Así luchaban los temidos jinetes mongoles, el imperio que doblegó a China y al mundo árabe

 El secreto del ejército mongol, que doblegó China y el mundo árabe
El secreto del ejército mongol, que doblegó China y el mundo árabe

Al contrario de la idea extendida, los mongoles no avanzaban sin ton ni son, sino planeando al detalle cada campaña e investigando previamente las características de su enemigo. La guerra psicológica era su especialidad

«¡La mayor felicidad en la vida humana es vencer a los enemigos y perseguirlos! ¡Cabalgar sus caballos y quitarles todo lo que poseen! ¡Hacer que vean, bañados en lágrimas, los rostros de los seres que les fueron queridos y estrechar los brazos a sus mujeres e hijas!», afirmó en cierta ocasión Genghis Khan, el Hijo del Cielo, el caudillo mongol que declaró la guerra a las ciudades, lugares habitadas, según él, por seres humanos débiles y mediocres.

A pesar de la obsesión por ver en el choque entre Occidente y Oriente el gran motor de la historia, la realidad es que otras fuerzas centrífugas llevan los mismos siglos colisionando con misma y hasta superior intensidad. El norte contra el sur y, sobre todo, la periferia contra el centro. En definitiva, el mundo nómada contra las ciudades. En la mejor tradición de las hordas de jinetes venidas del centro de Asia, Genghis Khan protagonizó en el siglo XII una gran incursión contra China, el mundo árabe y Europa oriental, que hizo temblar el planeta y dejó en segundo plano eventos que, como las cruzadas, se estudian hoy al detalle.

Más inteligencia que brutalidad

Los jinetes que el Hijo del Cielo condujo a la batalla eran completamente distintos a los habitantes de las ciudades. Nunca se hartaban de la guerra o anhelaban asentarse en un lugar fijo. Si bien lo normal era que estas tribus se desangraran en guerras locales, Genghis Khan logró unificar a los pueblos mongoles y canalizar su furia para conquistar el mundo conocido. Su ejército llegó a estar formado por más de medio millón de hombres y contaba con un cuerpo de oficiales, con amplia experiencia, extraído casi en exclusiva de los mongoles-koko.

Retrato idealizado de Genghis Khan
Retrato idealizado de Genghis Khan

«Ya que el cielo me ha destinado a reinar sobre todos los pueblos, ordeno que del tuman [una unidad social y militar compuesta por unos 10.000 hombres], de las divisiones de mil hombres y de las centurias, se elijan cien mil hombres para mi guardia personal. Esos hombres, que siempre estarán cerca de mí, tienen que ser altos, fuertes y hábiles, y deberán ser hijos de jefes, dignatarios o guerreros libres», dispuso Gengis Kan como método para formar una guardia de élite y, a la vez, asegurarse la fidelidad de los distintos caudillos, temerosos de que si no obedecían sus hijos podían sufrir las consecuencias. El Khan creó así una nobleza fiel a su persona y una infinita cantera de oficiales y funcionarios para su enorme imperio.

Al contrario de la idea extendida, los mongoles no avanzaban sin ton ni son, sino planeando al detalle cada campaña e investigando previamente las características de su enemigo. Su red de informantes y sus mensajeros, «las flechas», a los que estaba terminantemente prohibido retrasar, marcaban la diferencia en sus guerras. Mientras sus enemigos, al menos en los primeros cincuenta años de su rápida expansión, apenas sabían algo concreto de las hordas mongolas, los generales mongoles conocían las debilidades y puntos fuertes de sus presas, sus enemigos y sus aliados, sus desavenencias internas… Eso explica, en parte, cómo pudieron destruir sin apenas dificultad reinos que, como Hungría, habían soportado todo tipo de incursiones sin romperse nunca.

La guerra relámpago en la Edad Media

Los mongoles aplicaban a conciencia una estrategia de terror. Atacaban distintas partes del país enemigo y buscaban sacar provecho a la debilidad de la mayoría de estados medievales. Los mongoles, acostumbrados a moverse a gran velocidad por estepas eternas, podían atacar sin descanso, desde puntos muy distantes y pareciendo que eran más de los que eran en verdad.

Un comerciante que logró huir de Buchara, ciudad musulmana arrasada en 1219, relató el horror que arrastraba la horda con una sencillez heladora: «Vinieron, incendiaron, asesinaron, saquearon y se fueron». De ciudades que contaban con más de un millón de personas no quedó «perro ni gato con vida», pues únicamente artistas, artesanos y mujeres jóvenes se salvaban de la muerte a cambio de una vida de esclavitud. Los mongoles acostumbraban a asolar por completo las ciudades enemigas, transformarlas en desiertos ricas provincias y no dudaba para ello en matar a todo ser viviente que no les fuera de utilidad.

El gran número de caballos que acompañaba a cada jinete, entre tres y cuatro, hacía que tuvieran siempre refresco a tiempo y, a nivel visual, les hacía aparentar más efectivos de los que realmente eran. El hecho de que ellos y sus caballos, de una raza de pequeño tamaño, eran de naturaleza enjuta pero fibrosa hacía que pudieran sobrevivir largos periodos comiendo pocas provisiones. La leche de sus propias yeguas les permitía alimentarse en el curso de los combates y, en situaciones de necesidad extrema, los mongoles podían beber la sangre de sus caballos sin que éstos murieran. El guerrero mongol estaba demasiado acostumbrado a la vida nómada como para percibir las privaciones de la guerra.

«Vinieron, incendiaron, asesinaron, saquearon y se fueron»

El arma principal de los mongoles era, sin duda, el arco compuesto, superior en efectividad a los arcos occidentales de la época. Cada guerrero llevaba consigo dos arcos, uno para distancias largas y otro para distancias cortas, y varias decenas de flechas con distintos tipos de punta. Su pericia disparando a galope, valiéndose de los estribos que las tribus nómadas manejaban con maestría, les permitía que ni siquiera montados perdieran efectividad sus arcos. Como arma secundaria, usaban una lanza de 3,5 metros y solían ir armados también con sables, hachas de mano y mazas, aunque evitaban en lo posible el combate cuerpo a cuerpo.

Comparativa entre la extensión del Imperio mongol en el siglo XIII y la localización actual
Comparativa entre la extensión del Imperio mongol en el siglo XIII y la localización actual

A unas habilidades innatas en el manejo del arco a caballo, Gengis Khan añadió entre sus filas una disciplina que acostumbró a estos guerreros a realizar maniobras cerradas y a buscar siempre los flancos enemigos hasta introducirse como una cuña en el centro. Las emboscadas, las huidas fingidas y todo tipo de maniobras de engaño desesperaban a los ejércitos más convencionales, cuya infantería y caballería pesada no estaban preparados para aquel grado de velocidad. El Hijo del Cielo recorrió en cuatro años más de veinte mil kilómetros y se enfrentó prácticamente en todas sus batallas a tropas que le superaban en número.

Un imperio militarizado

La pericia como jinetes en campo abierto no le iba a la zaga de la capacidad destructiva de los mongoles en los asedios, donde contaban con máquinas de guerra procedentes de China, Persia y el mundo árabe. Precisamente de sus tropiezos contra la China de la dinastía Song aprendieron la importancia de dominar todos los aspectos del combate. Entre las primeras lecciones que recibían los oficiales mongoles estaba el uso de escaleras de asalto y de sacos de arena, así como la confección y empleo de gigantescos escudos para acercarse a las fortalezas. Cada tribu estaba encargada de fabricar el material de asedio, que era guardado en arsenales especiales bajo protección y solo era distribuido cuando empezaba la campaña.

El imperio de Gengis Kan, que inició una edad de oro a nivel cultural para China y abrió el comercio en Asia de punta a punta, se cimentó en importantes reformas y mezcló la brutalidad militar de las tribus nómadas con la cultura milenaria de los territorios conquistados. Como narra Michael Prawdin en su clásico libro «Gengis Kan y sus sucesores: Apogeo y decadencia del Imperio mongol», el Hijo del Cielo organizó a nivel legal, a través de la Yassa, una sociedad tribal totalmente militarizada y regida por un estricto código de conducta, donde el robo de ganado se pagaba con la muerte y la guerra lo dictaba todo. Los mismos que conducían a los guerreros en campaña se encargaban de dirigir e impartir luego justicia en su tribu.

Cualquier hombre desde los 15 a los 60 años estaba obligado a servir en la lucha

Cualquier hombre desde los 15 a los 60 años estaba obligado a servir en la lucha, mientras las mujeres gozaron de derechos inéditos en el resto de Asia para gestionar el patrimonio familiar y contribuir, a su modo, a las futuras campañas. La esposa debía cuidar de que las botas, las calzas y el material de guerra estuviera listo para que su marido pudiera cabalgar en cualquier momento. Asegurar las provisiones en invierno era algo fundamental. Con leche de vaca, que hervida y guardada en bolsas de piel de cordero nunca enranciaba, fabricaban grandes cantidades de manteca y de otros productos resistentes al paso de las estaciones.

Origen: Así luchaban los temidos jinetes mongoles, el imperio que doblegó a China y al mundo árabe

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