Muerte en Hispania: la olvidada infamia de las legiones romanas en tierras cántabras

Muerte en Hispania: la olvidada infamia de las legiones romanas en tierras cántabras

Pues no. Aunque hayamos dado el estirón con la creencia de que la irreductible aldea forjada por René Goscinny y Albert Uderzo se hallaba en la Galia, la realidad es que podemos enumerar una infinidad de ejemplos similares en nuestra castiza península Ibérica. Desde la popularísima Numancia hasta los más obviados pueblos cántabros que, a lo largo del siglo I a. C., plantaron cara -además de torso, brazo y lo que se terciase- a las legiones romanas del emperador Octavio. Y es que, aunque el predilecto de Julio César se ganó el cariño de la sociedad al perseguir y cazar a Marco Antonio y a Cleopatra, sufrió para someter a este pueblo afincado al norte de Hispania.

Duele admitir, eso sí, que la resistencia de estos valientes acabó como la de sus colegas numantinos. Los dos grandes conflictos que plantearon los cántabros a lo largo de la historia de la Hispania romana terminaron en derrota y desastre. El primero, acaecido entre el 29 y el 25 a.C., se saldó con la firma de una paz frágil y la devastación de los pueblos ubicados al norte de la Península; aunque también con un Octavio desesperado ante un enemigo tan rudo como molesto y con la captura de una infinidad de reos hispanos a los que se les amputaron las manos. Triste recuerdo.

Nuevo líder

Pero vayamos por partes. Cuenta el divulgador Stephen Dando-Collins en su magna «Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas» que los vientos de guerra arribaron a la Península tan solo un año después de la muerte de Marco Antonio y Cleopatra (acaecida en el 30 a.C.). Para entonces, el mismo hombre que había subyugado Egipto empezó a reunir un total de ocho legiones con el objetivo de someter a las feroces tribus cántabras que se resistían al poder de la todavía República; los únicos pueblos hispanos, junto con los astures, que suponían una verdadera molestia tras la caída de Numancia a manos de Escipión en el siglo II a.C.

Así describió el historiador romano del siglo II, Lucio Anneo Flor, en su Epitome de Tito Livio, la situación que se vivía por aquellos años en la península Ibérica:

«En el occidente estaba ya en paz casi toda Hispania, excepto la parte de la Citerior, pegada a los riscos del extremo del Pirineo, acariciados por el océano. Aquí se agitaban dos pueblos muy poderosos, los cántabros y los astures, no sometidos al Imperio».

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Octavio Augusto
Octavio Augusto

Las legiones escogidas fueron la I; la II; la IV Macedónica (presente en la contienda de Actium años atrás); la V Alaudae; la IX Hispana (famosa después por su desaparición en extrañas circunstancias en Britania); la X Gémina y la XX. Sin duda, un amplio contingente dispuesto a dar el golpe de gracia a los revoltosos. A las órdenes de los legados de las provincias Citerior UlteriorGayo Antistio y Tito Carisio, las fuerzas se establecieron en tres campamentos que rodeaban la zona hostil: uno al este (en la actual Santander), otro en Asturias y el último, en Galicia.

El historiador Joaquín González Echegaray, por su parte, afirma en «Las guerras cántabras en las fuentes» que aquellos fueron veranos duros; de transición y finalización de la decadente República. Una época en la que Octavio gozaba de grandes títulos que le auparon, poco después, hacia la poltrona de la Ciudad Eterna como su primer emperador. En el 28 a.C., por ejemplo, desempeñaba la magistratura suprema y compartía consulado con su colega Agripa. Y solo acababa de empezas. Al año siguiente logró que «el Senado le atribuyera el “imperium proconsulare” sobre las tres provincias con mayor número de tropas: Hispania, la Galia Siria». Todo ello, sumado además al cargo honorífico de Augusto («reverenciado») o -entre otros- el de princeps. Lo era todo.

Paso al emperador

En palabras de Dando-Collins, las primeras escaramuzas se sucedieron en el momento en que las legiones romanas ascendieron las montañas el 29 a.C. Sin embargo, la fecha es cuestionada y algunos autores afirman que no fue hasta un año después.

Lo que está claro es que, a lo largo de los siguientes cuatro veranos, las batallas se multiplicaron entre unas tropas (las legiones) expertas en combatir en campo abierto y otras (las cántabras) acostumbradas a batirse en aquel territorio. Echegaray incide en que «el territorio montañoso, respaldado por el mar» y «la fiereza y valor» de los hispanos hicieron pronto mella en los hombres de la urbs. Aquella no sería una guerra corta, sino muy extensa y protagonizada por las tácticas de guerrilla.

Poco más se sabe de las batallas acaecidas en los dos años siguientes salvo que prepararon el terreno para la llegada de Octavio, nombrado emperador en el 27 a.C. Veleyo Patérculo, oficial del ejército, se limitó a dejar sobre blanco que fueron «duras campañas ejecutadas con distintos niveles de éxito». El historiador de la época Dión Casio confirmó, por su parte, lo molestos que eran para el ejército romano los cántabros en uno de los muchos volúmenes de su extensa «Historia romana»:

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División en Hispania sobre el 133 a.C. En época de Octavia, apenas quedaban sin conquistar los territorios astures y cántabros
División en Hispania sobre el 133 a.C. En época de Octavia, apenas quedaban sin conquistar los territorios astures y cántabros – Junta de Andalucía

«No estaban dispuestos a llegar a ningún tipo de acuerdo porque estaban llenos de ánimo confiados en sus fuertes, pero tampoco entablaban batalla campal para no ser derrotados, tanto por su inferioridad numérica como porque la mayoría de ellos estaban armados sólo con jabalinas. Además, causaban grandes dificultades a los ejércitos cuando estos intentaban algún movimiento, puesto que ocupaban con antelación las posiciones dominantes y se emboscaban en las hondonadas y en las espesuras».

Así pintaban las cosas cuando el mismo emperador decidió, entre el 26 y el 25 a.C. (atendiendo a las fuentes), partir hacia la Península. No se reparó en gastos en su despedida. Desfilesbuena comidaparafernalia… Hasta se abrieron las puertas del templo de Jano en el foro; una forma de solicitar a la deidad que protegiera al pueblo durante los duros años de guerra que se avecinaban. Consigo partió el grueso de la Guardia Pretoriana, versados guerreros dispuestos a reforzar a las legiones destinadas al norte de la región. No cabía lugar a fallo alguno; los portones solo se cerrarían con la victoria.

Dura guerra, dolorosa represión

Cuanta Casio, sincero en sus escritos, que la contienda no mejoró con la llegada del emperador. Los cántabros, de armas cortas pero eficientes y expertos en el uso de la caballería, supusieron un dolor de cabeza para las versadas legiones romanas. Caudillos como Corocotta (al que el autor define como un «bandido que campaba por Iberia» y por cuya cabeza Octavio ofreció «doscientas cincuenta mil dracmas») supieron poner en jaque a la mejor infantería de su época y al joven líder, que apenas sumaba cuarenta primaveras. Cuando llegó el verano, la desesperación era tal que hizo enfermar al genio militar que había vencido a Cleopatra:

«Augusto se encontró con dificultades por todas partes. Cayó enfermo a causa del cansancio y de los desvelos, se retiró a Tarragona y allí quedó convaleciente».

El relevo se lo tomó Gayo Antistio, todavía legado de la Citerior. Y no pudo resultar mejor para Roma. No porque fuera «mejor general», en palabras de Casio, sino porque los cántabros ya le habían vencido tantas y tantas veces que cambiaron de táctica y marcharon contra él. Pensaban, pobre candidez, que derrotarían a las legiones en campo abierto…

Retrato de Octavio Augusto
Retrato de Octavio Augusto

«Cayo Antistio continuó la guerra contra aquellos pueblos durante aquel tiempo y alcanzó notables resultados, no porque fuera mejor general que Augusto sino porque los bárbaros, despreciándolo, avanzaron hacia el encuentro con los romanos y fueron derrotados. Y así Antistio consiguió tomar algunas plazas. A continuación, Tito Carisio, después de que la abandonaran, capturó Lancia, la mayor ciudadela fortificada de los astures. Y consiguió someter otros muchos lugares».

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Lo que no pudieron lograr el tiempo y unas tropas más que veteranas, lo consiguió un exceso de confianza. Al final del verano, en apenas unos meses y con miles de prisioneros cántabros y astures a su merced, Octavio aceptó la paz que le ofrecían las tribus locales. Después llegó el momento del ansiado júbilo antes del regreso a la urbs, donde cerró las puertas del templo en señal de que la contienda había tocado a su fin. Fue la cuarta vez en la historia de Roma en la que se llevó a cabo tal ceremonia.

«Cuando terminó esta guerra Augusto licenció a los soldados de más edad y les concedió la fundación de una ciudad en Lusitania que se llamó Emérita Augusta. Para los que todavía estaban en edad de seguir prestando servicio les organizó en sus propios campamentos algunos juegos y espectáculos con la colaboración de Marcelo y Tiberio, como si por entonces desempeñaran la edilidad».

«Su tierra fue devastada, algunas de sus fortalezas incendiadas y, lo más impresionante, se cortaron las manos de todos aquellos que, en un momento u otro, cayeron prisioneros»

Pero todavía quedaba un poco para que la guerra tocara a su fin. Tras la marcha de Octavio, Lucio Emilio, al mando de la provincia, recibió una curiosa visita de las tribus cántabras. Los legados hispanos le ofrecieron «regalar a su ejército trigo y algunas otras cosas». Aunque, eso sí, debía enviar a un cuantioso número de soldados al norte para recoger los presentes. El gobernador cayó como un niño en la trampa y ocurrió lo que tenía que ocurrir… Los pasaron a cuchillo. Aquel acto trajo unas escalofriantes represalias.

«Tomando consigo a un grupo numeroso de soldados como si fueran a recoger los regalos, los condujeron a los lugares adecuados a sus propósitos y los mataron. No obstante, poco les duró la alegría, pues su tierra fue devastada, algunas de sus fortalezas incendiadas y, lo más impresionante, se cortaron las manos de todos aquellos que, en un momento u otro, cayeron prisioneros. Y así fueron sometidos con rapidez».

Origen: Muerte en Hispania: la olvidada infamia de las legiones romanas en tierras cántabras

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