Canibalismo, quiebras y magia negra: la historia oculta de los naufragios de las Flotas de Indias

Foto: 'La balsa de la Medusa' de Géricault recuerda un naufragio que acabó en canibalismo en el XIX pero esta historia ya había ocurrido antes...
‘La balsa de la Medusa’ de Géricault recuerda un naufragio que acabó en canibalismo en el XIX pero esta historia ya había ocurrido antes…

Ni corsarios, ni piratas, ni holandeses, ni ingleses, los mayores desastres y las mayores tragedias fueron las tempestades y los terribles naufragios

«Como los marineros se tomaron la barca de ella y se fueron sin los pasajeros y nunca parecieron, de las tablas de la nao hicieron los pasajeros una barquilla y llegaron a tal estado que por hambre echaron a suertes a cuál comerían de ellos y de cómo se salvaron los que quedaron». Así comienza uno de los varios y vibrantes relatos de Gonzalo Fernández de Oviedo incluido de su libro ‘Infortunios y naufragios de los Mares de Indias’ (1535), capítulo especial de su ‘Historia general de las Indias’. Una narración viva de la mayor catástrofe de las empresas marítimas españolas de la conquista de América: lo que fueron la Flota de Indias y el Galeón de Manila.

Ni corsarios, ni piratas, ni holandeses, ni ingleses, los mayores desastres y las mayores tragedias fueron las tempestades y los terribles naufragios. Abocaron en algunos casos a grandes gestas, imbuidas según los cronistas de divinidad y de magia, y también a ruines miserias, que es lo que casi nunca se cuenta. Desastres tanto en el padecimiento de las privaciones como en las consecuencias para los allegados: viudas e hijos desesperados por probar el parentesco de los desaparecidos en los océanos que les sirviera para poder cobrar de la corona o de los seguros las pagas de los marinos.

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‘Las flotas de Indias’. (La Esfera)

Y canibalismo, como el de la expedición de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, o como en uno de los viajes de Juan de la Cosa que llegó a pegar una patada a la olla donde sus marinos cocinaban a un indio… No siempre fue por necesidad. Es también el caso de la nao que se estrelló contra el arrecife de Darién, entre Venezuela y Panamá, y que no fue pues infrecuente.

La inabarcable ruta

Lo menciona el catedrático de Historia Moderna Enrique Martínez Ruiz en su nueva obra ‘Las flotas de Indias’ (La Esfera). El que fuera Premio Nacional de Historia en 1982 y 2009 y autor de ‘Felipe II’, publica en enero un excelente monográfico que abarca todos y cada uno de los detalles de la empresa marítima: «El comercio entre España y América durante el siglo XVI y la primera mitad del XVII se considera, que fue el europeo de más entidad transoceánica tanto por el volumen de las mercancías transportadas como por su valor». La Flota de Indias fue la esencia de la Carrera de Indias, la ruta comercial que unía Sevilla, Sanlúcar y Cádiz con los americanos Santo Domingo, La Habana, Cartagena de Indias, Portobelo y Veracruz.

placeholderCarrera de Indias. Potosí en el siglo XVI.
Carrera de Indias. Potosí en el siglo XVI.

Si nos fijamos exclusivamente en el capítulo dedicado a los naufragios, Martínez Ruiz recupera algunas historias increíbles: «Conseguir un sitio en la barca o batel [durante un naufragio] no significaba tener garantizada la salvación. El hambre y la sed hacían presagiar la muerte y tratar de evitarla provocaba situaciones extremas, como el recurso al canibalismo, lo que se producía en más ocasiones de las que se pudiera pensar y de ello da noticia Fernández de Córdoba —no es el único— quien refiere entre otros, un caso en el que treinta supervivientes se devoraron unos a otros, terminando el viaje solamente tres».

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«No pudiendo tornar a la costa echaron a suertes que a quién matarían para comerlo…»

El Confidencial ha acudido directamente a la fuente original que cita Martínez Ruiz: ‘Infortunios y naufragios de los Mares de Indias’ (1535) de Fernández de Oviedo, es decir el caso que abre este artículo. Impresiona: «Estando a doce o más leguas dentro en la mar y no pudiendo tornar a la costa por el tiempo contrario que les hacía echaron a suertes que al que no le cupiese la suerte lo matarían para comerlo». El libro esta digitalizado y disponible en la BNE y aunque el castellano y la grafía del siglo XVI exija cierto conocimiento y esfuerzo, contiene relatos increíbles. De los treinta llegaron tres. Algo más crudo que el relato de los jugadores de rugby de ‘Viven’, que habían muerto previamente.

Leyenda antiespañola

Expertos como Benat-Tachot o Álvaro Félix Bolaños ya analizaron la peculiar obra o mejor dicho el peculiar capítulo que es el libro de Infortunios y Naufragios en el contexto de la ‘Historia general de las Indias’ de Fernández de Oviedo, un libro que además es una de las cumbres del relato crítico de la Conquista española de América, obviamente menos conocido por el público general que el de Fray Bartolomé de las Casas, ejemplo habitual de la Leyenda Negra antiespañola. Según el experto en Fernández Alexandre Coello de la Rosa «En la década de 1540, una nueva coyuntura política permitió a Oviedo recurrir a otros modelos y estrategias narrativas para destacar las malas acciones de sus compatriotas sin salir de los parámetros regulares del canon cristiano».

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Libro de los ‘Infortunios y Naufragios en los Mares del Sur’, Gonzalo Fernández de Oviedo (BNE).

Oviedo no dejo de ver nunca a los indios como seres diabólicos, según Coello, aunque empeñara trabajo en remarcar tales acciones en el contexto de las Leyes Nuevas de Indias de la corona española que pretendían acabar con comportamientos salvajes contra los indios Quizás, además del patrioterismo haya que estudiar lo ocurrido, tal y como hizo el papa Francisco I, que pidió perdón en una carta hace unos meses por la actitud de la Iglesia Católica en tierras del Nuevo Mundo.

Lo explicó a El Confidencial hace unos días el teólogo, sacerdote e historiador Juan María Laboa: «Francisco I no exhortó a una posición anti-conquista española como afeó Isabel Díaz Ayuso por ejemplo, y no fueron declaraciones, lo hizo con una carta al Iglesia de Sudamérica y sólo para referirse a los errores de la Iglesia, que es lo que hace un católico enmendar los errores cuando estos suceden».

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«Francisco I no exhortó a una posición anti-conquista española como afeó Isabel Díaz-Ayuso»

Otro de sus estudiosos Lousie Benat-Tachot: «De tales situaciones trágicas y funestas podían nacer muchos posibles y diversos procesos. En ciertos casos, provoca el naufragio la destrucción de la figura del poder y la desarticulación de las relaciones sociales: se deja de obedecer al gobernador, al capitán, a la autoridad. Asimismo, se observa una deriva moral, con el hambre y la sed, la desesperación, la falta de solidaridad en un grupo que se desagrega, y la crisis desemboca en canibalismo, el estado de salvajismo “diabólico”.

Cabeza de Vaca cruda

Los casos de canibalismo, en efecto, no fueron infrecuentes, más bien todo lo contrario y no exclusivamente de los españoles claro cómo explica Martínez Ruiz. Aun así, el de los españoles merece atención. En las propias memorias del gran conquistador Alvar Núñez Cabeza de Vaca titulado precisamente ‘Naufragios’ (1542) también da cuenta de ello sin tapujos «Y cinco cristianos que estaban en rancho en la costa llegaron a tal extremo, que se comieron los unos a los otros, hasta que quedó uno solo, que por ser solo no hubo quién lo comiese … De este caso se alteraron tanto los indios, y hubo entre ellos tan gran escándalo, que sin duda si al principio ellos lo vieran, los mataran, y todos nos viéramos en grande trabajo».

Los indios Karankawas de la costa de Texas se escandalizaron con el comportamiento español

Cabeza de Vaca, el explorador que descubrió para España los terrenos de Norteamérica que ahora son los estados de Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México y Arizona, relataba precisamente la estupefacción de los indios Karankawas de la costa del actual Texas, un giro en nuestra concepción cultural clásica, ya que presentaba a unos escandalizados indígenas ante las actitudes caníbales de unos extraños, totalmente alejadas de su marco cultural.

Lo cuenta el profesor de Historia de América de la Universidad de Barcelona, Ricardo Piqueras Céspedes, quién también se sirve de una crónica de Fernández de Oviedo sobre el viaje de Juan de La Cosa a Urabá en 1504, en su intento de ocupación de la Tierra Firme. «Después de múltiples correrías, destruyendo y esclavizando todo lo que se ponía por delante, algunos de sus hombres». Según la narración de Fernández de Oviedo: «viéndose en extrema necesidad, mataron a un indio que tomaron, e asaron la asadura, e la comieron y pusieron a cocer mucha parte del indio en una gran olla, para llevar que comer en el batel donde iban los que esto hicieron. Y como Johan de La Cosa lo supo, derramó les la olla que estaba en el fuego a cocer aquella carne humana, e riñó con los que entendían en este guisado, afeándolo».

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Quiebras y herencias

El salvaje océano y sus tempestades eran además para la mayoría de los hombres de entonces algo que no se debía a catástrofes naturales como explica Martínez Ruiz sino a decisiones de dioses, monstruos marinos, criaturas, malignas brujas: «Las tormentas —que no eran consideradas fenómenos naturales— eran la causa mayoritaria de los naufragios y hundimientos, pero con frecuencia se achacaban a los manejos de brujas y demonios o monstruos que poblaban el océano, capaces de hundir barcos enteros, algo que todavía tenía cabida en el imaginario popular europeo. Una tormenta era buena oportunidad para que los religiosos lo presentaran como materialización de la ira divina» -Enrique Martínez-Ruiz, ‘Las Flotas de Indias’ (La Esfera)-.

En cuanto se tenía noticia acudían a la Casa de Contratación los herederos de los marinos

Como es lógico ya entonces existía una élite que daba cuenta de lo realmente ocurrido y que al igual que todavía ocurre ahora trataban de imponer la razón con el paulatino conocimiento científico del mar y sus peligros lo que hizo avanzar la conquista de los mares. En esas pesquisas se estudiaban además todo lo relativo a la cuantificación de las pérdidas y en su caso a la de la recuperación de una parte, ya que la gran mayoría de las flotas se estrellaban en los arrecifes de la costa y se enviaban buzos. Era importante porque además suponía un drama material. «En los casos que había recuperaciones, la corona asumía las tareas de devolver lo rescatado a sus dueños».

La cosa era una vez recuperado lo recuperable cómo se repartía en el caso de los marinos: «En cuanto se tenía noticia de un suceso tal, acudían a la Casa de Contratación los herederos de los marinos difuntos para reclamar las cantidades que se les adeudaban, reclamaciones que manifestaban auténticas tragedias familiares (…) Cada heredero debía demostrar que lo era, lo que exigía recurrir a escribanos y procuradores, además de contar con testigos que apoyaran su condición de heredero y solicitud». Peleas, costes administrativos y dudas para aquellas menguadas herencias que se llevó el mar y que ahora se pudren, en el caso de Nuestra Señora de las Mercedes en cajas llenas de agua con monedas de plata en algún sótano de la Dirección General de Bellas Artes.

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