Darío el Grande, un conquistador marcado por tropezar en Maratón

Darío el Grande, representado por un artista griego. Carlo Raso / CC BY-SA 2.0
Darío el Grande, representado por un artista griego. Carlo Raso / CC BY-SA 2.0

A Darío el Grande (550-487 a. C.) amplió las fronteras del Imperio persa por el este hasta el Indo y por el oeste hasta Tracia y Macedonia. Pero la inesperada caída ante los griegos fue lo que quedó para la historia

Darío el Grande (550-487 a. C.) se le considera un gran gobernante, más que un gran conquistador. No fue el fundador de un imperio, sino el heredero de uno construido por Ciro II y su hijo Cambises II, los primeros grandes reyes de la dinastía aqueménida. La magnitud de sus dominios era titánica, como la tarea de administrarlos y mantenerlos bajo control, algo en lo que Darío destacó durante nada menos que tres decenios.

Aun así, y aunque su derrota en la batalla de Maratón le hizo aparecer como un perdedor a ojos de Occidente, su talla como conquistador es indiscutible. Tras sofocar varias insurrecciones en el Imperio nada más acceder al trono, Darío puso en marcha su maquinaria militar. Necesitaba continuar la tradición conquistadora de sus antecesores, equipararse a ellos. Sería un buen modo de legitimar su posición pese a no ser sucesor directo de Ciro el Grande.

Las fronteras orientales serían durante los primeros años uno de los principales objetivos de la expansión, aunque las fuentes son escasas. No fueron campañas continuas, porque Darío tuvo que hacer frente a nuevas revueltas internas, la más importante de ellas en Egipto.

Guerreros persas con arco y flechas, relieve mural en el palacio de Darío.

Guerreros persas con arco y flechas, relieve mural en el palacio de Darío.

Dominio público

La del nordeste de la India se convertiría en la más célebre de las campañas en el este. Fijó la frontera del Imperio en el río Indo. El territorio anexionado pasó a ser la satrapía de Indos, con capital en Taxila. Hasta la llegada de Alejandro Magno dos siglos después, se consideró el fin oriental del mundo.

La entrada en Europa

Tras una campaña en la Cirene norteafricana, en el norte de Libia, Darío I centró su atención en la parte occidental de sus dominios. En realidad, perseguía un deseo existente ya en la corte de Ciro el Grande: extender su control sobre el Mediterráneo oriental. De hecho, en paralelo a sus incursiones al este, Darío había logrado imponer su dominio sobre diversas islas del Egeo, como Samos, Lemnos y Quíos, a través de sus sátrapas en Asia Menor.

Poco después, gracias a las naves de estas islas y de las ciudades griegas de Jonia, Darío reunió una gran flota para lanzar un ataque contra los escitas del mar Negro. El historiador griego Heródoto exagera al señalar que se destinaron 600 barcos y 700.000 hombres a esta empresa, pero fue una acción muy importante. El objetivo era prevenir las incursiones de los escitas nómadas en la frontera norte y noroeste del Imperio y, de paso, hacerse con el control de las tierras de Tracia, de abundantes cosechas.

Relieve en piedra de Darío I.

Relieve en piedra de Darío I.

Peter.zn1 / CC BY-SA 4.0

Según la tradición, una de las hazañas más relevantes de la campaña fue la formación de un puente en el punto más estrecho del Bósforo mediante una hilera de barcos, con lo que Europa y Asia se unían así por primera vez.

Los persas no tardaron en someter Tracia, y luego se dirigieron hacia el norte, cruzaron el Danubio gracias a otro de sus puentes y penetraron en las estepas del sur de Rusia. Darío no logró someter a los escitas, que evitaron el combate abierto a cambio de escaramuzas, pero hizo que se retiraran más al norte. Ahuyentaba así el peligro sobre la frontera.

El monarca regresó a Persia, pero sus jefes militares continuaron con la expansión hacia el oeste y lograron la sumisión del reino de Macedonia, cuyo monarca, Amintas I, aceptó guarniciones del ejército persa y entregar tributos a Darío.

La revuelta jonia

Con un pie en Europa, las posibilidades de que los persas chocaran finalmente con Grecia eran muy altas. Sin embargo, fue un episodio ocurrido más al sur lo que determinó el enfrentamiento. En el siglo VI a. C., el dinamismo económico y cultural griego radicaba en las ciudades de las costas occidentales de Asia Menor, en Jonia, perteneciente a los aqueménidas desde los tiempos de Ciro el Grande: Mileto, Éfeso, Halicarnaso…

En 500 a. C. en la isla independiente de Naxos, en el Egeo, se derrocó a la aristocracia y se instauró una democracia. Los perdedores solicitaron la ayuda del tirano de Mileto, Aristágoras, quien a su vez sugirió al sátrapa de Lidia –a la que Jonia estaba vinculada– que dirigiera una campaña para conquistar Naxos. El sátrapa, Artafernes, era hermano de Darío, y no le fue difícil convencer al Gran Rey de que le permitiera llevar a cabo el ataque.

Pero la campaña contra Naxos resultó un fracaso, tanto por la resistencia local como por la rivalidad entre los aliados milesios y persas. Aristágoras, temiendo las represalias de Darío, organizó una revuelta en Mileto. Presentándose del lado del pueblo, renunció a su poder. La noticia de la sublevación milesia corrió como la pólvora en Jonia y hubo revueltas populares en otras ciudades-estado bajo dominio persa.

Restos de un templo arcaico de Naxos dedicado a Apolo.

Restos de un templo arcaico de Naxos dedicado a Apolo.

Heiko Gorski (Moonshadow) / CC BY-SA 3.0

Aristágoras viajó a la península helénica para pedir el apoyo de las grandes ciudades-estado. La primera y más poderosa militarmente, Esparta, se negó en redondo, conocedora de las dificultades de enfrentarse a un imperio como el aqueménida. Pero la siguiente, Atenas, sí atendió el requerimiento del hermano de Darío.

Llegaba en un momento favorable a su causa. Atenas y Persia se habían enfrascado recientemente en una disputa en torno a Hipias, el antiguo tirano ateniense. Este se refugió en la corte persa, y Darío rechazó las demandas de Atenas para entregarlo. Los atenienses aceptaron la solicitud milesia, aunque, rehuyendo una guerra abierta con Persia, se limitaron a contribuir con una veintena de navíos. La vecina Eubea también se posicionó a favor de Aristágoras y varias islas del Egeo siguieron su ejemplo.

Darío, con los recursos de sus extensísimos dominios, logró recuperar la iniciativa en Asia Menor y fue derrotando a los ejércitos griegos. Mileto, la última en caer, fue duramente castigada por incitar a la rebelión. Nunca recuperaría el esplendor pasado.

Darío reemplazó las tiranías en la mayoría de las ciudades griegas de Asia Menor por democracias

Preparando la guerra

La revuelta jonia había demostrado que el dominio persa en el Mediterráneo oriental estaría siempre amenazado mientras las ciudades-estado de la península helena fueran independientes. De modo que Darío inició los preparativos para lanzar una gran campaña contra Grecia.

No temía las dificultades de la empresa, pero quiso facilitarse el triunfo con algunas iniciativas. Reemplazó las tiranías en la mayoría de las ciudades griegas de Asia Menor por democracias. El objetivo era lograr la adhesión de sus habitantes al Imperio, o evitar al menos que entorpecieran su campaña.

En 492 a. C., un ejército persa cruzaba el Bósforo y se adentraba en Tracia y Macedonia, territorios perdidos en tiempos de la revuelta jonia y en los que Darío estableció de nuevo su autoridad. Al mismo tiempo, una gran flota se dirigía al norte de Grecia. Sin embargo, a medio camino una tormenta destrozó la mayor parte de las naves y envió a la muerte a unos veinte mil soldados.

Darío como faraón de Egipto.

Darío como faraón de Egipto.

Institute for the Study of the Ancient World / CC BY 2.0

Las trabas aplazaron la campaña definitiva dos años. El objetivo principal era Atenas, pues Darío consideraba que su conquista llevaría al control de toda la península. Una nueva flota a las órdenes del general Artafernes, sobrino de Darío, se puso en marcha.

En pocas semanas, Naxos y Eubea, protagonistas junto a Mileto de la revuelta jonia, fueron conquistadas y gran parte de su población exterminada o deportada a Persia. A la larga, la dura política de Darío contra estas islas reforzaría la resistencia de los atenienses: estos vieron que no podían esperar clemencia de los persas.

La derrota inesperada

La batalla por el control de Grecia se decidiría en la llanura de Maratón, a unos cuarenta kilómetros de Atenas. Con unos 15.000 soldados, el ejército persa desembarcado en Maratón era superior al ateniense, con cerca de 10.000 hombres, ayudados por un millar más procedente de la ciudad de Platea. Pese a esta ventaja persa, fueron las fuerzas griegas las que salieron victoriosas.

Tropas griegas en la batalla de Maratón. Cuadro de Georges Rochegrosse, 1859.

Tropas griegas en la batalla de Maratón. Cuadro de Georges Rochegrosse, 1859.

Dominio público

La derrota de Artafernes en Maratón se debió a una combinación de factores. En primer lugar, aunque los persas eran superiores en número, en Maratón solo luchó una parte de las tropas; el resto había partido por mar hacia otro punto de la costa por el que atacar la ciudad desde un flanco distinto. En segundo lugar, las largas jornadas hasta llegar a Maratón habían desgastado parte de su empuje. Por otro lado, el ejército ateniense estaba formado por soldados mejor preparados, los hoplitas, y contaba con un estratega brillante, Milcíades. Por último, los atenienses combatían por su tierra, su libertad y su forma de vida. Solo podían elegir entre luchar o morir.

Darío había tenido en cuenta gran número de elementos, pero aun así había subestimado a los atenienses. Nunca olvidó la derrota y proyectó de inmediato una nueva campaña contra Grecia. Después de Maratón, se convenció de que no podría conquistar la península helénica con un pequeño ejército. La siguiente campaña sería más concienzuda.

A partir de 489 a. C. inició los preparativos para un nuevo enfrentamiento, pero fueron interrumpidos tres años más tarde a causa de una revuelta en Egipto. Pocos meses después, a sus 64 años, Darío el Grande moría sin haber visto cumplido su objetivo. Sería su hijo y sucesor, Jerjes I, quien lideraría la nueva campaña militar contra Grecia, la que conoceríamos como segunda guerra médica.

Origen: Darío el Grande, un conquistador marcado por tropezar en Maratón

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