Historia: ¿Cómo derrotó un puñado de españoles a millones de aztecas? El nuevo Hernán Cortés

Hernán Cortés frente al emperador Moctezuma.
Hernán Cortés frente al emperador Moctezuma.

Un libro del historiador sevillano Esteban Mira Caballos busca actualizar la figura del conquistador de México más allá de mitos e intencionalidades políticas

Apenas unos días después de que un puñado de intrépidos expedicionarios españoles entraran en Tenochtitlán acompañados de sus muchos más numerosos aliados indígenas, Moctezuma le confesó a Hernán Cortés que había descubierto recientemente que en realidad el conquistador no era un dios, aunque sí un soldado valiente y esforzado. El soberano azteca -o más precisamente ‘mexica’- acababa de recibir la cabeza cortada de Juan de Argüello, muerto en una escaramuza con los suyos. ¿Y qué dioses pierden la cabeza o muestran tan desaforado hambre de poder y riquezas como aquellos extraños visitantes? Con todo, el monarca siguió agasajando a aquel tipo después de haber cometido la imprudencia capital que sellaría su destino y el de todo su reino al dejarle acceder a su capital. Como, por cierto, uno de sus consejeros ya le había advertido: «Plega a nuestros dioses que no metáis en vuestra casa a quien os eche de ella y os quite el reino, y quizás cuando lo queráis remediar no sea tiempo».

La conquista del extenso México poblado en su tiempo por cerca de siete millones de habitantes por unos pocos españoles entre los años 1519 y 1521 fue sin duda excepcional pero tampoco se trataba de la primera vez que un imperio caía en manos de una minoría de invasores, como demuestra el fin del Imperio Romano, ni sería la última, cómo le ocurriría al Inca. Ha llegado el momento, asegura el historiador sevillano Esteban Mira Ceballos, de investigar la figura de Cortés anteponiendo la razón a la pasión, ciñéndonos a las fuentes primarias y despojándolo de los mitos e intereses políticos que la han rodeado hasta hoy. Y eso es lo que se propone hacer en ‘Hernán Cortés. Una biografía para el siglo XXI’ (Crítica).

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«El metelinense no ha dejado indiferente a nadie ni en vida ni después de su óbito. Ha sido uno de los personajes más admirados y a la vez más odiados de la historia. Para Bartolomé Bennassar fue el único conquistador al que se le puede considerar genial, por su capacidad para fascinar a miles de personas especialmente a sus biógrafos—, a lo largo de cinco siglos. Y lo cierto es que adeptos los ha habido en todos los rincones del planeta, lo mismo anglosajones que alemanes, israelitas, chinos o japoneses. Por citar un solo caso, en el primer cuarto del siglo XX, Oswald Spengler lo consideró un verdadero ‘héroe de la raza’, que fue lo que a su juicio le empujó a conquistar inmensos territorios con un grupo muy reducido de hombres. Para miles de personas encarna a un verdadero héroe civilizador, un auténtico profeta moderno que consiguió expandir el cristianismo a lo largo de varios miles de kilómetros cuadrados. En cambio, para otros, siguiendo al dominico padre Bartolomé de Las Casas, fue un ambicioso más que no dudó en destruir todo un imperio para conseguir sus fines. Estas dos visiones maniqueas, la del héroe y la del villano, siguen vigentes en el siglo XXI.? De hecho, lleva décadas en el banquillo de los acusados, en un juicio popular masivo en el que, salvo alguna absolución esporádica, resulta siempre condenado. Y es que ambas interpretaciones, lo mismo la dorada que la negra, forman dos puntos opuestos y estereotipados de la realidad. ¿Símbolo o antisímbolo? ¿Héroe o villano? Esta ha sido siempre la cuestión».

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‘Hernán Cortés’ (Crítica)

Un nuevo Cortés

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Hay dos leyendas sobre Hernán Cortés, una rosa y la otra negra. La primera partió de su compinche Francisco López de Gómara y la corroboró el propio Cortés en sus ‘Cartas de relación’: fue un héroe legendario elegido por la providencia para expandir la cristiandad, un genio militar -y político- de la estrategia, un hábil manipulador psicológico que llevo a su terreno eficazmente a todos sus enemigos y, finalmente, un hombre magnánimo y sinceramente preocupado por el bienestar de los indios. La segunda la inició el fraile dominico Bartolomé de las Casas y sería la predominante hoy: se trató de un vulgar pillo cruel y sanguinario que se aprovechó de la extrema fragilidad del imperio mexica, un fanático religioso intransigente e implacable, un asesino despiadado que en agosto de 1519 mandó cortar las manos a varias decenas de mujeres tlaxcaltecas con la excusa de que eran espías.

Cortés se consideraba a sí mismo mucho más hombre de letras que soldado

Mira Caballos evita caer en la trampa y, como buen historiador, trata a Cortés como un hombre de su tiempo, con sus luces y sus sombras. Y con una historia digna de ser contada entenebrecida aún por innumerables lagunas. Es mucho lo que sabemos de Cortés desde la conquista, momento a partir del cual conocemos su actividad casi a diario, pero muy poco lo que hemos podido averiguar tanto de su infancia y juventud en Castilla como de los largos años pasados en La Española antes de iniciar su arriesgada peripecia mexicana. Son esos años previos a los que el historiador, merced a una firme atención a las fuentes que desvela algunos documentos inéditos, dedica sus mejores fuerzas y del resultado emerge el perfil inédito de alguien que se consideraba a sí mismo mucho más hombre de letras que soldado. Y con un carácter avasallador.

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«El rasgo más destacado de su personalidad», explica el autor, «fue su habilidad negociadora, además de su carisma. Sus dotes de comunicador eran extraordinarias, muy superiores a sus conocimientos militares, pues sabía convencer al más reacio y mostraba una capacidad de improvisación absolutamente admirable. Y ese don natural para la oratoria, así como su capacidad para manipular al adversario, lo usó a lo largo de toda su vida. De hecho, la conquista de la Triple Alianza mexica por varios cientos de europeos fue posible gracias a un enorme proceso negociador».

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