El «intrépido» general que traicionó a Napoleón para luchar con los españoles en la Guerra de Independencia

Luis Lacy poco antes de ser ejecutado en Bellver

En el verano de 1809, cabeceras tan importantes como el « Semanario patriótico» ya ensalzaban la figura de un desconocido comandante que, hasta hace poco, había luchado en el Ejército francés, antes de desertar y unirse a los españoles en la Guerra de Independencia contra sus compañeros: «El coronel Luis Lacy batió y dispersó en Torralba (Cuenca), con tan solo dos regimientos de caballería y una compañía de cazadores, a cinco regimientos de la caballería francesa con dos cañones, matando e hiriendo a muchos soldados», podía leerse en la edición del 6 de julio de ese año.

La leyenda de este militar nacido en San Roque (Cádiz), en 1775, perteneciente a una prestigiosa familia de militares de origen irlandés y francés, había comenzado muchos años antes. En concreto, cuando abandonó el Ejército español en 1803, para ingresar como soldado raso de la Infantería francesa. Una decisión que había tomado tras ser suspendido de empleo y sueldo y encarcelado durante un año, después de protagonizar un lío de faldas en el que también estuvo implicado uno de los altos cargos político-militares de las Islas Canarias. Y eso que, durante ese destino, había conseguido nada menos que el grado de capitán.

Cinco años estuvo Luis Lacy al servicio de Francia. Comenzó formando parte del 6º Regimiento de Infantería de Línea. Pocos meses después, fue nombrado sargento y, seguidamente, capitán de la flamante Legión del Ejército regular napoleónico, en cuyas filas combatió contra Alemania, Prusia y, posteriormente, en el Atlántico. Aunque no esté confirmado, algunos cronistas llegaron a escribir que aquel meteórico ascenso se debió al propio Napoleón, tras enterarse de la presencia en sus tropas de un destacado militar perteneciente a una familia tan respetada como los Lacy. Esa fue la razón por la que habría decidido restablecerle el grado de su etapa española, así como destinarlo a la Legión Irlandesa, que en esos momentos se estaba formando.

Durante su periplo francés, Lacy no solo dio muestras de un inusitado coraje al combatir siempre en primera línea, sino que se integró perfectamente en la sociedad tras casarse y tener a su primera y única hija, que falleció poco después. No tardó mucho en salir con destino a Portugal y España para participar en el bloqueo continental contra Gran Bretaña, con el objetivo de impedir que esta comerciara con el exterior y dejara de ser la potencia marítima en la que se habían convertido tras su importante victoria en la batalla de Trafalgar(1805). Napoleón, además, tenía en mente invadir Inglaterra, pero ambas operaciones fracasaron. El volumen de negocio de los británicos creció y la Legión irlandesa de Lacy se debilitó mucho.

El desertor

El momento clave en la vida de Luis Lacy se produjo en 1807, cuando recibió la orden de incorporarse a una legión destinada a España. Napoleón seguía empeñado en dominar todo el continente europeo para derrotar a su gran enemigo, Gran Bretaña. Para ello, el artífice de la Revolución francesa había conseguido firmar con Manuel Godoy, primer ministro y valido de Carlos IV, el Tratado de Fontainebleau ese mismo año, a través del cual obtuvo el permiso del Rey para atravesar España con más de 100.000 soldados. El supuesto objetivo era invadir Portugal, pero la intención final era otra y nuestro protagonista se olió el engaño.

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Antes incluso del 2 de mayo de 1808, y de que las tropas francesas comenzaran la conquista encubierta de toda la Península, el capitán Lacy solicitó el cambio de destino para no tener que luchar contra España. Sin embargo, no le fue concedido. En ese momento ya había sido informado de la intención de Francia y enseguida fue consciente de la peligrosa situación que les esperaba a sus antiguos compañeros y familiares.

Cuando comenzó la invasión y se iniciaron las revueltas del pueblo español contra el invasor, Lucy tomó la decisión que llevaba mascullando unos meses a escondidas de su mujer y de sus propios compañeros en la Legión Irlandesa: desertar y unirse a la insurrección. Lo primero que hizo fue establecer contacto con sus paisanos andaluces y con la Junta de Sevilla, la cual terminó declarando la guerra a Francia el 5 de junio. El Gobierno español había llamado a filas a sus ciudadanos, consiguiendo reunir a 30.000 voluntarios, la gran mayoría de ellos milicianos sin ninguna experiencia en combate. Y él, que sí la tenía, quería luchar junto a ellos.

Batalla de Bailén

La primera gran ofensiva contra los franceses se inició en el norte de Portugal. Estuvo protagonizada conjuntamente por soldados españoles y las milicias lusas. Fue a finales de mayo de 1808 cuando la recién constituida Junta de Sevilla recibió la oferta de Luis Lacy. En un principio generó desconfianza, hasta el punto de ponerle a prueba durante un tiempo. Las sospechas eran lógicas, puesto que el desertor podía ser un espía de Napoleón. Se dice que, incluso, llegó a estar retenido en la Isla de la Cartuja algunos días.

Pronto se dieron cuenta, sin embargo, de que era un fichaje de lujo para España si tenemos en cuenta que hablaba francés, inglés y español y, sobre todo, que conocía al enemigo a la perfección. Lacy había aprovechado su paso por el Ejército francés para tomar buena nota de los entrenamientos a los que eran sometidos los soldados del mejor ejército del mundo. Por eso su primer trabajo consistió en proporcionar todos esos secretos militares a los más altos mandos españoles. Una labor de espionaje que fue fundamental para enfrentarse al invasor y afrontar, el 19 de julio de 1808, la famosa batalla de Bailén, que se había convertido en un paso obligado de los franceses para controlar el levantamiento de Andalucía. Con el general Castaños al mando, aquella batalla, considerada hoy una de las más importantes de la historia moderna de Europa, significó la primera derrota del poderoso Ejército francés y el principio del fin del Imperio Napoleónico.

Dado el éxito de esas campañas, Lacy se ganó pronto la confianza de sus superiores. La Junta de Sevilla lo ascendió a comandante y teniente coronel. Entonces se le asignó el mando del Batallón Ligero de Ledesma, con el que pasó a Uclés y participó en la batalla de Bubierca el 23 de noviembre de 1808. Fue otra gran victoria, esta vez con nuestro protagonista sobre el terreno, enfrentándose a las tropas del general francés Maurice Mathieu, que les doblaban en número.

Lacy volvió a dar las mismas muestras de coraje y mando que con Francia. A finales de enero de 1809 ya había ascendido a coronel y el 3 de julio a brigadier. Su nombre comenzaba a ser habitual en la prensa española. En la edición de agosto de « El observador político y militar de España» se decía: «El intrépido coronel Lacy ha manifestado la celeridad, precisión y sangre fría de un gran guerrero. Cinco regimientos de caballería franceses con dos piezas de cañón se presentaban en las heras del pueblo de Torralba. Lacy lo supo en Almagro a las cinco y media de la tarde y corrió para atacarlos. La oscuridad de la noche le dio un aire más terrible. El enemigo era muy superior y sus posiciones ventajosas, pero el talento, la habilidad y la resolución de Lacy superó a todos. A las nueve de la noche cayó sobre los franceses y los derrotó. El campo quedó cubierto de despojos».

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Batalla de Ocaña

Nuestro protagonista tenía 37 años e iba sumando cargos a medida que conseguía victorias. El 19 de noviembre de 1809 se convirtió en uno de los héroes de la batalla de Ocaña, a pesar de la derrota de los españoles. Pero la división de Lacy se distinguió sobre las demás por la tranquilidad con la que dirigió los movimientos de sus soldados en circunstancias tan críticas, pues los galos les habían cercado cuando se enfrentó a ellos. Consiguió lanzarse sobre el enemigo, apoderarse de dos cañones, herir al general Leval y matar a uno de sus ayudantes.

El 16 de marzo de 1810 Lacy fue ascendido de nuevo, esta vez a mariscal de campo. Un rango que estrenó embarcando al mando de 3.000 soldados con destino a Ayamonte (Huelva) en verano, para llegar hasta el sur de Andalucía e impulsar la insurrección. Y aunque le fue imposible tomar localidades como Ronda y reforzar sus posiciones en la sierra, la presencia de sus tropas infundió ánimo en los vecinos y en los jefes de las partidas de guerrilleros.

En los meses siguientes embarcó para llevar a acabo varias misiones, como atraer a las tropas enemigas para dejar vía libre a Wellington y destruir algunas posiciones francesas. Los éxitos le llevaron a ser nombrado capitán general de Cataluña en junio de 1811. Un nuevo destino en el que no solo ayudó a defender el reino de Valencia, sino que consiguió romper la línea de defensa Barcelona-Lérida de los invasores, penetrar en la Cerdaña francesa por el valle de Querol, rechazar al enemigo en Francia destruyendo varios pueblos, conquistar las islas Medas y causar cientos de bajas en Igualada. «El general Lacy, al frente de dos mil soldados de infantería y quinientos de caballería, sorprendió por la noche en Igualada. Al preguntar el centinela “¿quién vive?”, este respondió: “Francia”. Al momento se arrojó sobre el puesto de vigilancia y lo destruyó. Y después entró en la villa a galope, mató a más de 150 hombres, hizo algunos prisioneros y cogió las provisiones», podía leerse en diciembre en « El Español».

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Capitán general de Galicia

Todas estas victorias y las que protagonizó posteriormente en Cataluña hasta finales de 1812, levantaron el ánimo de la población e hicieron que, incluso, creciera el número de guerrilleros. En enero de 1813 cambió de destino y se le nombró capitán general de Galicia, donde estuvo hasta que, en marzo de 1814, un mes antes de que finalizara laGuerra de Independencia, Lacy solicitó un puesto en el cuartel a Valencia para fijar su residencia en Vinaroz. Su prestigio en ese momento había caído, después de que algunos sectores del Ejército español le acusaron de inactividad en el último tramo del conflicto contra los franceses.

Fue a partir de aquí donde su liberalismo, contrario a la monarquía absoluta que se había reinstaurado, comenzó a aflorar. Su querencia a esta ideología había empezado antes incluso de 1808, pero se había reforzado durante la guerra tras su ingreso en la masonería. Pero fue con el regreso a España de Fernando VII en 1814, cuando tomó fuerza. A raíz de ello decidió entrar en contacto con otros militares simpatizantes. En noviembre de 1816, Lacy se trasladó a Cataluña y se puso en contacto con su antiguo subordinado, el general Milans del Bosch, con el que se reunió en Caldetas para organizar un asalto al poder para forzar la restauración constitucional.

Fue en esta misma localidad barcelonesa donde también concentraron sus fuerzas armadas con la intención de marchar sobre Barcelona y proclamar la Constitución de 1812. Sin embargo, los rumores de asonada llegaron a oídos de las autoridades por la traición de una serie de oficiales. Eso no impidió que el conocido como Levantamiento de Lacy se llevara a cabo el 5 de abril de 1817. Y fue un fracasó. A Milans del Bosch le dio tiempo de huir a Francia, pero nuestro protagonista prefirió esconderse en Lloret de Mar, convencido de que su antiguo amigo, el general Castaños, capitán general de Cataluña en aquel momento, respetaría su vida. Pero se equivocó.

Luis Lacy fue arrestado y juzgado por el mismo Castaños, que lo condenó a muerte por el delito de traición. La implicación de civiles en el levantamiento y el miedo del Gobierno a que se produjera una revuelta social en Barcelona llevó al capitán general de Cataluña a trasladar al reo, a escondidas, al castillo de Bellver, en Mallorca. Allí se ejecutó la sentencia de madrugada el 5 de julio de 1817.

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