Huesca 1936: la matanza franquista en la tapia del cementerio

La matanza de Huesca 1936 dejó una de las jornadas más duras de la represión franquista en Aragón. Tras el golpe militar contra la Segunda República, la ciudad quedó sometida a una violencia política que culminó el 23 de agosto con 95 fusilados en la tapia del cementerio.
La represión no fue un estallido desordenado. Fue un mecanismo de terror. Primero llegaron las detenciones, los registros, las amenazas y los asesinatos selectivos. Después, las sacas de prisión. Y finalmente, la tapia del cementerio convertida en paredón.
El 23 de agosto de 1936 quedó marcado como una fecha terrible: decenas de personas fueron fusiladas junto al cementerio de Huesca. Entre ellas había hombres y mujeres de perfiles muy distintos, unidos por una misma condena: haber sido considerados enemigos del nuevo poder impuesto por los sublevados.
No fue solo una matanza. Fue un mensaje.
Tabla de contenido
La matanza de Huesca 1936 en la tapia del cementerio
El golpe militar de julio de 1936 abrió una etapa de miedo inmediato en Huesca. La ciudad cayó bajo control de los sublevados y el nuevo poder comenzó a señalar a quienes habían defendido la legalidad republicana, participado en organizaciones obreras o sostenido públicamente ideas progresistas.
En aquellos días, las fronteras entre acusación, venganza y sentencia desaparecieron. Bastaba una militancia, una amistad, una denuncia, un cargo público, un artículo, una conversación o una sospecha para acabar detenido.
Los falangistas, guardias, militares y sectores civiles alineados con la sublevación fueron extendiendo una atmósfera de terror. La represión no cayó únicamente sobre dirigentes políticos. Alcanzó también a sindicalistas, trabajadores, maestros, médicos, comerciantes, periodistas, abogados, mujeres comprometidas y familiares de personas ya señaladas.
La ciudad se convirtió en una trampa para quienes no pudieron huir.
Radio Huesca recuerda el 23 de agosto de 1936 como una de las jornadas más terribles de la represión franquista en la ciudad, con 95 personas fusiladas en la tapia del cementerio de Huesca.
Julio y agosto: el goteo de asesinatos
Durante julio y agosto de 1936, Huesca vivió un goteo constante de detenciones y asesinatos. La represión fue escalando poco a poco, hasta desembocar en las grandes sacas que llenaron de muertos la tapia del cementerio.
Entre las primeras víctimas y detenidos aparecen nombres vinculados a la vida política, sindical y cultural de la ciudad. Ramón Acín, artista, pedagogo y militante anarcosindicalista, fue detenido y asesinado el 6 de agosto. Su figura simboliza como pocas el intento de una España moderna, educadora y libre que la violencia franquista quiso borrar.
También fueron perseguidos médicos, periodistas, funcionarios, abogados, concejales y trabajadores. El terror no distinguía únicamente entre partidos. Se dirigía contra todo un mundo social: el de la República, la cultura laica, el sindicalismo y las esperanzas de cambio que habían crecido durante los años anteriores.
Huesca entró en una lógica de limpieza política. La ciudad no solo fue ocupada militarmente. Fue depurada.
El 23 de agosto: la tapia del cementerio
La jornada más dramática llegó el 23 de agosto de 1936.
Ese día, 95 personas fueron sacadas de la prisión y fusiladas en la tapia del cementerio de Huesca. La matanza se produjo en un clima de represalia, miedo y castigo colectivo, después de un bombardeo de la aviación republicana sobre la ciudad.
El procedimiento fue brutal. Los presos fueron entregados a grupos armados, trasladados al cementerio y asesinados sin garantías judiciales. No hubo defensa real, ni proceso justo, ni posibilidad de demostrar nada. El paredón sustituyó al tribunal.
La imagen que dejaron aquellos fusilamientos quedó grabada en la memoria local: cuerpos amontonados, familias sin despedida, enterradores desbordados y una ciudad obligada a contemplar el resultado del terror.
La tapia del cementerio no fue solo un lugar de muerte. Fue un escenario de advertencia. Allí el nuevo poder quiso dejar claro que la República, sus defensores y quienes habían creído en ella no tendrían lugar en la Huesca sometida por los sublevados.
Ramón Acín y Concha Monrás: cultura, compromiso y represión
Ramón Acín Aquilué fue una de las víctimas más conocidas de aquella represión. Artista, pedagogo, anarquista, escritor y figura cultural de primer orden en Huesca, Acín había unido vida pública, educación, compromiso social y creación artística.

Su asesinato no puede entenderse solo como la muerte de un militante. Fue también el intento de borrar una manera de mirar el mundo: la escuela libre, el pensamiento crítico, la cultura popular, el arte al servicio de la sociedad y la defensa de una ciudadanía más justa.
Su esposa, Concha Monrás, también fue asesinada. Pianista, mujer culta y compañera de vida de Acín, quedó atrapada en la misma maquinaria represiva. Durante décadas, su nombre apareció ligado a la tragedia familiar, pero su memoria merece ser reconocida por sí misma, no solo como esposa de una víctima conocida.
La represión franquista no persiguió únicamente ideas políticas. Persiguió también símbolos. Y Ramón Acín y Concha Monrás representaban demasiado: cultura, libertad, educación, compromiso y una Huesca que el nuevo régimen quería silenciar.
Juan Llidó Pitarch: la justicia convertida en víctima
Entre las víctimas de aquella jornada también estuvo Juan Llidó Pitarch, juez de la Audiencia. Su caso resulta especialmente significativo porque muestra hasta qué punto la represión no respetó ni siquiera a quienes representaban una idea de legalidad.
Llidó no fue ejecutado por haber dirigido una insurrección ni por haber cometido crimen alguno probado en un proceso con garantías. Fue arrastrado por la lógica del castigo político. Ser identificado con un orden legal anterior, con una sensibilidad republicana o con una independencia incómoda podía bastar para caer.
La justicia franquista posterior intentó revestir de legalidad lo que muchas veces había sido violencia pura. Pero en 1936, en la Huesca de las sacas y los paredones, la frontera entre detención y ejecución podía desaparecer en cuestión de horas.
La muerte de Juan Llidó recuerda que la represión también fue una guerra contra la legalidad republicana y contra quienes podían encarnar algún límite al poder de los vencedores.
Las mujeres asesinadas
La represión de Huesca también tuvo rostro de mujer.
Concha Monrás no fue la única. En el artículo original aparecen nombres como las hermanas Barrabés Asún, Victoria y Rafaela; Concha Monrás; Francisca Mallén Pardo; y otras mujeres detenidas o asesinadas en aquellos días. Algunas fueron perseguidas por su militancia, otras por sus vínculos familiares, por relaciones personales, por su compromiso público o simplemente por estar situadas en el lado que el nuevo poder había decidido castigar.
En muchos episodios de represión franquista, las mujeres fueron castigadas de varias formas: mediante el asesinato, la prisión, la humillación pública, el rapado, la pobreza, la vigilancia y el estigma. Incluso cuando no eran ejecutadas, cargaban con el peso de los muertos, con los hijos, con el silencio y con el miedo.
Por eso es importante nombrarlas.
La memoria histórica no puede limitarse a los grandes dirigentes ni a los nombres más conocidos. También debe recuperar a quienes fueron condenadas al olvido por partida doble: por ser vencidas y por ser mujeres.
Una ciudad sometida por el miedo
La represión en Huesca no se redujo a una sola noche ni a una única saca. El verano de 1936 fue una sucesión de golpes contra la sociedad republicana de la ciudad.
Se persiguió a concejales, miembros de la Diputación, profesionales liberales, periodistas, comerciantes, empleados públicos, maestros y militantes obreros. La violencia no siempre necesitó acusaciones sólidas. La sospecha bastaba.
Las cárceles se llenaron. Las denuncias personales se convirtieron en armas. Los enemigos privados pudieron transformarse en enemigos políticos. Las diferencias ideológicas, sociales o económicas encontraron en la guerra una oportunidad para ajustar cuentas.
El miedo se extendió de forma vertical y horizontal. Venía de arriba, de las nuevas autoridades militares y políticas. Pero también circulaba entre vecinos, conocidos, antiguos rivales y personas que descubrieron que callar era la única manera de sobrevivir.
En una ciudad bajo terror, la palabra puede costar la vida.
El cementerio como lugar de memoria
El cementerio de Huesca quedó convertido en uno de los espacios centrales de la memoria de la represión franquista en la ciudad.
Allí fueron fusiladas muchas de las víctimas y allí permaneció durante décadas una memoria incómoda. Los nombres de los asesinados tardaron demasiado en ocupar el lugar público que les correspondía. La dictadura impuso silencio. La Transición no siempre reparó. Y las familias tuvieron que sostener durante años una memoria íntima, dolorosa y muchas veces marginada.
En 2016 se instaló en el cementerio un memorial con los nombres de 548 fusilados. Ese gesto no borra el crimen, pero lo reconoce. Y reconocer es el primer paso para impedir que el olvido actúe como una segunda muerte.
Los memoriales no devuelven la vida. Pero devuelven algo que también fue arrebatado: la dignidad pública de las víctimas.
La relación entre represión, fosas y silencio también aparece en la matanza de Almonte en 1936, una historia vinculada además a la película Rocío y a la censura de la memoria durante la Transición.
La reparación llegó tarde
Durante mucho tiempo, las víctimas de la represión franquista en Huesca fueron recordadas por sus familias, por asociaciones memorialistas, por historiadores y por sectores comprometidos con la recuperación de la memoria democrática.
Pero el reconocimiento institucional y judicial llegó tarde.
En 2026, Ramón Acín, Concha Monrás y Juan Llidó Pitarch fueron reconocidos y reparados judicialmente como víctimas de la represión franquista. Aquella reparación no cambia lo ocurrido en 1936, pero sí modifica el lugar que ocupan oficialmente en la memoria pública.
Durante décadas, los represaliados cargaron con sanciones, silencios, expedientes y relatos impuestos por los vencedores. Reparar su memoria implica decir algo muy sencillo y muy importante: no fueron culpables. Fueron víctimas de una violencia política nacida del golpe militar y del proyecto represivo que lo acompañó.
Ese reconocimiento es necesario, aunque llegue casi noventa años después.
La memoria no reabre heridas: las señala
Cada vez que se habla de fosas, fusilamientos o represión franquista, alguien repite que no conviene reabrir heridas.
Pero las heridas no las abre quien recuerda. Las heridas las abrió quien fusiló, quien firmó, quien denunció, quien enterró sin nombre y quien obligó a callar durante décadas.
La memoria democrática no consiste en alimentar rencores. Consiste en ordenar la verdad.
Huesca no necesita leyendas negras ni exageraciones para que su historia duela. Los datos bastan. Los nombres bastan. La tapia del cementerio basta.
Hablar de Ramón Acín, de Concha Monrás, de Juan Llidó y de las decenas de hombres y mujeres asesinados en agosto de 1936 no es quedarse anclado en el pasado. Es impedir que la violencia quede limpia de responsabilidad.
Un país democrático no debería temer a sus muertos. Debería temer, más bien, a olvidarlos.
La represión franquista dejó huellas similares en otros pueblos y ciudades, como ocurrió en la matanza de Torre Alháquime en 1936, donde las fosas comunes y la memoria pendiente siguen marcando el relato histórico.
Conclusión: la tapia que todavía habla
La matanza franquista de Huesca en 1936 no fue un episodio aislado ni una consecuencia inevitable de la guerra. Fue parte de una estrategia de terror destinada a destruir el mundo republicano, obrero, cultural y democrático de la ciudad.
El 23 de agosto, la tapia del cementerio concentró esa violencia en una jornada atroz. Pero antes y después hubo detenciones, asesinatos, cárceles, denuncias, sanciones, miedo y silencio.
Huesca quedó marcada por aquellos días.
Marcada por Ramón Acín y Concha Monrás.
Marcada por Juan Llidó Pitarch.
Marcada por las mujeres asesinadas.
Marcada por los 95 fusilados del 23 de agosto.
Marcada por los centenares de nombres que tardaron décadas en ocupar un memorial.
La historia no está cerrada mientras haya víctimas sin plena reparación, familias sin respuestas o sociedades que prefieran mirar hacia otro lado.
La tapia del cementerio de Huesca sigue hablando.
Y lo que dice es sencillo: aquí hubo una matanza, aquí hubo víctimas, aquí hubo miedo, aquí hubo silencio. Y aquí, por fin, debe haber memoria.
Preguntas frecuentes sobre la matanza de Huesca en 1936
¿Qué ocurrió en Huesca en agosto de 1936?
Tras el golpe militar contra la Segunda República, Huesca sufrió una fuerte represión franquista. El 23 de agosto de 1936, 95 personas fueron fusiladas en la tapia del cementerio.
¿Quiénes fueron Ramón Acín y Concha Monrás?
Ramón Acín fue artista, pedagogo y militante anarcosindicalista. Concha Monrás fue pianista y su compañera de vida. Ambos fueron víctimas de la represión franquista en Huesca.
¿Quién fue Juan Llidó Pitarch?
Juan Llidó Pitarch fue juez de la Audiencia y una de las víctimas fusiladas durante la represión franquista en Huesca. En 2026 fue reconocido judicialmente como víctima de esa represión.
¿Cuántos fusilados recuerda el memorial del cementerio de Huesca?
El memorial instalado en 2016 en el cementerio de Huesca recuerda los nombres de 548 personas fusiladas vinculadas a la represión franquista en la ciudad y otros puntos.
¿Por qué es importante recordar la matanza de Huesca?
Porque permite reconocer a las víctimas, comprender la dimensión de la represión franquista y reparar una memoria que fue silenciada durante décadas.
Fuentes consultadas
Cadena SER / Radio Huesca, información sobre el 23 de agosto de 1936 y la matanza en la tapia del cementerio.
Cadena SER / Radio Huesca, información sobre la reparación judicial de Ramón Acín, Concha Monrás y Juan Llidó Pitarch en 2026.
Material memorialista y documental sobre la represión franquista en Huesca.
Bibliografía general sobre la Guerra Civil, la represión franquista en Aragón y la memoria democrática.
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