La heroica actuación de los 700 españoles que defendieron Viena del asedio turco de 1529

Detalle de unos arcabuceros españoles en un cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau - Vídeo: Así resistió Viena el asedio otomano en 1529
Detalle de unos arcabuceros españoles en un cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau – Vídeo: Así resistió Viena el asedio otomano en 1529

En la obra «El sitio de Viena, 1529» (HRM Ediciones), el historiador Rubén Sáez Abad narra con tremendo detalle el esfuerzo militar que hizo la población de Viena y los Habsburgo para salvarse de un asedio que hubiera cambiado el mapa de Europa

Antes de Lepanto, los cristianos habían obtenido muy pocas alegrías en su pulso contra el imbatible Imperio otomano. La única estrategia posible hasta ese momento era defensiva y las escasas victorias se habían reducido a salvar ciudades e islas del saqueo. La victoria de Solimán I en la batalla de Mohács (1526) no solo supuso la casi destrucción de la Hungría cristiana, país que había frenado las acometidas turcas durante décadas, sino que dio vía libre a los musulmanes para entrar hasta el corazón de Europa.

En 1529, Solimán el Magnífico quiso poner la guinda a su racha de victorias, de Belgrado a Budapest, con la conquista de Viena, que en esas fechas se había atrevido a ganar terreno en Hungría. La ciudad de Habsburgo, gobernada por el hermano de Carlos V, el archiduque Fernando, debió enfrentarse con apenas 20.000 hombres a un ejército aproximado de 150.000 turcos y más de 300 cañones. En la obra «El sitio de Viena, 1529» (HRM Ediciones), el historiador Rubén Sáez Abad narra con tremendo detalle el esfuerzo militar que hizo la población de Viena y los Habsburgo para salvarse de un aguijonazo de tales proporciones.

Inferioridad numérica

El mando supremo de la defensa cayó sobre Pfalzgraf Philip, pero el alma moral del asedio fue el veterano Conde de Salm. Juntos ordenaron reforzar en poco tiempo las murallas, bastiones y rampas de acceso a una ciudad que, en esos años, estaba muy lejos del tamaño que habría de adquirir en los siguientes siglos.

Portada de «El sitio de Viena, 1529» (HRM Ediciones)
Portada de «El sitio de Viena, 1529» (HRM Ediciones)

«El grosor de las murallas era de tan solo seis pies de anchura, unas dimensiones idóneas para el tipo de guerra desarrollada en el periodo medieval pero que se antojaba insuficiente para contrarrestar la potencia de los cañones otomanos. Si 70 años antes las murallas de Constantinopla, con una potencia constructiva descomunal, no habían podido resistir el fuego turco, mucho menos se esperaba de los muros vieneses. También la empalizada exterior, levantada como defensa avanzada para proteger los muros por su parte delantera, era frágil y parecía insuficiente para proteger los muros», señala Sáez Abad.

La mayor parte de mujeres y niños fueron evacuados a tiempo de Viena y solo un pequeño grupo de habitantes del lugar formaron parte de la guardia cívica. A la población que decidió continuar en la urbe se le pidió que almacenara todas las provisiones posibles, arrancara los adoquines de las calles para que no rebotasen las balas turcas y ayudara en la defensa. En el interior de Viena se formó una ciudadela a modo de última posición en caso de que cayeran las murallas.

Carlos V, que en ese momento estaba entretenido intentando frenar el avance del corsario Barbarroja por Argel, Túnez y otros territorios del norte de África, organizó con los escasos medios a su alcance en ese momento un socorro a Viena. Un combate directo estaba fuera del alcance imperial con tan pocos soldados, por lo que el socorro terminó limitándose a colar efectivos cuando fue posible dentro de los muros. Francisco I de Francia, aliado de Solimán, también aprovechó la ocasión para atacar los territorios españoles de Italia y, con ello, frenar la posible respuesta de Carlos.

Esta infantería de élite se destacó en la defenda de la zona norte y evitó con fuego a discreción que los turcos se acomodaran en las vegas del Danubio

La Reina María de Hungría, también hermana de Carlos V, envió a Viena 1.000 lansquenetes alemanes (un tipo de mercenario muy valorado), encabezados por el veterano conde Niklas Salm, y 700 arcabuceros españoles. Los españoles estuvieron al mando del mariscal Luis de Ávalos, siendo capitanes Juan de Salinas, Jaime García de Guzmán, Jorge Manrique y Cristóbal de Aranda. Esta infantería de élite se destacó en la defenda de la zona norte y evitó con fuego a discreción que los turcos se acomodaran en las vegas del Danubio, cerca de las murallas, donde podrían haber abierto brecha con el espacio suficiente para trabajar. Los soldados de élite construyeron, además, empalizadas adicionales y fosos trampa que serían fundamentales a la larga.

Ilustración de unos jenízaros del siglo XVI y XVII.
Ilustración de unos jenízaros del siglo XVI y XVII.

Comienzan a sonar las bombas

El 21 de septiembre, la caballería ligera turca (los akinci) hicieron una primera exploración del terreno y se dedicaron a saquear los alrededores de Viena. Una vez rodeada la ciudad de decenas de miles de soldados turcos, dispuestos a cavar y cavar minas y trincheras, Solimán El Magnífico anunció que si la ciudad se rendía a todos sus pobladores les sería perdonada la vida una vez se convirtieran al Islam.

Su oferta fue desechada y los cañones otomanos empezaron a rugir tres días después. «En vista de la falta de resultados de los cañonazos contra las murallas, los dirigentes turcos decidieron arrojar el grueso de los proyectiles de su artillería contra los edificios ubicados dentro de la ciudad», narra Sáez Abad sobre la estrategia musulmana para erosionar la moral de la ciudad.

El joven Fernando I en 1521, por Hans Maler.
El joven Fernando I en 1521, por Hans Maler.

Los cristianos se defendieron del asedio por tierra, mar (el sultán logró formar una flota fluvial de 400 barcos) y aire lanzando salidas destinadas a entretener las obras enemigas y, de paso, mantener la moral alta. Luis de Ávalos encabezó en estos golpes de mano a los españoles, especializados en este tipo de maniobras tan flexibles como poco convencionales. No obstante, sería el General Invierno quien más esperanzas dio a Viena. La lluvia y el frío aparecieron en la zona por sorpresa, en torno al día de San Miguel, convirtiendo el campamento otomano en un barrizal inmundo.

Con la artillería en parte bloqueada por las inclemencias, el ejército otomano se enfrentó al reto de derrumbar las murallas vienesas a base de minas subterráneas y de brechas por las que lanzar asaltos masivos que sacaran rédito a su abrumadora mayoría numérica. Los soldados turcos cavaron minas en medio del fuego enemigo, y una de ellas abrió el día 11 de octubre una brecha de cierta entidad junto a las puertas Carintia y Stuben. En ese espacio minúsculo entraron varias columnas de jenízaros (las tropas de élite turcas) para enfrentarse a alemanes, vieneses y españoles, que en una formación cerrada no solo lograron mantener la posición, sino que neutralizaron a la flor y nata de las filas otomanas con muy pocas bajas.

Los soldados turcos cavaron minas en medio del fuego enemigo, y una de ellas abrió el día 11 de octubre una brecha de cierta entidad

Días después se produjo una nueva acometida, mina incluida, sobre esta misma brecha que terminó también en baño de sangre. Cuenta una leyenda muy conocida en Viena que dos oficiales, uno portugués y otro alemán, se encontraban resolviendo mediante duelo un asunto personal cuando se vieron en medio del ataque otomano. Ambos cristianos dejaron de pelear entre sí y se unieron para luchar contra los musulmanes. Uno de ellos perdió el brazo derecho y el otro el izquierdo, de modo que decidieron luchar pegados hasta que los enemigos acabaron con su vida. Su sacrificio y el de muchos más evitó que los otomanos avanzaran hacia las calles vienesas.

Las tropas del sultán contra los elementos

Pasaba ya un mes de un sitio que Solimán había imaginado fácil, cuando los mandos turcos recomendaron la retirada. Sin poder minar las murallas ni pisar las calles de la ciudad, la pérdida de decenas de miles de hombres en vano y la llegada del otoño obligó al sultán otomano a dar la orden de volver a casa. No obstante, el retorno de estas tropas desmoralizadas y agotadas hacia Constantinopla a través de caminos inundados por las lluvias otoñales resultó la segunda parte de la pesadilla. Se calcula que en la campaña perdieron la vida entre 30.000 y 80.000 turcos.

Solimán se resarció del fracaso quemando todo a su paso y reforzando su control sobre el sur de Hungría, que tardaría más de dos siglos en deshacerse del control musulmán.

Plano circular de Viena, tomando como centro la Catedral de San Esteban.
Plano circular de Viena, tomando como centro la Catedral de San Esteban.

Más allá del factor meteorológico (Solimán emprendió el asedio demasiado avanzada la temporada otoñal), Rubén Sáez Abad atribuye en su libro el éxito cristiano «al heroico comportamiento de la guarnición, que en todo momento estuvo a la altura de las circunstancias. En ningún momento perdió la compostura, conscientes de que ya nada quedaba tras ella y se encontraban defendiendo la capital imperial. […] El resultado fue una de las más heroicas defensas protagonizadas por una plaza fuerte frente al mayor y más preparado ejército de la época».

Uno de esos bravos defensores, el Conde Salm, de 70 años, murió a consecuencia de las heridas producidas en uno de los últimos asaltos turcos. No vivió para conocer los siguientes episodios de la larga guerra entre el Sacro Imperio y la Sublime Puerta. La capital imperial siguió en primera línea de fuego y fue objeto de recurrentes asedios hasta el año 1683, cuando la ciudad rechazó definitivamente a los otomanos y los Habsburgo asumieron una estrategia claramente ofensiva.

Origen: La heroica actuación de los 700 españoles que defendieron Viena del asedio turco de 1529

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