Terror, violencia y acoso al disidente: la sangrienta independencia de EEUU que ha sido ocultada

'Los bostonianos pagando al recaudador, o embreándolo y emplumándulo' (1774). Atribuido a Philip Dawe.
‘Los bostonianos pagando al recaudador, o embreándolo y emplumándulo’ (1774). Atribuido a Philip Dawe.

Un revelador ensayo desmonta el relato “blanqueado” de la revolución americana y describe un escenario mucho más brutal, de auténtica guerra civil.

John Malcom, un funcionario de aduanas que trabajaba para el Imperio británico en Boston, se enzarzó en una disputa con un zapatero por maldecir a un niño pequeño que le había embestido con su trineo. Al caer la noche, el 25 de enero de 1774, un grupo de individuos se reunió delante de su casa. El exmilitar, de nefasta fama por un pasado de deudas y extorsiones y por ayudar a sofocar de forma sangrienta un levantamiento campesino contra los impuestos coloniales un par de años antes, se asomó con dos pistolas cargadas amenazando con matar a un buen número de los presentes. El gentío no se amedrentó y terminó irrumpiendo en el edificio.

Comenzó entonces el proceso de justicia revolucionaria: tras ser apaleado y golpeado, el cuerpo de Malcom fue untado con brea caliente, sobre la que se espolvorearon y pegaron numerosas plumas. Como hacía mucho frío, fueron incapaces de prenderlas. La arrebatada multitud subió al funcionario británico a un carro, le colocó un dogal al cuello y lo paseó por las calles de Boston entre azotes y amenazas de cortarle las orejas. Con la brea solidificándose sobre su piel, el hombre se rindió y maldijo a su rey, Jorge III, como se le reclamaba. Antes de quedar en libertad, fue obligado a beber una ingente cantidad de té —”esa hierba pestilente”— hasta que se puso pálido.

Esta macabra y humillante tortura no fue un suceso aislado, sino un ejemplo más de la escalada de violencia que sacudía en ese momento a la ciudad de Boston —hacía un mes del famoso Motín del Té y todavía se recordaba con gran viveza la masacre de los casacas rojas de 1770— y, en general, a las Trece Colonias. Los patriotas, en su sentimiento de agravio contra un imperio que les cobraba impuestos sin su permiso y que les enviaba un ejército en tiempos de paz, no iban a vacilar a la hora de recurrir a los medios más drásticos para imponer sus intereses.

La población de Boston sacando a John Malcom de su casa y preparándose para embrearlo.

La población de Boston sacando a John Malcom de su casa y preparándose para embrearlo. The Trustees of the British Museum

El relato arquetípico del nacimiento de Estados Unidos a través de su Revolución o de la Guerra de Independencia dibuja el triunfo de la libertad contra la tiranía, una lucha ilustrada, romántica e incluso pintoresca frente a la brutalidad inglesa. Pero el “mito de la excepcionalidad estadounidense” no es más que “un blanqueamiento”, “un proceso de memoria selectiva” que olvida una historia cruda, terrorífica, plagada de violencia, un “torbellino de brutalidad” que arrastró por igual a estadounidenses y británicos, a patriotas y lealistas. En definitiva, una auténtica guerra civil, la primera de EEUU.

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Así lo demuestra el historiador Holger Hoock, miembro de la Royal Historical Society, en su libro Las cicatrices de la independencia, recién editado en castellano por Desperta Ferro. “Para defender la Revolución contra sus enemigos internos, los patriotas recurrieron habitualmente a la violencia y el terror, a las amenazas y el acoso, a la violencia física, la tortura y los linchamientos ocasionales. Lo que muestro en el libro es que esta violencia no fue la lamentable excepción a una revolución por lo demás ordenada y limitada: fue omnipresente, necesaria y, de hecho, una característica definitoria de la Revolución estadounidense”.

Terror y disidencia

La salvaje humillación del funcionario John Malcom, que huyó a Inglaterra embreado y emplumado, refleja el ingrediente más escalofriante de un conflicto civil: la caza del vecino, que se convierte en enemigo. Al fin y al cabo, los británicos, hasta mediados del siglo XVIII, consideraron a los estadounidenses como sus compatriotas, con quienes compartían la misma lengua, religión, costumbres y rey. Los colonos, entrada la década de 1770 —la guerra se extendió entre 1775 y 1783—, siguieron haciendo gala de un crecido entusiasmo por los rituales y símbolos realistas. Pero la convivencia se quebró, descorchándose un sangriento proceso. Así lo confirman los números: en la Guerra de la Revolución murieron diez veces más estadounidenses per cápita que en la I Guerra Mundial y casi cinco veces más que en la II Guerra Mundial.

Hay muchos elementos escalofriantes, característicos de multitud de conflictos, en el revelador trabajo de Holger Hoock, como las violaciones de los casacas rojas, las pésimas condiciones de vida de los prisioneros, la destrucción y los pillajes perpetrados por ambos ejércitos sobre la población, la exagerada violencia contra las minorías raciales —esclavos negros y nativos indígenas—, etcétera. Pero lo más espantoso es descubrir el linchamiento público, el “sistema de control y de hostigamiento”, que armaron los patriotas para vigilar las palabras y acciones de sus camaradas.

Portada de 'Las cicatrices de la independencia'.

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Portada de ‘Las cicatrices de la independencia’. Desperta Ferro

Ese cometido lo desempeñaron los “comités de seguridad”, creados a raíz del boicot aprobado por el Congreso Continental para impedir las importanciones y exportaciones y el consumo de mercancías británicas. Bajo la advertencia de “¡Únete o muere!”, amilanaron con la bandera del terror a los dudosos y empujaron a otros muchos a luchar por la independencia. Mejor eso que la muerte social a la que estaban abocados de otro modo. Guiados muchas veces por turbas, las víctimas podían ser arrojadas a los ríos o estanques de los pueblos, donde les lanzaban arenques para que se los comieran; azotadas hasta que les rompían las costillas o “colocadas sobre un bloque de hielo para que les helase la fe en su equivocada lealtad”.

Los revolucionarios calificaron a los disidentes políticos de malditos rufianes, infames desgraciados y animales despreciables que debían ser exterminados; señalaron a personas solo por haber hecho negocios con un representante de la Corona británica; vandalizaron y saquearon las iglesias anglicanas y desterraron a numerosos clérigos, algunos de los cuales también fueron embreados; y pusieron en marcha un aparato propagandístico para cargar a los británicos con la responsabilidad de muchas de las brutalidades de la guerra, como la destrucción de la localidad de Norfolk, obra de sus soldados y no de los cañones enemigos.

“Durante aquella que fue la primera guerra civil de Estados Unidos, el tormento psicológico y la violencia física desempeñaron un papel mucho más grande en la supresión de la disidencia de lo que se suele admitir”, destaca Holger Hoock. “La infraestructura que los patriotas crearon para la revolución, que a menudo se celebra como innovadora, fue para los lealistas un aparato de opresión y terror”. El sangriento nacimiento de EEUU que ha sido olvidado

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Origen: Terror, violencia y acoso al disidente: la sangrienta independencia de EEUU que ha sido ocultada

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