Valeriano: el cruel tormento antes de ser asesinado de un anciano emperador romano

Tras ser derrotado y capturado por Sapor I, padeció continuas vergüenzas hasta que desapareció sin dejar rastro

No desvelaré identidades, pero un historiador especializado en la Antigua Roma me dijo una vez que los autores clásicos eran una suerte de cronistas del corazón. Tipos con sus filias y sus fobias; sus intereses y sus odios. Sujetos que daban forma a los textos acorde a lo que escuchaban por aquí y por allá. Y si no se lo creen, basta poner el foco sobre el final de Publio Licinio Valeriano, emperador romano entre el 253 y el 260 d.C. De él solo se sabe a ciencia cierta que fue capturado por el rey del Imperio Persa Sasánida Sapor I y que acabó sus días preso. A partir de ahí, la imaginación de los cronistas vuela hasta la cúpula celeste. O más allá incluso.

Aquí los ejemplos. Lucio Cecilio Firmiano Lactancio, filósofo e historiador cuasi contemporáneo de estos sucesos, dejó constancia entre los siglos III y IV de que Valeriano padeció un tormento y una humillación que estremecieron a Roma. Al parecer, Sapor se valió de él como un trofeo. «Afirma que se hacía acompañar de él a cualquier lugar al que iba para poder utilizar su espalda como pie de apoyo al montar en su caballo. Así le recordaba la realidad de su penosa situación», explica el licenciado en historia Jorge Pisa Sánchez en ‘Breve historia de los persas’. Otros determinan que le obligó a tragar oro antes de desollarle vivo y exponer su piel –ya seca– ante su pueblo. Una ignominia para todo un emperador.

Vaya usted a saber. Lo que está cristalino es que la captura de Valeriano supuso un golpe difícil de superar; uno de esos que van directos a la nuez. «La captura fue un hecho insólito en la historia de Roma y una de las mayores humillaciones militares en la historia del imperio», añade el español en su obra. Por sorprender, sorprendió incluso a los monarcas persas, que enviaron misivas desde todas las regiones para pedir a Sapor que liberara a su reo. «Has capturado a un anciano, pero te has hecho enemigo de todos los pueblos del mundo y quizá lo mismo nos ocurra a nosotros, pues enviamos tropas auxiliares, somos vuestros vecinos y siempre trabajamos para vosotros, luchando a vuestro lado», escribió Artabasdes, rey de los armenios.

Se alza Valeriano

El origen de esta historia se halla a muchos kilómetros de la Antigua Roma. En el siglo III, dominaba la dinastía sasánida de Persia Sapor I, un líder al que los historiadores definen como capaz y violento opositor a la ‘urbs’. En el 242 demostró ambas facetas cuando atacó a las legiones de Gordiano III en MesopotamiaNisibis Carras. «Al año siguiente, después de que el joven emperador fuera asesinado y su prefecto pretoriano le sustituyera —sería conocido como Filipo el Árabe—, Sapor firmó un acuerdo de paz en virtud del cual obtuvo el control de importantes porciones de antiguo territorio romano, sabiendo que Filipo estaba deseoso de lanzarse hacia el oeste para acabar con los invasores godos que estaban amenazando Italia», desvela Stephen Dando-Collins en ‘Legiones de Roma’.

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Valeriano
Valeriano

Los años siguientes fueron duros la vieja Roma. En una década pasaron por su poltrona la friolera de cuatro emperadores, a cuál más breve que el anterior. Sapor I, que de poco avispado no tenía un pelo, olió la debilidad, obvió el pacto que había firmado con la ‘urbs’ y se lanzó en una alocada carrera por arrebatar territorio a las legiones. Vaya si le fue bien. A partir del 252 asaltó y conquistó sin piedad alguna las ciudades ubicadas en el interior de Armenia Siria. «Sapor venció, en el mismo año, a un ejército romano en Barbalissos, en la ribera norte del río Éufrates, donde aniquiló, según sus propias palabras, a 60 000 soldados enemigos, tras lo cual saqueó la provincia de Siria y destruyó la ciudad de Antioquía, además de tomar Hierápolis Dura-Europos», apostilla, en este caso, el autor español.

Triste captura

La difícil tarea de detener los vaivenes bárbaros recayó sobre Valeriano, entonces un sesentón con mil batallas a sus espaldas y emperador desde el 253. Narra Stephen Dando-Collins que, cuando las noticias de las invasiones persas arribaron a Roma, el anciano nombró a su hijo Galieno gobernante de la zona occidental del imperio y se dirigió al este con sus hombres. Tal y como desvela la profesora de Historia Antigua María Pilar González-Conde en una biografía sobre este personaje elaborada para la Real Academia de la Historia, ya nunca volvería a ver la ‘urbs’ magna. En el 254 arribó a Antioquía con sus legiones para hacerse cargo de la defensa de Antioquía. Los siguientes seis años los pasó a base de lanzazos y mandobles a lo largo de la región.

Ambos estuvieron meses como el perro y el gato. «La suerte osciló entre ambos bandos cuando los ejércitos entablaron batalla, aunque al final Valeriano hizo retroceder a Sapor hacia Mesopotamia», desvela Dando-Collins. El acto final de esta opereta se dio cuando el sasánida sitió la ciudad de Edesa, considerada casi inexpugnable por sus infranqueables murallas. En un intento de romper el cerco al que estaba sometido el enclave, el romano reunió a sus legiones en junio del 260. Las cifras varían, pero los expertos hablan de unos 70.000 hombres. Todo apuntaba a una victoria Valeriano, pero el destino se volvió en su contra. Las tropas del anciano cayeron en una trampa y se sucedió la debacle. Los que no fueron asesinados, resultaron capturados.

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Sapor I
Sapor I

«Hasta cuarenta mil soldados de Valeriano perecieron o fueron hechos prisioneros», añade Dando-Collins. La mayor parte de los legionarios romanos fueron arrastrados hasta oriente y vendidas como animales para trabajar en grandes proyectos de construcción. Sin embargo, el premio gordo fue el propio emperador. Los historiadores coinciden en que, sobre el papel, Sapor obtuvo a un preso que jamás pudo haberse imaginado. Para él supuso la llegada de un trofeo. Lo curioso es que, en los meses siguientes, se negó a pactar su salida del territorio sasánida. Poco le importó el dinero que le ofreció Roma o las amenazas llegadas desde el otro lado del mundo.

Tampoco le prestó demasiada atención a las cartas que le enviaron el resto de nobles persas. Uno de los más claros fue Veleno, rey de los Cadusios:

«Recibí con alegría, íntegras e incólumes, las tropas auxiliares que yo te había enviado. Pero no me alegro tanto de que Valeriano, príncipe entre los príncipes, haya sido capturado; me alegraría más si fuese devuelto. Pues los romanos son más temibles cuando son vencidos. Por ello, actúa como conviene al hombre prudente y que la fortuna, que a muchos engañó, no te envanezca. Valeriano tiene un hijo emperador y un nieto césar, y ¿qué me dices de todo el mundo romano, que unido se levantará contra ti? Deja en libertad, por tanto, a Valeriano y haz la paz con los romanos».

«Sapor, cuando deseaba subir al carro o montar a caballo, mandaba al romano que se postrase y le ofreciese su espalda y, poniéndole el pie sobre ella, le decía entre risas, en plan de burla, que ésta era la realidad verdadera»

Artabasdes, monarca de los armenios, tampoco se mordió la lengua. En otra misiva afirmó que, aunque a él le correspondía parte de la gloria, sabía que lo peor podía llegar: «Me temo que, más que vencer, has plantado semillas de guerra». Sobre blanco insistió en que lo que tenían entre manos no era un trofeo, sino un rehén que medio mundo estaría dispuesto a rescatar. «A Valeriano lo reclama su hijo, su nieto, los generales romanos, toda la Galia, toda África, toda Hispania, toda Italia y todos los pueblos del Ilírico, de Oriente y del Ponto. Todos están de acuerdo con los romanos sometidos a su autoridad». Por suerte para Sapor, no se organizó ningún ejército para rescatarle.

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Y cruel tormento

El tormento que padeció Valeriano fue recogido por el mencionado Lactancio. Este lo dejó escrito en su famosa ‘Sobre la muerte de los perseguidores’.

«En efecto, el rey de los persas, Sapor, que era quien le había cogido prisionero, cuando deseaba subir al carro o montar a caballo, mandaba al romano que se postrase y le ofreciese su espalda y, poniéndole el pie sobre ella, le decía entre risas, en plan de burla, que ésta era la realidad verdadera y no lo que los roma nos pintaban en tablas y murales. De este modo, tras haber contribuido a realzar magníficamente el desfile triunfal de aquél, vivió aún lo suficiente para que, durante un largo tiempo, el nombre romano fuese motivo de mofa y burla entre los bárbaros».

El historiador también escribió que otro hecho que contribuyó a agravar su castigo fue, precisamente, que ninguno de sus familiares ni generales orquestó un plan para liberarlo. Así, triste, olvidado y vilipendiado, falleció Valeriano. Murió dos años después, y no por la vejez, sino por culpa de la espada de su captor. Aquí las palabras de Lactancio:

«Una vez que acabó su humillante vida en medio de una ignominia como ésta, fue despellejado y, tras separarle las vísceras de la piel, tiñeron ésta con un líquido rojo v la colgaron en el templo de los dioses bárbaros, a fin de que sirviese de conmemoración de tan brillante victoria y, a nuestros embajadores, la contemplación de los despojos de este emperador cautivo en el templo de sus dioses bárbaros les sirviese de advertencia perenne vara que los romanos no confiasen demasiado en sus fuerzas».

Origen: Valeriano: el cruel tormento antes de ser asesinado de un anciano emperador romano

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