Harry Gold, el espía «de ojos tristes» que entregó la bomba atómica a la Unión Soviética

El espía Harry Gold, en el momento de ser detenido
El espía Harry Gold, en el momento de ser detenido

 

El día que fue condenado a 30 años de prisión por vender secretos nucleares a la Unión SoviéticaHarry Gold mostró públicamente su arrepentimiento. «Cometí una falta terrible y tengo profundo remordimiento», dijo el químico hace justo hoy 67 años. La sentencia, publicada por este periódico al día siguiente, cerraba uno de los episodios de espionaje más importantes del siglo XX, en uno de los momentos más cruciales de la historia contemporánea: la carrera desesperada por ser la primera potencia en fabricar la bomba atómica.

Gold, nacido en Suiza pero nacionalizado estadounidense, había sido detenido seis meses antes por agentes de la Oficina Federal de Investigaciones. «Estaba acusado –explicaba ABC– de haber entregado el secreto de la bomba atómica a la Unión Soviética, en colaboración con el espía atómico británico Klaus Fuchs».

Aunque muchos historiadores han puesto en duda la relevancia de los secretos desvelados por Gold y Fuchs –Estados Unidos, de hecho, ganó dicha carrera al realizar la primera prueba nuclear de la historia en 1945 y producir las bombas de Hiroshima y Nagasaki–, lo cierto es que los intentos por ser el primer país en hacerse con este arma de destrucción masiva puso en jaque a los servicios de inteligencia de las principales potencias del mundo durante la Segunda Guerra Mundial.

Mientras Estados Unidos desarrollaba el conocido «Proyecto Manhattan», responsable de las bombas de Nagasaki e Hiroshima, los nazis tenían el «Proyecto Uranio» y los soviéticos la «Operación Borodino». La «batalla» atómica, que continuó una vez iniciada la Guerra Fría, se jugó en muchos frentes.

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Gold, «ese soltero tímido»

Gold, «ese soltero tímido de ojos tristes de Filadelfia» –como lo definió el periodista e historiador Allen M. Hornblum en «El invisible Harry Gold: el hombre que dio a los soviéticos la bomba atómica» (Universidad de Yale)–, era un recluta reacio a la causa comunista en 1930, que incluso se resistió a las arengas soviéticas de un amigo de la juventud. «Impresionado por el hecho de que la Unión Soviética se había convertido en el primer país en hacer del antisemitismo un crimen contra el Estado», finalmente se decidió a llevar a cabo, en 1934, acciones de espionaje contra su empresa. Aprovechó que los productos de Pennsylvania Sugar Company eran de interés para la URSS.

«Para evitar ser vigilado, caminaba por el lado oscuro de la calle y comía en restaurantes con cabinas en lugar de mesas al aire libre», contaba Hornblum en su libro. «Nadie podría sospechar que el hombre rechoncho de aspecto extraño y expresión triste era un espía soviético que comerciaba con secretos industriales y militares», añadía.

Sin embargo, se dedicó a entregar información vital de carácter atómico a los comunistas: «Quería ayudar a una nación cuya finalidad yo apruebo, al mismo tiempo que quería reforzar su poderío industrial». Gold contó que recibía la información de Fuchs, físico teórico alemán que participó en el «Proyecto Manhanttan» en el Laboratorio Nacional de Los Álamos. Después la entregaba a un individuo encargado de hacerla llegar a Rusia. Aquel fue el punto culminante de su carrera como espía, poco después de entrar en contacto con Fuchs.

Julius y Ethel Rosenberg

En 1950, cinco años después de que Hiroshima y Nagasaki fueran devastadas, la Policía británica y estadounidense consiguieron acabar con aquella red de espionaje soviético que tantos éxitos había cosechado durante la Segunda Guerra Mundial. Primero fue arrestado el doctor Fuchs. Después, Gold, que logró salvar su propia vida tras testificar y traicionar a otros camaradas, como Julius y Ethel Rosenberg. Ambos, marido y mujer, se convirtió en los primeros civiles de la historia de Estados Unidos que fueron ejecutados por espionaje.

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«Gracias a diferentes actos de traición, la URSS fabrica hoy la bomba atómica», aseguró Owen Brewster, un senador republicano, el día en que Gold fue condenado. Y añadió: «Este estado de cosas debe ser tenido en cuenta para decidir si es conveniente aplazar el empleo de la bomba atómica para un día fatal».

Gold sólo cumplió 16 de los 30 años y salió de prisión en 1966, convirtiéndose en un profesor de universidad y químico de renombre en la Alemania Democrática, a donde se exilió nada más ser puesto en libertad.

 

Fuente Información ABC

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