La muerte de Enrique El Impotente, el misterio sin resolver que cambió la historia de la Monarquía

Los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla.
Los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla.

Juan Pacheco, Marqués de Villena, falleció en octubre de 1474 de manera fulminante debido a un «apostema que le salió en la garganta, echando sangre por la boca», como apuntaron los cronistas, y dos meses después le siguió el Rey de Castilla

El siglo XV fue el de los venenos, las traiciones y los puñales guardados en las mangas. Y fue también el que vivió el ascenso de los Reyes Católicos, que debieron abrirse paso hasta el trono por encima de candidatos y familiares que estaban por delante de ellos en la línea sucesoria. Resulta tentador, y así se ha hecho a lo largo de la historia, unir ambos cabos para presentar a Isabel y Fernando como unos magnicidas, responsables de la muerte del Infante Alfonso, el Rey Enrique IV de Castilla, el valido Juan Pacheco o del aragonés Carlos de Viana, pero la realidad es que no existe ninguna prueba científica que demuestra la mano de los monarcas en estas muertes que situaron la corona de los grandes reinos españoles sobre sus cabezas.

Especialmente controvertido fue el caso de Enrique El Impotente, hermanastro de Isabel, por las consecuencias políticas que tuvo su muerte y por lo próxima que estuvo a la suya la de su favorito. Juan Pacheco, Marqués de Villena, falleció en octubre de 1474 de manera fulminante debido a un «apostema que le salió en la garganta, echando sangre por la boca», como apuntaron los cronistas. Bien pudo tratarse de un cáncer de garganta (laringe) lo que acabó con la vida a los 55 años de este marqués que conspiraba más que respiraba, pero ya entonces fue muy comentada la posibilidad del envenenamiento.

Solo dos meses después, el Rey enfermó también cuando estaba de caza en Madrid y apenas tuvo tiempo de que le atendieran los médicos o de que escribiera un nuevo testamento antes de exhalar su último aliento. El cronista Fernando del Pulgar relató así el acontecimiento:

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«E luego el rey vino para la villa de Madrid, é dende á quince días gele agravió la dolencia que tenía é murió allí en el alcázar á onze dias del mes de Diciembre deste año de mil é quatrocentos é setenta é quatro años, a las once horas de la noche: murió de edad de cincuenta años, era home de buena complexión, no bebía vino; pero era doliente de la hijada é de piedra; y esta dolencia le fatigaba mucho a menudo».

El arsénico, sospechoso habitual

La muerte de Enrique sin dejar más hijo legítimo que su hija Juana, llamada con malicia la Beltraneja por considerarla hija de uno de los favoritos del Rey, inició un conflicto sucesorio del que saldría triunfante Isabel, a la que el Monarca había nombrado su heredera años antes y luego vuelto a desheredar. Las sospechas que apuntaban a los Reyes Católicos, grandes beneficiados de la muerte, como ejecutores del envenenamiento fueron esgrimidas durante años por la propaganda de sus enemigos.

Juana, Reina consorte de Portugal.
Juana, Reina consorte de Portugal.

Un manifiesto favorable a Juana la Beltraneja, descubierto en la Universidad de Harvard hace pocos años por el investigador Alberto García Gil, autor de varios libros al respecto, renovó la teoría de que el origen del deterioro inmediato de la salud del Rey habría estado en una cena celebrada un año antes en Segovia con Isabel y Fernando. En este encuentro pensado para rebajar las tensiones entre hermanastros, el Rey comenzó a sentirse mal y a tener problemas digestivos. Días antes de morir sufrió grandes vómitos y se encontró cada vez más afectado.

El texto, con la firma de Juana la Beltraneja, sostiene que Isabel La Católica ordenó envenenar a su hermano para acelerar su ascenso al trono «por cobdicia desordenada de reynar», junto a Fernando de Aragón, quienes «acordaron, e trataron ellos, e otros por ellos, e fueron e fabla e consejo de lo facen dar (…) ponçoña de que después falleció». No obstante, Juana y su tía estaban sumidas en una guerra de tintes internacionales, con Francia y Portugal medrando a su favor, por lo que cualquier manifiesto suyo resulta poco esclarecedor si no se acompaña de otras pruebas.

Juana y su tía estaban sumidas en una guerra de tintes internacionales, con Francia y Portugal medrando a su favor, por lo que cualquier manifiesto suyo resulta poco esclarecedor

¿Alguien las ha podido encontrar? Gregorio Marañón, autor del clásico ‘Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla’, ya defendió en su día que ni la nefritis, ni una lesión cardiaca, ni un cáncer encajaban tan bien en el diagnóstico como el envenenamiento, «tal vez el arsénico, el más usado por entonces, en cuya fase final hay una intensa gastroenteritis sanguinolenta anasarca». Así y todo, su estudio médico del personaje, que completó en 1947 con un informe de la momia de Enrique, presenta un rompecabezas de patologías y síntomas casi imposible de unir. Nada apunta al envenenamiento, y sí a una salud cada año más deteriorada.

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El rompecabezas

Gregorio Marañón planteaba que el Rey sufrió a lo largo de su vida una «displásico eunucoide con reacción acromegálica» de carácter hereditario, según la nomenclatura de la época, que no solo entorpeció el completo desarrollo sexual del Rey sino que le provocó ser estéril.

Enrique El Impotente.
Enrique El Impotente.

En fechas más recientes, el urólogo Emilio Maganto Pavón considera en su obra ‘Enrique IV de Castilla (1454-1474). Un singular enfermo urológico’ que el diagnóstico del célebre médico es incompleto y señala que el origen del desorden hormonal era más bien un síndrome de neoplasia endocrina múltiple (MEN) producido por un tumor hipofisario productor de la hormona del crecimiento y la prolactina.

En ambos casos, el estudio de la momia de Enrique IV, perfectamente conservada, sirvió para corroborar las graves carencias hormonales que mostraba el cuerpo del castellano. Así se pudo observar que el Monarca tenía una frente amplia, que las manos (de un tamaño desproporcionado) tenían largos y recios dedos, y que había un pie valgo (desviado). Las manos gigantes de Enrique IV pudieron originar, a su vez, la fobia al contacto humano que las crónicas identifican como un rasgo de su antipatía y problemas para relacionarse. Y la deformación de uno de sus pies explicaría, según la obra del propio Marañón, en cierto modo, la torpeza de movimientos del Monarca descrita en casi todos los escritos.

Estos rasgos anómalos y los síntomas no pudieron ser identificados por los médicos de la época en su conjunto, ni nadie pudo darse cuenta del grave proceso del que era objeto el castellano. Ni siquiera hoy es posible hacer un diagnóstico definitivo sobre el génesis del desorden hormonal que sufrió el Rey desde la pubertad. Tan solo es fiable enumerar los síntomas descritos en los textos históricos. Enrique IV padeció impotencia, anomalía peneana, infertilidad, malformación en sus genitales, litiasis renal crónica (mal de ijada, de piedra y dolor de costado) y hematuria (flujo de sangre por la orina). Precisamente, estos problemas urológicos pudieron estar detrás de su fallecimiento el 11 de diciembre de 1474 a causa de una obstrucción de la orina

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Origen: La muerte de Enrique El Impotente, el misterio sin resolver que cambió la historia de la Monarquía

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