26 febrero, 2024

Carlos V y su frágil salud por el estrés | XLSemanal

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Tuvo más poder que ningún soberano europeo. Pero sufrió desmayos, depresión, epilepsia, se cree incluso que bulimia y vivió atormentado por el estrés. Indagamos en las razones de su frágil salud y en las posibles causas de su muerte, reactualizadas a partir del análisis genético de uno de sus dedos, profanado en la Revolución de 1868, y que el rey emérito Juan Carlos I autorizó hace 20 años.

Durante la Revolución de 1868 que acabaría con la reina Isabel II destronada en el exilio —la también conocida como ‘Revolución de Septiembre’ o ‘la Gloriosa’— los antimonárquicos abrieron las tumbas del panteón del monasterio de El Escorial y expusieron los restos de algunos reyes, entre ellos, elcadáver momificado de Carlos V.

 

Los responsables de la ‘exposición’ querían mostrar a los ciudadanos el carácter mortal de la realeza. Uno de los que acudieron a contemplar el tétrico espectáculo —se cree que el marqués de Villaverde— sobornó a un vigilante para conseguir una de las falanges del dedo meñique del emperador. En 1912, cuando el aristócrata falleció, sus parientes aprovecharon el momento para devolver el macabro fetiche a la Casa Real, directamente a Alfonso XIII, quien ordenó depositarlo en una urna en la sacristía del monasterio.

alternative textProblemas de mandíbula. El abuelo de Carlos V —Maximiliano I— y su padre, Felipe I, tenían poderosos mentones, pero el prognatismo de Carlos —en la imagen, retratado por Lucas Cranach— era verdaderamente exagerado, hasta el punto de impedirle hablar, respirar y comer bien.| GETTY IMAGES.

En 2004, el médico colombiano Julián de Zulueta –hijo de republicanos españoles exiliados tras la Guerra Civil– supo de la existencia de esa reliquia y solicitó permiso a la Casa Real para analizarla y descubrir el mal que acabó con la vida del monarca. Tras conseguir la autorización del propio Rey Juan Carlos, Zulueta comenzó la investigación.

Víctima de su dieta

El resultado de los análisis desveló la existencia de urea y de trazos de malaria. Cuando tenía 28 años, el monarca escribió una carta a su hermana María de Hungría, en la que se quejaba amargamente de sus frecuentes ataques de gota. Aquella enfermedad afectaba especialmente a los poderosos de la época, cuya dieta diaria estaba compuesta por carnes rojas y bebidas alcohólicas, un menú al que Carlos V nunca renunció.

 

alternative textUna pareja sin longevidad. Carlos V murió a los 58 años, 19 después que Isabel de Portugal, quien falleció a los 35 en su séptimo parto.| ALBUM.

Pero ¿fue la gota la causante de su muerte? Aunque el doctor Gregorio Marañón le diagnosticó más de veinte enfermedades (entre ellas, amigdalitis, hemorroides, epilepsia o dificultades respiratorias), no eran tan graves como para haber acabado con la vida de Carlos V. Dados los síntomas de su muerte, de los que hay constancia documental, y la presencia de malaria en los tejidos de su falange, todo parece indicar que fue el paludismo lo que lo llevó a la tumba.

Aquel monarca de salud tan quebradiza nació el 24 de febrero de 1500 en medio de nauseabundos olores. Su madre, Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, lo trajo al mundo en un retrete del palacio del Príncipe de Gante durante la celebración de un baile. El niño era el segundo fruto del turbulento matrimonio de Juana con Felipe el Hermoso, primogénito de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Germánico.

Un hombre con suerte

Tras el fallecimiento de Isabel la Católica, su hija Juana fue jurada como reina de Castilla, un título que no pudo disfrutar al ser internada de por vida en Tordesillas. Su tragedia comenzó el 1 de septiembre de 1506, cuando su amado marido, Felipe, murió repentinamente en Burgos, lo que la sumió en tal estado de enajenación mental que la custodia de su hijo Carlos pasó a manos de Margarita, hija de Maximiliano I.

alternative textBanquetes pantagruélicos. Carlos V con su mujer, lsabel de Portugal, Felipe II y Ana de Austria en pleno banquete. Algunos psiquiatras sugieren que padeció bulimia.| CORDON.

A la muerte de Maximiliano I en 1519, el título de emperador del Sacro Imperio Germánico fue disputado por varios candidatos; entre ellos, Francisco I de Francia. Dispuesto a no perder la oportunidad de su vida, el joven Carlos recurrió a sus banqueros Welser y Fugger para obtener una considerable suma de dinero con la que sobornar al elector palatino y al obispo de Maguncia, cuyos votos eran imprescindibles para lograr el título de emperador. Una vez al frente del Sacro Imperio Germánico, Carlos V fue el monarca más poderoso del momento.

Tuvo una salud muy quebradiza. Terribles ataques de gota lo atormentaron desde antes de cumplir los treinta años

«Su caso es el de un hombre con suerte, que además se esforzó en tenerla», afirma el historiador Juan Antonio Vilar, cuyo libro Carlos V. Emperador y hombre (Edaf) ha obtenido de modo compartido el XIII Premio Algaba de Biografía, Memorias e Investigaciones Históricas 2015. Además de heredar los Países Bajos, los reinos de España, el Franco Condado y otros territorios europeos, el monarca añadió a ese riquísimo patrimonio una porción del Magreb y los inmensos recursos de México, Perú y Centroamérica. Al final de su vida había acumulado más posesiones que ningún otro soberano europeo desde la caída del Imperio romano.

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Disparatado tren de vida

Pero tanto patrimonio no fue suficiente para sufragar las innumerables guerras que emprendió ni para sobrellevar su disparatado tren de vida. Sabiendo sus problemas económicos, Juan III de Portugal le propuso un buen negocio que aliviaría su falta de liquidez. Él se casaría con Catalina, la hermana menor del emperador, y Carlos V se casaría con su hermana Isabel de Portugal. El único inconveniente era el parentesco de Isabel con el emperador, ya que eran primos. Pero se resolvió con la dispensa papal.

Carlos e Isabel fueron un matrimonio feliz. Se casaron en Sevilla y lo festejaron en Granada. Pronto llegó la amenaza de una nueva guerra contra Francia, lo que obligó a Carlos V a emprender la marcha. A partir de entonces pasaría largas temporadas sin ver a su mujer. Sola en la Corte, la emperatriz se consumió en la melancolía hasta su muerte en 1539, cuando solo tenía 35 años. Su pérdida deprimió tanto al emperador que se enclaustró dos meses en un monasterio y, al salir, ya no volvió a casarse.

Con Carlos V al mando del Imperio, se sumaron nuevos dominios en Centroamérica y Perú. El hallazgo de plata en México y en los Andes ayudó a sufragar sus enormes gastos.

 

Sin embargo, a pesar del progresivo crecimiento que experimentaban sus dominios, el monarca tuvo que enfrentarse a muchos problemas. Entre ellos, las incursiones de los turcos en Europa, el protestantismo, sus encontronazos con el papado, las revueltas en los Países Bajos y Alemania y las guerras que emprendió contra el rey francés Francisco I, que dejaron exhaustas las arcas del Imperio.

La pérdida de su esposa, Isabel de Portugal, con solo 35 años, deprimió tanto al emperador que se enclaustró dos meses en un monasterio. Después, no volvió a casarse

Todas esas preocupaciones y su mala conciencia por mantener a su madre en su encierro de Tordesillas minaron su delicada salud. Padeció continuos desmayos, probable síntoma de epilepsia, y frecuentes ataques de gota que lo atormentaron hasta el final de su vida y le impidieron llevar una vida normal.

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Su mandíbula, a la vez, no pasaba inadvertida. De hecho, dio nombre al término ‘mandíbula de Habsburgo’, una deformidad que fue incluso más llamativa en generaciones posteriores debido a las prácticas endogámicas de la familia real. El exagerado prognatismo de Carlos V le impedía masticar correctamente, lo que seguramente le provocaba las frecuentes indigestiones de las que tanto se quejaba.

«Cansado, excesivamente viejo y maltratado para su edad, quizá también en parte por su propia culpa, por descuidarse demasiado y por abusar del buen comer y del mejor beber, el emperador se sintió incapaz de seguir luchando», señala Juan Antonio Vilar. El 25 de octubre de 1555 cedió sus títulos a su hijo Felipe (los reinos de España, de los Países Bajos y de las Indias) y la corona imperial a su hermano Fernando. Meses después se instaló en Extremadura, donde murió el 21 de septiembre de 1558.


CARLOS E ISABEL

SE ENTENDIERON SIN HABLAR EL MISMO IDIOMA


Carlos V e Isabel de Portugal se conocieron solo dos horas antes de contraer matrimonio. Se entendieron de maravilla, a pesar de las dificultades con el idioma: Carlos todavía no hablaba bien castellano, que Isabel entendía, e Isabel no sabía francés. El emperador ya tenía cuatro hijas cuando se casó: Isabel, con Germana de Foix; Margarita, con Juana van der Gheynst; Tadea, con Ursolina de la Penna; y Juana, con una mujer del entorno del conde de Nassau. De su esposa, Isabel de Portugal, estuvo muy enamorado y le fue fiel, aunque pasaron mucho tiempo separados. Cuando enviudó, roto de dolor, se retiró un tiempo al monasterio de Santa María de Sisla, en Toledo. También con la muerte de Isabel quedó destrozado Francisco de Borja, caballerizo mayor de la emperatriz. Se dice que, al ver el cadáver descompuesto de su señora, el que luego fue jesuita y santo juró «no más servir a señor que se me pueda morir». Seis años después de quedar viudo, Carlos V tuvo otro hijo –el mítico Juan de Austria, al que reconoció– con la alemana Bárbara Blomberg. El emperador no se volvió a casar.

 

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