«La España visigoda era el reino más potente de Europa, pero a la llegada árabe vivía una crisis»

Cuadro «La invasión de los bárbaros», boceto de Ulpiano Checa, 1887 - Vídeo: La violación a la hija de Don Julio hizo avanzar la conquista musulmana
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La Edad oscura es el nombre que tradicionalmente se ha venido dando al periodo comprendido entre el siglo V y el VIII de nuestra era, entre las grandes invasiones germánicas y la eclosión del Imperio carolingio, un periodo sobre el que José Soto Chica trata de echar luz en «Imperios y bárbaros» (Desperta Ferro Ediciones)

El Imperio bizantino, conocido en su época simplemente como el Imperio romano, frenó al Islam durante siglos y dio forma geográfica y cultural a lo que hoy es Europa. Sin embargo, de este gigante político el único recuerdo que pervive es el de la decadencia, la ruina oriental. ¿Pudo un imperio estar diez siglos en decadencia? La llamada Edad Oscura que siguió a la caída del Imperio Romano de Occidente es uno de los periodos históricos peor estudiados y donde más preguntas faltan por responder en la historiografía tradicional. Sus protagonistas y sus potencias, como los bizantinos, han terminado por ser unos desconocidos debido a la incapacidad y a la falta de ganas de los historiadores a la hora de alumbrar un pasado que, sorprendentemente, estuvo repleto de innovaciones tecnológicas y culturales.

José Soto Chica, profesor de la Universidad de Granada e investigador del Centro de Estudios Bizantinos de esta ciudad, es uno de los mayores expertos en España en este periodo tan poco alumbrado y que fue tan importante para el devenir de la Península ibérica. «No hay que olvidar que el reino visigodo de Toledo, la primera España, bebía culturalmente de bizancio», advierte Soto Chico, que acaba de publicar «Imperios y bárbaros», libro editado por Desperta Ferro Ediciones.

–¿Está usted de acuerdo con el término de Edad Oscura?

–Es una época oscura por defecto, para empezar, de los historiadores, que no hemos sabido divulgar ese periodo. Hemos fallado en nuestra labor social de trasladar al lector interesado lo que ocurrió en esos siglos. Sí es cierto que cada vez es menos oscura, pero sigue siéndolo porque se trataba como un periodo puente entre el Imperio romano que cayó y la llegada de la Edad Media. Siendo una época de crisis, rica en conflictos fascinantes, donde se produjo la expansión islámica y la creación de dos realidades europeas, resultan siglos determinantes para comprender lo que va a ocurrir en la Edad Media.

–Borrando este periodo de la historiografía también se ha eliminado lo fundamental que fue el Imperio bizantino.

–El Imperio bizantino era el Imperio romano. Lo de bizantino es un nombres puesto de forma tardía, desde la visión de que aquello era un imperio decadente, oriental. Esa idea de un imperio de mil años de decadencia es una estupidez. Bizancio es la madre de la Europa oriental y durante mucho tiempo, ya en el siglo XIX, hubo interés en la Europa occidental en no destacar como brillante esa región. Tenemos, por eso, una visión muy negativa del Imperio bizantino.

–¿Por qué, concretamente en España, sabemos tan poco sobre el Imperio bizantino?

–En España no había tradición bizantina hasta hace poco. Recuerdo que cuando inicié mi tesis me advirtieron varios profesores que sobre ese periodo no iba a poder investigar, pero sí, sí pude. El problema en España es que durante demasiado tiempo nos hemos centrado en nosotros mismos. Uno puede pensar sin problemas en un hispanista francés o uno inglés, pero le cuesta mucho ver a un español investigando sobre lo de fuera. Es uno de los grandes fallos de la historiografía española, motivo que nos ha privado de saber la historia de nuestros vecinos y compararla con la nuestra. Bizancio es una parte fundamental de la historia de España. Poca gente sabe que buena parte de nuestro sudeste fue una provincia bizantina. Para mí, Bizancio es la continuación de Roma, sin más.

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–¿Qué le debemos los españoles a los bizantinos?

–El reino visigodo de Toledo, la primera España, culturalmente bebía de Bizancio. Pretendía ser una capital reflejo de la suya. Leovigildo se vestía, se comportaba, fundaba ciudades, acuñaba monedas siempre pensando en actuar como un emperador de Bizancio… Cuando Isidoro de Sevilla escribió las «Etimologías» lo que estaba es básicamente recogiendo el saber que se conservaba en Constantinopla de primera mano. Tampoco hay que olvidar que Ceuta y las Baleares siguieron siendo provincias bizantinas mucho tiempo después que el resto de territorios.

–Constantinopla resistió, pero Roma pereció. ¿La caída de Roma fue una cuestión militar?

–Es un mito que Roma cayera porque las legiones no fueran ya operativas. De hecho, las legiones del siglo V ya no se parecían nada a las de Augusto o las de Trajano. El problema de Roma es que no tenía oro para su ejército y que fue perdiendo su capacidad militar. No había fondos porque se estaban perdiendo puestos fronterizos y, sobre todo, porque las élites empezaron a desligarse de ese esfuerzo militar. No veían necesario financiar algo tan caro como su ejército y eso les costó a la larga muy caro.

–Entre imperios en crisis e imperios agotados emergió por sorpresa el mundo árabe. ¿Cómo lograron una expansión tan rápida?

–Es un tema fascinante. ¿Cómo fueron capaces los árabes de conquistar el mundo? Para empezar se produjo un proceso de unificación que no respondió a cuestiones religiosas, sino étnicas. Por primera vez en su historia, los árabes estuvieron unidos bajo una misma bandera. Además, contaron con una infantería que se desplazaba a camello y llegaba más descansada al combate. Los árabes tecnológicamente copiaron por completo a los bizantinos y a los persas. No hay que imaginar a los guerreros árabes de la época con un turbante al viento y cimitarras. Ellos llevaba un equipo militar similar al de un bizantino.

Su infantería montada y la unidad del mundo árabe acanzaron la plenitud en el momento justo, cuando Bizancia y Persia estaban agotadas. Si su expansión hubiera aparecido poco antes o poco después nunca hubiéramos hablado de ellos. Justo llegaron cuando estos imperios estaban agotados.

–¿Fue importante las cuestiones religiosas para su empuje guerrero?

–El fanatismo religioso no fue un factor importante. Aunque aún no se pueda decir abiertamente en el mundo árabe, el islam no surgió directamente en su versión final, sino que, como el cristianismo, tuvo un proceso de construcción y desarrollo. El islam de los orígenes tenía muy poco que ver con el de un siglo después. El factor religioso en la expansión religiosa no fue importante, porque de hecho muchos de estos guerreros árabes no eran musulmanes, sino cristianos y judíos. Esta realidad no aparece en las fuentes islámicas porque estas fueron muy tardías y lo que hicieron es trasladar al pasado su visión del islam. Lo determinante en su expansión fueron cuestiones militares.

–¿Y qué papel jugó Mahoma en el proceso de islamización fuera de Arabia?

–Mahoma llevó a cabo una actividad bélica muy importante, pero siempre dentro de Arabia. Condujo veinte expediciones militares en este territorio y su papel de unificador, de creador de cohesión, fue fundamental. Mahoma no solo fue un profeta, también el creador de un imperio. No en vano, la gran expansión la hicieron los califas que vinieron detrás, grandes genios militares que crearon un estado muy avanzado y recogieron la tradición romana, bizantina y persa. Muchas de las cosas que atribuimos a los árabes vienen, en verdad, de estos imperios anteriores. Ellos lo que hicieron es difundirlos. Fueron propagadores de cultura.

–¿Por qué cayó la España visigoda tan fácil ante la expansión árabe?

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–La Hispania visigoda del siglo VII era el reino más potente de Europa, tanto cultural, económica como militarmente, pero a finales de ese siglo tuvo lugar una crisis política brutal. Golpes internos, epidemias y hambrunas debilitaron el país. Aparte, y eso es algo que nunca solucionaron los visigodos, nunca estuvo claro el proceso de sucesión, de modo que siempre que moría un rey se abría un proceso de disensiones y guerras civiles tremendo. Los árabes justo llegaron en uno de estos procesos, cuando no se había resuelto una lucha de tres candidatos por el trono. Enfrentarse a los árabes en un momento así fue terrible, un desastre.

–¿Había mucha distancia entre la fuerza militar visigoda y la árabe?

–Los musulmanes contaban con una infantería con mucha movilidad, mucho más rápida que la de los visigodos. En la batalla de Poitiers, cuando se frenó en Occidente a los árabes fue posible gracias a que la infantería franca, armada de forma pesada, tenían homogeneidad y también acudían los infantes a combate a caballo, aunque luego desmontaban y combatían a pie. Formaron literalmente un muro de escudos contra el que se estrelló la que era entonces la mejor infantería de su tiempo, la musulmana. No fue tanto la superioridad técnica como el talento del mando cristiano, con Carlos Martel a la cabeza, lo que marcó la diferencia. Aunque nos parezca lo contrario en una sociedad tan masificada y deshumanizada como la nuestra, a veces un solo hombre puede cambiar las cosas, y entonces ocurrió así.

–En Occidente fue en Poitiers, y en Oriente fue en Constantinopla.

–En 717, el Imperio bizantino salvó in extremis a Occidente cuando los árabes hicieron un segundo intento de conquistar Constantinopla con un ejército con 1.700 barcos y 200.000 hombres. Bizancio sobrevivió a un ataque que hubiera cambiado el mundo. Si los árabes hubieran conquistado la ciudad hubieran tenido frente a sí una Europa oriental y central desorganizada, sin un estado potente capaz de frenar una oleada de ese calibre. Al contrario, la derrota fue tan grande que el califa llegó a plantearse evacuar España, pues no contaba con fuerzas suficientes. En 718 se produjo la orden, pero no se llegó a ejecutar.

Retrato idealizado de Atila, por Eugène Delacroix
Retrato idealizado de Atila, por Eugène Delacroix

–¿Cómo fue la conquista árabe en la Península?

–Solo tenemos una fuente contemporánea de la conquista, «la Crónica mozárabe del 754». Por ella sabemos que fue una conquista rápida pero intensa. Violenta, como todas, donde los árabes ocuparon el país como hicieron en el norte de África, es decir, primero golpearon fuerte, luego sembraron el terror y al final ofrecieron buenas condiciones para asimilar a la población. No fue un proceso pacífico, pero como fue la conquista de una minoría necesitaron la colaboración de la gente y buscaron el acuerdo. Las elites se islamizaron, mientras otras resistieron y emigraron al norte.

–Otro de los pueblos que abordas en tu libro «Imperios y bárbaros» es el de los hunos, considerados un pueblo auténticamente brutal.

–Todavía hoy, huno es sinónimo de barbarie y salvajismo. Y no solo eran eso para los romanos, es que han quedado también así en el imaginario de los pueblos germanos y los eslavos. Para todos los grandes pueblos de Europa, los hunos impactaron negativamente. La razón es que, como afirmó un historiador contemporáneo, «es el pueblo que supera todos los grados de la crueldad». Un pueblo que impresionaba porque nadie en Europa había visto antes a un pueblo centroasiático turco mongol. Era gente que hacía vida a caballo, que comía, dormía y moría sobre sus monturas… y que desde pequeño se deformaban la cara con cortes rituales y vestían con pieles de animales curtidas. Aparte practicaban el terror de forma consciente. Sabían que su forma de hacer la guerra era sembrando el pánico primero.

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–De ese pueblo surgió un genio de la guerra como Atila. ¿Está justificada su fama de sanguinario?

–Atila fue un genio, sin duda, y los métodos de hacer la guerra de los hunos fueron revolucionarios. Ellos trajeron un arco compuesto asimétrico, que se tardaba casi un año en fabricar, con una potencia tremenda. Arrojaba flechas a quinientos metros y se podía usar a caballo. Los hunos, además, usaban muchos caballos y podían moverse a una velocidad tremenda. Si un ejército romano en el mejor de los casos se movía a cuarenta kilómetros por día, los hunos podían recorrer 170 kilómetros en esas mismas horas. El uso de caballos de refresco, diez por jinete, les permitían llegar a la batalla descansados.

–La lección de los hunos y los mongoles es que la periferia, tarde o temprano, siempre se venga.

–Sí, estos pueblos eran casi marginales. Vivían lejos de las riquezas que atesoraban los grandes imperios. Eran desheredados. Durante mucho tiempo fueron pueblos que vivían del intercambio fronterizo, pero cuando decidieron pasar al otro lado se produjeron conflictos. El fin del Imperio romano se produjo por la sublevación de los marginados. Cuando esas tribus, esas confederaciones, en un momento determinado decidieron que se podía sacar mucho más de la guerra que del comercio. Eran pueblos que se fueron empujando entre sí hasta arrojarse contra la frontera romana.

–¿Cuando faltan los imperios se pierda prosperidad?

–El nivel de vida que tenían los ciudadanos romanos en el siglo IV no se volvió a producir en mil años. Y eso fue posible porque el Imperio romano ofrecía seguridad. Cuando esa seguridad se quebró, comenzó la pobreza. Se desencadenaron siglos muy duros, siglos de peligros. ¿Qué es acaso la feudalización? Es la pérdida de seguridad y la necesidad vital de que alguien te proteja. Desapareció el Estado y apareció la pobreza.

Origen: «La España visigoda era el reino más potente de Europa, pero a la llegada árabe vivía una crisis»

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