El súbito final de los templarios.

Tras consultar con sus consejeros, dio el golpe de gracia a la malograda orden: Molay y Charney, con otros 35 miembros, fueron quemados en la hoguera.

No fue la guerra santa la que acabó con los templarios, sino otra más terrenal. La orden cayó víctima de la lucha de poder entre Felipe IV de Francia y el papado. La ambición y el fanatismo del monarca instigaron un oscuro proceso que se saldó con la disolución del Temple.

El desastre de Acre y la posterior retirada cristiana a Chipre, completada en agosto de 1291, cayeron como un jarro de agua fría en Roma. El papa Nicolás IV se vio obligado a tomar medidas y puso sobre la mesa la recuperación de Tierra Santa, pero también la unificación de las órdenes militares. El fracaso en la defensa de los Santos Lugares terminó por convencer al Pontífice de que había que poner fin a la rivalidad entre templarios y hospitalarios, así como hacer un uso más eficaz de sus recursos en la misión militar del Oriente latino. Sin embargo, la muerte de Nicolás IV aplazó la cuestión de la reforma de las órdenes. Conscientes de su precaria situación, los templarios decidieron mover ficha. El gran maestre de la orden, Jacques de Molay, viajó a Europa para impulsar una nueva cruzada, pese a conocer sus escasas posibilidades de éxito.

Panorama convulso

Cuando los mamelucos asestaron el golpe definitivo a los últimos bastiones cristianos en Tierra Santa, las órdenes militares no esperaban que nadie acudiera en su ayuda. En aquellos momentos, Europa tenía otras prioridades. Inglaterra y Francia estaban en guerra en Aquitania, Alemania sin emperador y el papado preocupado por la pérdida de su influencia en Sicilia. Por lo mismo, Molay no logró el compromiso firme de los monarcas europeos y del papa Bonifacio VIII con la causa cruzada.

Sus posibilidades menguaron todavía más cuando al pontífice le llovieron los problemas tras enredarse en una agria disputa con el rey de Francia, Felipe IV el Hermoso. Lo que en un principio era un contencioso sobre el cobro de tributos al clero francés devino en uno de los mayores conflictos entre los poderes temporal y espiritual de la Edad Media. Corona y papado se enzarzaron en una guerra de calumnias y bulas que duró siete años y culminó con la amenaza de excomunión al soberano francés y el cautiverio forzado del pontífice en su corte de Anagni (Italia). Bonifacio VIII fue finalmente liberado, pero tanta conmoción pudo con él y falleció poco después, en el cambio al siglo XIV.

Sus sucesores, el efímero Benedicto XI y el débil Clemente V, heredaron un papado en crisis. Cuestionado por el monarca más poderoso de la época, estaba además desprestigiado por sus trifulcas en Italia y Sicilia y su incapacidad para socorrer a los cristianos latinos de Oriente. Por si fuera poco, la situación política en Roma era tan crítica que Clemente V no tuvo más remedio que aceptar la oferta de Felipe IV de refugiarse en Francia. Se instaló en Poitiers, bajo la atenta e interesada mirada del rey.

Una reforma truncada

Desatendidos, los templarios porfiaron por su cuenta en el intento de reconquistar Tierra Santa. Ocuparon la isla de Aruad, frente a la costa siria, pero los mamelucos volvieron a expulsarlos dos años después. El revés hizo que Molay concentrara sus esfuerzos en tantear de nuevo a Inglaterra y Francia para poner en marcha la cruzada. Pero Eduardo I tenía que sofocar una revuelta en Escocia, y Felipe IV puso como condiciones que se privilegiara a Francia en la expedición y que él mismo desempeñara el papel protagonista. Las exigencias del monarca francés soliviantaron a los demás reinos europeos y se aparcó la empresa. Tampoco tuvieron mejor suerte los templarios en Chipre, donde el rey Enrique II veía con suspicacia la pretensión de la orden de utilizar sus dominios como centro de operaciones.

Recobrada cierta tranquilidad, Clemente V pudo reabrir el debate de la reforma de las órdenes militares y la organización de la cruzada. Jacques de Molay se opuso a la idea de la unificación alegando que la rivalidad entre las órdenes había sido beneficiosa para la cristiandad, pues ambas competían por defenderla mejor. Advirtió además de que la unificación levantaría rencillas en el seno de las órdenes, ya que muchos oficiales perderían su posición. En realidad, el rechazo del gran maestre obedecía a otros temores. La identidad del Temple quedaría diluida en la nueva orden y, peor todavía, esta podría ser instrumentalizada por el poder civil, un riesgo más que probable, dada la postura vehemente de Felipe IV respecto a la cruzada. Molay no podía saberlo entonces, pero si hubiera aceptado y agilizado la fusión de las órdenes, tal vez se habrían salvado él y sus hermanos de su trágico destino.

Al final, el proyecto papal para unificar las órdenes y emprender la cruzada nunca se materializó. Pero el hecho de que la Iglesia todavía quisiera contar con ellas –eso sí, reformadas– demuestra que las órdenes militares seguían estando bien consideradas en Europa, pese a su responsabilidad en la pérdida de Tierra Santa, su máxima razón de ser. Tenían sus detractores, que las acusaban de haberse alejado de su vocación original y de acumular riquezas, pero no la mala fama e impopularidad que siempre se les ha achacado. Los templarios, por ejemplo, continuaban recibiendo donaciones y, tras casi dos siglos de actividad, conformaban una parte importante y respetada del mundo cristiano, tanto civil –eran habituales en todas las cortes europeas– como religioso.

Acoso y derribo

Por ello, el apresamiento de todos los hermanos de la orden en Francia pilló por sorpresa a casi todo el mundo. Desde luego no a Felipe IV, que ordenó el arresto, ni a su fiel canciller, Guillaume de Nogaret, verdadero artífice de la operación. El origen de tan súbito ataque fueron las acusaciones de blasfemia y sodomía vertidas contra el Temple por Esquieu de Floyran, un antiguo templario expulsado de la orden. Nogaret y los agentes del Rey recabaron supuestas pruebas que justificaron ante Felipe la detención y el inicio del procesamiento de los templarios por herejes.

No se sabe a ciencia cierta si el soberano creía en la verdad de las acusaciones, si fue engañado por Nogaret o si se dejó engañar por él. En cualquier caso, le convenía arremeter contra los templarios. Continuador de una larga tradición familiar de fanatismo religioso y servicio a la causa cristiana, Felipe no podía permitir la herejía en sus dominios. Pero tampoco que la negativa del Temple a fusionarse con las demás órdenes militares diera al traste con sus planes de controlar la orden resultante y encabezar así la gran cruzada de reconquista de Tierra Santa. Felipe deseaba el dinero y las posesiones de los templarios –ese mismo año les había pedido un préstamo–, pero no tanto por codicia como para financiar sus ambiciones de gloria. Era también la ocasión perfecta para acabar con una organización exenta del pago de tributos y cejar así en su pulso de poder con el papado. Como ya ocurriera con Bonifacio VIII, Felipe IV hacía valer su condición de gobernante más poderoso y rey cristianísimo de Europa.

Con todo, la Corona no tenía potestad para juzgar a los miembros de una orden religiosa que además estaba bajo jurisdicción directa del papa. Así que Nogaret persuadió al dominico Guillaume de París, inquisidor de Francia y leal confesor del soberano, de que debía investigar a los templarios. La Inquisición francesa procedió al interrogatorio de los detenidos, que estaban custodiados en las prisiones reales. Se les imputaban más de cien cargos, desde renegar de Cristo y escupir sobre la cruz en la ceremonia de ingreso en la orden hasta intercambiarse besos obscenos en ese rito, practicar la sodomía, adorar a un ídolo, deshonrar la misa o excesivo secretismo. Todos estos “errores de fe” eran falsos. Derivaban de las creencias populares medievales sobre la herejía y la magia o eran burdas manipulaciones de las prácticas de la orden. Muchos templarios prefirieron morir antes que confesar, pero la mayoría, sometidos a torturas, se declararon culpables. Los que no fueron torturados, como el gran maestre –Molay se encontraba en Francia en aquel momento–, acabaron admitiendo los cargos al temer por su integridad.

A rebufo del rey

Clemente V protestó ante Felipe IV y reprendió al inquisidor por haber actuado sin su consentimiento. Aseguró que había tenido noticia de los rumores que corrían contra la orden y que pensaba poner en marcha su propia investigación, un alegato dudoso, puesto que no había hecho nada al respecto. Sintiéndose desautorizado, el papa intentó tomar las riendas de la situación. Ordenó a todos los reyes católicos la detención y el interrogatorio de los templarios, pero su petición fue acogida con una actitud dilatoria en Inglaterra y Aragón. Recelosos de las intenciones de Felipe IV, los monarcas Enrique I y Jaime II no dieron crédito a las acusaciones a los templarios, una orden a la que confiaban una buena parte de la administración de sus reinos. Mientras, en Francia, Clemente envió una delegación a París. Jacques de Molay y los demás altos cargos de la orden aprovecharon para retractarse de sus confesiones, alegando que las habían hecho por miedo a ser torturados. El pontífice no estaba convencido de la culpabilidad de la orden y suspendió el proceso inquisitorial para interrogar a los templarios personalmente.

Felipe IV no se arredró y lanzó una campaña de intoxicación contra el Temple y el papa, tal como hizo en su día con Bonifacio VIII. Consiguió el apoyo jurídico de la Universidad de París y el público de los tres estamentos de su reino en los Estados Generales, reunidos en Tours. Luego intentó despistar a Clemente V enviando a Poitiers a 72 templarios especialmente elegidos para que confesaran sus supuestos crímenes en presencia del papa, mientras confinaba a Molay y los demás líderes de la orden en Chinon. Pero Clemente pudo finalmente entrevistarse con ellos y los absolvió, después de que se arrepintieran formalmente y solicitaran el perdón de la Iglesia. Ante la duda de que algunos miembros de la orden pudieran haber cometido determinados abusos, decretó que los templarios fueran juzgados individualmente por comisiones diocesanas. Una comisión pontificia se encargaría de estudiar si la orden en su conjunto era culpable o no, mientras que el pontífice juzgaría la responsabilidad de los altos dignatarios.

Víctimas necesarias

La investigación papal se extendió a toda Europa e incluso a Oriente. En Portugal, Castilla, Aragón, Alemania, Italia y Chipre, los templarios fueron declarados inocentes. En Francia, en cambio, muchas comisiones diocesanas estaban dirigidas por obispos comprometidos con Felipe IV y dieron por válidas las confesiones previas. Se limitaron, eso sí, a condenar a los culpables arrepentidos a diversas penas canónicas, entre ellas la prisión de por vida. Quienes intentaron defender a la orden ante la comisión pontificia, retractándose de sus confesiones, corrieron peor suerte. Los ministros de Felipe IV no podían consentir que se descubriera la iniquidad de los primeros interrogatorios a los templarios, realizados por el inquisidor al dictado de Nogaret. Indicaron al arzobispo de Sens, hermano del chambelán del rey y máxima autoridad de la diócesis de París, que acusara de herejes relapsos (reincidentes) a los templarios que se desdijeran. La pena reservada a los relapsos era la muerte en la hoguera, así que el arzobispo mandó quemar a 54 de ellos. El resultado fue el esperado: los demás templarios declinaron hablar a favor de la orden o decidieron declararse culpables.

En octubre de 1311 comenzó en Vienne (Francia) el concilio convocado por Clemente V para decidir el futuro de la orden. Allí se expuso que la culpabilidad de algunos templarios, aun manifiesta, no implicaba la de la orden en su conjunto. Tampoco pudo probarse que el Temple profesara doctrina herética alguna o que sus reglas fueran secretas o distintas de las oficiales. Pese a ello, y a que la mayoría de los delegados eran favorables al mantenimiento de la orden, el papa tomó una decisión salomónica en su bula: no la condenó, pero la disolvió. ¿Por qué? Sin duda influyó la presencia de Felipe IV y su ejército en Vienne, en clara señal de que no iba a permitir la continuidad de la orden. Pero en la agenda del conflicto entre el rey y el pontífice había un agravio aún más importante que el injusto proceso contra los templarios. El monarca pretendía que Clemente V condenara a su antecesor Bonifacio VIII por herejía, lo que habría supuesto la deshonra del papado. Clemente se negó, y optó por sacrificar a los templarios en la que fue su única y pírrica victoria frente a Felipe IV.

En otra bula, el papa decretó el traspaso a la orden del Hospital de todos los bienes de los templarios, salvo en la península ibérica, donde sus propiedades acabarían pasando a manos de dos nuevas órdenes, la de Cristo en Portugal y la de Montesa en la Corona de Aragón. Los hermanos del Temple declarados inocentes, así como los confesos de su culpabilidad pero reconciliados con la Iglesia, recibirían una pensión y podrían vivir en las antiguas casas de la orden o bien unirse a otra orden militar. Los declarados culpables pero que no hubieran confesado su culpabilidad y los relapsos serían juzgados.

La venganza

Entre estos últimos figuraban el gran maestre, Jacques de Molay, y tres comendadores de la orden en Francia, encarcelados en París. En marzo de 1314 una comisión de cardenales nombrada por el papa los condenó a cadena perpetua por relapsos. Al escuchar la sentencia, Molay y el comendador de Normandía, Geoffroy de Charney, proclamaron su inocencia a gritos. Los cardenales, atónitos ante la reincidencia de los inculpados, renunciaron a dictar un veredicto final y dejaron la última palabra al pontífice. Pero Felipe IV decidió por él esa misma noche. Tras consultar con sus consejeros, dio el golpe de gracia a la malograda orden: Molay y Charney, con otros 35 miembros, fueron quemados en la hoguera.

Según una narración atribuida al cronista Geoffroy de París, Jacques de Molay auguró antes de morir: “Dios sabe que mi muerte es injusta y un pecado. Pues bien, dentro de poco muchos males caerán sobre los que nos han condenado a muerte. Dios vengará nuestra muerte”. Si este testimonio es verídico o no nunca se sabrá, pero lo cierto es que Clemente V falleció un mes después, Nogaret en mayo y Felipe IV en noviembre. Escrito hacia 1316, el relato de Geoffroy de París concluye: “Se puede engañar a la Iglesia, pero no se puede engañar a Dios. No digo más. Sacad vuestras propias conclusiones”.

Origen: El súbito final de los templarios. – VoxTempli

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