Letales y españoles: los olvidados gladiadores de Hispania que enorgullecían al Imperio romano

Pintura que recrea las luchas de gladiadores ABC
Pintura que recrea las luchas de gladiadores ABC

Desde hace más de siete décadas se han identificado medio centenar de gladiadores en España, así como una escuela gladiatoria en Barcelona

Cae el sol y un grupo de hombres fornidos plantado en la arena del Coliseo grita al unísono la frase más famosa de la historia de Roma: «¡Ave caesar, morituri te salutan!». A continuación, luchan, espada en mano, hasta que solo queda uno. ¿Les suena? Esta es la imagen que se ha vendido de los gladiadores, pero no podría ser más errónea. No fallecían, pues era muy caro entrenarlos, combatían en la arena de los anfiteatros y, aunque nos duela, jamás pronunciaron aquella máxima tan manida. Pero seamos comprensivos. El ‘munus’, los combates gladiatorios, fueron el más popular de los espectáculos romanos. Y, como tal, no es raro que hayan sido mitificados en todos los lugares que pisaron las legiones. Entre ellos, Hispania, dónde hay constancia de hasta media docena de luchadores.

La historia de estos gladiadores no fue recogida por los grandes autores clásicos y, por tanto, no ha sido replicada tampoco en los ensayos modernos. Pero sus vidas no pasaron por alto en la Hispania del siglo I d.C. Cuán número de vítores no obtendrían del público, que los antiguos dejaron constancia de sus nombres y de sus gestas en una serie de inscripciones sobre lápidas que fueron halladas en Córdoba en la década de 1950. Según los expertos, habrían luchado en una serie de exhibiciones que se celebraron en el primer tercio de siglo en la provincia Bética, por entonces una de las más ricas del Imperio romano. La misma en la que se edificó el tercer anfiteatro más grande del mundo.

Gladiadores en Hispania

Uno de los primeros héroes hispanos de los que se tiene constancia fue Quintius Vettius Gracilis. Los pormenores de su vida, desvelados por el historiador Antonio García y Bellido –nacido en 1903–, no tienen desperdicio, aunque son escasos. La inscripción hallada en Córdoba reseña que murió en Nemausu joven, a los 25 años, y que se enfrentaba a sus enemigos con las técnicas del pueblo tracio, ubicado en la península balcánica. Tal y como explica el doctor en Historia Alfonso Mañas en ‘Gladiadores, el gran espectáculo de Roma‘, este tipo de gladiadores fueron alumbrados en Roma en el 80 a.C., cuando Sila llevó hasta la capital a un grupo de prisioneros de guerra del ejército de Mitrídates. Cuando pisaron la arena, sus compañeros copiaron sus técnicas.

Como gladiador que combatía al modo tracio, Vettius portaba una ‘parma’ –un pequeño escudo rectangular o cuadrado– en la mano izquierda y la ‘sica’ –una daga de hoja curva o en forma de ‘L’– en la derecha. Sus defensas eran la ‘ocreae’ –una greba decorada que le cubría la pierna derecha y que compensaba el escaso tamaño del escudo– y una ‘manica’ o brazal de cuero en el brazo diestro. Así ganó tres coronas de laurel como premio a sus múltiples victorias. Aunque misterio sigue, pues no podemos conocer el número exacto de batallas en las que derrotó a su contrincante. En palabras de García y Bellido, la inscripción de su lápida se la puso su entrenador, L. Sestius Latinus, y es posible que fuera un ‘autoratus’ o condenado.

Representación clásica de los gladiadores

El segundo gladiador hispano del que queda constancia en Córdoba se llamaba Smaragdo y esconde una historia todavía más escueta que la de su colega. Tan solo sabemos que era gaditano, que probablemente era un esclavo y que fue su esposa quien levantó la lápida en su honor. Poco más. No se especifican ni el número de combates, ni la edad a la que falleció, ni si obtuvo o no coronas como premio. Lo que sí se señala es que su especialidad era la de ‘hoplomachus’. Según el historiador Pliny O’Brian, este tipo de gladiadores salían a la arena con un escudo circular, una armadura completa y un casco. Y, como armas ofensivas, una lanza y una espada corta. Eran los carros de combate de la época.

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El tercero en discordia fue un gladiador cuya inscripción, dañada, no pudo interpretar García y Bellido. De este héroe anónimo tan solo sabemos que luchaba también al modo tracio. Poco más. El experto español sospecha también que una de las palabras que se aprecia en la leyenda, ‘Sagitta…’, hace referencia a ‘Sagittarius’. Los ‘sagitari’ eran un tipo curioso de luchadores de la arena, pues iban equipados con arcos y combatían a lomos de un caballo. Se cree que su equipo se componía de casco, ‘balteus’ (una correa para el hombro) y ‘lorica’ (un armadura que les cubría el torso). Junto a este guerrero desconocido fue enterrado otro hispano, aunque tampoco se sabe mucho de él.

Hispano y vacceo

Pero ni Quintius Vettius Gracilis, ni Smaragdo. El gladiador hispano del que tenemos más información fue Marcus Ulpius Aracintus. Aunque su historia navega entre la realidad palpable y la suposición basada en hechos reales. García y Bellido, basándose en la inscripción hallada en Córdoba sobre este personaje, arguye que fue un vacceo –pueblo afincado en la cuenca del Duero–que fue reclutado por el emperador Trajano para combatir en alguno de sus muchos cuerpos auxiliares. No resulta extraño, pues los compatriotas de nuestro protagonista contaban con una buena reputación militar por haber plantado cara a las legiones romanas de la era republicana.

Relieve de gladiadores del siglo I D.C.

Con todo, resulta difícil seguirle la pista, pues los autores clásicos no refieren la existencia de ninguna columna auxiliar vaccea. En palabras del historiador español, lo más probable es que Aracintus se marchara a pueblos cercanos, los que habitaban los arévacos y los vetones, y, ya allí, se enrolara en las legiones romanas. La inscripción desvela que luchó once veces y que, en el momento de fallecer, había ascendido a ‘primus palus’. Antes, por tanto, había tenido que pasar por ‘quartus palus’ –título entregado por sobrevivir al primer combate–, ‘tertius palus’ y ‘secundus palus’. Los dos últimos, concedidos por obtener más y más victorias.

«Si lograba vencer un determinado número de combates, o mostraba gran destreza en algunas de sus victorias, el gladiador recibía el título de ‘primus palus’. Este título sería concedido por el colegio de ‘summae rudes’ que existía en cada ciudad con anfiteatro (en el Coliseo lo concedía el colegio de ‘summae rudes’ de Roma). Esto implica que los miembros de esos colegios presenciaban los combates (incluido el ‘summa rudis’ que arbitraba los combates, auxiliado por el ‘seconda rudis’), tras los cuales decidían si alguno de los combatientes era digno de recibir el título de ‘primus palus’», explica en su ensayo Mañas.

¿Es posible que hubiera más hispanos sobre la arena de los anfiteatros? En el dossier ‘La participación hispana en los juegos de Olimpia y el Imperio romano’, Juan Serrano Sayas confirma que el número fue reducido porque la Ciudad Eterna reclutó un número escaso de soldados en la Penísnula. Sin embargo, también especifica que una inscripción encontrada en Barcelona confirma que hubo una escuela de gladiadores en Hispania y que a su cargo se hallaba un tal L. Didius Marinus, ‘procurator familiarum per Galias, Bretanniam, Hispanias, Germanias et Raetiam’. «Era, pues, una suerte de inspector general de aquellas tierras y provincias», completa el experto.

Las escuelas como la de Barcelona eran el corazón de los combates; el lugar en el que aprendían los novatos a golpe de trabajo constante por parte del ‘lanista’, el dueño del ‘ludus’ en el que se compraba y entrenaba a los gladiadores. Todo comenzaba con la llegada de los nuevos reclutas. La mayoría, esclavos y voluntarios con el suficiente naso como para poner su integridad física en juego a cambio de paladear las suculentas mieles de la gloria que se adquiría en aquel espectáculo. El profesor emérito de la Universidad de California Robert C Knapp así lo señala es su concienzuda obra ‘Los olvidados de Roma’, en la que confirma que no era extraño que los «hombres libres» decidieran formar parte de la familia gladiatoria.

Borea, un leonés conocido en el Imperio romano

Aunque no contara con una lápida en Córdoba, Borea fue también uno de los gladiadores más populares del Imperio romano. Alumbrado en territorio astur, en La Bañeza, para ser más concretos, es conocido hoy por haber recibido una tésarea, una distinción que se entregaba a estos combatientes tras haber sido liberados por su excepcional carrera. Junto a Spiculus, el predilecto de Nerón, era uno de los luchadores más famosos de la época. Sobre el terreno era un ‘provocator’, los primeros que salían al ruedo.

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Una vez en la arena del ‘ludus’, aquellos desgraciados recibían una espada roma de madera y pasaban por varias pruebas en las que se analizaban sus capacidades. En este primer punto no se prestaba especial atención a cómo combatían, sino más bien a si podían ofrecer o no un buen espectáculo en la arena. Se estudiaban su velocidad, sus capacidades físicas, su agilidad… y un largo etc. Si demostraba no ser demasiado ducho en el arte de la lucha, el aspirante era enviado a los ‘gragarii’, grupos grandes que combatían en conjunto para suplir su torpeza. En caso contrario se le mandaba a aprender el oficio de verdad. Si era más robusto, a las armas pesadas y, si era más liviano, a las ligeras.

El soldado capaz era conocido a partir de entonces como ‘tiro’ o ‘novicius’ (condición que no perdía hasta superar su primer combate) y pasaba a ser entrenado por dos personajes. El primero era el ‘doctor’, un gladiador retirado que había destacado en la arena en un tipo determinado de lucha y que instruía a sus pupilos a nivel teórico debido a su avanzada edad. El segundo era el ‘magister’, un veterano de los anfiteatros más joven que no tenía problemas a la hora de enfrentarse a los reclutas y mostrarles, de primera mano, las mejores técnicas para derrotar a sus enemigos. A continuación, el aspirante combatía (con armas romas, eso sí) contra sus compañeros para empezar a curtirse. El mismo César hizo referencia a esta estructura en uno de sus múltiples escritos: «El lanista hacía a los gladiadores entrenar a los tirones».

Origen: Letales y españoles: los olvidados gladiadores de Hispania que enorgullecían al Imperio romano

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