Los orígenes históricos de la Segunda Enmienda, un cheque en blanco para las poderosas milicias de EE.UU.

Washington cruza el río Delaware.
Washington cruza el río Delaware.

Con cada nueva masacre en las escuelas de EE.UU., reaparece en el país un debate, siempre sin resolver, sobre por qué tiene que ser tan laxo el derecho a la posesión de armas («right to bear arms»). Este derecho tiene su fuente en la Segunda Enmienda a la Constitución de EE.UU. que, literalmente, dice así: «Siendo una milicia bien regulada necesaria para la seguridad de un estado libre, el derecho del Pueblo a tener y portar armas no debe ser infringido».

A falta de un ejército y un Estado fuerte, las distintas constituciones de las 13 Colonias ya recogían las preocupaciones por la seguridad de sus habitantes y su derecho a defenderse de los enemigos externos e internos.

La Constitución de Pennsylvania de 1776 afirmó expresamente que «la gente tiene derecho a portar armas por la defensa de ellos mismos y el estado». Amparadas por estas leyes, la existencia de milicias ciudadanas armadas no hizo si no crecer con la Guerra de Independencia, donde el llamado Ejército Continental, junto con varias unidades de milicia regionales y estatales, se enfrentó al Ejército Británico, igualmente respaldado por milicias y mercenarios. El final del conflicto dejó un país militarizado, con una estructura federal y muy receloso del poder central.

La Carta de Derechos en los Archivos Nacionales.
La Carta de Derechos en los Archivos Nacionales.

El ejército permanente quedó reducido a la mínima expresión, con los antiguos líderes milicianos ocupando importantes cargos de poder. Sin embargo, la Convención de Filadelfia (1787) propuso concederle al Congreso más poder para levantar y mantener un ejército permanente y una armada de tamaño ilimitado. Esta medida, primer paso para el gran ejército que posteriormente tendría EE.UU, generó, a su vez, una reacción en contra de quienes defendían la necesidad de limitar de alguna manera el poder del Estado y de los militares. Era necesario, argumentaban los opositores de un estado tan fuerte, que el pueblo también pudiera armarse de manera ilimitada.

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En este contexto, justo cuando empezaban a modernizarse las armas de pólvora, surgió la segunda enmienda, una supuesta salvaguarda contra el Estado que regulaba de forma generosa el derecho a poseer estos artefactos. El texto de 1780 buscaba reconocer la importancia histórica de las milicias y, allí donde el Estado aún no tenía presencia, se diera cobertura legal a los ejércitos privados o grupos de autodefensa que se encargaban de la seguridad local. La conquista del Oeste se nutrió de este derecho a estar armado…

Una coma mal puesta

Desde entonces, la enmienda siempre ha sido objeto de debate interpretativo entre quienes lo consideran un derecho irrenunciable de los estadounidenses y quien la considera algo anacrónico, reservado solo a situaciones extraordinarias. Incluso hay quien defiende que se trata de una mala lectura sintáctica de la ley derivada de una coma mal colocada. En varias ocasiones desde 1939 se ha debatido legalmente esta interpretación, siendo la última ocasión 2008, cuando la última instancia judicial estadounidense volvió a plantear si se podía prohibir la posesión de un arma de fuego en el enclave federal de Washington en base a lo desfasado del texto.

¿El texto se refiere a que las milicias deben estar armadas o a que todo el mundo debe estarlo? Los jueces del Supremo consideraron que después de la segunda coma, que en el inglés actual tendría que estar colocada en otro lugar, sí se habla del derecho «individual» de portar armas para «defensa personal», si bien, Dennis Baron, profesor de lingüística de la Universidad de Illinois consultado para la ocasión, defendió que tal y como estaba redactado «el significado acostumbrado de la frase portar armas en el siglo XVIII estaba vinculado solo al contexto militar, no a la defensa personal».

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Origen: Los orígenes históricos de la Segunda Enmienda, un cheque en blanco para las poderosas milicias de EE.UU.

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