Santa Elena, la isla inaccesible que vio morir a Napoleón

La isla de Santa Elena, en mitad del Atlántico, cuenta con una escarpada costa que la hace más inaccesible aún. Peter Neaum / CC BY-2.0
La isla de Santa Elena, en mitad del Atlántico, cuenta con una escarpada costa que la hace más inaccesible aún. Peter Neaum / CC BY-2.0

Después de haber combatido durante años, conquistado vastos territorios y dominado la mayor parte del continente europeo, Napoleón es enviado al exilio, a la isla de

Después de haber combatido durante años, conquistado vastos territorios y dominado la mayor parte del continente europeo, Napoleón es enviado al exilio, a la isla de Santa Elena. A su segunda abdicación, el 22 de junio de 1815, en el Elíseo, no le siguió su partida a Estados Unidos, como él esperaba, sino al Reino Unido.

El 14 de julio, cuando se encontraba en la isla de Aix, frente a las costas de La Rochelle, escribió esta petición al príncipe regente, sucesor de Jorge III: “Blanco de las facciones que dividen a mi país y de la enemistad de las más grandes potencias de Europa, he concluido mi carrera política. Como Temístocles, vengo a sentarme en el hogar del pueblo británico; me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Real, como del más poderoso, constante y generoso de mis enemigos”. No se le dio respuesta alguna y no fue enviado a Plymouth, donde se le prohibió la entrada, sino a otra isla, perdida en mitad del Atlántico Sur.

Esta, descubierta por los navíos portugueses en 1502, precisamente el día de Santa Elena, no pertenecía directamente a la Corona británica, sino que dependía de la Compañía de las Indias Orientales. Fue elegida por los ingleses como prisión final para un hombre considerado inaprensible, debido a la posición geográfica de la isla, que la hacía prácticamente inaccesible. Allí, el emperador está sometido directamente al derecho local y no puede beneficiarse de las mismas ventajas que un sujeto inglés, en especial del habeas corpus, que prohíbe que una persona permanezca detenida sin un juicio previo.

LEER  Heroína y guerrillera: el martirio de La Pardala, la pesadilla española del «gánster Napoleón»

Aunque en sentido estricto no esté en prisión, Napoleón soporta un verdadero confinamiento de 1.973 días. A 2.500 km de las costas africanas y a 3.500 de Brasil, custodiado por seiscientos cañones, resulta realmente difícil escapar. Esta vez, y de ello está convencido desde su llegada, no podrá escabullirse, como sí había hecho en febrero de Portoferraio.

Costa de la isla británica de Santa Elena, en el Atlántico sur, lugar del último exilio de Napoleón.

Costa cerca de Jamestown, en Santa Elena.

GIANLUIGI GUERCIA/AFP vía Getty Images

Las tropas encargadas de su vigilancia, pertenecientes a los regimientos de infantería 20.º, 53.º y 66.º, están perfectamente preparadas para llevar a cabo su misión. Al frente de ellas se suceden dos gobernadores: el almirante Cockburn, durante los primeros meses, y, a partir de abril de 1816, el mayor general Hudson Lowe, el cual muestra un extraordinario celo, además de respetar las órdenes recibidas de Londres. Es evidente que no desea repetir los errores del coronel Campbell, que dejó que Napoleón huyera de la isla de Elba.

Abandonados a su suerte

El 15 de octubre de 1815, unos cuarenta exiliados, entre personalidades y sirvientes, desembarcan en la isla. Durante la travesía ya han sido advertidos: la estancia que se disponen a iniciar no será nada fácil. Tras algunos meses aquí, nadie en Europa se preocupará ya de su suerte.

Los cuatro principales personajes que rodean a Napoleón provienen de medios diferentes y han conocido trayectorias opuestas. El gran mariscal del palacio, Henri-Gatien Bertrand, con su esposa Fanny y sus hijos, fue quien organizó todo en el primer exilio y es el garante de que se respete la etiqueta. Antiguo gobernador de las Provincias Ilirias y general del cuerpo de ingenieros, meticuloso y solícito, vela por el buen funcionamiento de las reglas establecidas.

Charles-Tristan de Montholon-Sémonville se convirtió en uno de los principales confidentes de Napoleón en Santa Elena.

Charles-Tristan de Montholon-Sémonville se convirtió en uno de los principales confidentes de Napoleón en Santa Elena.

Dominio público

En su tarea lo secundan dos oficiales muy diferentes: Charles-Tristan de Montholon-Sémonville, antiguo ayudante de campo y ahora chambelán, que coordina los aprovisionamientos y se convierte en uno de los confidentes más influyentes, y Gaspard Gourgaud, un joven ordenanza, que trata de acercarse todo lo posible a su ídolo, el emperador.

Por último, el sorprendente conde de Las Cases, que ha sido maître des requêtes (maestro de las peticiones) ante el Consejo de Estado y ha vivido en Inglaterra antes de ofrecer sus servicios en el momento de dejar el Elíseo. Se le encomienda la delicada misión de anotar en cuadernos, perfectamente copiados por su propio hijo (cuyo nombre de pila, al igual que el suyo, es Emmanuel), todos los detalles de estos primeros meses.

La pequeña corte que rodea al proscrito está formada también por varios fieles servidores. Entre ellos, destacan el primer ayuda de cámara, Louis-Joseph-Narcisse Marchand, de perfecta discreción y que ejecuta sus más mínimos deseos, y el mameluco Alí, cuyo verdadero nombre es Louis-Étienne Saint-Denis, originario de Versalles y que había sustituido, de un día para otro, a un antiguo soldado que abandonó al emperador en 1814. Además de guardaespaldas, es responsable de la biblioteca y de los archivos. Es, en definitiva, su hombre de confianza.

¡Que vienen los franceses!

La llegada de esta colonia francófona sorprende a la población local, formada por algunos británicos, isleños y esclavos (entre ellos, cientos de chinos), más acostumbrada a los marineros en ruta hacia las Indias que se detienen para hacer aguada que a estos revolucionarios franceses, que les han sido presentados como violentos y sanguinarios. Más aún cuando estos habitantes de Santa Elena no han seguido los hechos que han precipitado la caída del “hombre del bicornio”. De hecho, ha hecho falta un anuncio oficial y carteles colgados por las calles de la ciudad de Jamestown para que se confirmara la increíble noticia: Napoleón ha sido exiliado en su isla.

En los primeros días, tras haberse alojado en un modesto pabellón denominado Porteous House, el emperador encuentra refugio en la casa de un administrador de la Compañía de las Indias, llamado William Balcombe. Mientras su casa de Longwood está en obras se instala en Briars. La finca es paradisíaca, y la presencia de los hijos del propietario alegra y hace más llevadera esta estancia, de tal modo que se aclimata fácilmente, y los dos mundos, antaño alejados, parecen apaciguarse mutuamente.

Imagen del pequeño pabellón en el que Napoleón permaneció durante las primeras semanas de su cautiverio en la Isla Santa Elena

Imagen del pequeño pabellón en el que Napoleón permaneció durante las primeras semanas de su cautiverio en la Isla Santa Elena

David Stanley / CC BY 2.0

La joven Lucia Elizabeth, a la que llaman Betsy, a sus trece años, no ve en él ni el carácter ni la terrible fisonomía de quien, durante su infancia, le había sido presentado como un “ogro corso”. Por el contrario, cuando lo conoce, queda cautivada, llegando a decir: “… sus rasgos, pese a su frialdad, su impasibilidad y una cierta dureza, me parecieron de una gran belleza. Desde que tomó la palabra, su sonrisa encantadora y sus modales amables hicieron que desapareciera hasta el más mínimo vestigio del temor que hasta entonces había experimentado. (…). Los retratos que se han hecho de Napoleón transmiten una idea bastante exacta de cómo era, pero lo que ningún pincel puede reproducir es su sonrisa y la expresión de su mirada: lo que, justamente, constituía su encanto fascinante”.

Adiós a los privilegios

Los días felices pasados en estos jardines exuberantes son, sin embargo, un espejismo. A finales del año 1815, la colonia francesa ha de trasladarse a uno de los puntos más altos de la isla, una zona afectada por los vientos alisios, húmeda e infestada de ratas y parásitos. El agua corriente llega con dificultad, y las habitaciones reservadas al emperador quedan muy lejos de los salones de las Tullerías.

A las difíciles condiciones de vida en Longwood se une la mezquindad del gobernador inglés, que rechaza concederle cualquier libertad y reduce los paseos. Pronto, Hudson Lowe se ve respaldado por la presencia de tres comisarios europeos, nombrados por el Congreso de Viena para asegurar la paz mundial: el marqués de Montchenu, por Luis XVIII, el conde de Balmain, por Alejandro I de Rusia, y el barón Stürmer, por su homólogo austriaco, enviarán notas a las monarquías de la coalición para tranquilizar a Europa y confirmar la presencia aquí del que hizo temblar a los antiguos tronos.

La explicación de todas estas precauciones es simple: ¿no se dice que se contempla un intento de llevarse a Napoleón? ¿Que ciertos oficiales nostálgicos del pasado, instalados en América, no lejos del hermano mayor, José Bonaparte, preparan una expedición para venir a liberarlo? ¿Y que, en Sudamérica, un general de origen holandés llegaría incluso a echar una mano a esta conspiración, mediante naves submarinas especialmente diseñadas para deslizarse por el Atlántico sin ser avistadas? Asimismo, se afirma que en Texas ya está todo listo y que un grupo de fieles, reunidos en un “campo de asilo”, solo esperan a su líder para partir a la conquista del Nuevo Mundo…

Pero estas ideas se abandonan antes de ser puestas en práctica. El irlandés Barry Edward O’Meara, durante largo tiempo cirujano del navío Bellerophon y, posteriormente, del Northumberland, se ocupa durante varios meses de la salud del emperador, con el título de primer médico, pero debe abandonar la isla debido a su excesiva familiaridad con el exiliado y a que se sospecha que oculta el verdadero estado del célebre paciente que tiene a su cargo. Le sucede entonces, a partir de 1819, un doctor en cirugía de origen corso enviado por la familia Bonaparte, un tal Francesco Antommarchi, poco experimentado y que no logra que su salud mejore.

El fin de un mito

El mal es demasiado profundo. La lejanía y la soledad hacen mella en el estado anímico del soberano caído, ¡especialmente desde que la gentil Albine-Hélène de Montholon ha regresado a Europa! La esposa del general, llegada con los otros exiliados en 1815, había buscado la cercanía de Napoleón. De esta relación nace una niña, a la que llaman Joséphine. Pero en 1819, después de haberse alejado de su amante imperial y de haber mantenido un romance con el teniente coronel Basil Jackson (un oficial británico a cargo de la inicua vigilancia), debe regresar a Europa, a Londres y luego a Bruselas, donde reside desde entonces, provocando un sentimiento de abandono en el exiliado.

La salud de Napoleón se deteriora. Desde finales de 1820, ya casi no sale. Padece dolor de estómago, apenas come, permanece postrado en la cama y solo recibe unas pocas visitas. En abril, sabe que su final está próximo. Dicta sus últimas voluntades al general Montholon, en un testamento acompañado de varios codicilos, para que sus bienes sean distribuidos entre sus familiares, exigiendo que sus “cenizas reposen a orillas del Sena, en medio del pueblo francés […] al que tanto he amado”.

El 5 de mayo de 1821, después de una lenta agonía de varios días, Napoleón fallece a los cincuenta y un años. El escirro del píloro que pensaba que tenía era, en realidad, una úlcera cancerosa. Bertrand, presente en los últimos instantes, recoge sus últimas palabras, y escribe: “El Emperador ha exhalado varios suspiros. Varias veces el médico le ha tomado el pulso en el cuello. […] A las cinco horas y cuarenta y nueve minutos, el Emperador ha exhalado su último suspiro. En los últimos tres minutos, ha exhalado tres suspiros… En el momento de la crisis, ligero movimiento de las pupilas, movimiento regular de la boca y del mentón a la frente, con la regularidad de un péndulo. Por la noche, el Emperador había pronunciado el nombre de su hijo antes de: ‘al frente del ejército’. La víspera, preguntó dos veces: ‘¿Cómo se llama mi hijo?’. Marchand le respondió: ‘Napoleón’”.

El que tanto marcó su época y toda Europa murió, pues, en una modesta tierra perdida. Solo la leyenda le permitirá llegar a ser el mito que había esperado durante su vida. El conde de Las Cases, con su publicación del Memorial de Santa Elena, y, posteriormente, todos los escritores románticos (Stendhal, Chateaubriand, Hugo, BalzacByron, Pushkin…) le ofrecerán, finalmente, esta tumba de libros y de novelas que le permitirá alcanzar la eternidad.

'Napoleón, en su lecho de muerte', por Horace Vernet, 1826.

‘Napoleón en su lecho de muerte’, por Horace Vernet, 1826.

Dominio público

Heinrich Heine incluso pronosticó: “¡El Emperador ha muerto! En una pequeña isla del mar de las Indias está su tumba solitaria y él, para quien la Tierra era demasiado pequeña, descansa bajo un montículo insignificante… […] Santa Elena será el santo sepulcro al que los pueblos de Oriente y Occidente vendrán en peregrinación en barcos empavesados, y sus corazones se fortalecerán con el gran recuerdo del Cristo temporal que sufrió bajo Hudson Lowe”.

Doscientos años después de su final, Napoleón está más presente que nunca en las conciencias europeas. Tenía razón cuando decía: “¡Qué novela es mi vida!”. Su epopeya continúa fascinando.

Origen: Santa Elena, la isla inaccesible que vio morir a Napoleón

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: