Jesús Romero Samper “Masacre en Paracuellos”

Jesús Romero, junto a la lápida de granito de su abuelo en Paracuellos. | Foto: Antonio Heredia

por Virginia Hernández

Entre las más de 4.500 personas (otras fuentes señalan que 2.500) que hay enterradas en el cementerio de Paracuellos (entre militares, civiles y religiosos) se encuentra Carlos Samper Roure (1893-1936), un teniente del cuartel de Conde Duque que fue de los primeros fusilados por los milicianos republicanos en este triste lugar. El primer pelotón se formó el 7 de noviembre de 1936; el último, el 4 de diciembre de ese mismo año. En medio hubo un parón, del 10 al 26 de noviembre, porque el hombre que estaba entonces al frente de Prisiones, el anarquista Melchor Rodríguez, conocido como el ‘Ángel rojo’, ordenó que no se sacara a nadie de la celda sin su consentimiento. Muy pocos días para tantos muertos: otro horror de la Guerra Civil.

El 17 de julio a las 17.00 horas estaba previsto el Golpe de Estado contra la Segunda República. Al Gobierno le llegan informaciones pero no se las cree del todo. Aunque lo cierto es que todos los militares reciben la orden de sus superiores de acuartelarse. El 18 se produce el que el régimen de Franco bautizó como el Día del Glorioso Alzamiento Nacional. «Mi abuelo no creía que fuera nada serio e incluso acude vestido de paisano», rememora Jesús Romero Samper, nieto del teniente, y que lleva unos cinco años investigando sobre lo ocurrido.

El Conde Duque era uno de los tres cuarteles de transmisiones de Madrid, centro neurálgico y de gran importancia estratégica: «Pero no se sublevó, no fue como el cuartel de la Montaña». Desde fuera comienzan los ataques; el responsable, el coronel del C.T.E.T.I. Francisco Vidal Planas, ordena que no se responda al fuego. Cae el cuartel de la Montaña y los milicianos acuden al Conde Duque para requisar armas. El 19 de julio de 1936 por la tarde se decide cerrar las puertas: «Vidal Planas fue bastante inteligente; deja pasar a algunos de ellos para que comprueben que desde dentro no se ha disparado y el que guía a los milicianos es mi abuelo».

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El coronel ve los ánimos demasiado caldeados para encararlos y decide llamar a la Guardia Civil; los agentes terminan deteniendo a unos 40 oficiales, suboficiales y soldados, entre ellos Carlos Samper. Les llevan a la cárcel Modelo (cerca de Moncloa), pero su director les envía al Ministerio de la Guerra porque su prisión no es para militares. Los acuartelan de nuevo en el Conde Duque y el 23 se establece una checa, un lugar especial para interrogar —y en muchos casos documentados, torturar—, a los sospechosos de apoyar a los golpistas. Entre el 14 y el 17 de agosto un tribunal popular les toma declaración. ¿Su delito? Desafección.

Tras ficharles pasan por el penal de Porlier (el que había sido el colegio de los Calasancios) y el 10 de septiembre ingresan otra vez en la Modelo. Samper Roure está casado y tiene cuatro hijas pequeñas. Su familia le visita cada semana para llevarle ropa y comida hasta que le pierde la pista. Él prefiere que no vayan porque la prisión está muy próxima al frente y sus vidas pueden correr peligro. Una carta devuelta con el mensaje ‘trasladado’ les hace temer por él, pero nadie responde. Su mujer y sus hijas sólo sabrán que ha sido fusilado cuando acabe el conflicto.

«Mi abuelo no se rebeló contra la República. La acusación de desafección al Gobierno se basa en la declaración de un soldado, Cristóbal Para Berruezo, que era del comisariado político del Partido Comunista y que aseguró que mi abuelo trató de tomar por la fuerza Unión Radio. Eso es totalmente falso, porque ese hecho ocurrió mucho antes, y por ello ya habían sido condenados y fusilados varios miembros de Falange. Es más, como declaró luego mi abuelo en su defensa, en su destacamento continuamente hubo una radio y la tropa pudo estar escuchando las noticias del Gobierno, no se censuró nada. Entonces cualquier cosa podía ser desafección», asegura.

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El sueldo le fue retirado desde el arresto y los suyos tuvieron que sobrevivir con la ayuda de otros y con la confección de jerseys para los soldados. Cada día terminaban uno entre todas: «Mi abuela se marchó a vivir con su madre, que era viuda, y con las cuatro niñas. Varios conocidos les echaron una mano, como regalarles de vez en cuando una cabeza de cordero, pero en Madrid no se llegaba siquiera a lo que asignaban las cartillas de racionamiento. La ciudad estaba sin nada». Terminada la contienda, les entregaron todos los salarios desde 1936 con carácter retroactivo y la pensión correspondiente como viuda de un oficial, además de una medalla.

La mañana del 7 de noviembre de 1936 el teniente Samper Roure es llevado a Paracuellos y fusilado, un oscuro capítulo de la guerra del que muchos responsabilizaron a Santiago Carrillo, entonces delegado de Orden Público de Madrid, una acusación que él siempre negó. Los vecinos de la localidad madrileña tenían instrucciones de cavar cuando recibían el mensaje: «Hay bacalao fresco». Sus restos están enterrados en la fosa número 1. Una enorme cruz contempla desde el cerro de San Miguel los centenares de tumbas que recuerdan a estas víctimas. El Franquismo lo utilizó como lugar casi sagrado de martirio de los suyos y los distintos casos se investigaron en la Causa General (creada por decreto el 26 de abril de 1940), que se inició en el primer año de posguerra. Jesús Romero Samper ha hecho sus propias averiguaciones sobre el terreno. Nos enseña los lugares donde se producían los fusilamientos, el alambre que cercaba a los prisioneros y que todavía resiste en medio del erial, y cada una de las fosas y sus monolitos. Nos habla del expediente sobre su abuelo que asegura que su caso había sido sobreseído. En breve terminará el libro en el que rememore la figura del teniente Samper.

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¿75 años son suficientes para superar la Guerra? Romero Samper cree que sí. ¿Ha sido necesario llegar a la generación de los nietos? «Creo que los hijos también lo consiguieron, aunque sigan quedando radicales», reconoce en un recinto en el que la frase es ‘Españoles, perdonad, pero no olvidéis’, la misma que se utilizaba en el régimen. Para él, el enfrentamiento es algo del pasado, aunque tenga que recuperarse lo ocurrido para la Historia. «Yo podía haber escrito los nombres de los involucrados, porque están en la Causa General, pero para qué, ya estarán muertos o sus familiares no tienen nada que ver. Además ya hubo muchos ajusticiamientos».

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Retrato de Carlos Samper, carta devuelta a su familia porque ya no estaba en prisión y expediente por ‘desafección’ del tribunal popular. Abajo, cementerio de los Mártires, en Paracuellos. Jesus Romero Samper, nieto del teniente fusilado el 7 de noviembre de 1936, indica el camino que seguían los presos, el alambre y la disposición de las fosas. | Fotos: Archivo familiar / Antonio Heredia

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