sus vestidos de mujer por la armadura de su marido. Así lo afirma el propio Prudencio de Sandoval en la ya mencionada crónica:

«Fuese a su casa, y llamó a sus hijas Ximena, Sancha y Urraca, y a dos nueras, Gometica y Sancha, hizo traer allí los vestidos y armas de su marido, que fue un excelente caballero poblador de Ávila, que se llamó Fernán López, y desnúdose los vestidos de mujer, y vistióse los del marido, y luego se armó de peto y espaldar, y puso en la cabeza una celada o sombrerón de hierro, que se usaban, y tomó un venablo en la mano con un brío de soldado viejo, y puesta desta manera, dijo a sus nueras y hijas: hijas mías muy amadas, conviene que todas hagáis lo mismo que me habéis visto hacer, pues veis que los moros se nos acercan, y conviene que defendamos nuestra ciudad, vidas y honras».

Todas las mujeres presentes hicieron lo mismo que ella: desvestirse, ponerse ropa de hombre y hacerse con cualquier arma que hubiera en sus casas.

«Todas lo hicieron así, quantas criadas había en casa, y así salieron juntas, como si fueran hombres, y fueron al coro de San Juan, donde hallaron muchos hombres y mujeres llorando ya su perdición. Y Ximena Blázquez los habló, y viéndola de tal talle con sus hijas y criadas, cobraron tal ánimo, que todas las mujeres se fueron a sus casas, y las que pudieron se armaron, las que no hallaban armas se vistieron como hombres, y con lanzones en las manos se juntaron con Ximena».

Cuando Ximena logró reunir un contingente numeroso, se llevó a este improvisado ejército hasta los límites de la ciudad. Aunque no para combatir al enemigo, sino para empezar la última parte de su plan.

«Y ella las puso en orden sobre los muros con ballestas y piedras, y echando fuera abrojos, haciendo toda esta demostración a la parte donde los moros estaban; lo cual les puso en cuidado, y entendieron que había en la ciudad más defensa de la que pensaban, pensando que las mujeres eran hombres. Fue Abdalla con otros tres a reconocer los muros, y vieron bien la gente que en ellos había».

Aquellos soldados que habían aparecido de la nada terminaron de minar la moral del caudillo musulmán. Tal fue el impacto que causaron sobre Alahazen que este reunió a toda prisa a sus generales más destacados para debatir si atacar o no Ávila.

«Abdalla volvió descontento, y consultó con los suyos lo que había visto, diciéndoles que le habían traído engañado con que en Ávila no había gente ni defensa, y que hallaba, que la noche antes los habían acometido en su Real, y que habían entrado en la ciudad muchas tropas de caballos, y aun fuera de ella, a la parte del Poniente habían sentido otros; y que él no traía ingenios para combatir la ciudad, que era fuerte, y con muy buena gente en su defensa; que tampoco tenían bastimentos para sustentarse; que era cierto que Ávila seria luego socorrida de Segovia, Arévalo y Valladolid».

Al final, los musulmanes se retiraron y dejaron en manos cristianas Ávila. Toda una victoria para Ximena, para el ingenio y, a la postre, también para España. Pero un triunfo imposible también de demostrar.

Origen: El día que el ingenio español evitó que los musulmanes arrasasen la perla de Castilla

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