Urraca de León o la condena de ser reina

Urraca I de León, pintada por Carlos Múgica y Pérez en 1857. Obra hoy en el Congreso de los Diputados. Dominio público
Urraca I de León, pintada por Carlos Múgica y Pérez en 1857. Obra hoy en el Congreso de los Diputados. Dominio público

Si hay una precursora de la lucha feminista en España durante la Edad Media, esa es Urraca de León, monarca del siglo XI que se batió sin desfallecer contra sus enemigos

Urraca era hija de Alfonso VI, el rey mitificado para mal en el Cantar de mio Cid. Vino al mundo hacia el año 1081. Su padre, incapaz de tener un heredero varón, quiso que aprendiera a temprana edad las tareas del gobierno, aunque siempre bajo la tutela de un hombre.

En parte por esa razón, Alfonso acordó su boda con Raimundo de Borgoña cuando Urraca aún era una niña, contentando con esa maniobra a los franceses, que por aquel entonces le ayudaban en su lucha contra los almorávides, además de conseguir para su hija un valedor masculino en el que apoyarse para un futuro reinado.

Sin embargo, aquellos movimientos regios quedaron en nada cuando nació Sancho, hijo de Alfonso VI y de la princesa musulmana Zaida. Con aquel alumbramiento, Urraca quedaba relegada a un segundo puesto.

Pese a ello, no fue abandonada del todo. Recibió, junto con Raimundo, el condado de Galicia, que acabarían gobernando en común. Fue entonces cuando Urraca empezó a mostrar que no quería limitarse a ser una mera esposa complaciente, como demuestran algunos documentos en los que firmaba como “reina” gallega, frente al “príncipe” que era entonces Raimundo.

Miniatura que representa al rey Alfonso VI de León (1047-1109), padre de Urraca.

Miniatura que representa al rey Alfonso VI de León (1047-1109), padre de Urraca.

Dominio público

A su vez, en el fuero otorgado a los habitantes de Santiago de Compostela, leemos que ese privilegio no solo se otorgó a los varones, sino también a las mujeres, un “indicio”, para la historiadora María del Carmen Pallares, “de contestación o incomodidad por parte de Urraca”, quien instó a incluir el género femenino en dicha ley, como protesta ante la mentalidad masculina de la época, que las relegaba a un segundo plano.

Del matrimonio, aparte de una buena gestión de los territorios gallegos, nacieron dos hijos, Sancha y Alfonso, a los que Raimundo conocería poco, pues murió en 1107. Un año después, los almorávides, cuya furia andaba desatada en aquellos años, acabaron con la vida de Sancho, el hermano de Urraca, y esta volvió a ser la heredera de Alfonso VI. Pero, al tiempo que esto ocurría, el rey ya planeaba una nueva boda para su hija, a quien no veía gobernando como mujer en solitario.

Maltratada por su esposo

Al rey Alfonso VI le quedaban pocos meses de vida, y decidió casar a Urraca con Alfonso I de Aragón, conocido como el Batallador. Para muchos de sus contemporáneos, aquel rey guerrero era un fiel sucesor del Cid y quizá el único capaz de detener la horda almorávide.

Para Urraca, sin embargo, Alfonso I era un pretendiente desagradable, “cruento, fantástico y tirano”, según las Crónicas anónimas de Sahagún, que ponen en su boca que se unió a él para su “desgracia por medio de un matrimonio nefando y execrable”.

Estatua de Alfonso I El Batallador en el Parque Grande José Antonio Labordeta de Zaragoza.

Estatua de Alfonso I el Batallador en Zaragoza.

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Alfonso VI no parecía preocupado por las inclinaciones de su hija, y consiguió que el matrimonio se celebrase. Tras su muerte, Urraca y el Batallador se convirtieron en reyes de hecho de Aragón, Navarra, Castilla y León, con el acuerdo de que, si de su unión nacía un heredero varón, este gobernaría todos aquellos territorios.

El trato generó malestar en un grupo de nobles, que se posicionó a favor del hijo de Urraca, Alfonso Raimúndez, quien vio cómo aquel casamiento destruía sus aspiraciones dinásticas. Pero también encontró respuesta por parte del clero y del papa Pascual II, afín a los borgoñeses, de los que descendía por línea paterna Raimúndez, y, por tanto, deseoso de ver a un heredero de estos aglutinar el poder de buena parte de los reinos cristianos peninsulares.

No iba a tener que esperar muchos años el papa para ver cumplido su deseo de anular el matrimonio. Las desavenencias entre los esposos comenzarían, prácticamente, en la misma noche de bodas. Urraca quería gobernar, siendo, como era, heredera de Alfonso VI. El Batallador no se lo permitía, excusándose en que era inconcebible que una mujer pudiera equiparársele.

Al final, según recoge la Historia compostelana, la cosa pasó a mayores. El Batallador “le puso las manos en el rostro y los pies en el cuerpo”, situación que aprovechó el clero castellano para rogar a Urraca que se separase del monarca. Alfonso de Aragón, temeroso de las consecuencias políticas que podía traerle la reacción de Urraca, la encerró en la fortaleza de Castellar y desplegó a sus soldados en ciudades clave como Toledo, intentando dominar así la totalidad de los territorios pertenecientes a la leonesa.

Urraca I de León, pintada por José María Rodríguez de Losada entre 1892-1894.

Urraca I de León, pintada por José María Rodríguez de Losada entre 1892 y 1894.

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Mas la reina no permaneció inactiva. Entró en contacto con los partidarios de su hijo, que lo protegían en Galicia, y acordó nombrarlo rey si la ayudaban contra el Batallador. Pero en uno de esos giros que serían tan habituales en su vida, antes de poner en marcha el plan, Urraca se reconcilió con su esposo, provocando una guerra civil entre sus partidarios y los de su hijo en Galicia.

Juego de tronos

Aquella especie de guerra civil a la gallega se convirtió, a partir de 1111, en un juego de tronos peninsular. Por un lado, tenemos a Alfonso el Batallador, aliado unas veces con Urraca y enfrentado, otras, a ella por el control de los territorios castellanos. Por otro, encontramos a los gobernantes de Portugal, que intentaban hacerse con parte de Galicia y León, mientras los gallegos, divididos entre los partidarios del hijo de Urraca y esta, luchaban entre sí, contra todos y, a veces, junto a Urraca.

Mientras, en la difusa frontera del Tajo, los almorávides acechaban anhelantes nuevas conquistas. Fueron años de caos, en los que las plazas fuertes cambiaban de manos y el territorio controlado por Urraca amenazaba con desvanecerse.

Este desbarajuste pareció llegar a su fin en 1114, cuando, tras la enésima reconciliación con ese esposo con el que ya no vivía, Urraca fue repudiada por el Batallador, después de que este prestase oídos a los rumores según los cuales iba a ser envenenado por su mujer. El papa otorgó la nulidad matrimonial en el acto. Urraca, por fin, era libre para gobernar como siempre había deseado. Pero no iban a dejarla.

Reina independiente

El Batallador proseguiría su lucha contra Urraca tras la disolución matrimonial, mientras Galicia se encontraba separada, de hecho, de la corona, y Portugal amagaba con la independencia.

Urraca vivió durante el resto de sus días poniéndose al frente de sus tropas en múltiples batallas y realizando maniobras políticas de todo tipo, con el objetivo de mantener lo que consideraba su legítimo derecho a reinar.

Logró un pacto con los partidarios de su hijo, dejando claro que gobernaría hasta su muerte

En el campo de batalla no tendría mucha suerte, pero sus estratagemas políticas y su capacidad de convicción surtieron efecto. Gracias a esta consiguió un pacto con los partidarios de su hijo, dejando claro que gobernaría hasta su muerte y no hasta la mayoría de edad de Alfonso Raimúndez, como pretendían los seguidores del muchacho.

Parece que en esos tratos anduvo involucrado el obispo gallego Gelmírez, a quien Urraca quiso recompensar por sus desvelos entregándole Santiago de Compostela. Sin embargo, los burgueses de la ciudad se negaron a reconocer al señor obispo y se alzaron en armas, así que Urraca se vio obligada a someterlos espada mediante.

Diego Gelmirez, representado en el 'Manuscrito Tumbo de Toxosoutos' (siglo XIII).

Gelmírez, representado en el manuscrito ‘Tumbo de Toxosoutos’ (siglo XIII).

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Los burgueses compostelanos, aterrados ante el poder militar levantado contra ellos, se refugiaron en la catedral y, cuando los enviados de Gelmírez les instaron a rendirse, se resistieron obligándoles a huir. Pero en el proceso corrió el rumor de que la reina había violado el derecho de los burgueses de acogerse a sagrado en el templo compostelano, y una turba enfurecida se lanzó contra Urraca y su gente, consiguiendo desnudar a la reina, arrojarla sobre el barro de la calle y apalearla hasta dejarla medio muerta.

Tras ese terrible suceso, un grupo de burgueses, temiendo las consecuencias de su acción, liberaron y protegieron a la reina, que, al volver junto a sus tropas, sitió la ciudad sometiéndola en poco tiempo.

Y aquí encontramos una muestra del carácter político de Urraca. Ella, que había sufrido la mayor de las humillaciones por parte de sus súbditos, limitó su venganza a desterrar a los líderes de la algarada para evitar crearse nuevos enemigos. Tenía de sobra.

‘Damnatio memoriae’

En 1126, tras años de luchar contra todos sin tregua, Urraca murió mientras daba a luz a un hijo concebido con Pedro de Lara, de quien aún hoy dudamos si era su amante o un esposo, esta vez sí, libremente escogido.

La reina fue enterrada en León, y la Historia compostelana le dedicó un duro epitafio, acusándola de gobernar “tiránica y mujerilmente”. En paralelo a críticas póstumas de este calibre, Urraca sufrió una especie de damnatio memoriae medieval. Fue condenada al olvido por sus sucesores, en particular por Alfonso VII, el primer responsable de borrar el recuerdo de su madre, al eliminar su nombre de los documentos oficiales.

Miniatura medieval que representa a la reina Urraca I de León.

Miniatura medieval que representa a la reina Urraca I de León.

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Tanto él como quienes, posteriormente, escribirían sobre el reinado de Urraca contribuyeron a que, durante siglos, aquella mujer fuera considerada un mero trámite de la historia. Una especie de regente, a lo sumo, que casi pierde un reino entre los mandatos de Alfonso VI y Alfonso VII. Ella que, contra todo y contra todos, fue capaz de mantener en pie la heredad de ese hijo tan desagradecido.

Origen: Urraca de León o la condena de ser reina

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