El general Castaños, a juicio: ¿fue el héroe de Bailén un inepto, traidor y genocida?

Montaje con el retrato de 'El general Castaños' realizado por Vicente López en 1848, sobre el cuadro de 'La Rendición de Bailén', de José Casado del Alisal, que se encuentra en el Museo del Prado ABC
Montaje con el retrato de ‘El general Castaños’ realizado por Vicente López en 1848, sobre el cuadro de ‘La Rendición de Bailén’, de José Casado del Alisal, que se encuentra en el Museo del Prado ABC

El responsable de la primera derrota de Napoleón en campo abierto, calificado por la prensa del siglo XIX como «el más ilustre de nuestros generales», fue para algunos de sus soldados e historiadores posteriores un villano incompetente con un lado oscuro

Mucho se ha escrito sobre la figura de Francisco Javier Castaños desde que falleció el 24 de septiembre de 1852. Sobre todo en esta última década en la que se ha conmemorado el bicentenario no solo de la Guerra de Independencia contra los franceses, sino de algunos de los episodios más reseñables en los que el famoso general fue protagonista. Y es que, aunque sirvió 84 años al Ejército español con una pasión y responsabilidad desmedidas, no siempre ha salido bien parado en su valoración. Son las luces y las sombras del hombre que pasó a la historia como el héroe de Bailén —aquella batalla en la que Napoleón sufrió su primera derrota en campo abierto—, pero al que algunos de sus propios soldados y otros historiadores posteriores tacharon de villano, inepto, traidor, incendiario y hasta genocida.

¿Cómo pueden dos visiones tan antagónicas confluir en una misma persona? ¿Cómo pudo, de ser un incompetente, permanecer más de ocho décadas en el Ejército y ascender a puestos tan relevantes como el de presidente del Consejo de Regencia? ¿Es posible que un hombre con esa trayectoria ordenase la destrucción de San Sebastián en 1813? ¿Podría un militar tan ‘vengativo’ y ‘rencoroso’ haber servido a España desde que recibió el grado de capitán de infantería del Rey Carlos III a los 10 años, hasta su muerte a los 94, sin haber alzado la voz porque le hubieran dejado morir ‘pobre’, como insinuaba la prensa de la época? ¿Qué hay de cierto, en definitiva, en todo esto? ¿Quién lleva razón?

Decían los periódicos de mediados del siglo XIX que Castaños llegó al final de su larga vida abrumado por las condecoraciones, incluso «agobiado», pero sin un gesto de altivez, superioridad ni orgullo. Un día después de su muerte, no hubo cabecera que no le dedicara la práctica totalidad de sus páginas a elogiar la figura de aquel héroe español que, según reconocía el general en su testamento, no ambicionó nunca las riquezas: «Muero pobre, pero, aunque fuese rico, preferiría no gastar en suntuosos catafalcos y grandes músicas, sino en sufragios y limosnas a las familias necesitadas». Algo que apuntaba también el diario ‘La Época’ : «El duque de Bailén tiene hechas todas sus disposiciones testamentarias, bien fáciles de arreglar, pues todo el caudal con el que cuenta en metálico el primer capitán general de España no pasa de cuarenta y siete duros».

«El amor a sus reyes y a España»

Los elogios continuaban en ‘La Gaceta ’: «Dos grandes sentimientos han llenado la vida de Castaños. El amor a sus Reyes y a su país, por un lado, y la práctica de la beneficencia, por otro. Al primero consagró su sangre y al segundo todos sus bienes. El más antiguo, el más ilustre de nuestros generales, ha muerto pobre. Pero esa pobreza es su mejor aureola, porque no es efecto del lujo ni del vicio, sino que procede única y exclusivamente de su ardiente y sublime caridad».

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La prensa, como es lógico, también destacó su carrera militar, que comenzó en la Academia de Barcelona y continuó en el Regimiento ‘Saboya’ a los 16 años. Como demuestra su hoja de servicios, disponible en el Archivo General Militar de Segovia, fue un hombre muy activo y tuvo una rápida progresión en los años finales del siglo XVIII. «Asistió al sitio de Gibraltar y a la toma de la isla de Menorca, ocupada por los ingleses, en cuyas operaciones demostró el valor y la pericia que más tarde le elevaron al primer rango en la milicia», contó el diario ‘La España’ , que añadió a continuación: «El pueblo madrileño, sin distinción de partidos, edades ni sexos, amaba a este venerable guerrero».

Cuando la localidad de Bailén se convirtió en paso obligado para los franceses en la Guerra de Independencia, pues Napoleón quería controlar el levantamiento de Andalucía, se topó con nuestro protagonista en la que se convirtió en una de las batallas más importantes de la historia moderna de Europa. Más de 20.000 soldados galos se rindieron, dando paso al mito que la prensa destacó en 1852, a pesar de sus incursiones posteriores en política al lado de Fernando VII como Capitán General de Cataluña, presidente del Consejo de Estado y tutor de Isabel II durante su minoría de edad.

Ahí estaban ‘La Nación’ ‘El Observador’ , el ‘Diario de Cataluña’ , ‘ El Heraldo ’ y ‘La Ilustración’ subrayando sus glorias el día de su fallecimiento. Este último, de hecho, le dedicó la portada y varias páginas a este militar declaradamente monárquico y absolutista, a pesar de ser un periódico con claros tintes republicanos y fundado por un conspirador de la Reina Isabel: «A Castaños en Bailén, como a otros héroes en tantas batallas memorables, debe alcanzar mucha más gloria por la forma en que combatió», aseguró en sus páginas.

Retrato del general Castaños, pintado por José María Galván

«Castaños es un inepto»

Cuando se produjo la ocupación de España por las tropas napoleónicas en 1808, era comandante general del Campo de Gibraltar. En junio de ese año, la Junta de Sevilla le nombró comandante en jefe de todas las tropas de Andalucía y, por tal motivo, lideró a los ejércitos españoles contra el general Dupont en la mencionada batalla de Bailén. Debido a su victoria fue nombrado capitán general del Ejército y, después, como comandante, se marchó al frente del Ebro, donde fue derrotado en diciembre por el mariscal Lannes en la batalla de Tudela.

Fue aquí donde inició uno de sus períodos oscuros de su carrera, ya que las críticas que recibió por dicha batalla, gracias a la falta de medios y a las malas decisiones que tomó, le acarrearon un consejo de guerra del que finalmente fue absuelto. Contaba recientemente en ABC el historiador Daniel Aquillué , autor de ‘Guerra y cuchillo. Los sitios de Zaragoza, 1808-1809’ (La Esfera de los Libros, 2021), que «cuando el Ejército de Castaños se retiró para ir a defender Madrid tras la batalla de Tudela, muchos de sus soldados lo abandonaron, acusándolo de traidor, para irse a combatir en la capital aragonesa bajo las órdenes de Palafox. Creían que Zaragoza podía resistir y que Castaños era un inepto».

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Durante la Segunda Regencia, este viajó a Lisboa y convenció al general Wellington para realizar acciones conjuntas contra las tropas napoleónicas. Gracias a ello, es verdad que los aliados obtuvieron victorias como las de La Albuera y San Marcial. A principios de 1813, fue nombrado jefe del 4º Ejército, el más importante y numeroso de España, y el 4 de junio de ese año lo desplegó en las proximidades de Vitoria para participar en aquella decisiva batalla.

El asedio a San Sebastián

Fue aquí donde se produjo la acción más controvertida del general Castaños, cuyas críticas han llegado hasta el día de hoy. Hablamos del sitio de San Sebastián , entre el 7 de julio y el 8 de septiembre de 1813, ya que cuando se cumplió el bicentenario, varios historiadores y asociaciones vascas realizaron nuevas interpretaciones del asedio, culpando al héroe de haber dado la orden de destruir, saquear y quemar la ciudad vasca. Dicha campaña se inició en 2012, con la publicación del libro «Donostia 1813. Quiénes, cómo y por qué provocaron la mayor tragedia en la historia de la ciudad» (Txertoa), de Iñaki Egaña.

Las críticas al general Castaños por el sitio de San Sebastián en 1813 han llegado hasta el día de hoy

«Hay un dato muy significativo: tras el primer ataque fracasado de julio de 1813, son hechos prisioneros unos 300 británicos heridos. Los franceses los guardan en la iglesia de San Vicente, donde son atendidos por familias donostiarras. Allí, algunos de esos ingleses y portugueses ya avisan de lo que puede venir. Explican que el general Castaños, una especie de general Mola de 1936, les ha dicho que hay que tomar la ciudad y pasar a todos sus habitantes a cuchillo», contaba el autor en una entrevista al diario ‘Naiz’ en 2013, en la que aseguraba que, «en porcentaje, los muertos que se produjeron en en San Sebastián son muchos más que en el bombardeo de Guernica».

A esta tesis se sumó después un grupo de donostiarras mediante la publicación de un manifiesto en el que se culpaba de lo ocurrido al general Castaños. Su título era «Donostia sutan, 1813-2013» («San Sebastián en llamas, 1813-2013») y describía el atropello como un «holocausto». En él se decía que «los generales españoles Álava y Castaños, responsables de la masacre, y el británico duque de Wellington negaron su implicación y echaron la culpa a los propios donostiarras y a las tropas francesas que habían ocupado la ciudad durante cinco años. Una falsedad que se mantuvo durante años, similar a la del bombardeo nazi de Guernica en 1937, que se achacó a los propios vascos».

Para apoyar la teoría, sus promotores llegaron a poner en marcha un blog en el que compartieron cerca de ochenta testimonios de la época, que aseguraban haber oído a los soldados que «tenían orden del general Castaños de arrasar la ciudad y pasar a cuchillo a sus habitantes». A esto hay que añadir la teoría de que muchos de los soldados anglo-portugueses se olvidaron del combate para dedicarse a saquear.

En su libro «¡Caos histórico! Mitos, engaños y falacias» (Actas, 2019), Juanjo Sánchez Arreseigor, cree, sin embargo, que Castaños no fue el responsable de esta masacre. «Es verdad que muchos de estos amenazaron a los donostiarras con torturarlos y matarlos si no revelaban dónde escondían el dinero y los objetos valiosos. Lo que pasa es que, para justificar sus acciones y al mismo tiempo aterrorizar a las víctimas, algunos aseguraron que el general español había dado la orden de matar a todo el mundo en la ciudad, pero que ellos podrían salvarse si entregaban su dinero». El historiador bilbaíno califica la acusación de Egaña de «absurda» y defiende que, en realidad, este nunca ejerció el mando sobre las tropas portuguesas y británicas, por lo que nunca habría podido ordenar semejante ataque. De hecho, no ejercía ya el mando en aquel momento, puesto que había sido destituido.

Tras ese primer asalto, los donostiarras lograron enviar mensajes solicitando alguna explicación por lo ocurrido. El general Miguel Ricardo de Álava, el mismo que había prevenido del saqueo de Vitoria cerrando las puertas de la ciudad, les prometió que no existía ninguna intención por parte de Castaños ni del Ejército español de destruir la ciudad. También desmintió las amenazas que proferían los soldados lusos e ingleses en referencia al héroe de la batalla de Bailén.

La última etapa de la vida militar del héroe de Bailén también estuvo llena de vaivenes, como la propia historia de España. En el Trienio Liberal fue forzado a entregar el mando de la Capitanía al general Villacampa y durante la Regencia de Espartero permaneció en arresto domiciliario. Acabó sus días como general de los Alabarderos Reales. Por todos los servicios prestados en su extensa carrera, Fernando VII le hizo entrega de la Gran Cruz de Carlos III en 1811, de las Grandes Cruces de San Fernando, San Hermenegildo e Isabel la Católica en 1815, del Collar del Toisón de Oro en 1829 y de los título nobiliarios de duque de Bailén y marqués de Portugalete en 1833.

Origen: El general Castaños, a juicio: ¿fue el héroe de Bailén un inepto, traidor y genocida?

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