Los 10.000 voluntarios ingleses olvidados que lucharon y murieron por la Monarquía española en 1835

Imagen del general George Lacy Evans, con dos de las banderas españolas de la Legión británica que comandó en la Primera Guerra Carlista, conservadas en el
Imagen del general George Lacy Evans, con dos de las banderas españolas de la Legión británica que comandó en la Primera Guerra Carlista, conservadas en el

Dos años después del estallido de la Primera Guerra Carlista, el Gobierno de Gran Bretaña permitió que se organizara un cuerpo de ciudadanos dispuestos a ir a España para luchar por los intereses de la joven Reina Isabel, bajo el mando del general Lacy Evans. Se presentaron miles y algunos, hasta hicieron cola durante ocho días para embarcar

«Boletín de Álava», 21 de julio de 1835: «Tengo la satisfacción de comunicar que, a las nueve y medía de esta mañana, en medio de salvas, repique de campanas y bandas de música, ha entrado en este puerto un vapor inglés con un batallón de 500 hombres. Deberán seguirles otros 10.000 que debían embarcarse el día 12». Con estas palabras se enteró Guipúzcoa y España entera de la llegada de los primeros voluntarios británicos que, durante tres años, combatirían y sufrirían todo tipo de calamidades para apoyar la causa liberal contra los carlistas y su intento de imponer en España un régimen absolutista.

Hacía dos años que había muerto Fernando VII y había estallado en España la Primera Guerra Carlista

. La conocida en aquellos años como la «Primera Guerra Civil española», a la que se llegó después de que el Rey, muy enfermo en La Granja en 1932, decidiera derogar la Ley Sálica para asegurar la sucesión de su hija Isabel. Aquello fue como un jarro de agua fría para su hermano, el infante don Carlos, que se veía ya con la corona en la cabeza al no tener su moribundo hijos varones. Pero no. El Monarca nombró regente a María Cristina hasta que su heredera, de solo tres años, cumpliera la mayoría de edad.

Cuando Fernando VII murió definitivamente el 29 de septiembre de 1833, María Cristina ya se había acercado a los liberales, excarcelando a muchos de ellos. Carlos, harto de fracasar en sus intentos de hacerse con el poder, el mismo día del fallecimiento de Fernando VII lanzó un manifiesto reclamando la corona. Y una semana después se proclamó Rey de España en la localidad de Tricio (La Rioja), dando comienzo a una guerra que acabaría con la vida de 150.000 personas en siete años.

«Foreign Enlistment Bill»

El Gobierno de Gran Bretaña, a pesar de mostrar simpatía por la causa isabelina, se posicionó públicamente por la no intervención. Aquel asalto a la legalidad de España por parte de los carlistas contaba con numerosos partidarios en Inglaterra. Los tories, de hecho, lo manifestaban a diario en la prensa, así que no se atrevió a involucrar a su Ejército. Mientras, las tropas del insurgente Zumalacárregui causaban estragos en el Ejército español y, al final, el primer ministro inglés realizó un movimiento hábil: permitió que se organizara un cuerpo de voluntarios no profesionales dispuestos a ir a España para luchar por la Monarquía y defender los intereses de la joven Reina Isabel.

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Y no fue fácil, porque las propias leyes británicas prohibían el alistamiento de súbditos al servicio de potencias extranjeras sin el consentimiento del soberano. Era la conocida «Foreign Enlistment Bill». Guillermo IV, sin embargo, acabó suprimiendo este escollo e hizo público «el deseo de Su Majestad de que sus súbditos tomasen parte en la empresa». Y prometió, además, que proporcionaría las armas y el resto del equipo a todos aquellos voluntarios que quisieran ir a España.

¿Se imaginan a ingleses jugándose la vida de por el Rey de España dejando a sus familias en casa? Pues sí, y lo cierto es que no hubo prácticamente ningún problema a la hora de encontrar voluntarios. En parte, por la difícil situación económica que atravesaba el Reino Unido. El número exacto nunca se ha conocido, pero sabemos que hacia finales de octubre de 1835, la conocida como «Legión auxiliar inglesa» ya contaba en la costa cantábrica con 7.000 u 8.000 hombres, aproximadamente, según las cifras aportadas por José Miguel Santamaría en su tesis «British Auxiliary Legion: Aportación británica a la primera guerra» (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2011). Y se componían de 3.200 ingleses, 2.800 irlandeses y 1.800 escoceses.Soldados de Guipúzcoa, llamados chapelzuris por sus boinas blancas, combaten a los británicos en la batalla de Oriamendi

Entre 10.000 y 12.000 voluntarios

Para este autor, «de acuerdo con la documentación estudiada, se puede afirmar que pasarían por la filas de esta legión entre diez y doce mil hombres, incluyendo los distintos grupos de reclutas que se fueron incorporando a lo largo de los casi tres años de servicio». Todos ellos se dividían en dos regimientos de lanceros, un regimiento reforzado de rifles, dos regimientos escoceses de infantería, otros tres irlandeses y cinco ingleses más, así como un excelente cuerpo de artillería, sanidad militar e Intendencia.

Según informaba en la «Revista Española» el 5 de agosto de 1835, los voluntarios se amontonaron en Londres nada más abrirse las oficinas para alistarse. Algunos llevaban esperando hasta ocho días en las puertas de los locales hasta que, por fin, pudieron embarcar hacia la península. «Las noticias de San Sebastián hablan favorablemente de la buena armonía que reina entre las tropas inglesas y españolas. Se estaba preparando todo para facilitar la salida de los auxiliares al teatro de la guerra, pero este movimiento no podría ejecutarse hasta después de llegar el general Evans», podía leerse en la publicación.

Se refería a George Lacy Evans, el hombre al mando de aquel ejército de voluntarios. Era un diputado por Westminster del Parlamento británico con experiencia militar, aunque no a ese nivel, que había luchado en España contra los franceses durante la Guerra de Independencia, más tarde en Estados Unidos contra los americanos y en la batalla de Waterloo contra Napoleón, antes de llegar ahora al País vasco. Los carlistas estaban en plena expansión en el momento de su llegada. Sus hombres no tardaron en realizar los primeros sacrificios por la Reina Isabel debido a la epidemia sufrida en Vitoria durante el invierno de 1835: dos de sus regimientos quedaron disueltos por las muertes y los supervivientes a la enfermedad pasaron a cubrir las bajas del resto de cuerpos.

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La mala prensa

Los periódicos tories ingleses cargaron contra ellos, destacando sus errores y tildándolos a todos de sanguinarios, crueles, borrachos, camorristas y otros epítetos semejantes. El «Annual Register», por ejemplo, afirmaba que eran haraganes de Londres, Manchester y Glasgow. Y cuando seguían presentándose voluntarios en Escocia, un reputado banquero llegó a felicitar al oficial encargado de reunirlos por dejarle la ciudad limpia de truhanes.

Así estaban las cosas cuando Evans –tras ponerse bajo las órdenes del general Luis Fernández de Córdova sin rechistar– ya había comenzado las primeras escaramuzas en Hernani y los alrededores de Vitoria, donde se ubicó con sus hombres principalmente. La prensa española pronto se hizo eco de sus andanzas: «Parece que los generales han quedado satisfechos uno con el otro, y yo mismo he oído decir al general Córdova que el señor Evans ha manifestado los más vivos deseos de emplearse inmediatamente de manera activa contra los enemigos […]. Evans me ha parecido más español que inglés en su figura y su carácter. Alto, delgado, de color moreno, con ojos negros y vivos y una fisonomía expresiva en extremo. Su genio es franco y sus modales sueltos», describía «El Español», el 14 de noviembre de 1835.

Dos años estuvo combatiendo esta legión de voluntarios ingleses, los pactados con la regente María Cristina antes de partir hacia España. Su unidad participó en 1836 en mantener franco el puerto y la fortaleza del monte Urgull de San Sebastián ante los intentos carlistas de sitiar la ciudad. También evitó también la conquista del puerto de Pasajes, a pesar de perder algunos hombres. Y durante el sitio de Bilbao, se pusieron a las órdenes de Baldomero Espartero para liberar la ciudad. De hecho, no se hubiera conseguido sin el apoyo de Evans y sus hombres desde Portugalete.

La guerra por Navarra

Cuando el infante don Carlos organizó la Expedición Real, la Legión Británica siguió combatiendo y acosando sin descanso en su retaguardia. Llegó a conquistar diversas ciudades en la zona del actual País Vasco, frenando el avance de los carlistas en Navarra. «En la tarde del día 14, el general Evans, al mando de la legión auxiliar inglesa, demostró de un modo brillante lo que puede ser el ejemplo de los jefes sobre sus soldados. Habiendo dado por casualidad con más de 200 enemigos, y sin otra gente que unos pocos oficiales de su estado mayor, 17 lanceros de la legión y un cortísimo número de infantes, atacó con mucha decisión y desconcertó al enemigo por el arrojo de su embestida. El mayor Rait consiguió entrar en las filas enemigas y causar mucho daño. Incluso hizo un prisionero que sacó con el cuchillo. Este encuentro sirve de muestra de lo que puede esperarse de nuestros dignos auxiliares ingleses, aunque desgraciadamente ha habido un lancero muerto y se perdió el caballo de uno de los ayudantes del general Evans», informaba la «Revista Española» el 20 de marzo de 1836.

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El grueso de los voluntarios británicos siguió combatiendo hasta el banquete que se organizó en San Sebastián, el 10 de junio de 1837, con motivo de la despedida de Lacy Evans. La unidad quedó disuelta, aunque entre 1.000 y 1.500 hombres decidieron quedarse en España para seguir combatiendo por la monarquía con la previa autorización de Espartero. Lucharon en diversos frentes, como es el caso de Andoain, pero las bajas fueron tan altas que la unidad acabó desapareciendo. Se cree que, en aquellos dos años, murieron alrededor de 2.400 ingleses. En el monte Urgull de San Sebastián aún existe el llamado cementerio de los ingleses, ubicado en un hueco de la ladera frente al mar, donde se encuentran enterrados ciudadanos británicos muertos en la ciudad durante la Primera Guerra Carlista y la Guerra de Independencia. En Santander hay otro pequeño cementerio protestante con un monumento funerario en homenaje a los voluntarios allí enterrados de la Legión británica.

Los carlistas perdieron la guerra y Evans volvió a Londres para continuar su vida de parlamentario, con alguna crítica en la mochila, hasta su muerte en 1870. La principal, que muchas veces dejaba que su posición política estuviera por encima de sus obligaciones como jefe de la Legión. «Esta crítica se agudizó, una vez licenciadas las tropas, con motivo de las reclamaciones económicas que los soldados y oficiales legionarios presentaron repetidas veces al gobierno español. Evans, a pesar de las promesas que hizo en San Sebastián durante el banquete de despedida, una vez en Inglaterra, no movió una sola mano en favor de sus hombres», explica Santamaría en su tesis.

Origen: Los 10.000 voluntarios ingleses olvidados que lucharon y murieron por la Monarquía española en 1835

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