Friedrich Paulus, el mariscal que avergonzó a Hitler

Generales nazis capturados el 31 de enero de 1943. EVERETT COLLECTION

 

Stalingrado y yo mantiene el título con que apareció en España en una edición agotada hace décadas. Aquel libro póstumo, compuesto por notas de Paulus, documentos varios (cartas, informes oficiales; del famoso Wolfram von Richthofen, por ejemplo) y comentarios del editor, Walter Görlitz, tenía un título elocuente en alemán: Ich stehe hier auf Befehl; algo así como «yo estuve allí cumpliendo órdenes». Porque una de las claves de la historia es el dilema entre obedecer las órdenes de Hitler o tomar una decisión autónoma más acertada, suicidarse como quería el Führer o entregarse. Y el trasfondo de todo eso, a la altura del invierno de 1943, era mostrar (o no) una actitud de rebeldía ante un Hitler al que varios de sus generales ya veían más como un peligro para Alemania que como el gran dirigente que habían creído. De hecho, pocos meses después, el coronel Claus von Stauffenberg (Tom Cruise, en la última película sobre los hechos) decidió sumarse a la conspiración que culminaría con el fracasado atentado de 1944.

El nombre de Friedrich Paulus está asociado al de Stalingrado como el de Leónidas a las Termópilas, comparación que, por cierto, hizo el mismo Goering en vísperas de la rendición. Pero si el espartano ha quedado en la historia como un héroe, Paulus (a menudo se le ha antepuesto el aristocrático von, pero no hay razón para ello) ha pasado de modo menos honroso. Por ser uno de los generales de Hitler, por haberse rendido y por colaborar después con sus vencedores. El mariscal de campo Paulus tiene mucho de héroe trágico. No sorprende que quisiera dar su propia opinión sobre el deslucido papel que le tocó jugar. Según su hijo Ernst Alexander, tras ser liberado manifestó repetidas veces ese deseo de explicar por escrito las circunstancias de la batalla y su responsabilidad en los hechos. Pero la muerte le llegó antes, y sólo pudo dejar las anotaciones que había hecho en su cautiverio.

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En Stalingrado, como escribió Neruda, «se cortó el nudo que apretó la garganta de la historia». Los hechos son conocidos. Una de las mejores versiones es la del especialista Antony Beevor. Stalingrado, junto con el heroísmo y la apoteosis de la propaganda (los soviéticos descubrieron a un soldado llamado Alekxandr Nevski, al que no dudaron en hacer descender del héroe nacional), concentró todos los desastres de la guerra: el hambre, el frío, las enfermedades, la cruel disciplina que llevaba a abatir a los del propio bando que se mostraran derrotistas o no mostraran suficiente decisión en el avance, o a civiles que cometieran cualquier irregularidad, como no entregar a tiempo el grano de las granjas colectivas. En Stalingrado sonó la hora estelar de los francotiradores y se luchó casa por casa, alcantarilla por alcantarilla, sótano por sótano; la blitzkrieg (guerra relámpago alemana) se convirtió en rattenkrieg.

Empezó, como la guerra en general, con el incontenible avance alemán (en aquellos días, le preguntaron a Churchill si la guerra iba a ser larga, y respondió: «sí, los que van a perderla todavía van ganando»). Paulus, un militar de clase media -lo que, al parecer, le hacía simpático a los ojos del también plebeyo Hitler- que había combatido en la Primera Guerra Mundial y luego junto a los Freitkorps que lucharon contra los comunistas en 1918-19, había sido nombrado jefe del VI ejército poco antes de que comenzara la ofensiva hacia Stalingrado. Era, al decir de Beevor, competente, pero poco imaginativo; el tipo de militar que probablemente admirara a Hitler y estuviera poco menos que incapacitado para llevarle la contraria, lo que también reconoce el favorable Görlitz; aunque sí llegara a plantear el problema que supondría combatir en invierno en Rusia (era un estudioso de las campañas de Napoleón) cuando se preparaba la famosa Operación Barbarroja. Concienzudo y meticuloso, de buenos modales, tenía un exagerado respeto por la cadena de mando y disfrutaba trabajando hasta tarde en la noche. Y era más sensible que muchos generales al bienestar de sus soldados y no demasiado cruel con judíos, partisanos y comisarios políticos, las víctimas preferidas de sus colegas.

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Al llegar a Stalingrado el 23 de agosto del 42, Paulus comparte el optimismo generalizado entre los alemanes. Después de unos 20 días de lucha, calcula que les quedan 10 más y luego otros 14 para reagruparse. Pero la ciudad aguantó.

La ofensiva alemana se disgrega a finales de octubre, y en noviembre llega ese general al que siempre se encomiendan los rusos, el general invierno. Los soviéticos ponen en marcha el plan que llevan tiempo preparando, la Operación Urano, un contraataque que envuelva a las tropas alemanas. Las tornas cambian en muy pocos días. Paulus, que «tenía el instinto de un oficial del estado mayor, no los de un jefe de grupo de batalla que reacciona ante el peligro» (Beevor), tiene una reacción escasa y tardía. Espera órdenes. Las de Hitler son que permanezcan firmes, y repite esa cantinela que dirá tantas veces al final de la guerra: que están preparando refuerzos. Un Paulus paralizado confía en la visión de conjunto que se supone tiene el Alto Mando alemán y de la que él carece.

En enero del 43, cuando no queda ninguna salida, Hitler asciende a Paulus a mariscal de campo. Todo el mundo entiende que es una invitación al suicidio, la salida tradicional de los mariscales para no entregarse al enemigo. «Pero no le haré ese favor», dice Paulus, según un testigo. Hitler, al enterarse, lo califica de «alfeñique sin carácter». El hombre que se rinde a los soviéticos es un militar deprimido, aquejado de disentería (mal frecuente allí y entonces), que no discute los términos de la rendición y está «en un estado de virtual colapso» (Beevor).

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La historia de Friedrich Paulus como héroe trágico se redondea con su última etapa como prisionero de los soviéticos y la actitud colaboracionista que mantuvo. Un breve epílogo en el libro se refiere a ese último acto. Algunos oficiales alemanes prisioneros se habían unido a compatriotas comunistas residentes en la URSS en un Comité Nacional para una Alemania Libre. Paulus, fiel a su talante, dudó. Sólo se animó a unirse a ellos, cuenta Walter Görlitz, en agosto del 44, cuando supo de la ejecución de antiguos camaradas suyos que habían participado en el atentado contra Hitler. Paulus firmó una declaración, redactada por la NKVD, llamando a los ejércitos alemanes del norte a rendirse. Pero, a esas alturas, quedó como un traidor ante los suyos (la Gestapo detuvo a miembros de su familia) y ya no era útil a unos soviéticos que veían que podían apañárselas solos (la estupenda novela de William Boyd Sin respiro plantea una atractiva hipótesis: los rusos, que habían pedido con insistencia el desembarco aliado en Europa, cambian de opinión cuando ven que prácticamente pueden adueñarse de Europa, y ven a los angloamericanos como un estorbo en vez de una ayuda). En 1946 intervino como testigo en el juicio de Núremberg. En 1949 murió su esposa. Él no fue liberado hasta 1953, y sólo sobrevivió cuatro años más.

Origen: ELMUNDO

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