Inés Suárez y otras conquistadoras españolas que fueron borradas de la historia por la leyenda negra

Inés Suárez durante la decapitación de uno de los caudillos mapuches
Inés Suárez durante la decapitación de uno de los caudillos mapuches

El drama histórico «Inés del alma mía», coprodución entre TVE, Boomerang TV y Chilevisión, pone en valor la figura de la asombrosa extremeña que acompañó a Valdivia en su aventura por el sur de América

De los 45.327 colonos europeos que llegaron a América en el siglo XVI, hasta 10.118 eran mujeres. Su historia es poco o nada conocida, a pesar de que entre estas valientes se encuentran biografías tan asombrosas como la de Inés de Suárez, con un importante papel en la conquista de Chile, o la de una superviviente del calibre de Mencía Calderón, esposa del adelantado del Río de la Plata, que a la muerte de su marido se hizo cargo de la expedición por este territorio.

El olvido se debe a la leve memoria de los españoles y, sobre todo, a la alargada mano de la Leyenda Negra, que ha difuminado su presencia para que los violentos y sádicos

 conquistadores no parezcan demasiado humanos. En el imaginario popular, los británicos que llegaron a América siguen siendo pacíficos y familiares colonos (palabra de raíz griega que significa labrador), mientras los españoles fueron sádicos colonizadores (palabra procedente de imperialismo, un fenómeno propio del siglo XIX) en busca de oro y sexo.

El tercer viaje de Colón

Las tormentosas circunstancias del tercer viaje de Colón hizo pasar inadvertido algo tan fundamental como la presencia, por primera vez, de mujeres europeas en América. Si bien algunos investigadores sostienen la presencia de mujeres en el segundo (1493) e incluso en el primero (1492), fue a partir del tercero cuando llegaron de forma masiva a América. Hasta 30 españolas acompañaron a Colón en este viaje, a petición de los Reyes Isabel y Fernando, con el objeto de que prosperaran las nuevas ciudades y se desarrollaran lazos familiares estables.

Más de 300 siguieron a estas pioneras a Santo Domingo en el primer cuarto del siglo XVI, de modo que para el periodo de 1560 a 1579 la población femenina ya constituía casi una tercera parte de los pasajeros embarcados.

Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos en la corte de Barcelona.
Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos en la corte de Barcelona.

La mitad de estas mujeres eran andaluzas, un 33% castellanas y un 16% extremeñas. Además, según datos recogidos por José A. Solís en «Mujeres de capa y espada» (El Arca de papel), la mayoría eran solteras (el 60%), muchas con hijos, que vieron en la emigración a América una oportunidad de alejarse del enclaustramiento familiar y de la marginación social. No en vano, una orden de la Corona en 1515 obligó a todos los cargos y empleados públicos a embarcarse siempre con sus esposas, lo que también implicaba a madres y hermanas. Ricas, pobres, religiosas, prostitutas, aventureras o labradoras… El perfil medio es difícil de determinar, pero siempre con certificado de buena conducta, puesto que la Corona reguló de forma estricta la migración al nuevo mundo.

Una orden de la Corona en 1515 obligó a todos los cargos y empleados públicos a embarcarse siempre con sus esposas, lo que también implicaba a madres y hermanas

Mediante una real cédula de 1549 se prohibía el viaje de «judíos y moros conversos, reconciliados con la Iglesia, hijos y nietos de quemados por herejía, extranjeros nacidos fuera de los territorios del imperio español y esclavos blancos y negros sin licencia especial».

Mujeres olvidadas

Entre estas españolas en América destacaron figuras como María de Toledo, nuera de Cristóbal Colón y virreina de las Indias Occidentales entre 1515 y 1520; Beatriz de la Cueva, que rigió los destinos de Guatemala; Isabel Barreto, primera y única Almirante de la Armada que lideró una expedición por el Pacífico; María Escobar, que introdujo el trigo en América; María de Estrada, que participó en la expedición de Hernán Cortés; Catalina de Erauso, que abandonó el convento en España donde residía y se hizo pasar por un soldado toda su vida; o Mencía Ortiz, una emprendedora que creó una compañía para el transporte de mercancías.

Retrato de Inés Suárez (1897), por José Mercedes Ortega
Retrato de Inés Suárez (1897), por José Mercedes Ortega

La desidia de los españoles y la siempre recurrente Leyenda Negra tienen la culpa de que hoy apenas sean conocidos estos nombres. Frente a los caritativos, pacíficos y familiares colonos puritanos que desembarcaron en Norteamérica con el Mayflower, se retrata, en contraste, por el lado español a los conquistadores barbudos, violentos y dados al desenfreno sexual y el oro. De tal modo, la presencia de mujeres y familias en el proceso de conquista de América ha sido desdibujada con frecuencia por las fuentes protestantes para perpetuar la supuesta rapiña de los españoles. Mejor representarlos arrasando y violando que construyendo caminos o universidades y formando familias…

Tampoco es cierto el mito de que la mayoría de estas mujeres fueran prostitutas. Muchas eran madres solteras y mujeres que se habían rebelado contra su entorno, sí, pero eso no las convertía en lo que entonces se designaba como mujeres públicas. Incluso del suministro de estas trabajadoras se preocupó la Corona española, empeñada en regular cada detalle. El primer prostíbulo en América, llamado «casa de mujeres públicas», fue autorizado y promovido en la ciudad de Santo Domingo por la Corona española en agosto de 1526, «por la honestidad de la ciudad y mujeres casadas de ella y por excusar otros daños e inconvenientes».

Inés Suárez y un amor de leyenda

Inés Suárez, popularizada por la novela «Inés del alma mía» de Isabel Allende, nació a principios del siglo XVI en Plasencia (Cáceres) y pasó en su juventus al Nuevo Mundo a la estela de su marido, el cual falleció durante las luchas civiles que se produjeron tras la conquista del Perú entre los partidarios de Pizarro y los de Almagro. Viéndose sola en el Perú, la joven descartó meterse en un convento, como tal vez se esperaba de una viuda abandonada, y se dedicó a cuidar a los soldados heridos, lavando y componiendo sus ropas. En esas fechas cruzó su vida con Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, quien le propuso que le acompañara en una peligrosa aventura hacia el sur. Oficialmente lo hizo en calidad de «sirvienta», para alejar los rumores, pero de todos era conocida la relación íntima que compartían ambos.

Gabinete de Inés Suárez en el Museo del Carmen de Maipú.
Gabinete de Inés Suárez en el Museo del Carmen de Maipú.

Durante la conquista de Chile, Inés se elevó, según Tomás Thayer Ojeda, como «una mujer de extraordinario arrojo y lealtad, discreta, sensata y bondadosa, y disfrutaba de una gran estima entre los conquistadores». En diciembre de 1540, la expedición fundó la actual capital del país, Santiago de Nueva Extremadura, en un valle extenso y supuestamente fácil de defender ante las hostiles tribus mapuches.

Rodeado de enemigos y con Valdivia fuera del fuerte, el capitán Alonso de Monroy hubo de hacer frente un año después a un ataque de cerca de diez mil indios que buscaba destruir por completo Santiago. Tan desesperada llegó a ser la situación, con una parte de la ciudad en llamas, que el sacerdote local, Rodrigo González Marmolejo, afirmó que la batalla era como el Día del Juicio y que tan solo un milagro podía salvarlos.

Inés, presente en el cerco, se encargó de atender a heridos y desfallecidos y dar palabras de ánimo a todos, pero, no conforme con un papel secundario, fue por iniciativa suya que se decapitaron y arrojaron al exterior las cabezas de siete caudillos mapuches que permanecían presos en Santiago. La idea era usar las cabezas para desmoralizar al enemigo, que ya dejaba sentir su aliento a pocos metros, si bien no faltaron los partidarios españoles de hacer justo los contrario: liberar a los caudillos como gesto de paz.

Frente a las dudas de este grupo de españoles, cuentan varios testigos de los hechos que la propia Inés cortó la cabeza a uno de los indios y pidió a los verdugos que replicaran su método con el resto.

Para evitar que fuera enviada a España, Valdivia resolvió casar a su amante, con su amigo y compañero de armas Rodrigo de Quiroga.

Hoy en día aún es difícil saber cuánto pertenece a la leyenda y cuánto a la realidad, y si realmente agarró ella misma la espada o se trata de un adorno literario para ensalzar su arrojo. El caso es que la decapitación avivó el coraje de los españoles, quienes aprovecharon la confusión causada entre los indígenas para forzar su fuga. Valdivia no dudó en reconocer los méritos de Suárez en cuanto regresó a Santiago.

Durante el proceso que abrieron años después las autoridades virreinales contra Valdivia estuvo la acusación de vivir amancebado con Inés Suárez, lo que le obligó a poner término a esa escandalosa relación que, dado su rango, causaba daño al país. Para evitar que fuera enviada a España, Valdivia resolvió casar a su amante con su amigo y compañero de armas Rodrigo de Quiroga.

Inés Suárez y su marido vivieron holgadamente en un matrimonio que duró treinta años. Ella murió a los setenta y dos años, muchos años después de que Valdivia pereciera en una gran emboscada de los indios, que lograron llevarse hasta sus huesos.

María de Estrada, la espada de Cortés

María de Estrada fue otra de las mujeres de armas tomar que empujaron el avance español por América. Esta andaluza (algunas crónicas apuntan a que puedo que fuera cántabra) participó ya en una edad madura en la campaña de Hernán Cortés en México. Bernal Díaz del Castillo y otros cronistas la describen como una mujer valiente y luchadora, buena en el manejo de la espada, la rodela y la lanza, lo mismo a pie que a caballo.

Según fray Juan de Torquemada, la castellana luchó sin reparar en su «género»: «Mostróse muy valerosa en este aprieto y conflicto María de Estrada, la cual con una espada y una rodela en las manos hizo hechos maravillosos, y se entraba por los enemigos con tanto coraje y ánimo, como si fuera uno de los más valientes hombres del mundo, olvidada de que era mujer, y revestida del valor que en caso semejante suelen tener los hombres de valor, y honra. Y fueron tantas las maravillas y cosas que hizo, que puso en espanto y asombro a cuantos la miraban».

Estrada estuvo presente en la retirada de la Noche Triste y en la batalla de Otumba. Tras la caída definitiva del imperio azteca vivió en Toluca, donde su marido tenía una encomienda. En 1533 murió su esposo y se volvió a casar con Alonso Martín, otro conquistador, aunque siguió viviendo en sus tierras de Toluca. Se encargó de llevar directamente los asuntos de sus tierras e indios.

Origen: Inés Suárez y otras conquistadoras españolas que fueron borradas de la historia por la leyenda negra

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