La fuga española más audaz de la historia: ‘los 15 de Winchester’ que dieron esquinazo a los ingleses

Pintura del siglo XVIII representando la aglomeración con una familia completa en una prisión. Foto: Wikipedia
Pintura del siglo XVIII representando la aglomeración con una familia completa en una prisión. Foto: Wikipedia

Un 26 de agosto de 1780 se escaparon una quincena de cautivos españoles de aquel averno humano, que era la prisión del HMS Jersey

Dante a Virgilio: ¡Para qué! Quien conoció el Infierno ya no tiene ningún interés en el Purgatorio. Y respecto al Paraíso, sepa usted que es la ausencia de infierno».

Dante Alighieri. [La Divina Comedia]

Inglaterra una vez más se encontraba entre la espada y la pared. El Tratado de Aranjuez acordado entre Francia y España el 12 de abril de 1779 comprometía a España a intervenir en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Es sabido que, durante esa guerra, España capturaría el famoso Doble Convoy inglés causando la quiebra técnica de la Bolsa de Londres e importantes destrozos a las tropas que combatían en contra de las trece colonias norteamericanas a través de las acertadas acciones del audaz y valeroso estratega Bernardo de Gálvez.

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En el marco de este escenario, en medio de una mar gruesa, una importante flota española había dejado atrás a la fragata Santa Mónica perdida en medio de la tormenta y con serios problemas en las jarcias de maniobra. Mientras los marinos se ponían manos a la obra para arreglar aquel desaguisado, aparecía una solitaria fragata inglesa recubierta de cobre en su obra viva, lo que le daba un plus de velocidad importante por la capacidad de deslizamiento sobre el agua. En perfecta coordinación, los marinos de la Royal Navy sorprendieron en medio de una densa niebla a la tripulación española sin dejarles prácticamente margen de maniobra. Tres horas duró el combate y de los cerca de dos centenares de marinos, solo 36 vivirían para contarlo. Los supervivientes solo habían hecho que comenzar su calvario rumbo a la isla habitada por las brumas permanentes.

Álvaro Van den Brule

Le llamaban el Ruedo Ibérico por la ingente cantidad de españoles que habitaban sus mugrientas mazmorras. La columna de los peninsulares capturados en el último enfrentamiento al sur de las costas portuguesas por la Marina inglesa, llegaba exhausta, hambrienta y sedienta tras más de veintiséis kilómetros de andar sostenido desde que fueron desembarcados. Varias fuentes de agua clara y fresca al alcance de la mano, invitaban a aquellos desgraciados a beber un trago de agua y los más desesperados se lanzaban a las piletas para apagar el fuego abrasador que los embargaba. Rápidamente eran apaleados de manera inmisericorde por la escolta. Al llegar al fuerte de Winchester, su primera parada en aquel trayecto hacia el infierno, varios pilotos vascos y cántabros aparecían colgados de las almenas tras un intento de huida mostrando su deterioro de una forma insultante para cualquier sensibilidad humana; porque también existe la insensibilidad inhumana claro está, aquella que por su naturaleza solamente reside y se alimenta de la crueldad como principio vital.

El alcaide, un tal sir Sean Malcolm, era hermano de un Lord del Parlamento. Este elemento al mando de aquel siniestro lugar, había salvado su vida de milagro tras darse un revolcón con una moza que para más abundancia era la esposa de un primo del rey; su hermano echando mano de todas las influencias posibles, le había salvado el pellejo in extremis. El jefazo de aquel cotarro, llevaba a su vera a un tal Paul Jefferson, un torturador doctorado. Su pasatiempo favorito era el de sacar a los presos al patio y echárselos de comer a sus perros mastines en un espectáculo dantesco.

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Su odio por los españoles se debía a que sus antepasados no se enfrentaron adecuadamente en una de las muchas invasiones que los castellanos primero (Bocanegra, Pero Niño y otros) y España más tarde efectuó sobre las islas británicas. Allá, cuando corría el año 1595, Juan de Águila en la Batalla de Cornualles, saqueó y prendió fuego a muchos pueblos costeros. Los ancestros de Paul Jefferson (el Himmler local del momento) huyeron con lo puesto. Los Jefferson fueron borrados del mapa nobiliario por su cobardía manifiesta y su heredero lejano juró vengarse por la humillación causada a sus antepasados; el momento había llegado y con él, la posibilidad de materializar su legado de odio atrasado. El segundo del alcaide podía disponer de las vidas de aquellos marinos españoles a su antojo.

Hacinamiento y mortalidad

Ante la saturación de la pequeña cárcel donde el hacinamiento y mortalidad eran espantosas, las autoridades locales decidieron que el excedente fuera a parar a un infierno paralelo.

El HMS Jersey, era un ataúd de cerca de 1.100 toneladas varado en las lindes de un afluente secundario sito en el sureste de Inglaterra. Era un antiguo buque de línea (una evolución de los galeones) de tres puentes con sus correspondientes hileras de cañones desmontados, que en el momento de su retirada para desguace, a alguna lumbrera se le ocurrió convertirlo en presidio flotante. La historia de este barco de guerra inglés del siglo XVIII, es la de una viva descripción del infierno, un infierno donde habitaban más de un millar y medio de presos de guerra en condiciones infrahumanas.

placeholderHMS Jersey. Foto: Wikipedia
HMS Jersey. Foto: Wikipedia

Ratas descomunales por docenas, garrapatas bien nutridas con la sangre de aquellos desgraciados, legiones de piojos, heces mezcladas con la orina de los condenados donde los restos orgánicos circulaban en desagües de fortuna por gravedad sin el impulso benefactor del agua corriente, una falta de higiene total, un hacinamiento que convertía a un hormiguero en un hotel de cinco estrellas; eran el día a día, las 24 horas de los residentes de aquel insalubre penal, famoso por la inmensa mortandad que causaba a sus inquilinos. En sus caníbales tripas, había presos españoles capturados en el mar entre las Azores y el golfo de Cádiz, la ruta tradicional del mercadeo entre los virreinatos y la península. Los saqueos de las naves españolas provenientes de América tanto en tiempos de paz (donde la piratería como negocio independiente y autónomo, así como el corso con sus obligados porcentajes y aportaciones a la Corona británica, se empleaban a fondo).

En tiempos de guerra, donde el expolio de las mercaderías era más natural, los prisioneros eran encerrados en las sentinas de los barcos ingleses para luego cobrar rescates o ser intercambiados por los suyos en manos de los españoles. Así estaba el tema.

Este malhadado y siniestro buque, yacía apoyado sobre su quilla en el fango de una de las riveras del río Southampton que en su desembocadura da nombre a la ciudad homónima.

Pero ocurrió un acontecimiento providencial. Un hombre de una pieza, el Doctor Carmichael, uno de lo más famosos y reputados galenos de la época, intervino ante la enorme mortandad causada por enfermedades de comorbilidad solapadas en aquel antro que solamente en el mes de agosto de aquel año, llegaría a acabar con cerca de 160 marinos españoles. Este científico y médico que dotaba de grandeza a la profesión, hacia honor al juramento hipocrático sin segregar por raza, color, amigos o enemigos a sus pacientes interviniendo en aquella pesadilla que comenzaba a rozar dentro de la guerra, tintes de genocidio deliberado. Por lo que se puso manos a la obra y “Llegó, vio y venció”.

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Foto: Wikipedia

Haciendo un exhaustivo estudio de la situación, consiguió que la tasa de mortalidad se redujera en un 75% en tan solo un mes y se mantuviera constante y a la baja en lo sucesivo. Se airearon las habitaciones de la prisión de Winchester en las que los presos yacían hacinados, se les permitió bañarse en el río y se les dotó de ropa nueva (llevaban más de tres meses sin cambiarse de indumentaria y sin ver una gota de agua para la higiene). Con los prisioneros del barco se siguió el mismo patrón profiláctico y, además, se alivió la habitabilidad de las celdas del navío reduciendo a la mitad sus ocupantes y generando unas medidas mínimas de higiene personal. Finalmente, los desvelos de este caballero lo condenarían a contraer una extraña tuberculosis de origen bacteriano (Bacilo de Koch) que por el persistente contacto durante meses con los cautivos españoles, le supuso la horrible penalización de quedar postrado tras una larga penuria. El Doctor. Carmichael no deja de ser un héroe ante la historia, independientemente de que España estuviera en estado de guerra con su país de origen.

Bien, pues en paralelo, los acontecimientos discurrían generando en otro plano sabrosas situaciones que eran como poco, sorprendentes.

​La huida de los españoles

Hay un canal artificial paralelo al río Itchen (El Itchen Navigation) que desemboca en Southampton y que, se construyó con mano de obra prisionera tanto de cárceles locales como de prisioneros capturados en las lides del mar. Hacia 1710 , las mercancías pesadas, carbón, madera para la construcción de navíos, sacos de patatas, etc. desembocaban en Southampton procedentes de Winchester; y era en esta pequeña aldea – entonces-, donde estaba el barco prisión más famoso de la época.

Un 26 de agosto de 1780 se escaparon una quincena de cautivos españoles de aquel averno humano – porque no hay otro lugar donde el horror sea el protagonista causado por este extraño bípedo que somos-, desde Winchester, ciudad sureña a unos cien kilómetros largos de Londres. En una odisea sin precedentes, con sigilo extremo y camuflados con todo lo que “pillaban” por el camino, sin ser descubiertos, llegaron a la orilla del río Southampton y ahí, se hicieron con una balsa carbonera con la que se dirigieron con algunas docenas de kilos de patatas crudas y algunas cestas de huevos que arramplaron por el camino; hacia una de las mayores bases de la Royal Navy, instalada en la ciudad de Portsmouth.

Esta fuga contó con el apoyo muy afortunado de la negligencia y contribución indirecta de los vigilantes. Bien es cierto, que los soldados ingleses encargados de la custodia de los prisioneros, se la cogían con papel de fumar. Contaban a los prisioneros con la nariz tapada y con un trapo sobre la boca impregnado de un destilado de flores casero – a modo de colonia-para evitar aquel espantoso olor que pululaba entre las oscuridades de aquella terrible embarcación. La contabilidad no cuadraba nunca, pero ello no era motivo de apercibimiento por la oficialidad pues se daba por sentado que nadie escaparía a la ciénaga que rodeaba la embarcación.

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Foto: Wikipedia

Ya en el puerto de Portsmouth, llegarían sin ser descubiertos en lo que sin ambages podríamos llamar una verdadera proeza si recorremos la supuesta ruta que desandaron. Allá se apoderaron de otra lancha con la cual se dirigieron a la base de la Royal Navy en la ciudad de Portsmouth, con la clara intención de echarle el guante a una embarcación de mayor calado y más marinera.

En la épica que acompañó aquella increíble hazaña, sorprendieron a la escasa tripulación de un buque –probablemente una pequeña goleta de exploración- que estaba controlada por un solo marinero. En un abrir y cerrar de ojos, un grumete, un pescador de oficio que dormía entre las redes y el capitán de la embarcación, serían encerrados en la bodega del bajel. El buque en cuestión, era ni más ni menos que un bergantín de madera nueva casi recién breado y salido del astillero. Tenía algo más de 80 toneladas de desplazamiento y su nombre original era el de John Thomas.

En el acto -era noche avanzada-, se hicieron a la mar sorteando alrededor de una veintena de naves de guerra, casi todas ellas fragatas. Dejaron atrás la rada de uno de los puertos más vigilados de Inglaterra y escaparon raudos hacia el Canal de la Mancha. Tal que un 3 de septiembre llegaron al puerto de la Bretaña francesa de Brest donde los lugareños se irían congregando hasta formar una multitud abigarrada. Entre vítores y aplausos cerrados, la ovación y el reconocimiento se extendieron por toda la ciudad como un reguero de pólvora. Agasajados por los franceses con todo lo que tenían a mano; monedas, quesos, vinos, ropa, etc. se los llevaron en andas a la alcaldía a aquellos despojos casi esqueléticos para cebarlos con abundante cordero y otras viandas.

Álvaro Van den Brule

Cuando los estirados anglosajones se dieron cuenta de la increíble fuga, aquellos marinos peninsulares ya estaban tomando Calvados y Beaujolais aderezados con los buenos quesos de la zona bretona.

Un hito olvidado el de los 15 de Winchester que da para un peliculón. En 1780 fue publicado el hecho en la Gaceta de Madrid y hubo de repetirse la tirada hasta once veces pues todas y cada una de ellas se agotaban al instante.

Impresiona que la “peña” se sepa las alineaciones de su equipo de fútbol e ignore olímpicamente la potente historia de nuestro país.

España, que karma.

P.D.: Todos estos hechos están recogidos en las obras de Alejandro Barreiro García, novelista, cuyos datos están basados en hechos reales.

Origen: La fuga española más audaz de la historia: ‘los 15 de Winchester’ que dieron esquinazo a los ingleses

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