Los diez héroes olvidados del Día D: así fue el primer salto en paracaídas sobre el infierno de Normandía

Paracaidistas canadienses durante los entrenamientos para el desembarco de Normandía
Paracaidistas canadienses durante los entrenamientos para el desembarco de Normandía

Casi nadie lo recuerda, pero una decena de soldados canadienses fueron la punta de lanza de la famosa Operación Overlord contra Hitler en la Francia ocupada que dio la vuelta a la Segunda Guerra Mundial… y así transcurrió su misión

En los tres cuartos de siglo que han transcurrido desde que se produjo el desembarco de Normandía en junio de 1944, los supervivientes canadienses han visto cómo su participación ha sido ninguneada y parcialmente olvidada en comparación con la de los británicos y estadounidenses. Sin embargo, su sacrificio en el Día D no solo fue importante, sino imprescindible para el éxito final de la operación que acabó expulsando a Hitler de Francia y cambió el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. En total, 15.000 soldados llenos de odio y ansias de venganza por la masacre que había sufrido en la batalla de Dieppe, contra los nazis, en agosto de 1942.

Aquella tragedia les convertía en los únicos con experiencia directa a la hora de atacar el Muro Atlántico de los nazis. Ni Estados Unidos, ni Gran Bretaña ni ningún otro país de todos los que participaron en el desembarco de Normandía sabía lo que implicaba una operación así, aunque Canadá hubiera tenido que pagar un precio muy alto por experimentarlo: novecientos muertos y mil novecientos soldados capturados que fueron enviados a campos de concentración. Muy pocos sobrevivieron a ese otro infierno.

El desembarco de Dieppe fue pesadilla que todavía hoy es considerada como uno de los mayores desastres de la historia de Canadá, como reflejó el máximo responsable de su Ejército, el general Harry Crerar, en su arenga a las tropas un día antes del Día D: «Los planes, los preparativos, los métodos y las técnicas que emplearemos se basan en el conocimiento y la experiencia adquiridos y pagados en Dieppe. La contribución de esa peligrosa operación no puede ser infravalorada. Demostraremos que fue el preludio esencial de nuestro próximo y definitivo éxito».

Las desconocida Compañía C

Después de sus palabras, Crerar ofreció a sus oficiales las banderas de Canadá para que las exhibieran en las sedes de sus brigadas por primera vez en la historia, como desvelan Manuel Pérez Villatoro y Pere Cardona en ‘Lo que nunca te contaron del Día D’ (Principal, 2019). Un gesto osado si tenemos en cuenta que todavía dependían políticamente de los británicos y tenían la obligación de luchar bajo la enseña de ellos. Estas no se parecían a las actuales, pero el general quiso dejar constancia en aquella gesta de que el suyo era ya un país que comenzaba a volar solo, alejado de la influencia de los ingleses.

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Esa misma idea la tenían también presentes los diez héroes que protagonizaron el primer salto sobre Normandía en la madrugada del 5 de agosto de 1942. Diez paracaidistas que se convirtieron en los primeros de entre los 157.000 soldados aliados que estaban listos para atacar por tierra y aire aquella medianoche. Saltaron antes que cualquiera de los 15.500 paracaidistas estadounidenses que iniciaron la operación y, por consiguiente, fueron igualmente los primeros de los más de dos millones de efectivos que participaron en Overlord… y formaban la Compañía C del 1er Batallón Canadiense.

Poco después de despegar a las 23.00, el teniente John Russell Madden tuvo que gritar por encima del ruido de los motores del bombardero Albemarle para que sus hombres le escucharan. Tenía solo 20 años, pero estaba al frente de los nueve paracaidistas de la mencionada compañía que se preparaban para saltar sobre la playa de Juno, en Normandía. Con la responsabilidad que implicaba ser la primera avanzadilla de la invasión, la tensión que se respiraba era insoportable. Además, apenas podían mantenerse en pie con los más de 45 kilos de equipo que cargaban y no eran capaces de ponerse completamente erguidos. El techo del avión era demasiado bajo.

Los sectores en que quedó dividida la playa de Juno fueron NanMike Love, aunque en este último no se produjo ningún desembarco. El primero debía ser conquistado por la 8ª Brigada de Infantería formada por las unidades The Queen’s Own Rifles of Canada y los North Shore Regiment, a los que seguirían otras tropas canadienses y británicas. Mientras que el segundo, por efectivos de la 7ª Brigada de Infantería, formada por los regimientos Royal Winnipeg Rifles y Scottish Canadian Rifles.

Las 0.20 horas

Nada de aquello importaba para nuestros paracaidistas. Tan solo tenían que esperar unos minutos hasta que el reloj marcase las 0.20. En ese momento, el piloto verde se encendería y ellos tendrían que lanzarse de cabeza y perderse en la oscuridad de la noche. Russell esperaba el momento arrodillado, con las manos apoyadas a ambos lados de la escotilla del suelo, mientras miraba hacia la bruma que se extendía abajo, sobre la costa. De repente, el Albemarle se precipitó hasta los 500 pies, la altura acordada para el salto. El teniente sería el primero e, inmediatamente después, le seguirían sus hombres con el objetivo de asegurar la zona sobre la que descenderían, 28 minutos después, otros dos batallones de paracaidistas: uno británico y otro canadiense.

Llegada la hora, a Russell le pareció oír a alguien que gritaba detrás de él: «¡Verde encendido!». El teniente vaciló: «¿Dijiste Verde?», preguntó a gritos por encima del estruendo. «Sí, dije verde», insistió la voz. Y se zambulló de cabeza sin pensárselo dos veces. Escuchó el fuerte crujido del paracaídas al abrirse y, después, el silencio. Cuando llegó al suelo localizó a cinco de sus soldados. De los otros cuatro, ni rastro. Cuando miró al cielo en busca de los Douglas C-47 Dakota que iban a traer al resto de paracaidistas… nada.

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Aterrorizado, pensó que la Operación Overlord se había pospuesto en el último segundo, como ya había ocurrido el día anterior por el mal tiempo. La confusión era tan grande allá arriba que es posible que no hubiera escuchado la orden de dar media vuelta en el instante de saltar. Tampoco tenía forma de saber si el resto de la compañía había saltado. «Dios mío, han decidido no continuar y hemos comenzado la invasión cinco muchachos y yo», pensó desconcertado.

«¿Dónde diablos estoy?»

Aunque el teniente Russell no lo sabía, no fue el único que se perdió. Según contó décadas después Jan de Vries, paracaidista de otro batallón canadiense, aterrizó a varios kilómetros de la zona prevista. «Me preguntaba dónde diablos estaba. Me pasé toda la noche tratando de encontrar en la oscuridad el punto de encuentro cerca de la costa de Juno, esquivando las patrullas enemigas durante todo el camino». Pero no estaban solos, la Operación Overlord sí que estaba en marcha y las próximas 24 horas iban a ser las más decisivas de toda la Segunda Guerra Mundial.

El joven teniente Russell y sus hombres seguían perdidos en la espesura de la noche cuando escucharon al Albemarle que los había transportado lanzar las primeras bombas. Solo en ese momento se aliviaron al saber que no estaban solos. Le siguió un grupo de bombarderos Lancaster, que dejaron caer otras cinco mil toneladas de explosivos más hasta poco después de las 5 de la madrugada. El objetivo de este primer movimiento era destrozar las defensas costeras alemanas y sembrar el caos entre los nazis, mientras los pilotos de combate recorrían los cielos, por encima de ellos, en busca de los cazas de la Luftwaffe.

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El resto de las tropas canadienses llevaban varias horas de travesía por el mar. El proceso de carga había durado cinco días en los que se habían calculado minuciosamente los vehículos y el número de soldados que debía transportar cada una de sus 110 embarcaciones, todos con sus mochilas de 27 kilogramos y sus fusiles Lee Enfield. A muchos de aquellos jóvenes se les quedó grabada la imagen «de miles y miles de barcos de todas clases extendiéndose por el horizonte» cuando estaban reunidos en la conocida Área Cebra —llamada coloquialmente «Picadilly Circus»—, en medio del Canal de la Mancha.

La Operación Overlord, en marcha

Todo estaba en marcha y Russell y sus nueve paracaidistas llevarían siempre con orgullo el haber sido los primeros de aquella operación que se había comenzado a preparar un año antes en secreto y que ahora continuaba en ocho kilómetros de playa que formaban Juno, entre las poblaciones de La Rivière y Saint-Aubin-sur-Mer. Un asalto especialmente peligroso, puesto que los pueblos se encontraban muy cerca de la costa y las casas se convertían en el refugio perfecto para los francotiradores alemanes, que podían acribillar con facilidad a todo aquel que asomara la cabeza por el agua o se apareciera por el cielo, como había hecho la Compañía C del 1er Batallón Canadiense.

El soldado Leonard W. Brockingham, que iba a bordo del destructor canadiense HMCS Sioux, contó años después que, durante la travesía, escuchó a un oficial británico sentado junto a él calificar la invasión como «lo que Felipe de España intentó y falló, lo que Napoleón quiso y no pudo y lo que Hitler nunca tuvo el coraje de intentar». «Entramos en esta fase decisiva de la lucha con plena fe en nuestra causa —añadió Crerar—, con una confianza serena en nuestras habilidades y con la determinación necesaria para terminar de manera rápida e inequívoca este trabajo que hemos venido a hacer en el extranjero».

Origen: Los diez héroes olvidados del Día D: así fue el primer salto en paracaídas sobre el infierno de Normandía

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