La épica muerte de la cartaginesa que aterrorizaba al general romano que aplastó a Aníbal

«La muerte de Sofonisba», de Giovanni Battista Tiepolo (1755-1760). Localizado en el Museo Thyssen-Bornemisza
«La muerte de Sofonisba», de Giovanni Battista Tiepolo (1755-1760). Localizado en el Museo Thyssen-Bornemisza

La cartaginesa Sofonisba, pesadilla de Escipión, fue crucial para entender el final trágico de Sífax, el jefe africano que abandonó la causa romana a favor de Cartago durante la Segunda Guerra Púnica

No se trata de un mito, ni de una leyenda. Esta es la historia de una mujer real, de carne y hueso, que demostró ser leal a su patria y contribuyó en su defensa. Sofonisba, la cartaginesa que no solo poseía el don de una deslumbrante belleza y la exhuberancia de la juventud, sino también una considerable habilidad diplomática para conseguir adeptos a su causa, como hizo con su marido y líder africano Sifax.

Para entender su proceder hay que remontarse mucho, hasta el final del siglo III a.C., durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.). Su presencia influyó en el curso de la contienda y provocó el pánico del cónsul Escipión, quien veía en ella una terrible arma de manipulación masculina, capaz de llevar a la República al desastre en favor de Cartago, su patria. Pese a su heroicidad, Sofonisba tuvo un desgraciado desenlace. Tras ser capturada, y a pesar de su juventud (apenas 15 años), prefirió suicidarse a convertirse en una esclava mostrando la fortaleza de un carácter digno de reconocer.

El final de Cartago

Las Guerras Púnicas (246 – 146 a.C.), tres en total, fueron las luchas que se libraron sucesivamente entre las dos principales potencias del Mediterráneo occidental por convertirse en el estado hegemónico: Roma (por entonces dueña de Italia) y Cartago (reina del comercio marítimo). Fue la segunda, sin duda, la más relevante de todas, pues decidió la hegemonía de la República, ya a las puertas de convertirse en un imperio.

La contienda comenzó cuando los cartagineses, expandidos por la Península Ibérica, traspasaron el límite marcado por los romanos en el río Ebro atacando a su aliada Sagunto. Como consecuencia, Roma declaró a Cartago la guerra, la cual se dividió en dos frentes: Por un lado, en Hispania (con Escipión y Asdrúbal Giscón) y, por otro, en la península Itálica (con la presión cartaginesa de Aníbal).

Aníbal contemplando Italia por primera vez desde los Alpes. Pintura al óleo de Francisco de Goya.
Aníbal contemplando Italia por primera vez desde los Alpes. Pintura al óleo de Francisco de Goya.

Mientras el cartaginés deambulaba por Italia, dejó a sus hermanos Asdrúbal y Magón como encargados de proteger Hispania del invasor. Sin embargo, la estrategia de Roma comenzó a dar sus frutos cuando desplazó sus tropas allí. Fue con el joven Escipión, apodado el Africano, cuando la hegemonía cartaginesa se desvaneció por completo: primero, eliminó su presencia del territorio peninsular con la conquista de Carthago Nova y, a continuación, les atestó el golpe definitivo en África.

Al parecer, la subyugción de Hispania era considerada por Escipión solo como un medio. Su idea era continuar con la guerra en África para obligar a los cartagineses a pedir ayuda a Aníbal, quien tendría que abandonar Italia. Así, el romano podría llevar a cabo su principal objetivo: acabar con la vida de su enemigo.

El poder seductor

Es en esta última parte de la contienda donde aparece Sofonisba, utilizada como elemento táctico de la política militar de su padre, quien la prometió en matrimonio por partida doble con los confrontados jefes africanos: Masinisa, primer rey de Numidia y líder oriental de los masilios, y Sifax, monarca de la antigua tribu númida occidental de los masesilios. Dependiendo del curso de los acontecimientos en la guerra, Asdrúbal estableció alianzas con uno u otro cabecilla.

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Busto de Escipión el Africano, en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles
Busto de Escipión el Africano, en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Según el historiador romano Tito Livio(59.a.C.- 17 d.C), en su obra «Ab Urbe condita» , Sofonisba solo tenía trece años cuando fue prometida con Masinisa, quien colaboraba desde el principio con su padre en la lucha contra los romanos. Pero, tras la caída de Cartago Nova, Asdrúbal cambió de parecer y decidió buscar una alianza con el poderoso Sífax, que por entonces cooperaba con Escipión. Para conseguirlo, le entregó la mano de su hija, de quien quedó prendado nada más verla.

Los historiadores de la época coinciden en la capacidad de seducción de Sofonisba para implicar a Sifax en el bando cartaginés y animarlo a tomar las armas contra Roma, su antigua aliada. Por su parte, Masinisa, traicionado por Cartago al arrebatarle a su prometida, se pasó al bando de Escipión. A partir de entonces se libraron sucesivas batallas entre ambas alianzas.

Escipión estaba convencido de que Sofonisba había manipulado a Sifax para aliarse al bando cartaginés contra Roma

Al parecer, la joven no solo destacaba por su belleza, sino que también poseía notables dotes diplomáticasPolibio cuenta que, cuando Sífax y su corte decidieron retirar sus tropas ante el avance romano, ella suplicó a su marido que no abandonara a los cartagineses en aquella situación crítica, lo que le llevó a la derrota final en la batalla de las Grandes Llanuras (203 a.C.).

Tomás González Rolán, catedrático de Filología Latina y especializado en la vida de Sofonisba, afirma que, la decisión de Sifax de hacer caso a su esposa fue el peor de sus males. Tito Livio escribió: «Con aquella antorcha nupcial se había incendiado su palacio, aquella furia, aquella plaga, con toda clase de seducciones, le había extraviado y enajenado el sentido y no había pasado hasta que ella misma, con sus propias manos, le había ceñido las armas criminales de su huésped y amigo».

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Mapa de la Segunda Guerra Púnica
Mapa de la Segunda Guerra Púnica

Tras la batalla, Sifax no logró escapar del enemigo y fue llevado ante Escipión, a quien justificó su abandono de la alianza romana y su paso al bando cartaginés como un grave error, cuyo origen fue el haber dado entrada en su casa a esta mujer. Advirtió al cónsul lo peligrosa que podría llegar a ser su esposa, capaz de convencer a cualquiera para beneficiar a su patria.

Un desgraciado final

A partir de aquí, la historia se tiñe de momentos románticos y dramáticos, tal y como aparecen en la «Historia Romana» (Siglo II d.C.) de Apiano, donde cuenta que Masinisa, prendado por la belleza y juventud de Sofonisba, le perdonó la vida y se casó con ella para liberarla del cautiverio. Sin embargo, el rey númida no se dio cuenta de las consecuencias que traería dicha acción.

Cuando Escipión se enteró del casamiento, maldijo la hora en que había aparecido la muchacha para desbaratar sus planes de guerra. Estaba convencido de que la joven había manipulado a Sifax para pasarse al bando cartaginés y, por temor a que obrara del mismo modo con Masinisa, le ordenó a este que entregara de inmediato a su esposa.

Sofonisba se suicidió con el veneno que Masinisa le ofreció para evitar la humillación de Roma

El númida estaba entre la espada y la pared. Por un lado, era fiel a su aliado romano, pero también amaba de manera escandalosa a Sofonisba. Al final, incapaz de oponerse a las órdenes de Escipión, le entregó a la joven.

Sin embargo, Masinisa le ahorró la humillación que suponía desfilar en Roma como parte de los rehenes y envió a uno de sus sirvientes con un cuenco lleno de veneno para que acabase con su vida. Tito Livio dejó por escrito en su obra las que debieron ser las últimas palabras de la mujer: «Acepto el regalo de bodas, y no me desagrada, si es lo máximo que el esposo pudo ofrecer a su esposa; pero dile lo siguiente: Yo habría tenido una muerte mejor si no me hubiera casado el mismo día de mi funeral»

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La decisión de Sofonisba de preferir la muerte a la esclavitud, no solo demostró la firmeza de su carácter y valor, sino también la lealtad con la que sirvió a Cartago. Fue un final trágico, pero también heróico, que le ha valido para ser representada en varias artes del Renacimiento y del Barroco.

Origen: La épica muerte de la cartaginesa que aterrorizaba al general romano que aplastó a Aníbal

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