El negro aniversario de La Albericia (atentado de ETA)

 

Ciudadanos y autoridades salieron a la calle en Santander para mostrar su repulsa por el salvaje crimen de ETA. / Andrés Fernández

El atentado terrorista de ETA en Santander del 19 de febrero de 1992 dejó tres víctimas mortales y unas cicatrices que ni un cuarto de siglo consigue cerrar.

Se abrazaron hace un par de días. Con la distancia entre dos personas que acaban de conocerse pero con las ganas de quien desea vivir un reencuentro. Ellos se vieron una vez, aunque no sean capaces de reconocerse si se cruzan por la calle. Compartieron un minuto y medio. Hay minutos y minutos. Gorio les dice a sus nietos que no quiere pensar en ello, que no quiere hablar. «Fue muy malo, mucho».

Paco tiene en el coche la foto en la que aparecen juntos. Él está ensangrentado. Con el cráneo abierto. Gorio, vecino del barrio, y otros tres le llevan en brazos. No habían coincidido desde ese día y ya han pasado 25 años. Benito, que se quedó «medio ciego, medio sordo y medio manco», llega cinco minutos después del encuentro. Iba con Paco en el furgón policial. Fueron a por ellos. Él no recuerda nada. Pasó 34 días en coma. «Pero otros no tuvieron la misma suerte, porque ellos no supieron ni quién les mató». Lo dice allí, en La Albericia, en voz baja, al lado de donde pusieron la bomba y a uno aún se le retuercen las tripas al escuchar. Los tres son Eutimio y Julia, un matrimonio, y Antonio. Los tres seres humanos que murieron asesinados el 19 de febrero de 1992. ETA, terrorismo, historia negra, cicatrices para siempre. Justo hoy, hace 25 años, aquí en Santander. En La Albericia.

Siempre hay muchas formas de contar las crónicas oscuras. Se puede empezar por la hora, las ocho y cuarto de la tarde, y decir que hacía mucho frío. Se puede también iniciar el relato con los detalles de barrio de un miércoles cualquiera. Del autobús que pasó un instante antes. De los niños que andarían jugando por la calle si la tarde no se hubiera puesto tan gélida.

Homenaje a las víctimas
Homenaje a las tres víctimas mortales de La Albericia, que se ha celebrado este domingo en el lugar de los hechos y al que han asistido familares de los fallecidos hace 25 años. / Andrés Fernández

De un día normal en el que Julia Ríos salió de trabajar de la panadería La Constancia y en el que se reunió con su marido, Eutimio Gómez, calefactor en Valdecilla, que estuvo jugando la partida. Se puede contar a través del sonido de la radio del Renault 5 que conducía Antonio Ricondo. Tal vez escuchara la voz de un locutor deportivo hablando del partido que ese día jugaban España y la Comunidad de Estados Independientes, que para todos aquí era Rusia. Tal vez fuera pensando en los detalles de su boda. Iba a ser en junio.

Todo se movía un minuto antes de las ocho y cuarto. El barrio, los coches, la gente… Incluso un tipo que a Gorio (Gregorio Gallart, que hoy tiene setenta años) le llamó la atención. «Entró al bar –el Tuco, él nació allí mismo– y pidió una botella de agua a mi sobrina. Esto es un pueblo, nos conocemos todos y nos quedamos mirándole». Cuenta que le vio girar la calle al salir y que, al poco, empezó todo. Está convencido de que fue él quien apretó el botón. Justo al ver que se movía el furgón que conducía Paco (Francisco Vega, agente de la Policía Nacional, hoy jubilado) y en el que iba Benito (Benito Saiz, su compañero en el cuerpo, que tiene ya los 75). Apretó el botón, el coche bomba saltó por los aires y todo dejó aparentemente de moverse.

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«Íbamos con una patrulla de llevar al Juzgado a dos individuos. Uno quedó en libertad y al otro hubo que llevarle a prisión». Volvían de cumplir la tarea. Los dos solos. «Si en la furgoneta hubiesen ido en ese momento más compañeros (lo normal si no hubieran hecho ese viaje hasta la cárcel) hubiéramos muerto todos», coinciden los agentes.

Más peso, más resistencia… Benito, en la conversación pasados los años, cuenta que más de una vez había comentado que aquel «era el sitio más idóneo para que pusieran una bomba». No había rotonda. Era un Stop. Daba tiempo a verles pararse y a reiniciar la marcha. «Yo conducía –cuenta Paco– y pensé que me había pegado contra un camión. No sabía que era una bomba». Sus recuerdos siguientes están ya en Valdecilla y los de su compañero no arrancan hasta un mes después.

«Le cogí en brazos»

Por eso no reconocen a Gorio. «No se puede imaginar. Salían ruedas, capós, medios coches… Me quedé impactado, era inmenso, eché a correr». El efecto de 25 kilos de amonal y 35 de metralla. Humo por la boca. Primero se acercó hacia el matrimonio. Luego escuchó los gritos del policía. «Le cogí en brazos y me le traje a uno de esos bancos». Señala.

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El escenario apenas ha cambiado. Allí estaba Manolo Bustamante, el fotógrafo de El Diario Montañés que dio fe de lo que hicieron, de lo que pasó. Siempre cuenta que, pasada la tensión cámara en mano, se echó a llorar. Gorio, que tardó un rato en darse cuenta de que su plumífero estaba ensangrentado, pensó en su hermana, Teresa, en sus sobrinos… Ella pasó por Valdecilla y su nombre salió en los listados de víctimas. Balances. Tres muertos, 19 heridos, multitud de daños materiales en coches y edificios…

«A mí pasar al otro barrio no me hubiese costado nada. El sufrimiento viene después, con las secuelas», cuenta Benito, el herido más grave. Un año en rehabilitación tras el coma. «El atentado me levantó parte del cráneo, me operaron de urgencia de eso y de los oídos», relata su compañero, que hoy celebrará su otro cumpleaños, aunque naciera en noviembre. «Lo normal es que estuviéramos muertos por lo que pasó». Daño físico. Pero hay más.

Ciudadanos y autoridades salieron a la calle en Santander para mostrar su repulsa por el salvaje crimen de ETA. / Andrés Fernández

En La Albericia siguen pasando cosas. Todos dicen frases parecidas. «De 25 años para acá esto lo sufrimos todos en mi casa», «son secuelas para los restos y se te queda, por desgracia, aquí dentro», «no lo olvidas y sientes mucha impotencia por no poder evitar cosas así»… Uno –Gorio, que era portuario– cuenta que estuvo mucho tiempo sobresaltado cada vez que escuchaba un ruido al ir y venir en su moto. También que «el señor Julián, el peluquero, murió porque se quedó sin casa, la dejaron reventada». Otro –Benito– confiesa que casi no le queda «ni rencor, ni nada…».

«Sí, sí, están en la calle», interrumpe a media pregunta el agente mientras le hablan de los autores del atentado. Iñaki Rekarte, natural de Irún, fue jefe del Comando Santander. Para la memoria, el gran responsable de los tres asesinatos de La Albericia. Fue condenado a 203 años de prisión por estas muertes. Estuvo 21 en la cárcel. Escribió un libro, dijo estar arrepentido y, lo último que se supo, es que se casó con una trabajadora social gaditana que conoció cuando estaba preso y que regenta una taberna en Navarra. De cuando en cuando le entrevistan para hablar de perdones.

Una de esas entrevistas, en televisión, provocó la reacción de Silvia Gómez, que acude siempre en silencio a los actos que organizan en cada aniversario de La Albericia. A recordar a Eutimio y Julia, sus padres. Escribió una carta que se publicó en el diario El Mundo. «Recuerdo ver la cena que mi madre había preparado para el día en el que tú que decidiste apretar el botón», «ni con tres vidas que vivieras cumplirías tu condena», «serás hoy exetarra, pero siempre un asesino»…

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Rekarte salió en 2013. Su compañero, el año pasado. En octubre. A Luis Ángel Galarza le recibieron con un ‘aurresku’ al abandonar la prisión de Valencia tras cumplir 24 años de los 203 a los que fue condenado. Un baile, un homenaje. Pedro Ricondo, el padre de Antonio, contó en su día a este periódico que el 19 de febrero de 1992 fue como «si entrara la peste» en su casa. Se fue «huyendo» de su «Cantabria del alma» cansado de tener dos policías custodiándole porque sufría amenazas. «Ni perdono, ni olvido».

«Impotencia»

Rekarte, Galarza… Libres. Sigue en prisión Dolores López Resina, conocida en la banda criminal como ‘Lola’, a la que se acusó de complicidad necesaria en los asesinatos de Santander. «De ellos pienso que tenían que seguir en prisión. Para estos casos y para otros como los de violación… Están un tiempo en la cárcel y luego están fuera. Nosotros sentimos impotencia», dice Paco sentado a pocos metros del monolito que recuerda lo sucedido. Es un pequeño bloque pintado de blanco con una paloma dorada que lleva en el pico una rama de olivo. No hay placa, no hay fecha. Tampoco nombres. El monolito y la paloma. Justo en la zona donde colocaron el coche bomba.

«Yo he nacido aquí, yo he jugado aquí, yo he hecho aquí mi primera comunión… La rotonda –cuenta Gorio– no estaba entonces, pero La Albericia tampoco ha cambiado mucho. El barrio no, pero la vida sí. Mucha gente ha fallecido ya, eran mayores. Otros se han marchado y han cerrado muchas cosas». Su mujer y la de Paco charlan mientras ellos responden a las preguntas. «Te cogí en brazos y te llevé al banco», se han dicho al conocerse esta semana. Ha pasado el tiempo, pero siguen pasando cosas. «Aquí había una cabina de cupones que todavía estoy por volver a verla –se observa, destrozada, en la foto que acompaña este reportaje–». «¿Qué años tienes tú?», se preguntan. Los dos, setenta. «Pero yo –Paco lo recuerda un par de veces– en realidad tengo 25. Cumplo años este domingo». Hoy, día 19.

Origen: El negro aniversario de La Albericia

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