Objetivo: matar al papa

El papa Pablo VI en el balcón de la basílica de San Pedro en Roma, 1976
El papa Pablo VI en el balcón de la basílica de San Pedro en Roma, 1976

La mañana del 27 de noviembre de 1970, una multitud de fieles se agolpaba en el aeropuerto de Manila (Filipinas) para recibir a Pablo VI (1897-1978) cuando del gentío

La mañana del 27 de noviembre de 1970, una multitud de fieles se agolpaba en el aeropuerto de Manila (Filipinas) para recibir a Pablo VI (1897-1978) cuando del gentío emergió un sacerdote blandiendo una daga. Benjamín Mendoza y Amor Flores, un pintor surrealista desequilibrado, se había disfrazado de religioso para acabar con la vida del pontífice. Así habría sido de no ser por la rápida reacción del arzobispo Paul Marcinkus, que detuvo la arremetida del falso cura.

No era la primera vez que alguien atacaba a un papa. Algunos de los antecesores de Pablo VI no tuvieron tanta suerte. Este repaso por la historia menos amable del pontificado recoge los más sonados intentos de magnicidio, exitosos y frustrados, de que han sido objeto los sucesores de Pedro. En determinados casos se trató de verdaderas conspiraciones, algunas todavía sin resolver. En otros, de la simple acción fortuita de un loco, pero que pudo cambiar la historia.

De los 264 papas que reconoce la Iglesia, cerca de 40 murieron violentamente, empezando por el primero de ellos, san Pedro. Según la tradición, fue víctima de las persecuciones anticristianas del emperador Nerón. Sería crucificado boca abajo, a petición propia, ya que no se consideraba digno de morir del mismo modo que Jesús.

Fotografía de Pablo VI.

Fotografía de Pablo VI.

Lothar Wolleh / CC BY-SA 3.0

Los evangelios narran la brutalidad con que Roma acabaría con la vida de 29 papas más. Con el Edicto de Milán de 313 (que aprobó la libertad de culto) y la posterior conversión del Imperio al cristianismo, todo cambió. Después de haber sido perseguido durante siglos, ahora el papado era una institución central en Europa. Sin embargo, con el poder llegaron las rivalidades políticas.

Juan VIII contra la nobleza

La elección de Juan VIII (820-882) marca el inicio de una época turbulenta para la Iglesia. Con la desintegración del Imperio carolingio, ya nada protegía al papado de las ambiciones de la nobleza feudal. Consciente de ello, Juan VIII necesitaba encontrar a un emperador capaz de poner orden en Roma. Tuvo que confiar en Carlos III el Gordo (839-888), que tenía fama de incompetente. Depuesto a los pocos años, el Imperio acabó disolviéndose tras su paso. Habiendo fracasado, Juan VIII moriría supuestamente envenenado en 882.

Según la crónica medieval Annales de Fulda, murió víctima de una conspiración surgida en su propio clero. Incluso, dice esta fuente, fue rematado a martillazos por sus atacantes al ver que la ponzoña no producía su efecto. Aunque la veracidad de los Annales de Fulda ha sido puesta en duda en el mundo académico, historiadores como el estadounidense John W. O’Malley, en Historia de los papas: desde Pedro hasta hoy (Sal Terrae, 2011), dan por buena la tesis.

El papa Formoso y Esteban VI de Jean-Paul Laurens.

El papa Formoso y Esteban VI de Jean-Paul Laurens.

Dominio público

Juicio a un cadáver

Vestido con harapos de monje y encarcelado en una celda subterránea, así pagó por sus errores Esteban VI (¿-897). Cuando en 896 accedió al poder en Roma, se encontró una situación política envenenada. Su antecesor, el papa Formoso (816-896), había traicionado a la familia Spoleto al reconocer como sucesor del Imperio Romano Germánico a Arnulfo de Carintia (850-899), un extranjero que, además, ya ocupaba el trono carolingio.

Presionado por los Spoleto, Esteban aprovechó que el alemán Arnulfo había abandonado la ciudad para reconocer como emperador a Lamberto, heredero de aquella familia. Insaciable, ni de este modo consideró Lamberto que su venganza estaba cumplida. En uno de los episodios más oscuros de la historia del papado, decidió desenterrar al antiguo pontífice para organizar un juicio contra él, todo con la connivencia de Esteban VI.

Cuando, a finales de aquel año 897, la familia Spoleto cayó en desgracia, el papa pagó las consecuencias de haber bendecido aquella farsa. Después de una insurrección a manos del partido antiespoletano, fue encarcelado y estrangulado.

En 1294 la Iglesia escogió a un papa con fama de santo y alejado de las penas de este mundo

Esta política del asesinato seguiría durante todo el siglo X, con magnicidios a cada cual más estrambótico. El historiador y cardenal italiano César Baronio (1538-1607) bautizaría esa época de conspiración e intriga como “la edad de hierro del pontificado”.

Víctima de la política

Como si tratase de librarse de sus propios vicios, en 1294 la Iglesia escogió a un papa con fama de santo y alejado de las penas de este mundo. No solo espiritualmente, sino también físicamente, ya que fue a buscar a un hombre que vivía en la montaña. Pedro Angeleri (1215-1296), que por entonces ya contaba 85 años, procedía de una familia de campesinos. Después de fundar una fraternidad benedictina al pie del monte Morrone (Italia), había decidido retirarse del mundo para llevar una vida de ermitaño.

Sin embargo, pronto se descubrió que Celestino V, aquel hombre de campo que desconocía el latín, no estaba preparado para las complicadas labores de gobierno, y mucho menos para las hipocresías y dobleces de la política en la curia. Según explicó Ignazio Silone en La aventura de un pobre cristiano (Emecé, 1969), unos malos consejeros y su carácter inocente le hicieron cometer errores graves. Seis meses después de haber accedido al cargo, Celestino V anunció su renuncia. Los motivos que alegó: cansancio e incapacidad.

Representación del papa Celestino V.

Representación del papa Celestino V.

Dominio público

Su sucesor consideró que, aun habiendo dejado el cargo voluntariamente, aquel anciano podía ser peligroso. Lo que temía Bonifacio VIII (1235-1303) era su fama de santidad, una popularidad que, por comparación, podía generarle opositores. Por ello le encerró en el castillo de Fumone, donde Celestino murió a los dos años.

Los opositores a Bonifacio extendieron el rumor de que su prisionero había sido asesinado. De hecho, en 1988 el Vaticano analizó mediante un escáner un orificio en el cráneo de Pedro Angeleri para discernir si podía ser la prueba del homicidio, algo que quedó descartado.

Un médico nada de fiar

La sorpresa de León X (1475-1521) debió de ser notable cuando le informaron de que existía una conjura contra él para que su propio médico le envenenara. Nacido en el seno de la poderosa familia Medici, había sido nombrado cardenal a los 13 años. Hedonista y amante de los placeres más caros, una vez nombrado papa en 1513, León X vaciaría las arcas en fastuosas celebraciones.

El cardenal Alfonso Petrucci decidió asesinar al pontífice en 1517, después de que este no le apoyara en sus ambiciones sobre el gobierno de Siena. A Petrucci no le fue difícil encontrar cómplices cercanos al papa. Como explicó John Addington en Los papas del Renacimiento (Fondo 2000, 1999), en aquel tiempo, muchos miembros de la curia no tenían reparos en saltarse las leyes divinas si con eso mantenían su poder temporal.

Los cardenales involucrados en la conjura fueron perdonados a cambio del pago de elevadas multas. No tuvo la misma suerte el instigador, que sería ejecutado ese mismo año. Con este intento se cerró durante un tiempo esta historia de magnicidios, al menos hasta el siglo pasado.

La muerte de Juan Pablo I

Ni la mafia italiana, ni el KGB ni la CIA, ni mucho menos la masonería. Lo único que se ha podido demostrar hasta la fecha es que Albino Luciani, el papa Juan Pablo I (1912-1978), murió de un infarto mientras dormía. Pero, tratándose de un pontífice diferente, que había traído promesas de renovación y humildad a la Iglesia, fue prácticamente imposible apagar las suspicacias que levantó su fallecimiento. Menos aún teniendo en cuenta que murió 33 días después de ser elegido.

Juan Pablo I, en el año 1978.

Juan Pablo I en 1978.

Sentinelle del mattino International / CC BY-SA 2.0

A pesar de que nada indique que se tratara de un asesinato, los documentos sobre el caso demuestran que incluso algunos cardenales quisieron asegurarse, preguntando a los médicos si aquella muerte podía ser natural.

Un intento de asesinato televisado

Sin duda, el atentado más recordado es el que sufrió su sucesor, Juan Pablo II (1920-2005), a plena luz del día y en una plaza de San Pedro rebosante de fieles. Como cada miércoles, el 13 de mayo de 1981 su vehículo descapotado discurría entre la multitud. De repente se escucharon varios tiros. El terrorista turco Mehmet Ali Agca logró que cuatro disparos impactaran en el cuerpo del papa, dos de ellos en el vientre. Mientras la seguridad del Vaticano reducía al asaltante, una operación de más de cinco horas logró salvar la vida del pontífice.

Imagen del Papa Juan Pablo II instantes después de ser tiroteado en el Vaticano, en l a plaza de San Pedro, en medio de una concentración de 10000 fieles mientras realizada un breve recorrido en un coche descubierto saludando a la concurrencia entre la que se encontraba su agresor Mehmet Ali Agca [19810513]

El papa Juan Pablo II instantes después del atentado perpetrado por Mehmet Ali Agca  en 1981]

Otros

Nunca se supo realmente si detrás de aquello hubo alguien más, al margen de Agca y sus colaboradores. Desde el KGB hasta la embajada búlgara, las teorías apuntan en distintas direcciones. La actitud del propio Agca, que ha contado infinidad de versiones del mismo caso, no ayuda a esclarecerlo.

Dado que aquel miércoles se celebraba la festividad de la Virgen de Fátima, el papa atribuyó su salvación a un milagro. Por este motivo, al año siguiente viajaría al Santuario de Fátima (Portugal) para agradecerle su intercesión. Lo que pocos recuerdan es que, una vez allí, se produjo un segundo intento de asesinato.

“¡Quiero besar al papa, quiero besar al papa!”, gritaba Juan Fernández Krohn, un sacerdote integrista de origen español. La violencia con la que se abría paso entre la multitud alertó a la seguridad. Cuando estaba a apenas un metro de su objetivo, y tras un breve forcejeo con los guardaespaldas, de la sotana de Krohn cayó una bayoneta de treinta centímetros.

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