El misterio de la legión romana desconocida que fue arrasada en el fin del mundo

Legiones romanas - ABC
Legiones romanas – ABC

En el 161 d.C., los partos asaltaron Armenia y destruyeron la legión romana dirigida por Severiano. En la actualidad, todavía se desconoce cuál era su número

Que no le engañen, querido lector. La historia de Roma (sea republicana, sea imperial) no es solo la de una apisonadora militar capaz de sobreponerse a cualquier enemigo que se atreviera a plantar cara a sus soldados. Bien lo sabemos en Hispania, donde las CaucaNumancia y otras tantas ciudades supusieron un severo dolor de tripas para un Senado acostumbrado a las victorias. En lo que sí eran unos maestros desde la ‘urbs’ era en pasar por alto, como el que no quiere la cosa, algunas de las debacles más sonadas de sus unidades. Y una de ellas fue la destrucción de una legión romana a manos de los partos en el 161 d.C.

Por historiadores como Dión Casio, nacido en ese mismo siglo, sabemos lo que sucedió: tras una revuelta, el monarca de Partia, Vologases III, asaltó Armenia y aniquiló una legión comandada por Severiano. Lo que se desconoce, y ha provocado un gran revuelo entre los historiadores presentes y pretéritos, es cuál era aquella unidad. El debate sigue abierto. Según narra el divulgador Stephen Dando-Collins en ‘Legiones romanas. La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas’, la lógica dicta que los hombres aniquilados pertenecieran a la Legio XXII Deiotariana. Pero es solo una de las muchas posibilidades que esgrimen los expertos. El enigma, una vez más, sigue abierto.

Revuelta contra las legiones romanas

Pero vayamos al origen de este conflicto. La historia arranca con una muerte, la de un anciano llamado Antonino Pío. El emperador, hombre recordado por regir Roma valiéndose de la paz como arma, exhaló su último aliento el 9 de marzo del 161 d.C. por culpa de unas fiebres. Dicen las malas lenguas que provocadas por una comida a base de queso en mal estado, aunque vaya usted a saber. Lo que sí conocemos es que, tras dos décadas de mandato, su partida dejó en el poder a sus dos hijos adoptivos: Marco Aurelio y Lucio Vero. Algo que, según Dando-Collins, no se había visto jamás en la historia del imperio.

Así lo confirma el propio Dión Casio. En su extensa ‘Historia de Roma’, el autor afirma que, en principio, Marco Antonio fue el que asió las riendas de la ‘urbs’. Su carácter, no obstante, le llevó a pedir ayuda. «Marco Antonio, el filósofo, tras acceder al trono a la muerte de Antonino, su padre adoptivo, compartió inmediatamente su poder con Lucio Vero, el hijo de Lucio Cómodo. Y es que era de cuerpo débil y dedicaba la mayor parte de su tiempo al estudio». El historiador afirma también que, mientras el primero prefería pasar el tiempo entre libros y clases de filosofía, el segundo «era un hombre vigoroso, más joven y mejor dispuesto para las empresas militares».

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Vologases III
Vologases III

Según afirman David Barrera y Cristina Duran en ‘Breve historia de la caída del Imperio romano’, el cambio en la poltrona romana agitó las aguas de Partia. En el reino, ubicado al norte del actual Irán, el monarca Vologases III armó a sus hombres y se dispuso a asediar las posesiones imperiales en la zona. Su máxima no era otra que aprovechar el momento de incertidumbre y la supuesta debilidad de sus enemigos. De esta forma se reanudó una contienda que había comenzado en el siglo I y que, durante dos más, enfrentó a ambos bandos por el control de SiriaMesopotamia Armenia. Como mascarón de proa destacaba su caballería, una de las pesadillas de las legiones romanas.

Destrucción y enigmas

Aunque Dión Casio no se extiende en exceso sobre los sucesos acaecidos durante los primeros días de la revuelta, los autores modernos han reconstruido, gracias a otros tantos textos clásicos, los primeros pasos de Vologases. El parto, acompañado de un gran ejército, avanzó en principio sobre Armenia en una suerte de ‘ Blitzkrieg’ (‘guerra relámpago’) de tiempos inmemoriales. Su primer escollo fue Elegeia, al noroeste de Turquía, donde apenas había acantonada una legión romana a las órdenes de Publio Elio Severiano. Y así, sin mediar palabra y sin declaración oficial de conflicto, las tropas encargadas de defender la urbe se convirtieron en el único escollo entre los asaltantes y la población civil. No quedaba sino batirse…

En palabras de Dando-Collins, la legión de Severiano tuvo que enfrentarse a las dos armas secretas de los partos. En primer lugar, los ‘catafractos’: jinetes acorazados cuya montura contaba también con armadura pesada y que podrían ser definidos como los carros de combate de la antigüedad. «A pesar de todo, los catafractos eran capaces de moverse lo suficientemente rápido como para llevar a cabo ataques envolventes, aunque su gran ventaja era la carga directa», explica Manuel J. Prieto en sus obras sobre la caballería medieval. Su otro gran activo eran arqueros montados; combatientes capaces de dejar caer una lluvia de saetas sobre la infantería sin recibir daño alguno.

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Recreación de una legión romana
Recreación de una legión romana

Al parecer, fueron los segundos los que dieron buena cuenta de los combatientes de Severiano después de rodearles y obligarles a luchar. Al menos, si nos valemos del escueto testimonio de Dión Casio: «Vologeso, según parece, había empezado la guerra cercando por todas partes la legión romana que, bajo el mando de Severiano, estaba estacionada en Elegeia, una plaza de Armenia, destruyendo a golpe de flechas a toda la fuerza, incluyendo a sus mandos». Poco más desvela para un evento tan trágico como era perder, de una única sentada, una legión romana entera. Quizá por el impacto que suponía en la ‘urbs’ la muerte de miles y miles de hombres de una maquinaria militar que parecía perfecta.

En todo caso, la resistencia planteada por la legión de Severiano permitió a Marco Aurelio ganar tiempo para organizar un contingente que detuviera a un ejército invasor que Dión Casio define como «poderoso y formidable».

La solución fue despachar a toda prisa a Lucio, de treinta y un años, hasta la zona para detener el avance de Vologases. «Lucio zarpó hacia Siria desde Brundisium, llevándose varias legiones y buena parte de la flota de Miseno con él; permanecerían en el este a lo largo de la guerra que se desencadenaría a continuación», explica Dando-Collins. Los soldados arribaron a su destino a finales de año, tras una travesía de vómitos y mareos. Con ellos comenzó un nuevo conflicto que Casio resume de esta guisa:

«Lucio, por consiguiente, marchó a Antioquía y reunió un gran número de tropas; luego, manteniendo bajo su mando personal a los mejores generales, se instaló en la ciudad donde tomó todas las disposiciones y acumuló los suministros para la guerra, mientras encomendaba los ejércitos a Casio. Este último resistió valientemente el ataque de Vologeso y, finalmente, cuando el rey fue abandonado por sus aliados y comenzó a retirarse, lo persiguió hasta Seleucia y Ctesifonte, destruyendo Seleucia mediante el fuego y arrasando hasta los cimientos el palacio de Vologeso en Ctesifonte. Al regresar, perdió a muchos de sus soldados por el hambre y la enfermedad, pudiendo sin embargo regresar a Siria con los supervivientes».

Nace el misterio

Dos mil años después todavía existe un misterio que rodea a este suceso: la unidad concreta, con nombres y apellidos, que fue borrada de la faz de la Tierra. Dando-Collins es partidario de que Severiano dirigía a la XXII Deiotariana. Para ello, se basa en un estadillo posterior –de la época de Marco Aurelio– en el que se enumeraba a las veintiocho legiones a las órdenes del emperador. «La XXII Deiotariana no se incluía entre ellas», sentencia. En sus palabras, es probable que aquellos hombres estuvieran acuartelados en Armenia después de que Adriano los trasladara hasta primera línea en el 135 d.C. como una forma de disuadir a los posibles invasores.

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Lo cierto es que, desde su alumbramiento, la XXII Deiotariana está rodeada de ciertas sombras. Se sabe que fue reclutada en el siglo I a.C. en Galacia (la Turquía actual) y que, a pesar de ser entrenada a la romana, permaneció una buena parte de su vida a las órdenes de sus propios mandos. Tras varios desmanes se le perdió la pista a mediados del siglo dos. «En el año 135 salió de Egipto para no regresar jamás», explica Sabino Perea en ‘Campamentos y defensa del territorio en el Egipto romano’.

La otra opción que baraja el experto es la popular IX Hispana. Su alumbramiento tampoco está claro. Para Juan José Palao, profesor del Dpto. de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad de Salamanca, «los primeros testimonios de una legión IX parecen situarse en el primer tercio del siglo I a.C.». Aunque, según explica, todo apunta a que el origen más probable sea una legión con este mismo numeral creada por Octavio (futuro emperador Augusto) en el 40-41 a.C.

Tras combatir en la Galia o el Rin, la versión más extendida es que halló su final en la invasión de Britannia, donde la unidad tomó parte junto con las legiones II Augusta, XIV Gémina y XX Valeria Victrix en el año 43 d.C. Allí se le perdió la pista, pero Dando-Collins cree que pudo ser reorganizada y enviada hasta Armenia.

Origen: El misterio de la legión romana desconocida que fue arrasada en el fin del mundo

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