Guerra Civil: La República que se consumió a orillas del Ebro

Soldados del Ejército republicano cruzan el Río Ebro. EFE

Gracias a Dios, ¡todo el mundo a sus puestos!”, grito confiado el general Juan Yagüe cuando le despertaron para comunicarle que “los rojos” habían cruzado el Ebro. Hacía días que esperaba un movimiento por parte del Ejército republicano apostado al otro lado del río. Así se lo había transmitido a sus superiores.

Lo que difícilmente podía imaginar el militar falangista era que aquellos hombres iban a lanzar una ofensiva capaz de desbaratar en solo unas horas todo el entramado defensivo que tenía desplegado el bando franquista en la margen izquierda del Ebro, en plena frontera catalana.

Y no solo por la dificultad técnica de atravesar un río cuyas vías de paso habían sido completamente destruidas. Sino porque hacía apenas tres meses ese mismo ejército había protagonizado un dramático desmoronamiento en el frente de Aragón que le había obligado a cruzar apresuradamente el río, ante el arrollador avance de las fuerzas franquistas, que, tras recuperar Teruel, habían proseguido su marcha hasta alcanzar la costa levantina por Vinaroz, rompiendo en dos el territorio que permanecía bajo el control de la República.

Ahora, en cambio, valiéndose de la sorpresa y haciendo gala de un inusitado arrojo, las fuerzas del Ejército del Ebro, dirigidas por Juan Modesto, habían ido tomando una tras otra todas las localidades ribereñas de la Terra Alta, obligando a las fuerzas de Yagüe a un repliegue que, por momentos, tuvo aspecto de desbandada.

El éxito inicial disparó la euforia entre los republicanos, poco acostumbrados a la victoria

Obligadas a refugiarse en torno a las localidades de Pobla de Masaluca, Vilalba dels Arcs y Gandesa, las unidades franquistas en la zona tratan de contener la ofensiva republicana mientras reclaman de forma angustiosa el envío de refuerzos. Por su parte, entre los republicanos se extiende la euforia, pues como observa Jorge Martínez Reverte en su obra La batalla del Ebro, “no están acostumbrados a una victoria tan clara”. La posibilidad de tomar las principales poblaciones de la Terra Alta y seguir avanzando por la zona del Maestrazgo es vista como la ocasión de dar un vuelco a la guerra.

Ese no parece ser el objetivo inicial con el que Vicente Rojo, el jefe del Estado Mayor del Ejército republicano, ha planteado el movimiento. Para él, la ofensiva del Ebro debe ser, principalmente, un movimiento de distracción que obligue al máximo dirigente del bando rival, Francisco Franco, a frenar el ataque que viene desarrollando desde hace semanas contra Valencia y que amenaza con dejar a Madrid y a toda la zona central republicana sin acceso al mar -además de sin los suministros de la huerta levantina.

Para ello, Rojo no duda en poner a disposición de Modesto, axuliado en la misión por Manuel Tagüeña y Enrique Líster, una fuerza de casi 100.000 hombres, bien pertrechados, con el armamento que entre marzo y junio ha podido entrar en Cataluña gracias a la reapertura de la frontera francesa. Un ejército que, según indica Senén Fernández, “fue en realidad un Ejército Rojo, a imagen y semejanza del soviético: comunista por los cuatro costados, especialmente en sus mandos y comisarios políticos”.

El general Juan Modesto, que dirigió el Ejército del Ebro republicano.
El general Juan Modesto, que dirigió el Ejército del Ebro republicano. EFE

La influencia que han alcanzado los comunistas bajo la presidencia del socialista Juan Negrín es motivo de inquietud para muchos en el bando republicano. Muchos compañeros de filas del propio Negrín, como Indalecio Prieto y Julián Besteiro; el presidente de la República, Manuel Azaña; los nacionalistas ERC y PNV; o los anarquistas de la CNT son algunos de los que de un modo u otro dejan entrever su desagrado por el poder del Partido Comunista en España, que es tanto como decir la influencia de Iosef Stalin en la política española.

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Tampoco entre las potencias extranjeras es vista con simpatía la predilección de Negrín por apoyarse en los comunistas. Obviamente lo reprueban la Italia fascista de Benito Mussolini y la Alemania nazi de Adolf Hitler. No en vano, ambos se encuentran apoyando los esfuerzos de guerra de Franco y sus hombres. Pero tampoco lo aprueban buena parte del espectro político de Francia y, sobre todo de Reino Unido, que si se muestran remisas a apoyar al Gobierno republicano no es únicamente por evitar enfrentamientos con Hitler, sino por la desconfianza que generan algunos elementos del bando que enarbola su condición de poder legítimo en España.

Pero lo cierto es que es precisamente esa falta de apoyos la que obliga a Negrín a ponerse en manos del régimen soviético, el único que respalda con armamento -bien pagado, no obstante, por medio del famoso oro de Moscú- la causa republicana.

Además, los comunistas son los únicos que demuestran la disciplina y el tesón necesarios para mantener en pie los planes del presidente del gobierno español, que pasan por resistir luchando el tiempo suficiente hasta que las potencias extranjeras se avengan a mediar en busca de una salida pactada al conflicto o, lo que sería aún más deseable, hasta que estalle una guerra en Europa que muchos ven inevitable, en la que Inglaterra y Francia tendrían que alinearse con la República española frente a un bando franquista muy próximo a italianos y alemanes.

Resistir es vencer

En ese empeño, la ofensiva del Ebro representa un papel clave. Se trata de demostrar en la retaguardia republicana -donde cada vez son más los que abogan por negociar una rendición ante Franco- y también en el exterior que la guerra aún no está decidida, que la República aún puede salir victoriosa. Y el éxito inicial viene a respaldar esta idea: “Tengo que constatar que esta España no quiere morir, que no va a morir, que tiene oportunidades”, llega a señalar el coronel Henry Morel, un marino francés enviado por el agregado militar de la embajada gala a observar lo que él mismo definirá como “la maniobra audaz del Ebro”.

Una maniobra que, como había previsto Rojo, obligaría a Franco a detener sus ataques en el frente levantino y desviar un importante número de divisiones para contener la embestida de los rojos a orillas del Ebro. La mejor organización logística de los franquistas arrojaría resultados inmediatos. La llegada de refuerzos a la zona permitiría a los hombres de Yagüe conservar sus posiciones en torno a Gandesa y Vilalba, mientras las fuerzas republicanas desesperaban por la demora en la llegada de su artillería y la falta de apoyo de la aviación. Antes de que termine el mes de julio, Rojo ya sabe que las posibilidades de seguir avanzando son nulas y que es preciso pasar a la defensiva.

La ofensiva del Ebro aviva entre los republicanos la creencia de que pueden ganar la guerra

Por esos mismos días, el propio Franco se traslada al frente del Ebro para supervisar las operaciones. Entre sus generales surge una controversia. Varios de ellos defienden que, estabilizado el frente, se presenta una clara oportunidad de invadir Cataluña a través de Lérida, aprovechando que la región ha quedado desguarnecida. Pero el jefe del bando nacional teme que esa maniobra, que supondría acercar sus tropas -y, por ende, tropas italianas y alemanas- a la frontera francesa, acabe por propiciar la intervención de Francia en el conflicto, como ya ha amenazado hacer en más de una ocasión.

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La República que se consumió a orillas del Ebro.
Francisco Franco junto al general Fidel Dávila en el Coll del Moro, en Gandesa, desde donde seguiría el desarrollo de la batalla. EFE

Además, Franco no suele rehuir el combate donde se lo proponen. Su honor le impulsa a tratar de recuperar el terreno perdido. Cueste lo que cueste. Y lo que costará serán casi cuatro meses de contienda, 113 días de lucha, en la batalla más larga de la guerra, que se saldaría con más de 100.000 bajas (entre prisioneros, heridos y muertos) entre ambos bandos en liza. Aquella batalla frontal, que sería calificada de “lucha de carneros”, fue “la más innecesaria y absurda” de cuantas se libraron durante la Guerra Civil, según el militar franquista e historiador Ramón Salas Larrazábal.

Franco no se dejaría influenciar por las críticas que, incluso entre los suyos, generaba su plan. “No me comprenden, no me comprenden…en 35 kilómetros tengo encerrado lo mejor del ejército rojo”, se lamenta. Para debilitar la defensa republicana, el Ejército franquista, primero dirigido por Juan Yagüe y más tarde por Rafael García Valiño, opta repetidamente por ataques frontales, apoyados por un intenso fuego de artillería y de aviación como nunca antes se había visto en la contienda. Más de un millón de proyectiles (a un promedio de 13.500 diarios) serían lanzados sobre las posiciones republicanas, al tiempo que la aviación franquista arrojaba sobre las mismas un tonelaje similar de explosivos (en total, unas 20.000 toneladas), según los cálculos del coronel e historiador Carlos Blanco Escolá.

Pero en un terreno propicio para la defensa y con las posiciones clave -sierras de Pandols y Cavalls y Venta de Camposines- en poder republicano, las diarias ofensivas franquistas arrojaban resultados escasos a costes muy elevados. La respuesta: mantener la estrategia, intensificar la fuerza. “No hay arte, domina la ciencia del aplastamiento; es problema de proyectiles y de relevo de unidades. Las bajas no importan”, critica el propio Vicente Rojo.

“Los nacionales lanzaron tropas frescas, con gran apoyo de fuego, sobre frentes muy estrechos. Ello daba a los combates la mayor violencia, sin maniobras, con furiosos ataques de frente, que buscaban la destrucción del enemigo a cambio de un río de sangre propia. Era un pelear enconado, en el calor veraniego, con ensañamiento ante cada posición y cada loma insignificante”, corrobora el historiador Gabriel Cardona, en el libro La Guerra Civil 50 años después.

El Ejército franquista lanza continuos ataques frontales que generan escasos resultados a costa de cuantiosas bajas

Durante semanas, cada loma, cada punto elevado, se convierte en escenario de una cruenta lucha y cambian de manos continuamente, ante la sucesión de ataques y contraataques. Un terreno sin aparente interés estratégico se va regando de la sangre de los combatientes de ambos bandos. Los muertos se acumulan entre las posiciones de ambos ejércitos, sin posibilidad de ser enterrados, también los heridos que caen en terreno de nadie gimen sin encontrar quien les atienda. El olor a muerte impregna la Terra Alta y solo puede disimularse, en el fragor de la batalla, por el de la pólvora. Piojos y pulgas hacen estragos entre los combatientes.

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A los republicanos les toca resistir. Y por momentos parece que esa estrategia puede resultar efectiva. Los planes de Hitler de invadir territorio de Checoslovaquia representan una agresión que difícilmente pueden aceptar Francia y Reino Unido. La guerra europea puede estallar en cualquier momento, transformando radicalmente el contexto internacional de la contienda española. Pero estas esperanzas se desvanecen cuando el 30 de septiembre, los gobiernos francés y británico se pliegan a los deseos del dirigente nazi y aceptan, mediante la firma de los Acuerdos de Munich, entregarle la región checa de los Sudetes.

Disipado el riesgo de guerra en Europa, Franco se ve con las manos libres para aplastar la oposición republicana. La opción de una mediación internacional es rechazada de forma tajante, “porque los delincuentes y sus víctimas no pueden vivir juntos”, explica el Generalísimo.

El 30 de octubre, tras varios días de fuertes lluvias, se inicia la última ofensiva franquista en el frente del Ebro. Esta vez, las tropas franquistas inician su movimiento con un ataque sorpresa a la sierra de Cavalls, en lo que representa “la mejor maniobra de toda la batalla”, según Reverte. Los nacionales, al fin, consiguen romper el frente, mientras el agotamiento y el desaliento hacen mella entre los republicanos.

Desde hace semanas, Vicente Rojo viene demandando al Ejército republicano de los distintos frentes que inicie ataques que obliguen a Franco a desplazar tropas del frente del Ebro, tal y como él había iniciado esta ofensiva para auxiliar al frente de Valencia. Pero a pesar de sus insistentes ruegos, los tímidos movimientos realizados en distintos puntos de España no lograron distraer la atención del Ejército franquista. A lo largo de los primeros días de noviembre fueron cayendo las distintas posiciones republicanas obligando a Modesto a ordenar el repliegue.

Cuando los republicanos se retiran cruzando el Ebro pocos creen ya en que puedan ganar la guerra

Manuel Tagüeña dirige la retirada de los últimos hombres del Ejército republicano de la orilla izquierda del Ebro. “No hay pánico en el último repliegue, no hay desbandada. La última reiterada se hace sin que haya toques de trompeta y tambores, pero con un gran sentimiento de dignidad. Ni siquiera hay fuego enemigo”, describe Reverte.

A las 4:45 horas de la mañana del día 16 de noviembre Tagüeña ordena la voladura del frente de Flix, el último que unía los dos lados del río. “Sin noticias de interés”, señala el parte del Ejército republicano ese día. Pocas noticias de su interés iba a deparar ya la guerra.

Casi todos los partidarios de la República saben que su suerte se ha jugado allí. Tras casi cuatro meses de dura lucha, el Ejército republicano había quedado desorganizado y mermado de forma decisiva. “Depués del Ebro, el ejército republicano no estuvo en condiciones de rehacer su situación. Franco decidió atacar Cataluña a principios de diciembre, cuando Francia y Gran Bretaña no deseaban ya otra cosa que el final rápido de la contienda”, explican Jorge y Mercedes Saborido.

Solo el mal tiempo concedió unas semanas más de tregua a la República. Pero su destino estaba ya sellado. Todas sus esperanzas se habían consumido a orillas del Ebro.

Origen: Guerra Civil: La República que se consumió a orillas del Ebro

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