Las Merindades 1936: desapariciones, fosas y simas del terror franquista

En octubre y noviembre de 1936, Las Merindades de Burgos vivieron una cadena de asesinatos, desapariciones y represalias que convirtió pueblos, caminos, cementerios y simas en lugares de memoria.
La comarca quedó atrapada en la retaguardia del nuevo poder surgido tras el golpe militar contra la Segunda República. Allí, lejos de los grandes frentes y de las crónicas más conocidas de la Guerra Civil, la violencia franquista actuó con una lógica de castigo político, miedo social y eliminación de quienes habían sido señalados como republicanos, izquierdistas, sindicalistas, maestros, cargos municipales o simples vecinos incómodos.
No siempre hubo juicio.
No siempre hubo registro.
No siempre hubo tumba.
En muchos casos hubo una noche, una denuncia, una camioneta, un camino apartado y una familia condenada a no preguntar demasiado.
Las Merindades guardan esa memoria en nombres dispersos, en fosas no siempre exhumadas, en simas como las de Dolencias, en cementerios como el de Loma de Montija y en pueblos donde el silencio duró más que la guerra.
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Las Merindades tras el golpe de 1936
El golpe militar de julio de 1936 partió España en dos, pero no todos los territorios vivieron la guerra de la misma manera. En zonas que quedaron pronto bajo control de los sublevados, la violencia no adoptó siempre la forma de combate entre ejércitos. Muchas veces se expresó como represión de retaguardia.
Las Merindades, al norte de la provincia de Burgos, quedaron dentro de ese mapa de control franquista temprano. La comarca, formada por valles, pueblos pequeños, montes, caminos rurales y una vida social muy vinculada al mundo agrario, no fue ajena al castigo político.
En pueblos donde todos se conocían, una acusación podía ser suficiente. La militancia, la simpatía republicana, una discusión antigua, una denuncia interesada o el simple hecho de haber ocupado un cargo municipal podían convertir a una persona en objetivo.
La represión no necesitaba grandes discursos. Funcionaba con miedo.
Los nombres se señalaban en voz baja. Las detenciones llegaban de noche o al amanecer. Los cuerpos desaparecían en cementerios, cunetas, montes o simas. Y las familias quedaban atrapadas entre el dolor y la obligación de callar.
Octubre de 1936: el terror se acelera
Octubre de 1936 fue un mes especialmente duro en Las Merindades. La guerra se había extendido por España, pero en la retaguardia franquista la represión ya tenía su propia dinámica.
En la comarca aparecen asesinatos y desapariciones en lugares como Loma, Espinosa, Villatomil, Montija, Sotoscueva y otros puntos del territorio. No se trató de un único episodio, sino de una sucesión de violencias que afectaron a distintos pueblos y familias.
El mecanismo se repetía: vecinos detenidos, personas sacadas de sus casas, acusaciones políticas, traslados sin garantías y ejecuciones extrajudiciales. En ocasiones, los cuerpos eran enterrados en cementerios. En otras, el destino quedaba rodeado de incertidumbre.
El miedo se convirtió en una forma de gobierno.
Las víctimas no fueron solo militantes destacados. También hubo labradores, trabajadores, vecinos conocidos, personas cuyo perfil político podía ser difuso pero que habían quedado marcadas por la nueva autoridad local o por quienes colaboraban con ella.
En esos meses, la vida cotidiana cambió por completo. La gente aprendió qué se podía decir, a quién convenía evitar, qué recuerdos había que esconder y qué nombres era mejor no pronunciar.
Loma de Montija: la fosa como documento
Uno de los lugares que permite entender esta represión es la fosa del cementerio de Loma de Montija. La ficha oficial del mapa de fosas del Gobierno de España recoge una fosa vinculada a ejecuciones extrajudiciales, fechada el 27 de octubre de 1936, en la Merindad de Montija.
Ese dato es importante porque convierte la memoria local en registro público. Ya no hablamos solo de un recuerdo familiar o de una sospecha transmitida entre generaciones. Hablamos de un lugar identificado como fosa, asociado a una fecha concreta y a una tipología clara: ejecuciones extrajudiciales.
Las fosas de la Guerra Civil no son únicamente espacios funerarios. Son documentos abiertos. Señalan dónde la violencia intentó ocultarse y dónde las víctimas fueron privadas de una muerte digna, de un duelo público y de una memoria reconocida.
En Loma de Montija, como en tantos otros puntos de España, el cementerio no fue solo un lugar de enterramiento. Fue también escenario de una historia que durante demasiado tiempo quedó enterrada bajo el miedo.
Noviembre de 1936: desapariciones y simas
Noviembre no cerró la violencia. La prolongó.
Uno de los episodios más estremecedores se vincula a vecinos de La Parte, en la Merindad de Sotoscueva. Según la memoria recogida sobre la comarca, el 3 de noviembre desaparecieron cuatro vecinos: Paulino Gómez Ruiz, Francisco Gómez Martínez, Bonifacio Gutiérrez-Barquín Sáinz-Maza y Francisco Ruiz Fernández.
La memoria local los relaciona con la Sima Dolencias, dentro del complejo de Ojo Guareña. Se ha transmitido que sus cuerpos pudieron ser arrojados allí, sin certeza absoluta sobre las circunstancias exactas ni sobre si murieron antes o después de ser lanzados.
Ese detalle obliga a escribir con prudencia.
No todo puede afirmarse con la misma seguridad documental. Pero la prudencia no debe convertirse en excusa para borrar la memoria. Cuando una comunidad conserva durante décadas el recuerdo de una desaparición, cuando los nombres se repiten y el lugar queda asociado al miedo, hay ahí una verdad histórica que merece ser investigada, contrastada y contada.
La Sima Dolencias resume como pocos lugares el horror de la represión: la víctima no solo era asesinada o desaparecida; también se intentaba borrar su cuerpo.
Ojo Guareña y la memoria bajo tierra
Ojo Guareña es uno de los grandes complejos kársticos de la península. Sus cuevas, simas y galerías forman parte de un paisaje natural de enorme valor. Pero en la memoria de la Guerra Civil, algunos de esos espacios quedaron asociados también a desapariciones y violencia.

Ficha “Sima Dolencias (Complejo Kárstico de Ojo Guareña)”, Catálogo de Cavidades de Burgos.
Las simas no son una fosa común convencional. Son lugares de profundidad, oscuridad y difícil acceso. Cuando una víctima era arrojada a una sima, el crimen adquiría una dimensión todavía más cruel: no solo se eliminaba a la persona, también se dificultaba su recuperación, su identificación y el duelo de la familia.
La tierra ya no tapaba el crimen. Lo tragaba.
Por eso hablar de la Sima Dolencias no es buscar dramatismo fácil. Es nombrar una forma concreta de terror. Una forma de desaparición que condenó a las familias a convivir con una pregunta imposible: dónde estaban sus muertos.
La memoria democrática debe llegar también a esos lugares subterráneos donde la violencia quiso esconder sus huellas.
El Grupo Espeleológico Edelweiss identifica la Sima Dolencias como una cavidad natural del Complejo Kárstico de Ojo Guareña, situada en la Merindad de Sotoscueva, con posicionamiento GPS verificado y documentación dentro del Catálogo de Cavidades de Burgos.
Fosas, caminos y silencios
Las Merindades muestran que la represión franquista no tuvo un solo escenario.
Hubo cementerios.
Hubo caminos.
Hubo montes.
Hubo pueblos pequeños.
Hubo simas.
Hubo lugares sin señalizar.
La geografía de la violencia se mezcló con la geografía cotidiana. Un camino que antes llevaba al trabajo podía convertirse en ruta de una detención. Un cementerio podía guardar cuerpos no reconocidos. Una sima podía convertirse en tumba clandestina. Un paraje rural podía quedar marcado por un miedo que solo entendían los vecinos.
Esa es una de las características más duras de la represión en comarcas pequeñas: el paisaje sigue ahí, aparentemente tranquilo, pero cargado de memoria.
Quien no conoce la historia solo ve campos, valles y montañas.
Quien la conoce sabe que algunos lugares tienen nombres que pesan.
La represión franquista dejó una geografía de muerte en muchos puntos de España, como también ocurrió en la matanza de Huesca en 1936, donde la tapia del cementerio quedó marcada por los fusilamientos.
Los nombres frente al olvido
La historia de la represión no puede quedar reducida a cifras. Las cifras son necesarias, pero no bastan.
Cada víctima tuvo una casa, una familia, una edad, un oficio, una manera de hablar, una rutina diaria. Muchos eran labradores. Otros habían participado en la vida municipal o en organizaciones políticas y sindicales. Algunos fueron acusados por su ideología. Otros quizá por rencores locales. Todos quedaron atrapados en una maquinaria que no necesitaba demasiadas pruebas para destruir una vida.
Nombrar a las víctimas es una forma de reparación.
Paulino Gómez Ruiz, Francisco Gómez Martínez, Bonifacio Gutiérrez-Barquín Sáinz-Maza y Francisco Ruiz Fernández no son solo cuatro desaparecidos asociados a La Parte y a la memoria de Sotoscueva. Son personas que vuelven al relato histórico cuando sus nombres dejan de ser un susurro familiar y pasan a ocupar un lugar público.
Lo mismo ocurre con las víctimas vinculadas a Loma de Montija, Espinosa, Villatomil y otros puntos de Las Merindades.
El olvido trabaja borrando nombres.
La memoria empieza devolviéndolos.
La represión en una comarca pequeña
Las Merindades eran, y siguen siendo, una comarca de pueblos muy conectados por la proximidad, los lazos familiares, el trabajo agrario y la memoria oral.
Eso hizo que la represión tuviera una dimensión especialmente íntima. El miedo no venía de un enemigo desconocido. Muchas veces venía de personas del entorno: autoridades locales, falangistas, guardias, vecinos denunciantes o colaboradores del nuevo poder.
En esos contextos, la violencia no solo mata. Reorganiza la vida social.
Después de una ejecución o una desaparición, la familia de la víctima quedaba señalada. Los hijos aprendían a callar. Las viudas sobrevivían con el peso económico y moral de la derrota. Los vecinos miraban hacia otro lado por miedo o conveniencia. Las historias se contaban en voz baja, de cocina en cocina, de generación en generación.
La dictadura no necesitó recordar todos los días lo que había ocurrido.
Bastaba con que todos lo supieran.
Las fuentes de la memoria
Buena parte de lo que hoy se puede reconstruir sobre estos episodios procede del trabajo de investigadores, asociaciones, archivos, blogs memorialistas y familiares que se negaron a dejar morir la historia.
El libro de Fernando Obregón Goyarrola sobre la Guerra Civil y la represión en Las Merindades, el blog Las Merindades en la Memoria y trabajos como los publicados en Crónicas a pie de fosa han sido fundamentales para ordenar nombres, fechas, lugares y relatos.
Sin ese tipo de investigación, muchas víctimas seguirían atrapadas en la niebla de la frase más terrible: “se lo llevaron y no volvió”.
La memoria democrática no aparece sola. Hay que buscarla en papeles, registros, testimonios, mapas de fosas, expedientes, hemerotecas y relatos familiares. Hay que contrastar. Hay que dudar cuando toca. Hay que corregir cuando aparece un dato mejor.
Pero sobre todo hay que mirar.
Porque durante demasiado tiempo se pidió a las familias que no miraran.
No es revancha: es documentación
A veces, cuando se habla de represión franquista, fosas o desaparecidos, aparece la acusación de que se quiere reabrir heridas.
Pero las heridas no las abre quien investiga una fosa.
Las heridas las abrió quien ejecutó, enterró, ocultó y obligó a callar.
Contar lo sucedido en Las Merindades no consiste en construir una memoria de odio. Consiste en hacer una tarea básica de verdad histórica: documentar qué ocurrió, dónde ocurrió, a quién le ocurrió y por qué se silenció durante tanto tiempo.
La historia no debe escribirse para complacer a los vencedores ni para alimentar consignas. Debe escribirse con rigor, con fuentes y con respeto a las víctimas.
Y cuando las fuentes muestran asesinatos, desapariciones y fosas, hay que nombrarlos.
No hacerlo también es una posición política: la del silencio.
Como sucedió en la matanza de Torre Alháquime en 1936, recuperar estos hechos no significa reabrir heridas, sino documentar asesinatos, fosas, silencios y responsabilidades históricas.
Las Merindades como mapa de memoria
Octubre y noviembre de 1936 dejaron en Las Merindades un mapa doloroso.
Loma de Montija.
Espinosa de los Monteros.
Villatomil.
Sotoscueva.
La Parte.
Ojo Guareña.
La Sima Dolencias.
Cada lugar conserva una parte del relato. Algunos aparecen en fichas oficiales de fosas. Otros sobreviven en investigaciones memorialistas. Otros permanecen en la memoria oral de familias y pueblos.
Juntos forman una geografía del terror franquista en una comarca concreta de Burgos.
No fue una violencia abstracta. Fue local, cercana, reconocible. Tuvo nombres y escenarios. Tuvo responsables y víctimas. Tuvo silencios impuestos y recuerdos transmitidos.
Por eso Las Merindades no deben aparecer solo como un paisaje hermoso del norte burgalés. También son un territorio donde la Guerra Civil dejó cicatrices profundas.
Conclusión: la memoria que salió de las simas
Las matanzas franquistas de octubre y noviembre de 1936 en Las Merindades forman parte de una historia que durante décadas fue contada a medias, ocultada o relegada al ámbito familiar.
Hoy sabemos más porque hubo quienes investigaron, escribieron, buscaron y escucharon.
Sabemos que hubo asesinatos y desapariciones.
Sabemos que hubo fosas.
Sabemos que hubo cementerios marcados por ejecuciones extrajudiciales.
Sabemos que hubo simas asociadas a desaparecidos.
Sabemos que muchas familias tuvieron que convivir con el miedo y la ausencia.
La memoria de Las Merindades no pide venganza.
Pide verdad.
Pide que los nombres no se pierdan.
Pide que los lugares sean reconocidos.
Pide que las víctimas no sigan enterradas bajo el silencio.
Pide que la historia se cuente sin gritos, pero sin miedo.
Porque a veces la memoria no sale de un archivo.
Sale de una fosa.
Sale de una cuneta.
Sale de una sima.
Sale de la voz de quienes nunca aceptaron que sus muertos fueran condenados al olvido.
Preguntas frecuentes sobre la represión franquista en Las Merindades
¿Qué ocurrió en Las Merindades en octubre y noviembre de 1936?
En esos meses se produjeron asesinatos, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales vinculadas a la represión franquista en distintos puntos de la comarca burgalesa de Las Merindades.
¿Dónde están algunos de los lugares de memoria de Las Merindades?
Entre los lugares citados aparecen Loma de Montija, Espinosa de los Monteros, Villatomil, Sotoscueva, La Parte y la Sima Dolencias, dentro del complejo de Ojo Guareña.
¿Qué es la Sima Dolencias?
La Sima Dolencias es una sima del complejo de Ojo Guareña, en Sotoscueva, vinculada por la memoria local a la desaparición de vecinos represaliados en noviembre de 1936.
¿Existe una fosa documentada en Loma de Montija?
Sí. El mapa de fosas del Gobierno de España recoge una fosa en el cementerio de Loma de Montija, fechada el 27 de octubre de 1936 y vinculada a ejecuciones extrajudiciales.
¿Por qué es importante recuperar estas historias?
Porque permite documentar la represión, devolver nombre y dignidad a las víctimas, reconocer los lugares de memoria y romper décadas de silencio impuesto por la dictadura.
Fuentes consultadas
Fernando Obregón Goyarrola, trabajos de investigación sobre la Guerra Civil y la represión en Las Merindades.
Blog Las Merindades en la Memoria, entradas sobre octubre y noviembre de 1936, Sotoscueva, La Parte y la Sima Dolencias.
Crónicas a pie de fosa, artículo sobre las matanzas franquistas de octubre y noviembre de 1936.
Mapa de Fosas del Gobierno de España, ficha de la fosa del cementerio de Loma de Montija.
RTVE, mapa de fosas de la Guerra Civil y el franquismo, ficha sobre la Sima Dolencias en Ojo Guareña.
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