25 abril, 2024

De cómo la URSS hizo desaparecer un mar interior del tamaño de Andalucía

Barcos varados en el mar de Aral, en la Unión Soviética EOM
Barcos varados en el mar de Aral, en la Unión Soviética EOM

El Mar de Aral abastecía a millones de familias a mediados del siglo XX, hasta que las autoridades comunistas decidieron erradicarlo del mapa y convertirlo en un gran desierto de arena como si de magia se tratara

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En 1933, el novelista francés Pierre Benoit escribía un relato para la revista ‘Blanco y Negro’ en el que describía «las flores pasionarias azules que crecían durante la primavera en las orillas del mar de Aral». Una gigantesca porción de agua situada en Asia Central, entre Kazajistán y Uzbekistán, que con sus 68.000 kilómetros cuadrados fue, durante muchos siglos, el cuarto lago más grande del mundo. Uno que llegaba casi al tamaño de Andalucía o con el doble de superficie que Cataluña… hasta que la URSS decidió acabar con él como por arte de magia.

Donde hubo agua, esturiones, truchas, lucios, carpas y percas durante diez mil años, hoy solo queda arena y barco varados, en una imagen tan extraña como trágica, que casi parece el decorado de una película. Una especie de cementerio fantasma de chatarra, pero que a lo largo de la historia era un mar que se beneficiaba de las importantes aportaciones procedentes de los ríos Amu Darya y Sir Darya.

Solo estas dos arterias fluviales, que se nutren del deshielo de los glaciares del Himalaya, tenían el caudal suficiente como para llenar el lago, a pesar de que el calor evaporaba el 40% de sus aguas durante el recorrido. Gracias a ello, las poblaciones colindantes fueron muy prósperas y tuvieron importantes industrias de pesca, ganadería y agricultura. La región se convirtió en una especie de vergel alrededor del cual se desarrolló un importante comercio.

Todo funcionó a las mil maravillas en aquella vasta comarca durante las tres primeras décadas de la Unión Soviética. En 1949, ABC todavía informaba de una extraña «lluvia de ranas» sobre el gigantesco lago. Una noticia insólita, pero que daba cuenta de una región llena de vida: «Han llovido ranas sobre el pueblo de Kazaly, en Kazajistán, junto al mar de Aral. Se cree que una tromba de agua absorbió las ranas de varias lagunas y las precipitó sobre el pueblo, como ha ocurrido en varios lugares del mundo».

Sin embargo, el régimen comunista cambió drásticamente la situación y decidió que había llegado la hora de dejarlo morir en pos de un supuesto beneficio económico. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el Kremlin decidió incrementar a cualquier precio la producción de algodón, el conocido como «oro blanco», cuya demanda mundial se había disparado a partir del conflicto bélico. A finales de los años 50, las repúblicas de Asia Central, especialmente Uzbekistán, comenzaron a expandir rápidamente sus zonas cultivables. El problema es que, en un terreno básicamente desértico, se decidió obtener el agua a base de desviar el curso de los ríos.

Los comunistas creían que podían dominar y controlar la naturaleza a su antojo. En 1956 inauguraron el canal de Karakum, de 1.100 kilómetros de longitud, una gigantesca obra de ingeniería cuya misión fue la de transportar agua del Amu Darya a las nuevas plantaciones de algodón robadas al desierto. Además, ese no fue el único caso. En su camino hasta el mar de Aral, los cursos del Amu Darya y del Syr Darya fueron interrumpidos en numerosos puntos de Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajistán.

El resultado fue espectacular: entre 1960 y 1988 la producción de algodón se incrementó en un 80% en Uzbekistán y en más de un 350% en el cercano Turkmenistán. A nivel comercial parecía una buena idea, pero a nivel medioambiental fue un desastre absoluto y las consecuencias no tardaron en llegar. Los expertos calcularon que la aportación de agua de ambos ríos al mar de Aral, que llegaba tradicionalmente a los 70 kilómetros cúbicos al año, se redujo drásticamente por debajo de los 20 en los años más favorables, y en la zona que ocupaba el lago comenzó a aparecer el desierto.

Pescado para la URSS

Donde antes había una enorme flota pesquera que llegó a suministrar la sexta parte del pescado que se consumía en la Unión Soviética, se quedaban los esqueletos de los barcos sobre la arena. ‘Aral, el mar que agoniza’, titulaba ‘Blanco y Negro’ un amplio resportaje de 1999 en el que analizaba «la mayor catástrofe ecológica del mundo». Y añadía: «Puede que sea demasiado tarde para evitarlo. Las proporciones de la tragedia son gigantescas y afectan directamente a la vida de millones de personas, a la supervivencia de numerosas especies acuáticas y terrestres y al clima de una vasta región de la URSS. El responsable de la muerte del que fue, hace solo unas décadas, uno de los mayores lagos de la Tierra es el ser humano».

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El mar de Aral desapareció sin que nadie, ni tan siquiera las autoridades soviéticas que lo habían provocado, consiguiera evitarlo. Y no lo hizo al ritmo lento e invisible que suelen tener los cambios geológicos y climáticos, sino a una velocidad de vértigo. Las cifras a principios de los 90 hablaban claro: desde 1960, el Mar de Aral había perdido las tres cuartas partes de su agua, su superficie se había reducido a la mitad y su profundidad había disminuido en más de veinte metros. Decenas de kilómetros cuadrados, hasta pocos antes navegables, aparecían como un desierto arenoso y salino en el que nada podía crecer.

Decenas de pueblos costeros vieron como, en el transcurso de una sola generación, el mar se retiraba hasta treinta kilómetros, inutilizaba sus puertos y dejaba varadas sus embarcaciones. Los fuertes vientos de la zona se encargaron, además, de completar el panorama barriendo lo que una vez fue el fondo del lago y esparciendo por los alrededores cien millones de toneladas anuales de polvo salino que se mezclaba con los restos de venenos, fertilizantes y otros desechos industriales de los que los soviéticos vienen abusando desde los años cincuenta.

Dos bloques de agua

La desecación fue tan rápida que, en el año 2000, la zona sur ya estaba separada en dos pequeños bloques de agua. Uno occidental y otro oriental. Y este último ya ha desaparecido por completo en los últimos años. Lo más triste de toda esta historia es que se produjo con el desconocimiento absoluto de la comunidad internacional. Sobre todo durante aquellos primeros años en los que la producción de algodón era un éxito total. Por eso las autoridades decidieron mantener en secreto la catástrofe medioambiental y seguir incidiendo en ella. Por fin, en 2003, la NASA publicó unas fotografías por satélite que mostraron la realidad de lo que estaba sucediendo con el mar de Aral.

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Todo esto también provocó el éxodo de miles de familias. Las que se atrevieron a quedarse, se tuvieron que enfrentar a problemas de salud relacionados con la contaminación del agua y del aire. Desde 2005, sin embargo, se está recuperando ligeramente la zona norte del mar de Aral debido a la construcción del dique KoKaral, una presa de 13 kilómetros de largo construida por el Gobierno de Kazajistán con la ayuda económica del Banco Mundial. Esta separa las dos partes en las que quedó dividido el antiguo lago.

«Bancos de pescado económicamente significativos han aparecido de nuevo, y los observadores que habían escrito sobre la catástrofe medioambiental del mar de Aral se sorprenderán al comprobar que la subida del nivel del agua está revitalizando en parte la industria pesquera y produciendo excedente para exportar a lugares tan lejanos como Ucrania», contaba ‘The New York Times’ en 2006. Un año después, el diario ‘International Herald Tribune’ añadía: «La presa ha provocado que el nivel del pequeño mar de Aral, o la parte norte del mismo, haya subido unos 38 metros».

Origen: De cómo la URSS hizo desaparecer un mar interior del tamaño de Andalucía

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