23 julio, 2024

Auge y caída de Viacheslav Mólotov, el martillo de Stalin

El político y diplomático soviético Viacheslav Mólotov en su etapa como ministro de Exteriores, 1941. Laski Diffusion/Getty Images
El político y diplomático soviético Viacheslav Mólotov en su etapa como ministro de Exteriores, 1941. Laski Diffusion/Getty Images

Viacheslav Skryabin escogió como nombre de guerra Mólotov, del ruso “molot”, que quiere decir martillo. El joven revolucionario confiaba en que el toque industrial

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Viacheslav Skryabin escogió como nombre de guerra Mólotov, del ruso “molot”, que quiere decir martillo. El joven revolucionario confiaba en que el toque industrial y proletario del apodo lo acercaría a las masas obreras a las que debía arengar. Mucho tiempo después, cuando alcanzó la cima de la jerarquía soviética, su sobrenombre se ajustaba perfectamente al carácter implacable y tenaz del que sería el más fiel lugarteniente de Stalin.

Ambos se conocieron en 1912, en la redacción de Pravda, el diario bolchevique. Tuvieron que transcurrir diez años hasta que comenzaran a colaborar estrechamente. Stalin era entonces secretario general del partido, y Mólotov, su adjunto. En aquel cargo sobresalió como un administrador concienzudo y leal. En la lucha por el poder que siguió a la muerte de Lenin tomó partido por Stalin, quien recompensó generosamente su fidelidad. En 1926, con la promoción al selecto club del Politburó, y, cuatro años después, con la jefatura del gobierno.

Tándem con Stalin

Si hacemos caso a Trotski, aquel ascenso representaba el triunfo de una generación de burócratas mediocres, ajenos a la estirpe heroica de los viejos bolcheviques y más celosos del rigor administrativo que de las convicciones ideológicas. Crítica al margen, lo cierto es que, a lo largo de los años treinta, Stalin y Mólotov formaron el tándem que moldeó la sociedad soviética.

El primero definía desde la dirección del partido las líneas maestras de la política, mientras el segundo supervisaba su ejecución controlando la acción de gobierno. No hubo iniciativa, por traumática que fuera, sin el respaldo absoluto de Mólotov. Por eso fue tan responsable como Stalin de las consecuencias calamitosas de la colectivización del campo, y cómplice en las matanzas durante las grandes purgas. Los archivos atestiguan los cientos de listas de condenas a muerte firmadas por ambos.

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A mediados de 1939, sin apenas experiencia diplomática, asumió la cartera de Exteriores. A partir de entonces, fue el alter ego de Stalin en las mesas de negociación y defendió su voluntad con dosis infinitas de firmeza y paciencia. Cerró el pacto de no agresión con los nazis que retrasó casi dos años la invasión alemana. Y cuando esta se produjo, tejió la alianza con británicos y norteamericanos que aseguró la victoria.

Molotov firma el pacto germano soviético de no agresión, ante Stalin y el ministro alemán Von Ribbentrop, de pie a la izquierda.

Molotov firma el pacto germano soviético de no agresión, ante Stalin y el ministro alemán Von Ribbentrop, de pie a la izquierda.

Dominio público

Al acabar el conflicto estaba en el cenit de su carrera. Solo Stalin superaba su proyección internacional, y su estatura como hombre de Estado era reconocida en las principales cancillerías. Sin embargo, su famosa tenacidad a la hora de negociar poco pudo hacer por mantener la colaboración con Londres y Washington en la construcción del orden de la posguerra. La gran alianza se desvaneció dando paso a la división del mundo en dos bloques. La guerra fría había estallado.

Caída y retorno

1948 fue su annus horribilis. Lo peor no fue que se quedara con la miel en los labios tras ser nominado al Nobel de la Paz, sino el arresto de su esposa. Polina Zhemchúzhina, ferviente estalinista que había ocupado altos cargos en el gobierno, estaba desde hacía tiempo en el punto de mira de Stalin.

Su origen judío sirvió de pretexto para acusarla falsamente de espiar para Israel. Condenada a cinco años en un campo de trabajo, Mólotov nada hizo para salvarla de la cárcel. Incluso acató el divorcio que le impuso Stalin, porque antes que el amor por ella estaba la obediencia ciega al partido y la devoción sin límites a su líder, quien, no satisfecho con esa humillación, lo destituyó como ministro de Exteriores al año siguiente.

Polina Zhemchuzhina Molotova, directora de TeZhé

Polina Zhemchuzhina Molotova.

Getty Images

No se detuvo ahí su caída a los infiernos. En 1952, Stalin lo excluyó, primero, del Politburó, y, luego, de su círculo más íntimo. Sospechaba sin fundamentos que su lugarteniente más leal era un traidor. Su vida pendía de un hilo.

Aunque el 5 de marzo de 1953 debió de respirar con alivio al conocer la muerte de Stalin, fue el único de sus colaboradores que se mostró visiblemente emocionado durante el funeral de quien creía un gigante irremplazable. El poder pasó entonces a una dirección colegiada, con Gueorgui Malenkov como primer ministro, Lavrenti Beria al frente de la seguridad del Estado, y el control del partido en manos de Nikita Jruschov.

De izqda. a dcha., llevan el féretro de Stalin: Beria, Malenkov, Vasili Stalin, Mólotov, Bulganin, Kaganovich y Shvernik, 1953.

De izqda. a dcha., llevan el féretro de Stalin: Beria, Malenkov, Vasili Stalin, Mólotov, Bulganin, Kaganovich y Shvernik, 1953.

Hulton Archive/Getty Images

Mólotov recuperó la jefatura de la diplomacia. Con sesenta y tres años era el más veterano del grupo, y, para la mayoría, el digno sucesor de Stalin. Pero estaba demasiado acostumbrado a ser el número dos y no mostró intención alguna de querer desafiar el liderazgo colectivo. Al contrario, no dudó en secundar a Jruschov para deshacerse de Beria cuando sus iniciativas amenazaron los equilibrios de poder en el grupo.

Hasta 1955 buscó con ahínco la distensión con Occidente, intentando dar forma a un sistema de seguridad colectiva que pusiera fin a la guerra fría. El escollo era el futuro de la Alemania dividida. Ante el temor a que la parte occidental se rearmara, integrándose en la OTAN, estuvo dispuesto a aceptar una Alemania unida y neutral.

Fue una concesión que Jruschov, que se perfilaba como el hombre fuerte del régimen, rechazó de plano. Como resultado, la guerra fría se enquistó. En 1955 la República Federal de Alemania ingresó en la OTAN, y, al año siguiente, su hermana comunista lo hizo en el Pacto de Varsovia.

El enfrentamiento con Jruschov

Quizá no hubo dos personalidades más antagónicas en el grupo dirigente que las del secretario general y el jefe de la diplomacia. Jruschov, expansivo, impetuoso y algunas veces errático, estaba en las antípodas del autocontrol y refinamiento del siempre inescrutable Mólotov, que despreciaba a Jruschov por su tosquedad.

Aquellas diferencias de carácter, a buen seguro, acentuaron las discrepancias políticas que preludiaron su enfrentamiento final. Mólotov censuró con dureza que Jruschov cediera a Ucrania la península de Crimea, un territorio históricamente ruso. También criticó el despilfarro absurdo de su campaña para cultivar extensas zonas baldías del país.

Mólotov (izquierda) con Jrushchov (segundo desde la derecha) y el presidente del Consejo de Ministros Nikolái Bulganin (a la izquierda de Jrushchov) en 1955.

Mólotov (izquierda) con Jruschov (segundo desde la derecha) y el presidente del Consejo de Ministros Nikolái Bulganin (a la izquierda de Jruschov) en 1955.

Bundesarchiv, Bild 183-33241-0001 / CC-BY-SA 3.0

Jruschov, por su parte, aprovechó las reticencias de Mólotov al acercamiento a la Yugoslavia de Tito para acusarlo de mantener concepciones anticuadas de las relaciones internacionales. A la postre, detrás de aquellas disputas subyacía el conflicto entre dos modelos políticos: el estalinismo, que representaba Mólotov, y su superación, por la que apostaba Jruschov.

La ruptura definitiva llegó cuando Jruschov decidió atacar a la figura de Stalin. Mólotov aceptaba que su jefe hubiera cometido errores, pero también exigía el reconocimiento de sus méritos. Nada de aquello sucedió durante el vigésimo congreso del partido, celebrado en febrero de 1956, y que inició la desestalinización.

El famoso informe secreto de Jruschov, leído a puerta cerrada, horrorizó a los delegados al revelar la magnitud de los crímenes de Stalin. Mólotov no fue el único en el partido que interpretó aquella maniobra como una traición. Entre bastidores hubo quien le pidió que diera un paso al frente y tomara las riendas del país.

Líneas rojas

La desestalinización avanzaba. Tras el congreso, se creó una comisión para investigar los juicios que, en los años treinta, eliminaron a la vieja guardia bolchevique, así como el asesinato de Serguéi Kírov, el jefe del partido de Leningrado, detonante de las grandes purgas. Jruschov confiaba en que los resultados de la investigación apuntarían a Stalin como promotor del magnicidio, lo que debilitaría a sus fieles en el partido. Pero las conclusiones de la comisión, presidida por Mólotov, ratificaron la culpabilidad de los ejecutados, y descartaron que Stalin urdiera complot alguno contra Kírov.

Aquel revés a la ofensiva antiestalinista de Jruschov no evitó la destitución de Mólotov como ministro de Exteriores, aunque conservó su puesto en el Politburó, desde donde continuó su oposición al secretario general.

Molotov, con el ministro francés de Exteriores, Antoine Pinay, en 1955.

Mólotov, con el ministro francés de Exteriores, Antoine Pinay, en 1955.

Dominio público

En el otoño de 1956, la crisis en los regímenes comunistas de Polonia y Hungría agudizó aún más las tensas relaciones en la cúpula dirigente. Jruschov cometió la imprudencia de airear fuera del partido las desavenencias internas. Aquel error, que traspasaba una línea roja de la ética bolchevique, unido al estilo egocéntrico de Jruschov en la toma de decisiones, contraviniendo las normas de la dirección colegiada, convencieron a Mólotov de la necesidad de destituirlo. Gueorgui Malenkov y Lázar Kaganóvich, antiguos lugartenientes de Stalin, se sumaron a la iniciativa. Los partidarios del golpe eran mayoría en el Politburó, y desde aquel órgano lanzaron su ataque.

En junio de 1957 tuvo lugar la acalorada reunión del Politburó en la que Jruschov, después de recibir un aluvión de críticas y acusaciones, presentó su renuncia. El triunfo parecía de Mólotov, pero pronto fue neutralizado. Para que la renuncia fuera efectiva debía ratificarla el Comité Central, y la proporción de delegados favorables al secretario general era abrumadora.

La desestalinización sigue adelante

La victoria de Jruschov estaba cantada. El Comité Central se reunió durante una semana. Sus sesiones no solo restituyeron en su puesto a Jruschov, encumbrándolo como líder absoluto, también se convirtieron en un juicio político contra los promotores de la intentona golpista, denominados entonces Grupo Antipartido.

Mólotov y sus aliados habían querido poner fin a la desestalinización, pero acabaron siendo sus víctimas. Fueron acusados de atentar contra la unidad del partido y de ser cómplices de los crímenes de Stalin. La derrota los despojó de sus cargos y selló el final de sus carreras políticas.

Con la caída vino el ostracismo. Mólotov fue destinado a Mongolia como embajador. Luego a Austria, con un puesto de menor relieve. La distancia no lo silenció, y continuó denunciando el revisionismo de Jruschov y su traición a Stalin, lo que le valió la expulsión del partido en 1962. El peor castigo.

Alejado desde entonces de toda actividad política, solicitó reiteradamente su reingreso, hasta que lo obtuvo en 1984. Falleció dos años después, al inicio de la perestroika de Gorbachov. Su muerte pasó casi inadvertida. No era momento oportuno para el reconocimiento póstumo a un estalinista inquebrantable.

Origen: Auge y caída de Viacheslav Mólotov, el martillo de Stalin

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