El extraño sillón sexual y otras perversiones del lujoso prostíbulo de los jerarcas nazis

Con décadas de historia a sus espaldas, «Le Chabanais» se convirtió durante la ocupación alemana en el lupanar más cotizado de toda Francia

El verano de 1940 supuso un verdadera bofetada en el orgullo de la sociedad francesa. Y con razón, pues la que antaño había sido una de las potencias de Europa bajo el bastón de Napoleón Bonapartetuvo que ver ese mismo año como la «Wehrmacht» superaba su aparentemente impenetrable Línea Maginot y, entre risas y chucrut, se plantaba con sus carros de combate alemanes frente a la mismísima Torre Eiffel. A partir de entonces comenzó la ocupación y dos universos se vieron obligados a convivir en el país galo: el de los colaboracionistas ávidos de obtener alguna ventaja de mano de los nazis, y el de la mitificada Resistencia (más famosa que efectiva gracias a la propaganda de Charles de Gaulle).

Los burdeles de París apostaron por la primera opción. Sin dudarlo, y tal y como afirma Patrick Buisson en su obra «1940-1945 Années érotiques, Vichy ou les infortunes de la vertu», las «madame» abrieron sus brazos y sus puertas a las fuerzas teutonas a cambio de sustanciales sumas de dinero. La decisión, en lo que a la liquidez se refiere, no pudo ser mejor. De hecho, tras la Segunda Guerra Mundial algunas de ellas admitieron que las continuas visitas de los nazis a sus burdeles les supuso un beneficio que jamás habrían podido obtener con sus compatriotas. El autor galo ha llegado a afirmar con rotundidad en la mayoría de las entrevistas que ha concedido que el Tercer Reich llevó una nueva «edad de oro» a los lupanares galos.

Pero de entre todas las casas de sexo de París hubo una que tuvo la suerte de convertirse en la preferida de los jerarcas nazis por su carácter exclusivo: «Le Chabanais». Ubicado en las cercanías del Museo Louvre y con casi un siglo de historia a sus espaldas, este burdel contaba con todo tipo de oscuros secretos como habitaciones temáticas o una extraña «Silla del amor» o «Silla de felación» que había sido diseñada en exclusiva para el rey Eduardo VII. Las mujeres de esta mansión del amor se vanagloriaban de pertenecer a la alta sociedad y, como tal, cobraban una considerable cantidad de billetes a sus clientes.

Templo internacional del vicio

«Le Chabanais», el centro de lujuria y depravación más exquisito de «la France», abrió sus puertas allá por 1878 en el número 12 de la Rue Chabanais, la misma calle que le puso nombre. A día de hoy es difícil seguirle la pista. Según desvela Marc Lemonier en su «Guide historique du Paris libertin», el burdel no era más que un edificio sencillo de siete alturas que, durante su mayor apogeo, no se diferenciaba a primera vista del resto. «Su fachada no tenía nada especial», señala. La mujer que erigió este templo del vicio fue, en palabras del mismo autor, «Madame Kelly». Sin embargo, años después fue adquirido por «Nez Pointu, Ernest le Sourd y Georges le Cuirassier».

A pesar de su simplicidad, este burdel no tardó en hacerse famoso entre la sociedad parisina gracias a que era, como rezaba en un cartel a la entrada, una «casa de todas las naciones». Aunque no porque sus prostitutas perteneciesen a multitud de continentes, sino porque contaba con habitaciones temáticas que trasladaban a sus clientes hasta tierras lejanas. De entre todas ellas, los estudiosos recuerdan la hindú, la morisca (que «llamaba a la violación», atendiendo a Lemonier), la de Pompeya e, incluso, una ambientada en el medievo. «En la Exposición Universal de París de 1900 se otorgó un premio a la habitación japonesa», añade el experto.

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En total, «Le Chabanais» disponía de una veintena de habitaciones levantadas a golpe de talonario. En este templo del vicio lo primero era el lujo extremo. De hecho, no se puede decir que los propietarios escatimaran dinero en mejorar su decoración día a día. Para nada. Ejemplo de ello es que el pintor Charles Toché, especialista en frescos, trabajó durante un año en el interior de este burdel y que algunas salas como la «Luis XVI» fueron diseñadas por los mejores artistas locales con materiales de lujo. Pero la calidad había que pagarla, como demuestra el que, durante la Segunda Guerra Mundial, un «servicio» costase el sueldo semanal de un oficial superior.

Una de las habitaciones del burdel
Una de las habitaciones del burdel

A nivel práctico, «Le Chabanais» contaba en principio con unas 22 prostitutas seleccionadas especialmente por la dirección del burdel. Con todo, este número aumentó de forma rápida hasta 36 con la llegada de la Exposición Universal que París acogió en 1878. «Todas ellas dormían en las escasas camas que tenía el establecimiento, a menudo dos por cama», añade el autor de «Guide historique du Paris libertin». Aunque esta práctica fue criticada en un informe del Ayuntamiento local en 1883, para entonces el lupanar se había hecho tan famoso que las autoridades preferían hacer la vista gorda a tener que enfrentarse a su dirección.

El poder que atesoraba este edificio quedó patente cuando sus prostitutas empezaron a repartir propaganda por París anunciando sus servicios, práctica que había sido prohibida en 1880 por el gobierno por ser considerada indecorosa. Aunque lo cierto es que para entonces no les hacía falta pregonar a los cuatro vientos que el burdel existía. Su fama ya se había extendido por todo el país. Así lo afirma la autora Brigitte Rochelandet en su obra «Les maisons closes autrefois»: «La reputación era tal que muchos burdeles usaron su nombre como reclamo. Había un “Chabanais” en Calais, Lille, Marsella, Nancy, Toulon y Frejus». El original, sin embargo, siempre estuvo asentado en la capital.

Clientes de élite

El lujo y el buen gusto de las habitaciones no solo ayudó a subir los precios y a que «Le Chabanais» aumentara de forma radical sus ingresos. También atrajo hasta sus muros a la «créme de la créme» de la nobleza europea. Lemonier recuerda que era habitual que «grandes hombres» e incluso «alguna cabeza coronada» reservaran unas horas en su apretada agenda para disfrutar de un servicio en el burdel. Aunque, eso sí, el encuentro quedaba ocultado bajo la siguiente frase: «Visita al presidente del Senado». En descargo de los dignatarios habría que señalar que a este lupanar no se iba solo a mantener relaciones sexuales, sino también a beber, a disfrutar de un buen baile o a apostar.

Los autores que se han adentrado en el pasado de «Le Chabanais» suelen replicar también una curiosa historia que se encuentra a caballo entre la realidad y el mito. Al parecer, durante una de las visitas de la Reina Madre de España (los expertos no desvelan su nombre) un miembro del gobierno cometió el craso error de apuntar en la agenda real una curiosa actividad: «Visita al presidente del Senado». Quizá, por lo habitual que era entre los dignatarios extranjeros. «Fue un desastre organizar una verdadera visita al presidente del Senado cuando se dieron cuenta del error», explica el mismo Lemonier en su libro.

Sillón sexual y bañera de Eduardo VII
Sillón sexual y bañera de Eduardo VII

En todo caso, por las habitaciones de «Le Chabanais» no tardaron en pasar grandes personalidades de la política y las artes. Algunas tan famosas como Henri de Toulouse-Lautrec (que disfrutó durante años de los servicios de las chicas del lupanar mientras decoraba varias de sus habitaciones); el escritor Guy de Maupassant (quien llegó a edificar en su casa una «sala morisca» para no sentir nostalgia del burdel); la popular Mae West o el famoso Cary Grant. No es de extrañar ya que, como explicó Nicole Canet (propietaria de una galería que atesora los recuerdos del edificio) al diario «The Telegraph», las mismas agencias de viajes ofrecían a sus clientes más exclusivos una visita a este burdel.

Gran pervertido

Pero, de entre todos los clientes, hubo uno que destacó especialmente por sus perversiones: el futuro monarca Eduardo VII de Inglaterra. Más conocido en 1880 como «Bertie», el corpulento Príncipe de Gales era un auténtico «playboy» que adoraba visitar los burdeles galos cuando cruzaba el Canal de la Mancha. De todos ellos su favorito era «Le Chabanais», donde solía dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Y todo, para desesperación de su madre, que solo deseaba ver como sentaba la cabeza. Pero no le valió de nada. De hecho, cuando su padre se enteró de que era habitual que su hijo abandonara sus deberes militares para verse con meretrices, le escribió desesperado lo siguiente: «Sabía que eras irreflexivo y débil, pero no podía pensar que eras un depravado».

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En el interior de «Le Chabanais», el Príncipe de Gales disfrutaba de largas horas de placer en la habitación hindú, su favorita. Allí tenía su particular paraíso y disfrutaba de lujos como una bañera de cobre en forma de cisne en la que el agua era sustituida por champagne. Este artilugio fue subastado el 8 de mayo de 1951, poco después de que el burdel cerrara sus puertas, por 100.000 francos, una suma exagerada. En palabras de Lemonier, a la postre fue comprado por Salvador Dalí, quien lo instaló en el Hotel Meurice.

Eduardo VIIi
Eduardo VIIi

Pero esta bañera no era más que una mera anécdota si se compara con un artilugio de depravación diseñado para él y llamado la «Silla del amor» o la «Silla de felación». El asiento le permitía mantener relaciones con dos mujeres al mismo tiempo mientras tenía sus posaderas descansadas. Su sistema sigue siendo un misterio a día de hoy. Lo que se sabe es que la forma del asiento obligaba al Príncipe de Gales a permanecer con las piernas abiertas, de tal forma que una prostituta podía arrodillarse frente a él para practicarle sexo oral. La otra meretriz, según se cree, se apoyaba en las dos asas del invento para continuar la fiesta. En todo caso, lo que está claro es que el objetivo era el futuro monarca gastara la menor energía posible.

Cuando los nazis llegaron a París en plena Segunda Guerra Mundial dudaron. ¿Qué diantres podían hacer con aquel artilugio? ¿Quedárselo? ¿Destruirlo? Lo más curioso es que lo que les repugnaba de la silla no era su perversa función. Eso les parecía bien. Lo que les disgustaba, según explica el autor Stephen Clarke en su obra «1000 Years of Annoying the French», era que había sido diseñado y utilizado en exclusiva por el enemigo: Eduardo VII. No obstante, al final establecieron que se quedarían con él y que no quitarían el escudo de armas de la familia real. «Decidieron mantenerlo porque tenía una madre alemana» completa el autor en su popular obra.

Llega el nazismo

En 1940, después de que los alemanes iniciasen su avance hacia el corazón de Francia, la situación dio un giro drástico en los burdeles parisinos. En los palacios del vicio como «Le Chabanais» o el también popular «Uno dos dos» (cuyas habitaciones competían en lujo con las de nuestro protagonista de hoy) las prostitutas abandonaron sus puestos de trabajo. En algunos casos, por mero miedo. Pero en otros como una forma de resistencia contra los teutones. Así, no era raro leer en las puertas de los lupanares un mensaje tan desconcertante como desesperante para los soldados y los oficiales nazis: «Casa cerrada. Personal movilizado».

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Pero esta resistencia pasiva de las prostitutas duró poco. Para ser más exactos, el tiempo que tardaron los germanos en ordenar la reapertura de los burdeles y dividirlos atendiendo a los rangos militares. A partir de entonces el dinero teutón se convirtió en un aliciente que hizo que las meretrices galas trabajaran para contentar a los nuevos señores de Francia.

Prostitutas en «Le Chabanais» durante 1940
Prostitutas en «Le Chabanais» durante 1940

La «madame» de «Le Chabanais» (que aparece citada en el libro de Buisson) afirmó de hecho tras la Segunda Guerra Mundial que primaban a los clientes germanos sobre los locales porque pagaban mejor, eran exóticossabían hablar varios idiomas y eran más educados. Algo que, como sentenció casi le da vergüenza admitir en la actualidad. El autor añade que la abundancia de «Reichsmarks» provocó que aumentara hasta 10.000 el número de mujeres dispuestas a vender su cuerpo en París. Un número más que llamativo si tenemos en cuenta que, al comienzo de la contienda, apenas había unas 4.000.

La llegada de los nazis activó estas casas del vicio. Todas ellas se vieron beneficiadas. Desde el «Uno dos dos» (cuyo salón decorado con ricos murales con pinturas sexuales cautivaba a los jerarcas nazis), hasta los más baratos y sucios (dedicados a los soldados). Y es que, efectivamente, los germanos hicieron una división de los prostíbulos según los rangos militares. «Le Chabanais», como era de esperar, quedó reservado para los altos oficiales alemanes de los tres ejércitos. «De los ciento setenta y siete burdeles o lugares de reunión diseminados por todo el departamento del Sena, inmediatamente se asignaron cinco a los oficiales dieciocho a la tropa. Los signos en dos idiomas colocados en la puerta de las instituciones formalizan esta segregación», añade Buisson.

Fachada del burdel
Fachada del burdel

«Le Chabanais» fue, en definitiva, regentado por altos jerarcas del Reich como Hermann Goering (quien, a pesar de todo, siempre prefirió el «Uno dos dos»). Estos disfrutaban de orgías y fiestas nocturnas en unos años en los que el pueblo galo sufría un toque de queda desde las once de las noche hasta las cinco de la madrugada. En ellas, los presentes llevaban chocolatecigarrillos champagne a las mujeres para disfrutar de bailes eróticos o partidas de cartas. El resultado eran fiestas desenfrenadas que terminaban cuando un teutón proponía a una de las chicas subir a la zona de las habitaciones temáticas.

A cambio de su fe ciega a los hombres del Tercer Reich, las prostitutas de «Le Chabanais» obtuvieron multitud de ventajas. La principal de ellas era la comida, algo básico en un país que padecía por entonces una gran escasez de alimentos. Muchas de las prostitutas, de hecho, declararon a la postre que se dejaron seducir por los germanos porque era la única forma que tenían de alimentar a sus hijos. Sin embargo, los grandes jerarcas que acudían a «Le Chabanais» también solían regalar todo tipo de objetos de lujo a sus «chicas» para hacerlas felices. Por ello, cientos de ellas fueron acusadas de «colaboradoras horizontales» tras la Segunda Guerra Mundial y castigadas por la Resistencia gala.

Origen: El extraño sillón sexual y otras perversiones del lujoso prostíbulo de los jerarcas nazis

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